La ciudad de Mérida, como muchas otras urbes de México, atestiguó el reclamo popular que se levanta para señalar con claridad el rechazo a la presencia de empresas israelíes vinculadas con el genocidio que el sionismo comete en Palestina, y es que desde 2021, durante la administración panista del exgobernador Mauricio VilaDosal, se firmaron acuerdos que buscaban legalizar la entrada de sectores agroindustriales israelíes a Yucatán, lo que se reveló en días pasados al realizarse un foro empresarial donde la propia Embajada de Israel dio a conocer dicha información, alertando sobre el posible peligro para los recursos naturales de la entidad como el agua, al igual que el riesgo de despojo para las comunidades mayas.
«Nos corresponde a nosotros hablar con los estadounidenses», señaló el portavoz del Kremlin.
Un complejo de misiles estratégicos ruso Yars.Ministerio de Defensa de Rusia / Sputnik
El mundo se ha quedado por primera vez en mucho tiempo sin una base jurídico-contractual en el ámbito de la estabilidad estratégica, afirmó este martes, 20 de octubre, el portavoz presidencial ruso, Dmitri Peskov, en el contexto de una posible reunión entre el presidente de Rusia, Vladímir Putin y sus pares chino y estadounidense, Xi Jinping y Donald Trump, respectivamente, en China, al margen de la Cumbre de Cooperación Económica Asia-Pacífico, a mediados de noviembre.
▲ A invitación del diputado tricolor Israel Betanzos, la asociación evangélica entregó ayer reconocimientos de alcaldes del año a los panistas Mauricio Tabe y Giovanni Gutiérrez, así como el premio Seguridad con valor 2026 a la representación diplomática de Israel en México, que incluso colaboró con acompañamiento institucional en la ceremonia realizada en el Salón Legisladores de la Cámara de Diputados. Dahlia Neumann, agregada de diplomacia pública, prensa y cultura de la embajada de Israel resaltó el “apoyo a nuestro pueblo” de la comunidad cristiana evangélica. Foto Cámara de Diputados. Enrique Méndez
Una sentencia de conformidad ratifica la impunidad en la que ha quedado una red de explotación sexual de Vigo, dirigida por el empresario y dueño del narcobuque Simione, Pablo García, que rebaja penas de 47 años a 21 meses. La fiscalía y las defensas confeccionaron un acuerdo hecho a la medida de la red, y que ha sido avalado por la Audiencia Provincial.
Durante décadas, quien quería leer a Awa Thiam tenía que conseguir un archivo. Un PDF que se pasaba de mano en mano entre lectoras negras, por correo, al margen de las librerías y de las bibliografías universitarias. Así se leyó uno de los textos fundacionales del feminismo africano mientras las editoriales traducían sin descanso a las feministas blancas francesas de esos mismos años. La Parole aux négresses salió en París en 1978. Llega al castellano ahora, en noviembre de 2026, con Herder, bajo el título Las negras toman la palabra. Cuarenta y ocho años de distancia.
Thiam nació en Senegal en 1950. Antropóloga, escritora, política. Estudió en París en los setenta y allí, en mayo de 1976, cofundó la Coordinación de Mujeres Negras. Tres años después, la Comisión para la Abolición de las Mutilaciones Sexuales. Volvió a Senegal, investigó en el Instituto Fundamental de África Negra, llegó a ministra de Salud y Acción Social. En 1987 propuso que su universidad creara un departamento de antropología de los sexos. Se lo rechazaron.
El libro lo escribió a los veintiocho años. El método cabe en una línea. Thiam viaja a Costa de Marfil, Guinea, Malí, Ghana y Nigeria, se sienta con mujeres, pregunta y transcribe. No las resume. No las convierte en casos clínicos ni en ilustraciones de una tesis previa. Las entrevistas entran enteras en el libro, con sus nombres dentro, Yacine, Médina, Tabara, Mouna, Ekanem. Hablan de poligamia, de matrimonios forzados, de escisión y de infibulación, de blanqueamiento de la piel, de lo que supone tener el cuerpo asignado de antemano a la casa y al trabajo de otros. La teoría viene después, construida sobre eso.
