Mal menor reformista vs mal menor revolucionario — Iñaki Gil de San Vicente

Fuente: https://arrezafe.blogspot.com/2022/01/mal-menor-reformista-vs-mal-menor.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email                                                                        18 enero, 2022

MAL MENOR REFORMISTA Vs. MAL MENOR REVOLUCIONARIO — Iñaki Gil de San Vicente

ELSUDAMERICANO – 17/01/2022

DESDE PROUDHON, LASSALLE, BERNSTEIN, MILLERAN HASTA BORIC… POR AHORA

«Querido compadre, seguramente también allí han oído hablar de bolcheviques, de mencheviques, de social-revolucionarios. Bueno, compadre, le explicaré que son los bolcheviques. Los bolcheviques, compadre, somos nosotros, el proletariado más explotado, simplemente nosotros, los obreros y los campesinos más pobres. Éste es su programa: todo el poder hay que dárselo a los diputados obreros, campesinos y soldados; mandar a todos los burgueses al servicio militar; todas las fábricas y las tierras al pueblo. Así es que nosotros, nuestro pelotón, estamos por este programa»

G. Boffa: La revolución rusa, ERA, México. 1976, T. 2, p. 28

1. PRESENTACIÓN

2. PROUDHON (1809-1865)

3. LASSALLE (1825-1864)

4. BERNSTEIN (1850-1932)

5. MILLERAND (1859-1943)

6. MAL MENOR REFORMISTA VS. REVOLUCIONARIO

1.- PRESENTACIÓN

Estas palabras proceden de una carta que un soldado escribió en verano de 1917 a su familia campesina. Son pertinentes para el texto que sigue porque muestran la importancia crítica que tiene el programa estratégico de un partido, de una coalición de partidos, de un Gobierno, etc., pero en especial son decisivas porque muestran que es la coherencia entre el programa y su desarrollo lo que da la victoria, mientras que su abandono o relegación precipitan la derrota bien directa bajo la represión o bien indirecta por la deriva reformista integrada en el poder explotador que el programa incumplido decía querer destruir. Por esto, como veremos, desde los primeros escritos marxistas se ha insistido en la necesidad de cumplir con un programa preciso que vaya al nudo de la explotación. Y desde aquellos inicios se ha alertado de lo peligroso que resulta fiarse de los demagogos vendedores de ilusiones que generan falsas e imposibles esperanzas que terminan desmovilizando a votantes que se sienten engañados. Pensamos que esto va a pasar con Boric en Chile.

En efecto, la victoria electoral del centro-reformista chileno nucleado alrededor de Gabriel Boric sobre la extrema derecha y el fascismo dirigida por José Antonio Kast no ha hecho sino agudizar un debate con varias problemáticas interrelacionadas que venía ya en su forma teórica esencial desde al menos 1846. Una de ellas es el recurso al principio ético-político del mal menor para justificar el voto a fuerzas reformistas. Otra de ellas es decidir si el Estado como forma política del capital, y por tanto las instituciones burguesas desde el Gobierno al parlamento, pueden ser instrumento decisivo de avance revolucionario, etc. Nos encontramos, por tanto, ante uno de los debates centrales para la libertad humana porque atañe directamente a la cuestión de la verdad histórica, sí, a la cuestión de si la humanidad explotada puede aprender de las contradicciones sociales para no repetir errores que sigan condenándole a la explotación y al sufrimiento. Lo que está en juego es la posibilidad o imposibilidad de acceder a la verdad de la opresión, es decir a la dialéctica de lo concreto, lo relativo, lo absoluto y lo objetivo en la lucha de clases como motor de la historia.

Este debate permanente, que volvió a avivarse Bolivia y México, por ejemplo, se va a intensificar en la medida en que en Chile, Perú y Honduras se agudice la lucha de clases o, por el contrario, el centro-reformista empantane las reivindicaciones obreras y populares en la trampa parlamentaria, debilitando y desmoralizando a los y las trabajadoras y envalentonando a las derechas; otro tanto sucederá en mayor o menor grado en Colombia y Brasil. La victoria electoral de Gabriel Boric está siendo utilizada como el argumento definitivo que demostraría que, por fin, se ha logrado la cuadratura del círculo, el ‘Santo Grial’ que contiene el elixir de la ansiada validación histórica de la vía reformista que se opuso frontalmente a la revolucionaria desde el origen de la lucha de clases. Es por esto que, eufóricos, aseguran la victoria electoral chilena «trasciende fronteras». Exacto, es un debate que «trasciende fronteras» porque nace de la mundialización de la lucha de clases.

Ahora mismo en el Estado español el debate aflora de nuevo con fuerza ante el proyecto neoreformista liderado por un parte del actual Gobierno frente al ascenso de la extrema derecha cara a las elecciones de 2023: desde algunos pequeños sectores del PSOE hasta esta sopa insípida de ilusionismo podemita, eurocomunismo e izquierdas emblandecidas, se intenta por enésima vez dar forma a alianzas interclasistas que vuelven a prometer «progreso», «justicia social», repitiendo las buenas palabras de Unidas-Podemos de Pablo Iglesias en el Estado español y de Alexis Tsipras y SYRIZA en Grecia de 2012 hasta el Gobierno de 2015-2016, o Pepe Mújica en Uruguay, Dilma Rousseff en Brasil, Michele Bachelet en Chile… Pareciera que no hubieran existido aquellas derrotas mil veces vaticinadas de la que aún tarda en recuperarse el movimiento obrero. Lo grave es que en este lustro hemos entrado en una crisis sin parangón frente a la que el neoreformismo no puede sino intentar mejorar un poco la esencia del reformismo que ya Marx denunciara en1846.

Es por esto que debemos hacer un sucinto repaso histórico para sacar a la luz el choque frontal entre las dos grandes estrategias inconciliables: la revolucionaria y la reformista, que independientemente de la creencia subjetiva de quienes la practican es una perversa defensa objetiva de la explotación. Vamos a repasar muy rápidamente la decisiva influencia que en el surgimiento del reformismo y de la burda falsificación del principio ético-político del mal menor han tenido Proudhon, Lassalle, Bernstein y Millerand, y en base a las constantes que le identifican analizaremos el momento actual.

2.- PROUDHON (1809-1865)

Efectivamente, Marx crítica al reformismo de su época tomando como figura a Proudhon. En una carta del 28 de diciembre de 1846 a P. V. Annenkov, dice:

«Quieren lo imposible, a saber: las condiciones burguesas de vida, sin las consecuencias necesarias de estas condicionas […] En su deseo de conciliar las contradicciones, lo único que no se le ocurre al señor Proudhon es preguntar si no deberá ser derrocada la base misma de estas contradicciones. Se parece en todo al político doctrinario, para quien el rey, la Cámara de los diputados y el Senado son, como partes integrantes de la vida social, categorías eternas […] El señor Proudhon es de pies a cabeza un filósofo y un economista de la pequeña burguesía. En una sociedad avanzada el pequeño burgués se hace necesariamente, en virtud de su posición, socialista de una parte y economista de la otra, es decir, se siente deslumbrado por la magnificencia de la gran burguesía y siente compasión por los dolores del pueblo. Es al mismo tiempo burgués y pueblo. En su fuero interno se jacta de ser imparcial, de haber encontrado el justo equilibrio, que proclama diferente del término medio. Ese pequeño burgués diviniza la contradicción, porque la contradicción es el fondo de su ser. No es más que la contradicción social en acción. Debe justificar teóricamente lo que él mismo es en la práctica».

