Nuestras revoluciones y sus golpes de estado

Fuente: https://elsudamericano.wordpress.com/2020/01/07/nuestras-revoluciones-y-sus-golpes-de-estado-por-marcos-roitman-rosemman/                                                                                           Marcos Roitman Rosemman                                                                                  

No nos llamamos a engaños, la derecha no cree en la democracia, por eso la combate y reprime. Lo hará siempre

Desde la independencia, América Latina ha sido objeto de deseo de las potencias imperialistas. Si el imperio español se abocó a llenar sus arcas de cuanta riqueza pudo esquilmar durante tres siglos, su herencia fue el advenimiento de un orden oligárquico, cuyo resultado empantanó cualquier proyecto de revolución democrática. Miranda, Bolívar, Morazán, Artigas, San Martín, Manuel Rodríguez y Zeledón sufrieron la traición de quienes prefirieron actuar como cipayos, al lado de potencias extranjeras, antes que defender su patria. Invasiones, guerras espurias, expropiación de territorios.

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Aún podemos rastrear las huellas coloniales de potencias extracontinentales en el Caribe o en la Patagonia: Gran Bretaña, Francia, Países Bajos, pero será EE.UU, reforzando la denominada doctrina Monroe, con la incorporación de la Enmienda Platt en las constituciones de Cuba y Panamá, quien desplace a sus competidores naturales. Theodore Roosevelt sintetiza el prototipo de actuación del imperialismo yanqui, dando rienda suelta a la política del big stick y la diplomacia del dólar.

Rubén Darío no deja pasar la oportunidad para dedicarle una oda en 1904. Su primera estrofa lo retrata:

“¡Es con voz de la biblia o el verso de Walt Whitman, que habría de llegar hasta ti cazador! Primitivo y moderno, sencillo y complicado, con algo de Washington y cuatro de Nemrod. Eres EE.UU., eres futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla español. Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza; eres culto, eres débil; te opones a Tolstoi. Y domando caballos, o asesinando tigres, eres Alejandro-Nabucodonosor (eres un profesor de energía, como dicen los locos de hoy). Crees que la vida es incendio, que el progreso es erupción; en donde pones la bala el porvenir pones. No ( ).”

Así, cada proyecto nacional es combatido a sangre y fuego. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, las revoluciones democráticas y populares han caído consecuencia de golpes de Estado, caudillos, déspotas, tiranos, sátrapas, a cual más sanguinario, revestidos con honores militares, bajo la atenta mirada, y el plácet de EE.UU. Primero se persiguió a los liberales rojos, luego le siguieron anarquistas, socialistas, comunistas, marxistas, antimperialistas, todos demócratas radicales. En esta bacanal, las fuerzas armadas participan en el exterminio de los pueblos originarios, reprimiendo todo tipo de reivindicaciones populares, como los derechos sindicales, las mejoras salariales o las libertades civiles. El gatillo fácil. La ametralladora contra el pueblo trabajador.

Sin embargo, en las academias de guerra, los futuros generales, visualizan los golpes de Estado como una guerra contra el enemigo interno, momentos álgidos de gloria, entrega a la nación y defensa de los valores patrios. Convocados por las pluto-oligarquías, salvo excepciones, acuden prestos al genocidio. No hay país del continente cuya actuación no tenga efemérides luctuosas donde hayan masacrado al pueblo. El uso desproporcionado de la fuerza y la violencia es recurrente, emerge como respuesta a las luchas democráticas, a las revoluciones populares, socialistas y anticapitalistas.

Frente a ellas, las clases dominantes, responden con golpes de Estado, represión y muerte. Hoy lo constatamos en el golpe de Estado en Bolivia. Mientras las revoluciones populares defienden la vida, producen dignidad, justicia social, fomentan la participación en los procesos de toma de decisiones, los golpes de Estado generan miseria, exclusión social, dolor, miedo y, claro, desigualdad. Esa es la historia. El resto una mentira para implantar el terrorismo de Estado, bajo tiranías de muerte.

En estas dos décadas del siglo XXI, Honduras, Paraguay, Brasil, Ecuador, Colombia, Guatemala y Chile han emprendido un viaje a las cavernas, destruyendo todo vestigio de reformas al más viejo estilo patriarcal de poder. Defensa de la familia tradicional, el matrimonio eclesiástico, negación de la violencia de género, mantenimiento de leyes retrógradas en el aborto y criminalización de los derechos de igualdad, amén de un discurso bíblico apocalíptico. La batalla contra el hereje.

Bajo estas circunstancias, sus golpes de Estado son un llamado de atención, sea en la modalidad que sea. No hay opciones para el establecimiento de un orden democrático. Cualquier proyecto es reprimido. No importa el costo social. Lo importante es mantener el poder político y la dirección del modelo económico.

Venezuela sometida a un estrangulamiento económico resiste golpes de Estado y Cuba, con el bloqueo de más de medio siglo, no ceja en el empeño de mantener viva la llama de la revolución y el proyecto de emancipación martiano.

Asimismo, Chile condensa las contradicciones de un neoliberalismo en crisis. Las declaraciones de la presidenta de Revolución Democrática, Catalina Pérez, tras la firma del acuerdo por la paz y la nueva Constitución, son demoledoras. Según declaró, lo hizo bajo amenaza explícita del gobierno de Piñera de sacar a los militares a la calle. En estas circunstancias hincó la rodilla y agachó la cabeza, como el resto, salvo excepciones, traicionando a un pueblo movilizado que resiste y no abandona su propuesta de una Asamblea Constituyente democrática.

Esta maniobra, puede interpretarse como un autogolpe consensuado entre gobierno y oposición, para mantener vivo el proyecto pinochetista. No nos llamamos a engaños, la derecha no cree en la democracia, por eso la combate y reprime. Lo hará siempre. Al contrario, nuestras revoluciones constituyen los momentos más democráticos en la historia de los proyectos emancipadores y libertarios de Nuestra América.

La Jornada

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