Thiam abre el libro preguntándose si las negras han tomado ya la palabra alguna vez. Se responde que sí, a veces, siempre con la bendición de los hombres, y que esa palabra entonces no decía a la mujer, no decía ni sus luchas ni sus problemas de fondo. De ahí sale la exigencia que recorre el resto, reapropiarse de la palabra verdadera. Y la define en términos que no dejan lugar a la tibieza. Tomar la palabra para plantar cara. Para decir el rechazo, la revuelta. Hacer la palabra actuante. Palabra-acción, palabra subversiva.
En el título original Thiam elige négresses, el insulto, y se lo queda puesto. Es lo mismo que hacemos nosotras cuando decimos negra sin rodeo y vemos cómo se remueve en la silla quien nos escucha. La traducción de Herder resuelve con Las negras toman la palabra, que funciona bien en castellano y pierde por el camino la aspereza deliberada del original. Vale la pena señalarlo. Esa discusión sobre qué palabras recuperamos y cuáles dejamos atrás es una conversación nuestra, abierta, a los dos lados del Atlántico y también dentro del continente.
Lo que Thiam describe en 1978 lo llama triple opresión. Por sexo, por clase, por raza. Está escribiéndolo trece años antes de que Kimberlé Crenshaw publicara en 1991 el texto que popularizó la palabra interseccionalidad, y lo escribe desde una posición distinta a la de las feministas negras estadounidenses y británicas que acabarían ocupando ese canon. Thiam piensa desde África occidental, a una década escasa de unas independencias que ella misma mira con desconfianza, preguntándose por qué la opresión de las mujeres sobrevivió intacta al final oficial del colonialismo. Lee a Marx, aAngela Davis, a Fanon. Su nombre apenas aparece en la bibliografía de la interseccionalidad.
No busca aliados cómodos en ninguna dirección. Rechaza el feminismo occidental que exige a las africanas calcar sus reivindicaciones, y lo argumenta diciendo que mientras las mujeres de los países industrializados trabajan en construir un discurso propiamente femenino, África negra y sus hijas siguen buscando su dignidad y el reconocimiento de su especificidad como seres humanos. Pone las mutilaciones en el mismo plano de análisis que los crímenes de los colonos, de los neocolonos y del régimen racista del apartheid. Lo que escribe no es una denuncia de una tradición africana para tranquilidad de Europa. Es la descripción de un sistema en el que Europa está dentro.
Luego está el asunto de los prólogos, que es lo que yo no me quito de la cabeza desde que lo leí.
Quien abra la edición de Herder se encuentra primero con Mame-Fatou Niang, profesora en Carnegie Mellon y directora del Centro de Estudios Negros de Europa y el Atlántico. Su texto es, entre otras cosas, un ajuste de cuentas con el prólogo que acompañó al libro en 1978 y que lo presentó al mundo durante casi medio siglo. Lo firmaba Benoîte Groult, feminista francesa de enorme prestigio, también comprometida contra la mutilación genital.
Groult escribió que lo que el lector va a encontrar no es un manifiesto, no expresa una revuelta ni siquiera una reivindicación, que son confidencias recogidas en su ingenuidad y a veces en su torpeza. Añadió que esas mujeres no tienen conciencia de la injusticia y no han descubierto todavía la solidaridad ni la esperanza, que cada una habla para sí misma, aislada en su célula familiar, sin información sobre el resto del mundo. Empezaba advirtiendo que en muchos países las mujeres todavía no han emprendido esa lucha, la de su propia liberación.
Hay en ese prólogo un argumento que suena comprensivo y es donde mejor se ve el fondo. Groult explica que en el contexto africano la tradición religiosa y familiar resulta implacable, que rebelarse equivaldría a un suicidio social, que negarse a la escisión significaría quedar fuera de la comunidad, renunciar al matrimonio y a la consideración de los suyos. Suena a empatía. Funciona como coartada, porque convierte a las mujeres de las que habla el libro en personas a las que solo les queda resignarse. Y para sostener qué les estaba socialmente permitido, Groult citó a un hombre sudanés al que ni siquiera nombra.