La pregunta que debemos hacer es esta: ¿cómo actúa ahora, después de 175 años, la pequeña burguesía cuando llega al Gobierno, que no al poder total del Estado? Hablamos de la pequeña burguesía porque en general y junto a algunos sectores de la media y franjas obreras con ideología pequeño burguesa, forma la base del reformismo parlamentario de la que surgen bastantes de los burócratas presidenciables incluso con un pedigrí o historial magnificado propagandísticamente de «luchador por la libertad» aumentando su valor de cambio en el mercado electoral. La respuesta es que, en lo esencial, hace lo mismo que lo dicho por Marx en 1846. El rigor de Marx y Engels para destripar los arcanos de la pequeña burguesía aun con las limitadas experiencias disponibles en la mitad del siglo XIX, se aprecia en los premonitores análisis que aparecen en El 18 Brumario de Luís Bonaparte, de 1851-1852.

Según Marx, el reformismo busca la conciliación de contrarios, el equilibrio estático entre fuerzas antagónicas. En otra parte de la carta, Marx acusa a Proudhon que quedarse con lo «bueno» del capitalismo y con lo «bueno» de la esclavitud, desechando los «malo» de ambos. La dialéctica de la permanente unidad y lucha de contrarios desaparece para buscar el acuerdo entre el capital y el trabajo. La «imparcialidad» y el «justo equilibrio» frente a la explotación, que no son otra cosa que la mezcla entre las buenas palabras de paciencia al proletariado, diciéndole que no pueden imponerse medidas sociales avanzadas, y las concesiones abiertas u ocultas a la burguesía para «activar la economía, es decir, salvar el capitalismo en vez de destruirlo. Como se aprecia, además de la incompatibilidad política y económica entre reformismo y marxismo, también estaba la incompatibilidad filosófica o de método de conocimiento: la dialéctica de la lucha de contrarios.

Muchos de estos reformismos se autodenominaban «socialistas» hasta tal punto que el viejo Engels explicó en el prólogo de 1890 al Manifiesto Comunista que en 1847 había dos grandes corrientes socialistas: la utópica agonizante, y la de «los charlatanes sociales de toda laya, los que aspiraban a remediar las injusticias de la sociedad con sus potingues mágicos y con toda serie de remiendos, sin tocar en lo más mínimo, claro está, al capital ni a la ganancia». El Manifiesto Comunista criticaba a ambos socialismos y planteaba que una vez conquistado el Poder el proletariado despojaría «paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado […] Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindiese como medio para transformar todo el régimen de producción vigente».

Lo que, en 1890, que no en 1845, entendía Engels por «sin tocar en lo más mínimo, claro está, al capital ni a la ganancia», hacía referencia a las leyes tendenciales inmanentes al capitalismo: la ley general de la acumulación capitalista, la ley de la caída de la tasa media de ganancia, la ley de la concentración y centralización del capital, la ley de la competencia, la función estructural del militarismo, etc. La crítica marxista de la economía política burguesa es más actual y pertinente ahora que entonces, incluso más que en 1894 cuando Engels analizó la arrasadora propagación de lo que entendemos dentro del conglomerado formado por el capital financiero, ficticio y especulativo. Las contradicciones capitalistas están hoy más agudizadas que entonces, además han adquirido formas nuevas y mucho más graves como la crisis socioecológica, e incluso ha irrumpido otra cualitativamente nueva: la Covid-19 y la probabilidad de nuevas zoonosis pandémicas. Viendo esto, los «potingues mágicos» reformistas de 1890, que llevaron en los años treinta al keynesianismo, son más inútiles ahora que entonces, lo que obliga al reformismo a lanzar nuevas mentiras. Por tanto, ahora es más necesario que entonces aplicar desde el Gobierno obrero una «acción despótica» contra la burguesía.

Las medidas aplicables que propone el Manifiesto podemos estudiarlas en Internet. Sus autores las adecuaban a los contextos y circunstancias de cada país en el que se publicaba la gran obrita, y siempre insistieron en la necesidad de esa estrategia de «acción despótica» del Poder proletario contra el capital. Más aún, en 1850 en la Circular del Comité…, se analiza el fracaso de la revolución de 1848 y como lección, se propone al proletariado que, tras la victoria de la burguesía democrática, siga avanzando hacia la revolución socialista porque la burguesía democrática le traicionará una vez conquistado el poder, desde el que aplicará su programa con la intención de seguir explotando al proletariado aunque con algunas mejoras salariales, sociales y de estabilidad: «tienen la esperanza de realizar este programa por medio del Estado y la Administración municipal y a través de instituciones benéficas».

En 1850 no existían aún los servicios sociales y públicos y mucho menos existía el llamado «Estado del bienestar» (¿?) mantenido por el esfuerzo obrero en forma de salario indirecto, por esto, la burguesía utilizaba la beneficencia privada o institucional para hacer caridad e integrar al movimiento obrero, tarea que ahora hacen los casi desmantelados servicios públicos y, previo pago, los privados que se han convertido en otro negocio, como en su tiempo eran las mutuas. Hay que recordar esto para comprender la actualidad de lo dicho en la Circular del Comité porque la lucha obrera por darle un contenido socialista a la «beneficencia» y a los servicios públicos, y por acabar con su privatización, esta lucha afecta directamente a la tasa media de ganancia y a la vez refuerza la conciencia y unidad obrera, y esta es la razón por la que el capital quiere privatizarlos cuanto antes.

Los Gobiernos reformistas están atrapados en la pinza de las exigencias privatizadoras del capital y en las exigencias proletarias de que esos servicios los pague el capital y además sirvan para preparar la revolución. Por esto, los Gobiernos reformistas se pliegan más temprano que tarde al capital, y por esto Marx y Engels avisaron que el proletariado no debe desarmarse sino armarse más, debe organizarse mejor y derrocar a la burguesía que ha dejado de ser democrática, o sea, debe hacer la «revolución permanente». Tal preparación no anula el que, a la vez, la clase obrera intente aumentar su fuerza parlamentaria allí donde existan condiciones. La lucha parlamentaria en la democracia burguesa puede impulsar mucho el proceso revolucionario siempre que esté supeditada a y dirigida por la independencia política estratégica del proletariado.

