De Hiroshima a Fukushima: el daño mental, subestimado, según The Lancet

Fuente: La Jornada/Alfredo Jalife-Rahme

05.08.15
1Foto: Kimie Mihara, sobreviviente del bombardeo atómico de 1945, observa el domo conmemorativo en Hiroshima, el pasado 3 de julio. Foto Ap
En el aniversario 70 del bombardeo nuclear de Hiroshima (6/8/45), y tres días más tarde de Nagasaki, por Estados Unidos –cuando Japón ya había sido derrotado–, The Lancet, una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo, consagra su editorial y una serie de tres estrujantes artículos al tema.

La razón por la cual Estados Unidos bombardeó Japón en Hiroshima/Nagasaki fue para impedir la revancha e invasión de la entonces URSS al archipiélago nipón, según archivos desclasificados por Gar Alperovitz en su libro La decisión de usar la bomba atómica (http://goo.gl/zN7Ina).

Mas allá de las devastaciones nucleares provocadas por Estados Unidos sobre los humanos, cinco accidentes han sido clasificados como severos en los pasados 60 años: Kyshtym (Rusia), Windscale (Gran Bretaña: GB), Three Mile Island (Estados Unidos), Chernobyl (Ucrania) y Fukushima (Japón).

En forma inédita, los investigadores, todos japoneses, encontraron que los efectos de daño mental eran más profundos, en comparación con el número de enfermedades físicas y muertes.

Koichi Tanigawa, de la Universidad Médica de Fukushima, determinó que la tara sicológica de las personas que viven en las regiones afectadas es eludida en forma frecuente. Normal: en ambientes hoy desenfrenados en la orgía financierista, el daño sicológico –¡ni el propio!– no tiene cabida en sus alucinantes ecuaciones ultrarreduccionistas.

Hoy, por desgracia, los médicos, a quienes se les olvidó el juramento de Hipócrates y totalmente subyugados por esquemas de vulgares seguros médicos, desdeñan la misma salud mental pública.

En el Foro Chernobyl de la ONU, en 2006, se reportó que el tema de salud pública más grave fue el daño a la salud mental, cuyo efecto empeoró debido a la pobre comunicación (sic) sobre los riesgos de salud de los niveles reportados de radiación.

En japonés existe la palabra fuhyohiga, que significa el daño socioeconómico causado por la desinformación y el vilipendio sin sustento por los multimedia que amplifican los riesgos, lo cual no es específico de los accidentes nucleares.

En Chernobyl –que no pocos consideran constituyó la etiología del derrumbe del imperio soviético y los tragicómicos glasnost (transparencia) y perestroika (restructuración económica) del cándido Gorbachov–, 20 años después, las tasas de depresión y el síndrome de estrés postraumático se encuentran muy elevados.

Lo mismo sucedió en post Fukushima –a cuyo cataclismo no faltan misántropos apologistas, con máscara seudocientífica, por estar muy bien lubricados por el lobby nuclear–: la proporción de adultos con estrés sicológico es casi cinco veces mayor entre los evacuados: 14.6 por ciento en comparación con el 3 por ciento de la población general (http://goo.gl/jxvGtD).

Según Koichi Tanigawa, aunque la dosis de radiación de Fukushima en el público (sic) fue relativamente baja (¡supersic!), con pocos efectos físicos de salud discernibles, los problemas sicológicos y sociales provenientes de las diferencias en los riesgos de percepción han tenido un impacto devastador en la vida de las personas.

¡Cómo no: si los damnificados ignoran la letalidad de la dosis de radiactividad imbuida en sus cuerpos!

Es aterrador el número de personas que habitan cerca de las 437 plantas nucleares sembradas en el planeta –en Alemania y GB, a menos de 75 kilómetros–, quienes deben ser educadas sobre su inseguridad, estar en observación clínica permanente y ser generosamente indemnizadas.

El síndrome de estrés postraumático es una característica común a los desastres de la naturaleza y a los provocados en las guerras, donde la evacuación de los hogares o el simple miedo contribuyen a su magnificación.Su gran diferencia con los otros desastres naturales/humanos es que los afectados por los accidentes nucleares, cuando no bombardeos como en Hiroshima/Nagasaki, llevan las huellas de la radiación consigo, tanto en la mente como en el cuerpo.

Akira Ohtsuru, de la Universidad Médica de Fukushima, afirma que en la mayor parte de los accidentes nucleares pocas (¡supersic!) personas están expuestas a una dosis amenazante de radiación, aserto que provocará mucha discusión, ya que las generaciones de Hiroshima/Nagasaki, no se diga de Chernobyl, varían con el cronograma reciente de Fukushima (http://goo.gl/HRbqeW).

Los efectos de las evacuaciones repetidas y los desplazamientos a largo plazo resultaron en severos problemas de cuidados de salud en los más vulnerables, de los cuales las muertes se triplicaron entre los adultos mayores en los primeros tres meses de su éxodo.

Se trata de una ruptura cosmogónica que deja en la soledad clínica a los adultos mayores en una sociedad como la japonesa, donde predomina la tercera edad (27 por ciento, mayor a los 65 años), y que tiene pocos resguardos (médicos y de seguros) para sus poblaciones valetudinarias, pese a su enorme riqueza (la quinta geoeconomía global) y su concomitante deuda gubernamental de 230 por ciento de su PIB: la mayor del mundo. ¡Para lo que sirve tanta deshumanización financierista!

¿Es viable el deshumanizado modelo nipón atómico financierista, que insiste en su neobelicismo revisionista azuzado por Estados Unidos?

Otros investigadores abordan los desafíos a la salud enfrentados por poblaciones expuestas a la radiación de los desastres provocados por humanos (¡supersic!) y señalan el impacto a largo plazo de la exposición a las radiaciones tanto en el binomio Hiroshima/Nagasaki (1945) como en Chernobyl (1986).

Se desprende que a largo plazo, 65 años más tarde, desde 1950 (cinco años después de los bombardeos de Estados Unidos) hasta 2015, se detecta en Hiroshima, entre los 94 mil sobrevivientes, un incremento del cáncer de tiroides, mientras que en un menor plazo, en Chernobyl, desde 1986 hasta los hallazgos de 2006 (20 años), el mayor daño era infligido a la salud mental (http://goo.gl/UU2JTb).

Después de Chernobyl aumentó el riesgo de cáncer de tiroides en los niños, en especial en las exposiciones internas derivadas del consumo de alimento radiactivo. Se ignora hasta la fecha los efectos de las dosis menores, pero los investigadores sugieren la ingesta de yodo estable para la protección radiactiva.

Hiroshima –ciudad adonde fui a impartir una conferencia en nombre de la Federación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW, por sus siglas en inglés), premio Nobel de la Paz 1985, y de la que soy miembro cofundador en representación de México (http://goo.gl/eZEUI3)– conserva las huellas de la devastación en su Cúpula Genbaku (http://goo.gl/OS3d5c) y en su desgarrador museo alusivo a los hibakushas (supervivientes).

El editorial de The Lancet apela a la reflexión cuando el peligro de un ataque nuclear sigue vigente y el mundo se encuentra bajo la espada de Damocles de más de 15 mil ojivas nucleares, y agradece a los profesionales de la salud, como el grupo samaritano de IPPNW (http://goo.gl/XBrHvM), que ayudó a retroceder el reloj del juicio final en el pasado, el cual ha sido adelantado a sólo tres minutos de medianoche (http://goo.gl/qtQXyt).

No ha existido nada más bárbaro en la historia de la humanidad que el uso de las armas nucleares sobre poblaciones civiles indefensas.

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