Un libro cuya tesis entera es que las mujeres negras no pueden hablar sin permiso ni mediación masculina salió al mundo con un prólogo que, para explicarlas, le da la palabra a un hombre. Y que las dibuja como criaturas sin conciencia política, incapaces de tender puentes entre ellas, esperando que alguien de fuera les traiga la esperanza. Doscientas treinta páginas demostrando lo contrario, y la puerta de entrada desmintiéndolas.
Hicieron falta cuarenta y seis años para que esa puerta cambiara. En 2024 el libro se reeditó dos veces, en Francia con Éditions Divergences y en Senegal con Éditions Saaraba, esta última prologada por Ndeye Fatou Kane y con epílogo de la socióloga Kani Diop. Mame-Fatou Niang, en el texto que ahora leemos en castellano, rechaza de plano la supuesta ingenuidad, reivindica la decisión de Thiam de publicar los materiales en bruto, las entrevistas enteras, y señala que Groult impuso una lectura occidental que convertía aquellas violencias en un problema de retraso cultural en lugar de analizarlas en su contexto. Mame-Fatou Niang se dirige además a la autora llamándola tata Awa, tía Awa, que es una forma de reconocer autoridad y linaje. Kane, desde Dakar, insiste en la vigencia incómoda de todo aquello, porque seguimos hablando de despigmentación, de poligamia, de mutilación genital. Describe la palabra que Thiam libera como una olla a presión a la que por fin se le levanta la tapa.
Awa Thiam está viva. Tiene setenta y seis años. Desde que su libro volvió a las librerías en 2024 no se ha pronunciado en público sobre nada de esto. Ni sobre cómo la recibieron entonces, ni sobre los cuarenta y seis años de silencio que vinieron después.
Puede que sea una decisión suya y no nos toque interpretarla. Puede también que sea la única respuesta sensata ante un mundo intelectual que primero la ignoró y ahora la celebra sin haber explicado por qué la ignoraba. Lo que tenemos delante, en todo caso, es el libro. En nuestra lengua, por fin, con Yacine, Médina y Tabara dentro. Nos toca leerlo y hacer con él lo que ella pedía, que era ligar la práctica teórica a la práctica a secas. Actuar.
La inteligencia artificial (IA) hace muy rápido cosas que nos exigen mucho tiempo, pero su impacto robotiza los procesos intelectuales. Las computadoras perturbaron el mundo del trabajo para los llamados “cuellos azules”, pero la IA va a tener el mismo efecto para los “cuellos blancos”. Y ya se están viendo las primeras series de desastres, no por causa de los sistemas de inteligencia artificial sino por culpa de quienes los manipulan. El problema no consiste tanto en verificar la calidad de las IAsino en la inteligencia de quienes confían en esos sistemas.
Una docena de Estados ya han vivido –a veces con éxito– manifestaciones de la “generación Z”, y las que acaban de producirse en Francia abren la puerta a que la población sea manipulada. Los actos destrucción programados que se vieron en Francia el 17 de octubre tienen el aspecto de un montaje con vista a la proclamación de una especie de estado de emergencia que permita suspender la próxima elección presidencial, como viene sucediendo en Ucrania desde hace 2 años.
Tras una década sin elecciones, Haití busca volver a las urnas pese al colapso institucional y la violencia de bandas que dominan más del 80% de la capital. Analistas dudan de la legitimidad de un proceso impulsado por presiones externas.
Un hombre protesta con una bandera haitiana frente a la sede del gobierno, en Puerto Príncipe, el 6 de febrero de 2026.
Este año, Haití ha intentado volver a las urnas tras una década sin elecciones generales, pero lo hace inmerso en una grave crisis de seguridad, con instituciones colapsadas y bandas armadas que dominan más del 80% del área metropolitana de Puerto Príncipe, su capital, así como sectores clave de los departamentos de Centro, Artibonite y Oeste, zonas donde se concentra más del 55% de la población.