El proletariado no debe confiar en la burguesía por muy democrática que sea, en el contexto de la primera mitad del siglo XIX, podría aún aliarse tácticamente con ella para derrotar al absolutismo reaccionario, pero inmediatamente debía prepararse para enfrentarse con las armas y vencer a su antigua aliada que ya se había convertido en su nueva explotadora aparentemente «democrática». La lección que Marx y Engels extrajeron de la derrota, y que sería enriquecida permanentemente hasta el final de sus vidas, como veremos, ha sido desatendida y rechazada con demasiada frecuencia con efectos terribles sobre la vida de millones de personas. La ceguera histórica del reformismo es tanto más grave cuanto que se ha extinguido, para no volver ya a la fase en la que la burguesía se jugaba sus propiedades y algunas contadas veces sus vidas luchando por su democracia. Como veremos, fue en la socialdemocracia alemana de 1895 cuando este problema estalló con virulencia al ser censurado por la burocracia del partido un decisivo texto de Engels al respecto.

3.- LASSALLE (1825-1864)

Mientras tanto, en Alemania Ferdinand Lassalle daba un fuerte impulso al movimiento obrero, pero a la vez sembraba en su interior semillas reformistas ahora sólidamente arraigadas. Lassalle proponía acceder al control del Estado sólo mediante la acción parlamentaria legal, logrando así el apoyo de la burocracia a sus planes de impulsar estatalmente una economía cooperativista que fuera desplazando paulatinamente y sin tensiones al capitalismo hasta suplantarlo pacíficamente, todo ello dirigido por la «dictadura de la Inteligencia» cuya plasmación práctica se veía en su autoritarismo, narcisismo y culto a su persona. Su famosa «ley de bronce del salario» afirmaba que la lucha sindical no rendía ningún resultado positivo lo que explica que el concepto de «uniones sindicales» no aparezca en su vocabulario. Consecuentemente, todo el esfuerzo debía concentrarse en la política parlamentaria.

Esta estrategia empezó a ser aceptada por comisiones del partido desde 1863, año en el que Lassalle comenzó sus relaciones con el canciller Bismarck para instaurar un «cesarismo social» que velase por la clase obrera, un gran Estado prusiano que, por su superioridad cultural, tenía el derecho a seguir ocupando partes de Polonia. También apoyaba de diversos modos la guerra imperialista contra Dinamarca, aunque murió en ese 1864. Esperaba que el expansionismo llevase a la invasión de Austria, lo que, según creía, favorecería la instauración del sufragio universal en Alemania, pero murió dos años antes de esa invasión, pero el sufragio universal sólo llegó a finales de 1918, en plena ola revolucionaria porque hasta entonces sólo votaban los hombres.

Las relaciones entre Lassalle y Marx y Engels no eran de amistad personal sino de afinidad política táctica y de choque teórico estratégico, tensiones que estallaron una vez muerto Lassalle cuando sus ideas dominaban en el partido. La Crítica del Programa de Gotha escrita por Marx en 1875 hundía las bases del lassalleanismo, por lo que fue ocultada hasta 1891 y sólo fue divulgada en serio a raíz de la utilización que de ella hizo Lenin en su El Estado y la revolución en 1917. Las ideas de Lassalle fueron adaptadas por el obispo de Maguncia en 1869 dando forma al movimiento socialcristiano: subida salarial, control del horario laboral, respeto de las fiestas, prohibición del trabajo infantil, y supresión del trabajo de mujeres y jóvenes en las fábricas. Reivindicaciones vehiculizadas sólo por las instituciones.

De este modo en la socialdemocracia se formaron creencias muy sólidas porque correspondían al sentido común pequeño burgués, funcionarial y del proletariado y campesinado con poca conciencia política: el Estado si no es socialmente neutral del todo, sí puede ser ganado fácilmente por el «pueblo» que, guiado por la minoría parlamentaria docta, lo empleará para desplazar pacíficamente a la burguesía instaurando el «socialismo», proceso paciente que excluye todo aventurerismo izquierdista porque no hay que molestar a los aparatos de Estado que podrían pasarse a la burguesía. El «interés nacional» es el del Estado y viceversa, por lo hay que dedicar presupuesto al Ejército. La alta autoridad del Estado y la élite político-parlamentaria están por encima del obrero medio. La política exige el culto al dirigente narcisista o su defenestración por la prensa sucia y sensacionalista, o por la propaganda teledirigida por los servicios secretos… Esta ideología estaba tan arraigada en amplios sectores de la clase obrera que apenas pudo ser barrida por las duras leyes antisocialistas decretadas desde 1878.

Actualmente, la industria político-mediática, la propaganda reformista, etc., adaptan aquellas ideas a las condiciones de la lucha de clases del presente. El grueso de los políticos reformistas, sobre todo de los presidenciables, sabe que están a merced de estos tentáculos que surgieron en la segunda mitad del siglo XIX, y saben y quieren utilizarlos en las escabechinas cainitas inherentes a la casta política burguesa. Muchos reformistas presidenciables han visto cómo su prometedora y egoísta carrera a la Presidencia de Gobierno ha sido destrozada por esas degollinas que se libran en despachos, fuera del conocimiento de sus dóciles votantes que creen ser libres.

La Comuna de París de 1871 concretó y amplió a la vez los contenidos de la lección recogida en la Circular de 1850: Marx y Engels estudiaron los innegables logros comuneros, más actuales que nunca, pero también hicieron una crítica constructiva de sus errores y limitaciones, como la realizada por Engels en 1875 sobre el respeto irracional de los comuneros a la banca, que no se atrevieron a expropiar y socializar para dedicar ese dinero recuperado a las necesidades de la Comuna. No sería la primera ni la última vez que el movimiento obrero se detiene temeroso ante la propiedad burguesa aun disponiendo de la fuerza armada para socializarla. Sin ir muy lejos, en verano de 1936 la Comuna de Donostia, que resistía a la desesperada al ejército internacional fascista, tampoco se atrevió a expropiar en serio a la burguesía, cuando sufrían una penuria extrema de armas. Estos errores decisivos, son el resultado de la débil organización política y teórica, y a la vez son la expresión última de la lentitud del movimiento revolucionario en superar la ideología reformista que inicialmente lleva en su seno.

4.- BERSTEIN (1850-1932)

Para 1878 Eduard Bernstein sintetizaba en sus primeros artículos el pensamiento de la corriente reformista muy fuerte en la socialdemocracia, aunque aún no sistematizada teóricamente. Al poco, en la Circular a Bebel del 17-18 de septiembre de 1879, Marx y Engels indicaban que los reformistas

«No tratan de abandonar el programa sino sólo de aplazarlo… hasta una época indeterminada. El programa se acepta, pero no realmente para uno mismo ni para el tiempo de su vida, sino póstumamente, como legado para hijos y nietos. Y hasta entonces se aplica «toda la fuerza y la energía a minucias y zurcidos de todas clases en el orden social capitalista, para que parezca que se hace algo y al mismo tiempo para no espantar a la burguesía”».

