¿Por qué los nazis incendiaron el Reichstag? – El último discurso de Clara Zetkin

El Sudamericano

(30 de agosto de 1932)

Rede als Alterspräsidentin bei der Eröffnung des Reichstagsmarxist.org (deutsch)

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«La persona que anota sólo pequeños hechos, no está en capacidad de hacer manejables los problemas de este mundo. Pues la verdad tiene ese único fin y ningún otro. Esa persona no está a la altura de escribir la verdad…»

Bertolt Brecht, «Cinco dificultades para escribir la verdad»(1934)

Clara Zetkin pronunció el siguiente discurso inaugural como Presidenta honoraria del Reichstag (título que le correspondió por ser la diputada de mayor edad) el 30 de agosto de 1932. En ese momento, la población trabajadora de Alemania sufría de manera particularmente aguda los efectos de la crisis mundial, conocida como la Gran Depresión, originada en 1929. En ese contexto, los “Camisas Pardas” fascistas de Adolf Hitler, se dedicaban a romper por la violencia las reuniones sindicales y socialistas, atacando al mismo tiempo a la población judía. El gobierno del Reich, encabezado por Hindenburg, no sólo toleraba estos ataques, sino que amenazaba con disolver al Reichstag (Parlamento) e imponer un estado de excepción. Éste fue uno de sus últimos discursos.

Clara Zetkin murió en julio de 1933.

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POR UN FRENTE ÚNICO OBRERO CONTRA EL FASCISMO

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Antes de que el Reichstag pueda resolver las cuestiones específicas del día, debe enfrentar esta tarea central: desconocer al gobierno del Reich que, violando la Constitución, amenaza con disolver totalmente al Reichstag.

El Reichstag podría acusar al presidente y los ministros del Reich por violaciones a la Constitución y, si las siguen cometiendo, llevarlos ante el Tribunal Estatal de Leipzig. Sin embargo, llevarlos ante esa corte suprema, sería como acusar al diablo con su abuela.

Desde luego, es obvio que ninguna decisión parlamentaria puede quebrar un poder basado en el Reichswehr (ejército) y demás agencias en que se apoya el Estado burgués, junto con el terrorismo de los fascistas, la cobardía del liberalismo burgués y la pasividad de amplios sectores del proletariado.

Desconocer al gobierno del Reichstag sólo puede ser una señal para que las amplias masas fuera del Parlamento se movilicen y tomen el poder. El fin de esta batalla debe ser emplear todo el peso de los logros económicos y sociales de los obreros, así como sus grandes números.

La batalla debe librarse particularmente para derrotar al fascismo, que intenta destruir a sangre y fuego toda expresión de clase de los obreros. Nuestros enemigos saben bien que la fuerza del proletariado no deriva de sus asientos en el Parlamento, sino que está anclada en sus organizaciones políticas, sindicales y culturales.

El ejemplo de Bélgica le muestra a los obreros que, incluso durante la más severa depresión económica, una huelga de masas resulta un arma efectiva, siempre que esté respaldada por la determinación de las masas y su disposición a no retroceder en la batalla y usar la fuerza para repeler las fuerzas combinadas del enemigo.

Ahora bien, si la clase obrera ejercita sus músculos fuera del Parlamento, no debe ser sólo para desconocer a un gobierno que ha violado la Constitución. Debe ir más allá del objetivo del momento y prepararse para el derrocamiento del Estado burgués y de su base, que es el sistema capitalista.

Cualquier intento de resolver esta crisis mientras el capitalismo siga en pie no podrá sino empeorar el desastre. La intervención del Estado ha fracasado porque el Estado burgués no controla la economía; es la economía burguesa la que controla al Estado.

Como aparato de poder de la clase propietaria, sólo puede operar en beneficio de ésta y a expensas de las masas productoras y consumidoras. Planificar la economía sobre bases capitalistas es una contradicción de términos. Esos intentos siempre se estrellan con la propiedad privada de los medios de producción. Una economía planificada sólo será posible cuando la propiedad privada de los medios de producción haya sido abolida.

