No rueda el balón: Fútbol en tiempos de Covid-19

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No rueda el balón: Fútbol en tiempos de Covid-19

La aparición del coronavirus irrumpió con velocidad inesperada en todo lo que conocíamos como ‘normalidad’. Paralizó reuniones, fábricas y cultos de todo tipo incluyendo el del fútbol. Entendido como culto por todos esos ritos que le hacen homenaje: el rito del hincha, alistando su camiseta de algún ídolo de los 80’s, una bandera y su voz; el rito del jugador del barrio, el del niño, el del profesional, con su uniforme y un balón. Todos buscando la ilusión del gol.

Ahora los templos están vacíos, no rueda el balón, no cantan los hinchas, no nombran al ser más preciado del juez central. El distanciamiento social nos volcó a las redes o al tv a ver documentales o repetir goles… en el mejor de los casos; en el peor de ellos, 10 canales de deportes listando jugadores, directivos y técnicos contagiados y recuperados. Pero en cualquier caso, especulando con el futuro del balón dada la incertidumbre permeada en diversos aspectos de la sociedad.

En esta búsqueda colectiva de explicaciones han recaído cuestionamientos especiales sobre los jugadores de clubes de fútbol profesional y su grado de respuesta ante las necesidades en las comunidades. En estos meses de confinamiento social parece haberse reforzado un prejuicio hacia el fútbol y sus jugadores en particular, quienes en ocasiones resultan más juzgados que los mismos dueños y directivos que se han encargado de favorecer el marketing antes que el deporte.

Pareciera que este grupo que mueve los hilos resultara invisible ante los ojos detractores. Si a usted le apasiona el fútbol se sentirá identificado con las próximas líneas, y si no le gusta el fútbol, espero se dé un chance, al menos por un momento, de ver con otra óptica esta pasión que mueve a millones de personas en el mundo, desde los juegos de niños en el barrio con una pelota de trapo y dos piedras como arco, hasta el nivel profesional contando con más países en la FIFA que en la ONU (211 vs 193).

No obstante, no hay que desconocer que el fútbol ha contado con escándalos de narcotráfico, cifras exorbitantes de dinero por patrocinios, indumentaria y boletería, canales premium que secuestran el fútbol gradualmente y el préstamo y compra de jugadores; todo un modelo de esclavitud moderna donde un jugador es vendido, prestado, cambiado y quemado como un objeto, cuando miles de ellos solo persiguen una pasión y una vida mejor para los suyos.

Un ejemplo de esto, es la presión que ejercen algunos miembros de clases dirigentes del fútbol, presionando el regreso de las ligas, tomando decisiones basadas en el aspecto material y no en el bienestar de los jugadores desde el punto de vista de salud por preocupación al contagio con el consecuente impacto emocional y motivacional por preocupación con sus familias sin mencionar el ritmo acelerado que buscan imponer a los calendarios en detrimento de los derechos laborales de los jugadores.

Son personajes invisibles los que convierten equipos de fútbol en marcas, jugadores en esclavos e hinchas en clientes. Es un aspecto del fútbol moderno que opaca lo que en verdad representa: como ese 2007 cuando Drogba logró poner fin a la guerra civil de 5 años en Costa de Marfil gracias al fútbol, o un Sócrates Oliveira que en los 80’s sentó su voz en contra de la dictadura paulista, o Los de Abajo, barra de la U de Chile que se manifestó con fuerza en contra de la dictadura de Pinochet.

El fútbol logra un gran sentido de identificación y cohesión entre sus seguidores lo que le otorga un potencial especial de acción política. Sin ir tan lejos en el tiempo, esto lo vemos reflejado en la situación actual con todo el apoyo material brindado a comunidades vulnerables por jugadores como Falcao, Yerry Mina, James Rodríguez, Teófilo Gutiérrez; equipos poniendo a disposición estadios adecuados para atención en salud; donaciones innumerables de material de protección, etc.

“Debemos apoyar en lo que podamos a la gente del barrio (…) a los que no están bien” dice Carlos Tévez. Y este espíritu de solidaridad y trabajo en comunidad ha sido imitado también por los hinchas en sus barrios. Aunque los medios de comunicación en ocasiones quieran favorecerse de las noticias de violencia y delitos, miles de barras en Latinoamérica se han organizado para entregar mercados y desinfectar zonas públicas, llegando a lugares que el Gobierno olvidó.

A lo largo de mis años de experiencia en investigación y ejercicio profesional, además de historia personal, he visto como el fútbol ha sido un factor de resiliencia que salva vidas: a las y los adolescentes que les da una meta y motivación extra su club de fútbol popular, aquellos con padres ausentes que encuentran en la barra una familia y ahora los estadios adecuados para atención en salud, ampliando  la cobertura que resalta el déficit en inversión social.

Si el fútbol moviliza y articula a miles de personas para resolver necesidades emergentes en sus entornos inmediatos, quizás entonces no sea un enemigo que hay que acabar o a sus hinchas señalar. Que el gusto o no por el fútbol no sea una etiqueta que nos separe como sociedad. Estoy segura que tanto aquel que no soporta ver un partido, como aquella que juega cada partido como el último, y aquellos que siguen alguna liga fervorosamente, todos, deseamos una sociedad mejor.


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