El reformismo zurce y maquilla lo «bueno» del capitalismo, y niega que exista lo «malo» para, así, seguir cosechando voto dopado, frenar la concienciación proletaria y «no espantar a la burguesía». Obseso por conciliar lo inconciliable –amo contra esclava– jura por lo más sagrado –las poltronas parlamentarias– que no ha «abandonado» el programa, que sólo lo «aplaza» porque no existen aún las «condiciones» para su aplicación plena; dice que no hay que precipitarse con aventurerismos ultraizquierdistas que enfurecen al Ejército burgués. Marx y Engels acertaron de nuevo, pero sólo una parte del futuro porque no vieron, o si lo intuyeron se callaron a la espera de más experiencias que lo confirmase, como era su norma, que llegaría el momento en el que el reformismo abandonase el programa originario sin pudor alguno, como ha hecho la II Internacional y buena parte de la III Internacional porque lo fundamental es «no espantar a la burguesía».

Recordemos que fue en 1878 cuando se impuso la ley antisocialista y cuando Bernstein empezó a pulir las tesis reformistas que venían desde Lassalle, si no antes. En 1881 Domela Nieuwenhuis preguntó a Marx sobre qué debería hacer la izquierda si llegase al Gobierno de Holanda, que le responde en la carta del 22 de febrero:

«Un gobierno socialista no puede ponerse a la cabeza de un país si no existen las condiciones necesarias para que pueda tomar inmediatamente las medidas acertadas y asustar a la burguesía lo bastante para conquistar las primeras condiciones de una victoria consecuente».

Él mismo puso en cursivas las palabras «asustar a la burguesía». Asustar es el primer paso para infundir miedo y hasta pánico y espanto paralizante. Recordemos que el Manifiesto de 1848 explicaba la necesidad de una «acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción» como uno de los pasos primeros del nuevo poder obrero. Ahora, y tras la experiencia acumulada en un tercio de siglo, Marx insiste en lo mismo.

Poco a poco, la represión empezó a hacer mella en la conciencia política de sectores acostumbrados a la acción institucional en ayuntamientos e instancias gubernativas, y en la burocracia sindical, de manera que el posibilismo, es decir, el adaptarse a las exigencias legales para mantener alguna presencia sindical e institucional, además de parlamentaria, fue argumentado con la tesis del «mal menor»: ceder en algo para no perderlo todo. Consciente de ello, Engels en la carta del 28 de noviembre de 1882 le dijo a E. Bernstein que:

«Hallar ese por un momento en minoría con un programa correcto –en tanto organización– es mejor que tener un gran número de seguidores, que solo nominalmente pueden ser considerados como partidarios.»

Más adelante, cuando nos detengamos en Bernstein deberemos volver a esta idea de Engels, que fue recogida por Lenin.

Conocedora de la estrategia comunista, la burguesía alemana exigió a la socialdemocracia que para ser legalizada renegase del derecho a la revolución. En la carta a Bebel del 18 de noviembre de 1884, Engels escribió: «Y esos son los partidos que nos exigen que nosotros, sólo nosotros de entre todos, declaremos que en ninguna circunstancia recurriremos a la fuerza, y que nos someteremos a toda opresión, a todo acto de violencia, no sólo cuando sea legal meramente en la forma –legal según la juzguen nuestros adversarios– sino también cuando sea directamente ilegal. Por cierto, que ningún partido ha renunciado al derecho de la resistencia armada, en ciertas circunstancias, sin mentir. Ninguno ha sido capaz de renunciar jamás a este derecho al que se llega en última instancia. […] Tal declaración de ilegalidad puede repetirse diariamente en la forma en que ocurrió una vez. Exigir una declaración incondicional de esta clase de un partido tal, es totalmente absurdo».

El derecho a la revolución, que en la Edad Media era llamado «derecho al tiranicidio» y asumido con restricciones hasta por Tomás de Aquino, también fue practicado y teorizado por la burguesía ascendente. Desde 1948 el Preámbulo de la Carta Universal de los DDHH lo llama «derecho a la rebelión contra la injusticia y la opresión». Las cuatro denominaciones, y otras similares, se refieren al derecho esencial de luchar por la libertad empleando la violencia justa. El debate sobre el mal menor o mayor en su forma extrema es parte de este derecho inalienable a la revolución que, según la ética marxista, se ejercita –el mar menor revolucionario– no para evitar un mal mayor, el fascismo, por ejemplo, sino para avanzar al bien mayor: el comunismo.

Recordemos que estamos hablando de «votar» como acción pasiva individualizada, no de movilizar masivamente al proletariado para derrotar al fascismo en la calle. Como veremos al final, votar al reformismo para evitar un mal mayor –el fascismo– es entregar el futuro al capital y por eso impedir el bien mayor, el comunismo. La diferencia entre la movilización masiva guiada estratégicamente para derrotar al fascismo, y el voto pasivo individualizado dentro de la ley burguesa, es tan obvia que no la desarrollamos aquí. Esta distinción es vital y aunque exige el análisis concreto de cada situación concreta en la que puede plantearse la conveniencia o no del voto reformista como mal menor para evitar el fascismo, siempre hay que contextualizar esa situación dentro la universalidad de la lucha de clases entre el capital y el trabajo.

El poder burgués sabía entonces y lo sabe ahora qué arma definitiva obtiene al exigir a la izquierda que renuncie al elemental derecho a la revolución: encadenarla moral y materialmente a la explotación, a optar siempre por el mal menor reformista para evitar el fascismo porque ella, la izquierda, ha renunciado al mal menor revolucionario para optar por el bien mayor: acabar con el capitalismo y desarrollar el comunismo. Un ejemplo de mal menor reformista fue el apoyo electoral de izquierdas emblandecidas a Pablo Iglesias y a Tsipras, uno de mal menor revolucionario fue el apoyo de los bolcheviques al Gobierno de Kerensky para derrotar el golpe de Kornílov en septiembre de 1917.

Para evitar que las izquierdas apliquen el mal menor revolucionario, el imperialismo ha desarrollado diversos métodos siendo uno de ellos los llamados «Principios Mitchell», una adaptación a algunas luchas de finales del siglo XX y comienzos del s. XXI de la exigencia de Bismarck al partido socialdemócrata de que renunciase él y sólo él al derecho a la revolución. Ambos métodos obligan a la izquierda al desarme y a renegar del derecho a la revolución. Una vez desarmada en lo mental y en lo físico, a la ex izquierda no le queda sino aceptar el mal menor en su sentido reformista: el derecho al pataleo en las instituciones burguesas. Lo comprendemos del todo leyendo los seis «Principios Mitchell»:

1.- El uso de medios exclusivamente democráticos y pacíficos para resolver las cuestiones políticas.

2.- El desarme total de todas las organizaciones militares paraestatales.

3.- Acordar que el desarme debe ser verificable por una comisión independiente.

4.-Renunciar ellos mismos, y oponerse a cualquier intento de otros, a utilizar la fuerza o amenazar con utilizarla para influir en el curso o en los resultados alcanzados en las negociaciones multipartitas.