El único modo de superar a las crisis económicas y las amenazas de guerra imperialista, es una revolución proletaria que acabe con la propiedad privada de los medios de producción y así permita una economía planificada.

La gran prueba histórica de esto no es otra que la Revolución Rusa. Ésta ha demostrado que los obreros tienen la fuerza para derrotar a todos sus enemigos: los capitalistas de su propio país y los bandidos imperialistas extranjeros. Ella ha despedazado los tratados esclavistas como el de Versalles.1

El estado soviético también ha confirmado que los obreros poseen la madurez para construir un nuevo sistema económico en el que el mayor desarrollo de la sociedad pueda ocurrir sin crisis devastadoras, pues ha destruido los métodos de producción arcaicos: la propiedad privada de los medios de producción.

La lucha de las masas laboriosas contra el desastroso sufrimiento del presente es, al mismo tiempo, la lucha por su plena liberación. La mirada de las masas debe mantenerse fija en este objetivo luminoso, que no debe enturbiarse por la ilusión de una democracia liberadora. Las masas no deben dejarse amedrentar por el brutal uso de la fuerza con que el capitalismo busca sobrevivir, en la forma de nuevas guerras mundiales y ataques civiles fascistas.

La tarea inmediata más importante es constituir un Frente Único de todos los obreros para repeler al fascismo, para preservar la fuerza y el poder que los explotados y oprimidos tienen en su organización y para mantener su existencia física misma.

Ante esta imperiosa necesidad histórica, todas las opiniones que inhiban y dividan, sean políticas, sindicales, religiosas o ideológicas, deben pasar a segundo plano. Todos los que se sienten amenazados, todos los que sufren y todos los que aspiran a la liberación pertenecen al Frente Único contra el fascismo y sus representantes en el gobierno.

La autoafirmación de los obreros frente al fascismo es el siguiente prerrequisito indispensable para el Frente Único en la batalla contra las crisis, las guerras imperialistas y lo que las causa: los medios de producción capitalistas. La revuelta de millones de trabajadores y trabajadoras alemanas contra el hambre, la esclavitud, el asesinato fascista y las guerras imperialistas son la expresión del destino indestructible de los obreros de todo el mundo.

Esta comunidad internacional de destino debe convertirse en una comunidad férrea de lucha que los conecte con la vanguardia de sus hermanos y hermanas en la Unión Soviética. Las huelgas y revueltas en los distintos países son señales flamantes que indican a los combatientes alemanes que no están solos. En todas partes, los desheredados y los oprimidos han comenzado a moverse hacia la toma del poder.

En el Frente Único de los obreros, que también se está constituyendo en Alemania, no deben faltar los millones de mujeres, que aun cargan las cadenas de la esclavitud por su sexo, y por lo tanto están expuestas a una esclavitud de clase tanto más opresiva.

Los jóvenes que quieran florecer y madurar deben luchar en las primeras filas. Hoy, no se les ofrece más futuro que la obediencia ciega y la explotación en las filas del Servicio Laboral obligatorio.

Todos los que trabajan con la mente y que con su conocimiento y esfuerzos aumenten la prosperidad y la cultura, pero que en la actual sociedad burguesa se han vuelto superfluos, también pertenecen al Frente Único. Todos los que, como esclavos asalariados, sostienen al capitalismo con su tributo, pero al mismo tiempo son sus víctimas, también pertenecen en el Frente Único.

Estoy inaugurando las sesiones de este congreso en cumplimiento de mi deber como presidenta honoraria y con la esperanza de que, pese a mis actuales enfermedades, tenga la fortuna de inaugurar, el primer congreso de los sóviets de la Alemania soviética.

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1 El Tratado de Versalles, que dio fin a la Primera Guerra Mundial en 1918, imponía condiciones terribles a los países derrotados, incluyendo a Alemania, por lo que fue siempre muy impopular en este país y contribuyó a agravar la crisis económica iniciada en 1929. La Rusia soviética nunca suscribió ese tratado.

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