Breve historia del racismo en España

Fuente: Umoya num. 105 4º trimestre 2021                              Lucía Navarro

Breve historia del racismo en España

Recopilar datos oficiales étnico-raciales para medir el racismo: un debate  estancado en España que gana fuerza en Europa

Llamamos racismo a una forma de discriminación de las personas recurriendo a motivos raciales, tono de piel u otras características físicas, de tal modo que unas se consideran superiores a otras. El
racismo tiene como fin intencional o como resultado, la disminución o anulación de los derechos humanos de las personas discriminadas. Eso nos cuenta la sociología que es el
racismo,. Lo que nos cuenta hoy, porque, por muy objetiva que nos parezca esta definición, no siempre se ha tenido la misma visión. Al contrario, la concepción de la “raza” (y, por lo tanto, del racismo) ha ido cambiando a lo largo de la historia. En este breve artículo se pretende dar un par de pinceladas sobre cómo ha sido este proceso en España.


En nuestro país han convivido a lo largo de la historia distintos grupos humanos que se definían como diferentes entre sí, distinguiendo claramente entre un “nosotros” y un “los otros”. Estos grupos humanos en ocasiones se han designado “razas”, por las diferencias culturales, religiosas o biológicas entre unos y otros. En cada época se ha definido la raza de una manera y, por lo tanto, se han generado paralelamente distintos tipos de racismo. A grandes rasgos podemos hablar de  tres maneras muy distintas de entender el racismo en la historia de España: un racismo muy ligado a lo cultural y lo religioso, propio de la Edad
Media y la Edad Moderna; un racismo que se llamó “científico”, de los siglos XVIII al XX; y un racismo propio del siglo XXI, condicionado por los últimos descubrimientos genéticos y por el fenómeno de la globalización.
En la Edad Media y sobre todo en la Edad Moderna encontramos un racismo basado en criterios religiosos, que podríamos llamar
“racismo cristiano-católico”. La atribución a musulmanes y judíos (más tarde a moriscos y conversos -cristianos nuevos-) de ciertas características morales y psicológicas muy estereotipadas que los diferenciaban de los cristianos, formaba parte de esta manera de entender el racismo: los “infieles” eran así avaros, vengativos, engañosos… formando todo ello parte de un imaginario que definía las razas de “los otros” y fundamentaba la actitud racista de la época. Esto se oficializó en los albores de la Edad Moderna,
cuando el derecho católico español introdujo los estatutos de limpieza de sangre. A partir de los estos ya podemos hablar de un racismo institucional y jurídico, recogido en las mismas leyes. Se prohibieron por ejemplo las uniones sexuales (y los matrimonios)
mixtos- entre cristianos y judíos, moros o herejes-, o se empezaron a exigir pruebas de una “pureza” de estirpe para estudiar en las universidades españolas. Además, apareció en esta época un organismo especialmente dedicado a la represión de estos grupos “sospechosos”- los conversos-. El tristemente
conocido Tribunal de la Santa Inquisición era el encargado de aplicar de manera “institucional” esta legislación o normativa racista-religiosa. A partir de la Ilustración (XVIII en adelante) descubrimos un racismo distinto, de carácter biologicista, sostenido teóricamente en un cambio del concepto de raza.
Las primeras divisiones de razas estudiadas de forma “científica”, basadas en caracteres físicos visibles aparecen en esta época. En esta tarea destacaron científicos como Carl Linneo que, por estos
años, establece en su Systema Naturae una clara conexión entre los rasgos anatómicos, los psicológicos y el grado de salvajismo o “civilización”.
Así, mientras el “Homo europeus” es “blanco, de pelo rubio abundante, ligero, fino, ingenioso, lleva ropas ceñidas, se
rige por leyes”; el “Homo afer” (africano) se caracteriza por
ser negro, indolente, de costumbres disolutas, pelo negro, crespo, piel aceitosa, nariz simiesca, labios gruesos, vagabundo, perezoso, negligente, y regirse por lo arbitrario”
En definitiva, el racismo biologicista europeo se basaba en la idea de la  existencia en el territorio europeo de una “raza blanca” superior a las demás. Su superioridad biológica explicaría que las culturas occidentales estuvieran más “avanzadas” y fundamentaba, éticamente, el fenómeno del imperialismo.
Es en la segunda mitad del siglo XX cuando se va configurando otra manera de entender y vivir el racismo. La ciencia empieza a desmontar las teorías que previamente hemos expuesto. Básicamente lo que se demuestra, a través de la genética entre otras cosas, es que las razas, tal y como habían sido definidas en los pasados siglos, no existen. Esto sin duda fue un paso adelante para desmantelar todo el marco teórico que soportaba y justificaba el racismo; pero en la actualidad es necesario dar un paso más allá. Como dice Ayomide Zuri, escritora de la revista Afrofeminas, pensar que solucionamos el racismo simplemente afirmando que
“hay una sola raza humana” y “somos todos iguales” por lo que “no deberíamos hablar de bancos y negros sino de personas”… son todo afirmaciones lógicas y ciertas pero que generan algunos problemas, porque nos hacen invisibilizar y no abordar una situación de opresión real. Las razas existen porque determinan la realidad y la vida de todas las personas racializadas. El hecho de que en el momento históric de que estamos viviendo seamos conscientes de que son categorías sociales y no biológicas no hace al racismo menos real. Aún queda un largo camino por
recorrer y es nuestra responsabilidad hacer un ejercicio de recuperación de memorias históricas de las minorías y los
grupos oprimidos del pasado -no blancos- que en demasiadas ocasiones se borran de nuestro Historia.

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