5.- Comprometerse con respetar los términos de cualquier acuerdo alcanzado en las negociaciones multipartitas y con recurrir a métodos exclusivamente democráticos y pacíficos para tratar de modificar cualquier aspecto de esos acuerdos con los que puedan estar en desacuerdo.

6.- Instar a que los asesinatos y palizas de “castigo” terminen y a tomar medidas eficaces para prevenir tales acciones.

Por lo que vemos, la exigencia de Bismarck y los «Principios Mitchell» son inconciliables con el «derecho al tiranicidio», o en términos marxistas, son un instrumento represivo material y moral que anula de raíz el derecho a cualquiera de las muchas formas de violencia defensiva –mal menor revolucionario– contra el mal mayor capitalista: la explotación asalariada y la violencia injusta del Estado burgués que es el terror último que protege la propiedad burguesa de las fuerzas productivas. Por poner un ejemplo, la dirección de la izquierda independentista vasca tal como existía en 2010 se comprometió a cumplirlos. Las fuerzas reformistas no necesitan firmarlos porque están de acuerdo con ellos.

Viendo lo anterior, descubrimos una de las razones por las que en la Alemania del último tercio del siglo XIX fue tan efectiva hasta primavera de 1918 la mezcla de represión abierta contra la izquierda del partido pero menos dura con otros sectores, reformas tímidas implementadas para dividir al proletariado según la táctica del palo y la zanahoria, los cambios sociales, la burocratización de sectores sindicales, la presión de sectores municipalistas del partido para volver cuanto antes a la legalidad, la eficacia alienadora del capitalismo sobre la casta intelectual, todo esto hizo que fuese ganando terreno el sector reformista. No es de extrañar por tanto que en 1889 el partido no apoyase la huelga minera en el Rühr. Tras esta prueba de acatamiento del orden, la represión cesó en 1890 pero en 1894 estuvo a punto de aplicarse de nuevo, lo que puso muy nerviosa a parte de la dirección del partido que, sin dudarlo, censuró uno de los últimos textos de Engels: su Prefacio a la edición de 1895 de La lucha de clases en Francia1848-1850.

Engels hace un rápido seguimiento de los cambios acaecidos en casi medio siglo, insistiendo en la importancia de la lucha parlamentaria en las condiciones concretas del momento en Alemania, y llegando a la conclusión de que las antiguas insurrecciones revolucionarias ya no tienen posibilidad de victoria porque la burguesía ha aprendido a derrotarlas, pero añade: ¿Quiere decir esto que en el futuro los combates callejeros no vayan a desempeñar ya papel alguno? Nada de eso. Quiere decir únicamente que, desde 1848, las condiciones se han hecho mucho más desfavorables para los combatientes civiles y mucho más ventajosas para las tropas. Por tanto, una futura lucha de calles sólo podrá vencer si esta desventaja de la situación se compensa con otros factores. Por eso se producirá con menos frecuencia en los comienzos de una gran revolución que en el transcurso ulterior de ésta y deberá emprenderse con fuerzas más considerables. Y éstas deberán, indudablemente, como ocurrió en toda la gran revolución francesa, así como el 4 de septiembre y el 31 de octubre de 1870, en París, preferir el ataque abierto a la táctica pasiva de barricadas».

No es este el lugar para ver cómo la historia ha confirmado esta lección de Engels parcialmente desde 1905 y definitivamente desde 1917 a pesar de los errores de la revolución alemana de 1918, ni tampoco para analizar que posibles actualizaciones hay que introducirle desde el mayo’68 –que dio la razón a Engels por su espontaneísmo pasivo incapaz de hacer un «ataque abierto»– hasta ahora viendo cómo se han creado fuerzas policíaco-militares especializadas en la contrainsurgencia urbana, demostraciones que han sufrido recientemente los pueblos obreros y campesinos de Ecuador y Chile, y sufre el de Colombia, la nación mapuche…, sin olvidarnos de otras tácticas integradas en la estrategia general yanqui como los golpes judiciales, los golpes militares, la guerra económica y psicológica, etc., y desde 2020 la utilización de la pandemia de Covid-19 como arma biológica de amedrentamiento y exterminio, aprovechando las limitaciones de las izquierdas para avanzar radicalmente hacia la salud socialista.

Pues bien, en ese 1895 la dirección socialdemócrata, atemorizada por la inminencia represiva, censura y recorta un importante texto de Engels, quien reaccionó de manera furibunda. En la carta a Richard Fischer de 8 de marzo de 1895, dice: «No puedo suponer a pesar de todo, que se hayan decidido a aceptar en cuerpo y alma la legalidad absoluta, la legalidad en todas las circunstancias, la legalidad incluso frente a leyes violentadas por sus propios autores, en resumen, la política de ofrecer la propia mejilla izquierda a quienes nos han golpeado la derecha. Lo cierto es que «Vorwärts», algunas veces, reniega de la revolución con tanta energía como antes la predicó…».

Y en la carta del 3 de abril de 1895 a Paul Lafarge, cinco meses antes de morir, Engels dice:

«Liebknecht me ha jugado una mala pasada. De mi introducción a los artículos de Marx sobre Francia de 1848-1850 ha tomado todo lo que pudiera servirle en apoyo de la táctica pacífica a cualquier precio, con rechazo de todo empleo de la violencia, que considera oportuno predicar desde hace algún tiempo, y particularmente ahora, cuando se preparan leyes de excepción en Berlín. Pero yo sólo predico semejante táctica para la Alemania de hoy, y eso aún con fuertes reservas. Para Francia, Bélgica, Italia, Austria, esta táctica, en su conjunto, no es apropiada, y, en el caso de Alemania, puede mañana convertirse en inaplicable».

Ese «mañana» al que se refería Engels llegó con la revolución de los consejos a finales de 1918, sólo 23 años después de su muerte.

Al menos dos textos muy importantes para la formación del marxismo y para la lucha contra el reformismo como son la Crítica del Programa de Gotha de 1875 divulgado en 1917 y el Prólogo de Engels de 1895 conocido en 1930, fueron marginados y censurados, además de otros textos, cartas y borradores que no se publicaron hasta muy tarde. No podemos aventurar cómo hubiera sido la lucha entre marxismo y reformismo si se hubieran debatido a tiempo, lo que si podemos es pensar que su silenciamiento facilitó la deriva al centro de la socialdemocracia. Obviando que todas las fuerzas reaccionarias y reformistas recurren a la censura en sus propias filas, desde entonces este ataque a la democracia concreta interna se hizo permanente. Ahora, medios de prensa «democrática y progresista» juegan un papel doble: censurar y desprestigiar a la izquierda, y legitimar el voto al centro-reformista recurriendo en caso extremo a una burda tergiversación del principio ético-político del mal menor para evitar el triunfo de la extrema derecha como mal mayor.

