El legado revolucionario de Fidel Castro, quien habría cumplido 100 años esta semana, nos recuerda que liberarse del saqueo neocolonial exige construir con rigor la capacidad productiva y un compromiso inquebrantable con la dignidad humana.

Queridas amigas y amigos,
Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Tenía solo 16 años cuando vi a Fidel Castro por primera vez, en la cumbre del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL) de 1983 en la India. Cuando Fidel, quien habría cumplido 100 años esta semana, se encontró con la primera ministra india Indira Gandhi en la sede de la conferencia, rompió el protocolo y le dio un abrazo de oso descomunal. Fidel amaba la India, algo que aprendería de él 18 años después, en Durban, Sudáfrica. “Fui a la India muchas veces”, me dijo entonces, “pero nunca por mucho tiempo”. Me daba demasiado temor decirle que lo había visto de lejos en la conferencia del MNOAL y que, por su personalidad monumental, había imaginado que Cuba era un país enorme, y no una nación insular de aproximadamente 110.000 km2, con una población menor que la del área metropolitana de Calcuta, donde nací. Al verlo de lejos, con su uniforme militar verde olivo, me lo imaginé como el joven Fidel marchando hacia La Habana desde la Sierra Maestra, mientras me preguntaba si llevaba una pistola bajo la casaca para protegerse de los asesinos que parecían no poder tocarlo nunca.
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