Breve recuerdo de 100 años del putsch de Kaap

Fuente: https://www.sinpermiso.info/textos/breve-recuerdo-de-100-anos-del-putsch-de-kaap                                                                 Jaume Raventós                                                                                                     12/04/2020

A mediados de marzo pasado se cumplieron cien años del putsch de Kaap, el así llamado intento fallido de derrocar al gobierno de la república de Weimar por parte de políticos burgueses ultrarreaccionarios y oficiales del ejército, dirigidos por Wolfgang Kaap, antiguo presidente del protofascista “partido de la patria” (Deutschen Vaterlands Partei) y el comandante en jefe del ejército en Berlín, Walther von Lüttwitz.

La excusa para el inicio del putsch fue el rechazo que produjo entre sectores militares y derechistas el intento de disolución por parte del gobierno de los Freikorps, grupos paramilitares utilizados para la represión posterior a la revolución de noviembre de 1918 y en general de toda el ala izquierda del movimiento obrero alemán. También la reducción del ejército, cumpliendo con las servidumbres a las que obligaba el tratado de Versalles, formaba parte de los agravios aducidos por la reacción para justificar el alzamiento. Dos de estas brigadas de Freikorps, concretamente la Ehrhardt y Lowenfeld, dos focos henchidos de antiguos militares golpistas, albergaban, entre otros, a oficiales responsables de los asesinatos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg y a los ejecutores de los futuros asesinatos de Matthias Erzberger, ministro de finanzas y Walther Rathenau, ministro de exteriores.

Pero el objetivo de los putchistas no era otro que derrocar el gobierno de coalición dirigido por el socialdemócrata Gustav Bauer, aplicando de inmediato las medidas ya expresadas en otoño de 1919 en un documento interno: la derogación de todas las leyes promulgadas desde el 9 de noviembre de 1918 (fecha de la abdicación del Káiser Guillermo II y, mucho más relevante, el inicio de la desgraciadamente efímera república de consejos obreros y militares), la prohibición del derecho de huelga, la supresión de la jornada laboral de ocho horas y el establecimiento de un régimen autoritario basado en una monarquía federal.

Una gran huelga general, de la que el gobierno se desentendería, y la intervención de milicias armadas del ala izquierda del movimiento obrero alemán harían fracasar, en menos de cinco días, las aspiraciones de la ultraderecha y parte de la oficialidad del ejército con el apoyo de la industria pesada y los partidos políticos de derechas, de convertir la ya de por si democráticamente débil república de Weimar en una dictadura militar con aire guillermino.

El general Erich Ludendorff, manteniéndose en segundo plano del putsch, – primero de los dos en que participaría, el segundo sería tres años más tarde codo con codo literalmente con Adolf Hitler por las calles de Múnich – amenazaba así poco antes del mismo: “las llamas que aquí brotan del suelo una tras otra nos muestran que un colosal foco de ansia vengativa nacionalista está a punto de estallar. Mañana los trabajadores alemanes deben andarse con cuidado, que no les sorprenda.”

A principios de marzo Die Rote Fahne, órgano de prensa de la KPD, hacía referencia en una editorial a “la pasiva descomposición del régimen de Ebert y el ascenso al trono con toda la tranquilidad de las banderas de Ludendorff”. Quedaba claro que no toda la responsabilidad del golpe correspondería a la ultraderecha y a determinados sectores del ejército. Escribía von Lüttwitz ya en 1919 en un memorando dirigido al ministro del ejército del Reich, el socialdemócrata de derechas Gustav Noske: “Estos parásitos deben ser aniquilados sin piedad. Toda lucha sin cuartel vale frente a estos enemigos del estado”. La connivencia cuando no la abierta alianza entre los sectores más reaccionarios del antiguo ejército imperial, la derecha y ultraderecha política y el SPD fueron afianzándose cada vez más. Noske estuvo contemplado por los organizadores del alzamiento como miembro posible del futuro gobierno provisional salido del putsch. También Ebert. Al menos así lo pretendía Waldemar Pabst, responsable de los asesinatos de Karl y Rosa y co-organizador del levantamiento ultraderechista-militar.