Volviendo a la Alemania de 1895, no debe extrañarnos la censura del pensamiento revolucionario de Engels en un momento crucial para el avance del reformismo, dado que no podía agradar a la burguesía y evitar una nueva ola represiva si dentro del partido se reforzaba el ala izquierda con el texto de Engels, cuyo prestigio entre las bases era incuestionable. La burocracia reformista sabía que su futuro dependía de la debilidad de las ideas revolucionarias y del fortalecimiento de las reformistas. Resulta por tanto comprensible que Bernstein esperase hasta 1896 para dar más sistematicidad a su programa y que lo oficializada por fin en 1899, cuando la izquierda se debilitaba.

Para entonces sus seguidores y los críticos de izquierda debatían abiertamente sus tesis de que el capitalismo había entrado en una fase que anulaba la teoría marxista de la crisis, de la explotación social, de la plusvalía, de la concentración y centralización de capitales, etc. Tampoco servían de nada la dialéctica marxista, de la que Bernstein huía como del diablo, y la teoría marxista del Estado y por tanto de la violencia y de la democracia, porque lo que él entendía por «socialismo» se alcanzaría mediante la suma de votos dentro de la «democracia» que, así, dirigiría el Estado sin rupturas violentas. Igualmente defendía el «buen colonialismo» propagador de la superior cultura europea y por tanto alemana, precisamente cuando el ejército alemán iniciaba desde 1883 un genocidio en Namibia. Proponía que el partido cambiara de nombre por el de «partido democrático-socialistas de reformas», con lo que anulaba la necesidad de la lucha revolucionaria y dirigía todo el esfuerzo del partido a la acción institucional.

Bernstein fue apoyado abiertamente por un sector de la dirección entre los que destacaban especialmente Vollmar, que aplaudía a Millerand, y muy significativamente por W. Heine y M. Schippel que proponían «revisar» el antimilitarismo del partido, y que junto con otros también defendían el «buen colonialismo» se rompía así con la identidad antimilitarista que era una seña de identidad del movimiento obrero y socialista, como hemos visto. Ya desde los primeros contactos internacionales a comienzos de la década de 1860 para fundar la I Internacional en 1864, era unánime la exigencia de acabar con el militarismo, con el ejército burgués, consigna que mal que bien se mantuvo siquiera formalmente hasta 1914, aunque en la realidad iba ganando fuerza el «buen militarismo y colonialismo» como elementos para garantizar el desarrollo económico que impulsase el crecimiento electoral y con él la «vía parlamentaria» a lo que la corriente reformista entendía como «socialismo» y que no tenía nada que ver con el socialismo/comunismo marxista.

Uno de los grandes errores de la izquierda alemana en su justa denuncia de Bernstein fue no plantear la expulsión de la corriente reformista del partido ya que era innegable que negaba la estrategia revolucionaria. Para 1899, el partido había «olvidado» o tal vez arrinconado como hizo con otros textos, la carta de Engels a Bernstein 1882 arriba citada y que en ese momento era decisiva. Las condiciones de 1899 no eran las mismas que las de 1864 cuando murió Lassalle, o en 1878 cuando Marx analizó cómo un sector del partido posponía la lucha contra el capitalismo para sus nietos, pero sí era muy actual la carta de Engels de 1882 porque en sólo tres lustros la corriente que rechazaba la estrategia revolucionaria iba copando el silencio la dirección cuando, precisamente, el capitalismo alemán se estaba convirtiendo en el más potente de Europa, su militarismo se preparaba para impulsar la fase imperialista que llamaba a la puerta y tenía recursos suficientes para mejorar la táctica del palo y la zanahoria ampliando la segunda pero olvidando la primera.

En medio de crecientes debates estratégicos, el fetichismo de la organización mandaba en el partido, beneficiando a su burocracia que con la excusa de la «unidad del partido» va desplazando a las corrientes de izquierda para que las bases no debatan sus críticas al reformismo creciente. El fetichismo de la organización es más dañino si el partido está en el Gobierno progresista, entonces cualquier crítica interna es sentida como un ataque directo al «progreso democrático» que sólo beneficia a la extrema derecha. Tanto en Nuestramérica como en el resto del planeta, las izquierdas que se mantienen como tales son hasta denunciadas por sus ex camaradas, llevando frecuentemente esas acusaciones a las fábricas, sindicatos, movimientos populares y sociales, etc., para marginar a la izquierda. Las depuraciones descaradas o encubiertas de «disidentes de izquierda» son una constante en los partidos que practican el mal menor reformista.

A finales del siglo XIX Lenin y su grupito bolchevique no habían perfeccionado todavía su teoría de la organización. El Qué Hacer apareció en 1902 y era una mejora de la teoría organizativa de Marx y Engels adaptándola dialécticamente a las condiciones rusas, pero también a las del capitalismo industrializado. Mientras que hasta la mitad de la década de 1920 el partido bolchevique fue un ejemplo de debate abierto basado en el centralismo democrático, en Alemania el fetichismo del partido característico de la II Internacional junto a las promesas en victorias electorales, ayudaron a retrasar la creación de un verdadero partido comunista, una de las razones fundamentales de las derrotas de las sucesivas oleadas revolucionarias en Alemania desde finales de 1918 hasta 1933, cuando el terror nazi lo aplastó todo.

Antes, la socialdemocracia obtuvo una victoria enorme en 1912 pero en 1914 fue una fuerza decisiva para conducir a la muerte como carne de cañón en provecho del capital a 2 millones de soldados y sufrir heridas de guerra a otros 4,2 millones, sin contar el empeoramiento de las condiciones de vida del pueblo obrero desde 1916. Desde 1918 hizo lo imposible por aplastar la revolución aliándose con la extrema derecha prenazi para asesinar cientos de camaradas de izquierda entre ellas Rosa Luxemburg, aislar a la URSS y frenar las ansias antinazis del proletariado alemán justificando la pasividad del Gobierno de Weimar y la represión de las izquierdas mientras que el nazismo apenas era perseguido a pesar de su violencia creciente.

5.- MILLERAND (1859-1943)

En Francia se producía otro giro reformista idéntico en el que jugó un importante papel Alexander Millerand, abogado laboralista que defendía a obreros sólo dentro de la legalidad, rechazando cualquier forma de lucha que desbordara la ley burguesa. No daba especial importancia a la teoría socialista porque estimaba que lo prioritario era la ley del capital y sus instituciones sobre todo la parlamentaria de la que conocía los trucos y trampas para obtener sus objetivos. Marx ya había demostrado en El 18 Brumario de Luís Bonaparte, la fétida podredumbre interna a la «democracia parlamentaria» y a su politiquería, pero Millerand se movía en esas cloacas como pez en el agua orientándose por entre sus densas oscuridades con su brújula pragmática y con el posibilismo de quien rechaza la perspectiva estratégica.

