España es culpable

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España aprovecha una frontera natural que separa a África de Europa y que dibuja el resultado de años de políticas colonialistas y una continua expoliación que continúa hasta la fecha.

España tiene a la vista un escenario que pocos países son capaces de ver. Un lugar único, creado a partir de las políticas exteriores que cavan, poco a poco, más agujeros en un cementerio inundado de sueños, esperanzas y, sobre todo víctimas que pagan las consecuencias del colonialismo.

El Mediterráneo se ha convertido en uno de los mayores cementerios del mundo, tal y como recordaba el Papa el pasado junio. Una frontera natural que separa a África de Europa y que dibuja el resultado de años de políticas colonialistas y una continua expoliación que continúa hasta la fecha. Asimismo, España, dentro del organismo europeo que dicta las políticas que nuestros representantes políticos obedecen sin rechistar, también tiene su propia estrategia trazada en la que, a través de la externalización de las fronteras, deja a cientos de personas con un futuro ahogado en estas aguas.

Antes de pasar a analizar las llegadas y el número de víctimas, hemos de repensar las razones por las que miles se ven obligadas a huir de sus casas y cuál es el motivo inicial que les empuja a ello. Achacar las razones a la violencia, guerra o inestabilidad del país como si fueran variables que no están sujetas al marco en el que se desarrollan es un error que se comete continuamente, especialmente por quienes no hemos sufrido sus consecuencias. Por ello, sacar a relucir qué es lo que provoca dichas guerras, golpes de Estado o inestabilidad en los países africanos y asiáticos ayudará a comprender por qué vienen a nuestro país arriesgando su vida y la de sus hijos e hijas y tendremos, como respuesta, una total implicación por parte de Occidente que frustra cualquier atisbo de progreso y consecución de derechos. Porque no sólo los quiere pobres, sino también despojados de cualquier indicio de recuperación del desastre que deja

Por otra parte, el escenario que están dejando las fuerzas y cuerpos de seguridad europeos en la frontera con Bielorrusia, especialmente Polonia —y que no es nada novedoso— forma parte de un proceso que en España conocemos bien. Un destino dentro de la ruta migratoria establecida que se va dibujando en función de las facilidades de entrada que se proporcionan a las personas que quieren acceder a la UE, entre la que también hay menores.

España, por su proximidad con África, recibe numerosas embarcaciones, así como continuos intentos de entrada a través de la frontera terrestre en los enclaves africanos de Ceuta y Melilla. Por otra parte, las Islas Canarias llevan siendo protagonistas de numerosos episodios migratorios durante los últimos años y dicha continuidad parece haber inmunizado de cualquier sensación de empatía a la población española, a pesar de que decenas de personas pierdan sus vidas frente a sus costas. Este año España ya acumula más de 10.000 migrantes llegados a las islas y las llegadas, a pesar de los intentos de hacer más complicada la ruta para disuadir a los migrantes de partir, no parecen cesar. Esto supone que España viole los derechos de más personas de forma continua. Las condiciones a la que el gobierno somete a quienes pretenden tener un futuro son especialmente degradantes.

Más allá de todo un sistema racista institucional que mete en la cárcel a migrantes por faltas administrativas similares a saltarse un semáforo en rojo, deja a cientos en campamentos en Canarias durante semanas en condiciones insalubres que les revictimizan o hace paradas policiales basándose en perfiles raciales, el continuo hostigamiento por parte de la ultraderecha del hemiciclo se suma a los abusos que estas personas tienen que sufrir por el único hecho de venir de otro país y tener otro color de piel. Una criminalización que llega a niveles que nos recuerda a prácticas del siglo pasado y que hemos de saber identificar para exigir responsabilidades a quienes permiten semejantes discursos de odio. Nada más lejos de la realidad, son estas permisividades las que permiten proliferar discursos que encasillan a los migrantes en una imagen creada por lo más reaccionario del panorama español.

La atención recibida en las Islas Canarias son un reflejo de todo un sistema dedicado a limitar el acceso de los migrantes al país únicamente para la explotación en el sur como mano de obra barata. Cambiar las relaciones de poder, así como la forma en la que la sociedad concibe a las personas migrantes y toda una política migratoria y colonial que provoca la marcha de sus países es necesario. Todas las vidas que el Mediterráneo se ha tragado tienen nombres y apellidos y también los que han provocado su muerte.

Politólogo. Cofundador y coordinador de equipo de The Health Impact.

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