Aunque el putsch desencadenó el combate abierto contra la izquierda política por parte de la ultraderecha, fue el gobierno socialdemócrata-liberal, salvado por la huelga general y la gran movilización de masas que contó con cerca de dos millones de obreros y trabajadores, quien tomó el relevo a la reacción y aún de forma mucho más efectiva en el devenir represivo que tuvo lugar contra la izquierda revolucionaria, puesto que la huelga había adquirido un carácter revolucionario en la cuenca del Ruhr y otras partes de Alemania. Y ahí residía el verdadero peligro para el gobierno, la derecha y los grandes poderes económicos. Una vez aplacado el putsch en Berlín, el Reichswehr (el ejército) y los Freikorps (cuerpos de voluntarios) dirigieron su atención hacia el peligro real. Los Freikorps, milicias reaccionarias formadas por soldados desmovilizados pero embrutecidos por la guerra, ex-oficiales del ejército imperial furiosamente antisemitas y enemigos de toda concesión a la clase trabajadora así como elementos civiles de la ultraderecha política, entrenados y mantenidos por los mismos que días antes se levantaban contra el gobierno de la república (la misma brigada Lowenfeld, dispuesta a aniquilar al gobierno pocos días antes, estaba ahora bajo sus órdenes), quedaron legitimados por el gobierno para reprimir a placer. Mientras algunos de ellos ya lucían tempranas esvásticas en sus cascos, descargaron toda su brutalidad ferozmente – ahora ya sin tapujos y abiertamente bajo las órdenes de Noske – para reprimir en la cuenca del Ruhr, en Turingia y en todas aquellas zonas donde la huelga general contra el golpe de la ultraderecha se había convertido en una huelga revolucionaria y donde se empezaban a crear consejos de obreros y trabajadores. En la zona minera del Ruhr, que contaba con su propio Ejército Rojo creado para la ocasión, la KPD, la USPD, la SPD y sectores anarcosindicalistas, superadas sus diferencias, redactaron un manifiesto en el que se llamaba a instaurar la dictadura del proletariado. La terrible represión, la falta de organización y la insuficiente extensión de la lucha terminó durante el mes de abril con tales aspiraciones. El golpe había fracasado pero los auténticos derrotados fueron, una vez más, el ala izquierda del movimiento obrero alemán y sus organizaciones.

El putsch de Kaap fue un episodio más en el intervalo del período de revolución y contrarrevolución que tuvo lugar entre 1918 y 1923 en Alemania, los cinco años dentro de los cuales la clase obrera alemana contó con oportunidades de hacerse con el poder económico y político e instaurar el socialismo, pues de eso se trataba. Oportunidades como las que tuvo el efímero gobierno creado tras la revolución del 9 de noviembre de 1918, puramente obrero (formado por la SPD y la USPD), con todos los apoyos sociales necesarios incluido el campesinado pobre y, muy importante, el grueso de la tropa de un ejército aún movilizado que lo apoyaba sin reservas. También en 1923, como Toni Domènech asegura: “se mire como se mire, si alguna vez ha habido en Europa occidental una situación objetiva, clara, patente y fehacientemente prerrevolucionaria en el sentido cuarentayochesco de la palabra, esa se daba en la Alemania de mediados de 1923”, donde en Turingia y Sajonia la KPD tenia la mayoría de la clase obrera consigo y la socialdemocracia de izquierda respondía bien a la política de frente único comunista de la III Internacional, formando gobiernos obreros socialdemócratas de izquierda.

Entre 1920 y 1923 no faltaron nuevas huelgas generales y levantamientos obreros. Pero la lucha por el carácter social del nuevo Estado, las posibilidades reales de cambiar las relaciones de propiedad, esto es, erradicar el orden burgués basado en la propiedad quedaron zanjadas a finales de 1923. Tampoco se volvería a ver en Alemania una huelga general de las dimensiones como la que tuvo lugar contra el putsch de Kaap. Después de 1923 se tendría que esperar mucho para volver a vivirse un levantamiento obrero de masas revolucionario en Alemania. Para Ernest Mandel, este no tendría lugar hasta 1953 contra el gobierno de un estado burocrático-estalinista, la República Democrática de Alemania.

fue militante de la Lliga Comunista Revolucionária

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