El posibilismo pragmático, que no estaba muy desarrollado en Proudhon, fue creciendo en Lassalle y en Bernstein hasta llegar con Millerand a rozar casi la astucia de Maquiavelo. Pero éste representaba a la burguesía ascendente de la cuna del primer capitalismo norte-italiano de finales del s. XV y comienzos del s. XVI, mientras que Millerand se hundía en la reacción junto a una burguesía francesa que se retrasaba frente a la velocidad norteamericana y alemana. No es casualidad que el pragmatismo que tanto loa EH Bildu, por ejemplo, fuera el paradigma filosófico y sociopolítico dominante en la intelectualidad yanqui desde finales del siglo XIX. Sin pragmatismo no puede sostenerse mucho tiempo la práctica reformista porque sólo la filosofía pragmática, además del kantismo del que ahora no podemos hablar, ofrece las excusas ideológicas suficientes para justificar las claudicaciones ante el poder mediante una peculiar mal interpretación del principio del mal menor.

Una demostración del pragmatismo de Millerand lo tenemos en su evolución sociopolítica. En una primera fase, y al calor del ascenso de un «socialismo» ambiguo debido entre otras cosas a las imprecisiones y tendencias imperialistas de Guesde (1845-1922), fue variando desde el radicalismo liberal burgués a ese «socialismo» expuesto en 1896 en el programa de Saint-Mandé, que lleva la impronta de Millerand sobre la prioridad de la vía parlamentaria, la relegación de la lucha obrera a la política interclasista para aumentar la fuerza electoral para lo que hace falta la «disciplina electoral» (sic), es decir, controlar la lucha obrera y evitar que se desmande poniendo en peligro la «normalidad social» imprescindible para obtener votos del centro reformista, etc.

Una segunda fase la tenemos cuando en 1899 Millerand maniobró en silencio para entrar de ministro de Industria y Comercio en el Gobierno que tenía como ministro de Guerra a Galliffet responsable del asesinato de 30.000 comuneros y comuneras en 1871. No informó al partido de sus maniobras para ser ministro, provocando un fuerte rechazo de la izquierda que él desoyó, pero valoró mucho la felicitación de Vollmar que representaba la cada vez más poderosa corriente reformista de la socialdemocracia alemana, como hemos visto. Millerand no hacía sino llevar a la práctica lo que un grupo cada vez más influyente en la socialdemocracia alemana proponía cada vez más abiertamente por boca de Bernstein. No informó porque siguió al pie de la letra el consejo brillantemente pragmático que dio un dirigente alemán a Bernstein: «Esas cosas se hacen, pero no se dicen».

Aunque luego desarrollaremos esta «virtud» del pragmatismo reformista, la del «doble juego», ahora debemos insistir en que los debates teórico-políticos en el partido no tienen importancia alguna para el reformismo excepto cuando los manipula de tal modo que sólo sirvan para aplaudir las decisiones que previamente ha dictado la burocracia. El reformismo se salta a la torera los debates que no controla o que pierde: pone una cosa en el papel, pero en la práctica, en silencio y con alevosía, hace lo que quiere. Aquí tenemos un ejemplo de la cínica doble moral burguesa consustancial al reformismo de todos los tiempos e inseparable del «juego parlamentario», nunca mejor dicho.

Una tercera fase se inicia precisamente a raíz de los debates con la izquierda y con la rapidez de giro al centro de Millerand. En 1901 Rosa Luxemburg criticó duramente las esperanzas que un sector socialista como el de Jean Jaurés tenían en Millerand que afirmaba que pese a todo ese Gobierno aumentaría la fuerza obrera y con ella se avanzaría al socialismo. Millerand sabía de la popularidad de sus intervenciones en el Parlamento, caracterizadas por un radicalismo hueco y sin objetivos, que la burguesía toleraba porque no era peligroso ya que, dicho en palabras de Sarraute, amigo de Millerand, este sólo proponía la «solidaridad entre clases». Para 1902 el millerandismo apoyaba la vía legalista y exigía la defensa de las colonias francesas tanto frente a las pretensiones de otras potencias como frente a las luchas independentistas de los pueblos colonizados.

Y la cuarta fase se inició desde que Millerand se acercó más y más a la derecha militarista y nacionalista francesa, que explotaba tan duramente a la clase obrera que en 1919 hubo 2026 huelgas con 1.151.000 participantes, la cifra más alta de la historia hasta ese momento, pero aun así Millerand siguió derechizándose hasta ser Presidente durante poco tiempo en 1920 endureciendo la austeridad presupuestaria contra del trabajo. Si esta era la lucha de clases en el Estado francés, su violencia contra los pueblos que ocupaba era salvaje como lo atestiguan las denuncias impresionantes de Ho Chi Minh que en esos años vivía en las entrañas del monstruo imperialista reforzado por la legitimidad que le daba Millerrand.

6.- MAL MENOR REFORMISTA VS REVOLUCIONARIO

En el Manifiesto, Marx y Engels respondieron así a la pregunta que ellos mismos planteaban: «¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas». Pero la demostrada corrección histórica de la teoría de la crisis es sin embargo rechazada o negada por el reformismo ya que, de admitirla, tendría que reconocer que siempre está condenada al fracaso su creencia de que es posible conciliar lo inconciliable. La tesis del mal menor reformista está atrapada en este agujero negro de las contradicciones del capital, de las crisis que ellas generan y de las soluciones que impone la burguesía para descargar sus costos sobre el proletariado.

Para «demostrar» la necesidad de hacer concesiones al capital, el reformismo sostuvo la corrección de la línea marcada desde Proudhon, Lassalle, Bernstein, Millerand… sobre la excelencia única del parlamentarismo, sobre la valía del Estado como instrumento idóneo para el «avance democrático», etc., y en los tres últimos sobre la necesidad de respetar e incluso apoyar al ejército, o en todo caso, al ejército de «nuevo tipo» tal como proponía Jaurès –1859-1914–, muy cercano a algunas de las ideas del primer Millerand. También aprovecho las oportunidades que ofrecían las revisiones de Marx hechas en la primera mitad del siglo XX por Sombart y Schumpeter que hablaban de la «destrucción creativa» como la capacidad que tiene el capitalismo para superar sus crisis sin estallidos revolucionarios, desde dentro mismo de su economía «endógena» sobre todo mediante la innovación tecnocientífica y financiera: se trataba, por tanto, de acordar con la burguesía la «modernización» de la economía, su tecnificación, para asentar el «Estado del bienestar» con parte de los beneficios porque la otra parte se la quedaba la clase dominante.

La «alternativa» a la cruda crítica marxista fue reforzada por el keynesianismo de aquellos años, todo ello más o menos dentro de la filosofía pragmática que justificaba por qué había que escoger el mal menor reformista de entre dos males para salvar el capitalismo cerrando toda vía al comunismo. Por falta de espacio, no hemos dicho nada sobre la influencia del matrimonio Webb y del movimiento Fabiano en el reformismo británico. La II Internacional fue el centro irradiador de esta fe irracional carente de otra demostración que no fuera la relativa bonanza económica en Occidente durante 1945-1975 –los «treinta gloriosos»– y las sobreganancias obtenidas con el expolio imperialista.

Pero la aceleración de la ley tendencial de caída de la tasa media de ganancia desde los ’70, destrozó la placidez reformista que reaccionó girando más rápidamente al centro-derecha confluyendo en una estrategia común en el fondo caracterizada al menos por los siguientes puntos que al margen de sus diferentes intensidades vemos activos en la presente crisis:

1.- negar el programa revolucionario y aceptar otro que no asuste a la burguesía en lo estratégico.

2.- tranquilizar en la concreción diaria a la burguesía para que no se ponga nerviosa y no se asuste.

3.- desautorizar, debilitar y si es necesario combatir la independencia política proletaria.

4.- sacar de las calles las luchas sociales y dormirlas en el laberinto de las instituciones.

5.- mitificar la actual democracia burguesa como único medio de avance social pese a sus límites.

6.- mitificar al Estado y sus violencias como administración neutral prometiendo mejorarlas.

7.- crear organizaciones difusas e invertebradas que acepten la «disciplina electoral» del voto pasivo.

8.- crear «frentes amplios» ambiguos e interclasistas que atraigan votos del centro y del desencanto.

9.- loar el pragmatismo posibilista en cordiales reuniones con el capital reforzando la normalidad.

10.- buscar el mal menor reformista para derrotar al fascismo sin tocar al capital.

Hemos puesto arriba dos ejemplos de mal menor antagónicos entre sí: el reformista del voto a Unidas Podemos, a SYRIZA, y el revolucionario del apoyo bolchevique al Gobierno para derrotar el golpe de Kornílov. Los reformistas sólo querían desplazar del Gobierno de la derecha y contener el avance de la extrema derecha fascista, para luego, y en el Gobierno, «normalizar» la vida política con pactos con la derecha «democrática» para reactivar la economía y pagar la enorme deuda contraída anteriormente por los gobiernos burgueses, tal cual exigía el capital financiero internacional. Los revolucionarios querían derrotar el golpe militar tomando impulso con esa victoria para, de inmediato, expulsar a los reformistas del Gobierno e instaurar el poder de los soviets mediante la insurrección.

La diferencia insalvable entre el mal menor reformista y el mal menor revolucionario estriba en que el primero, además de estar integrado en el decálogo visto, quiere detener la historia real, la que está minada y podrida por las contradicciones del sistema, para eternizar así la conciliación entre enemigos mortales –amo y esclava–, eternizando esa conciliación mediante el «equilibrio parlamentario». El segundo, el revolucionario acepta con extrema precaución un acuerdo táctico con algunas facciones de la burguesía como mal menor transitorio para coger fuerzas para el asalto al Estado de esa misma burguesía con la que se ha pactado por un instante.

La vía reformista cree contra toda evidencia histórica que la burguesía «democrática» ha dejado de ser su explotadora y opresora, o al menos acepta reducir esa explotación con tímidas reformas negociadas que también obliguen al proletariado a «hacer sacrificios en bien de la economía nacional», siendo el reformismo el garante de que esos «sacrificios» se cumplan. La vía revolucionaria sabe en base a la verdad de la historia que esa burguesía sigue y seguirá siendo explotadora, y que va a traicionar el acuerdo táctico nada más acumular las fuerzas represivas suficientes para aplastar al pueblo trabajador, o si éste se ha desilusionado y dividido por la acción del reformismo, entonces para aplastar selectivamente a la izquierda que sigue siendo revolucionaria.

Las fuerzas reformistas ni quieren, ni pueden ni saben prepararse para «asustar a la burguesía» una vez que hayan accedido al Gobierno, que no al poder profundo y decisivo del Estado del capital. Es más, rechazan de pleno esa necesidad mucho antes incluso de que se plantee la posibilidad remota de llegar al Gobierno. La rechazan porque ya estaba negada del todo en la larga historia de la claudicación reformista, como hemos visto, pero también porque saben que si empezasen a impulsar movilizaciones y luchas proletarias al instante sufrirían los primeros ataques burgueses contra su tranquila y acomodada vida burocrática, lo que les produce pánico. Algunas fuerzas reformistas incluso sienten alivio cuando logran alianzas con fuerzas múltiples de centro porque así pueden justificar a sus bases y al proletariado que no pueden girar a la izquierda porque han firmado acuerdos con sectores burgueses que hay que cumplir en aras de la «democracia». A lo sumo que alguna fuerza reformista ha llegado ha sido a «enfadarse» cuando la burguesía le ningunea incumpliendo esos acuerdos, presentados a las bases como un «logro histórico».

¿Cómo se asusta a la burguesía en la crisis actual, sea en Chile, en Finlandia o en Euskal Herria? Muy sencillo: actualizando en cada país la carta del soldado campesino ruso a su compadre en la que sintetizaba maravillosamente el programa bolchevique de expropiación de los expropiadores. Ahora, además de las tierras, fábricas y armas, también hay que recuperar, devolver al pueblo obrero la salud masacrada por la Covid-19 y por las largas explotaciones impuestas por la precarización de la vida bajo la dictadura del trabajo. Ahora hay que exigir la disolución de los ejércitos imperialistas, de la OTAN y de la industria de la matanza de personas. Ahora hay que exigir el juicio popular de corruptos, torturadores, violadores y proxenetas, banqueros que desahucian y se enriquecen, empresas que arrasan bosques y depredan los océanos, clubs secretos de especuladores y traficantes con el hambre y las drogas…

Es necesario asustar a la burguesía, ponerle nerviosa y atemorizarle con estrategias estatales y no sólo gubernativas de armar al pueblo, imprescindibles para sostener la acción despótica contra el capital recomendada por el Manifiesto Comunista. Limitarse a controlar malamente el Gobierno dejando intactos los centros decisivos del poder del Estado, es un error que puede terminar en desastre como se ha sufrido tantas veces, y ha estado a punto de suceder en Bolivia. Pese a sus indecisiones, dudas y errores garrafales en la conducción del Gobierno Popular chileno, Salvador Allende tuvo el honor y dio al mundo la lección ética de defender con las armas las conquistas del pueblo contra el fascismo impulsado por la burguesía y los EE.UU.

Para que la crisis actual no vuelva a pagarla el proletariado, el único mal menor revolucionario admisible consiste en acordar con el capital si rinde propiedades y armas un minuto antes o después de lo que el proletariado estima necesario, y si el capital se niega o duda deseando obtener unos minutos más para reorganizarse y contraatacar, en ese caso tan frecuente, ni siquiera hay que negociar el mal menor revolucionario, sino que entonces y en previsión de contrarrevoluciones atroces, hay que pasar al bien mayor, el avance al comunismo. ¿Utopía ultraizquierdista? No, necesidad basada en la verdad de la historia.

* * *

IÑAKI GIL DE SAN VICENTE

EUSKAL HERRIA, 16 de enero de 2022

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