Sami Tchak vuelve a arriesgar con “La fiesta de las máscaras”

Fuente:  LitERaFRicAs                                                                                               09.02.17

ca-1webSami Tchak tiene el rostro cruzado por profundas escarificaciones que le fueron practicada cuando él contaba solo ocho años de edad. Su físico es de los que no dejan indiferentes. Tampoco su discurso que descubre a un escritor erudito y de maneras diferentes y controvertidas. Filósofo de formación, se le describe como “enfant terrible”, usa y abusa del sexo en sus novelas y ninguna de sus obras se desarrolla en su Togo natal.

¡Puta vida¡ (El Cobre Ediciones, S.L., 2003), su primera obra traducida a castellano, era una novela exagerada, transgresora, arriesgada, ácida, divertida, cínica, muy crítica y que se escribió en un momento en el que Sami Tchak estaba muy enfadado. Era, además, un puñetazo contra la hipocresía de un mundo que se denomina “multicultural” pero que tiene culturas de primera y de segunda y contra el racismo bajo una multitud de máscaras que juegan en un baile de disfraces.

Las máscaras han sido también objeto redundante de indagación en su obra. Más aún en La fiesta de las máscaras, una novela corta (no llega a 100 páginas) en la que vuelve a tener la audacia de plantear su historia desde los meandros que proporciona el sexo, sus delirios y tristezas, pero ya sin sentido del humor, y en la que haciendo honor a su fama de escritor arriesgado introduce la necrofilia (no hay que quedarse con este dato). Novedad, sin duda, que viniendo de este escritor no sorprende.

La historia que Tchak plantea en La fiesta de las máscaras tiene forma cíclica mientras alterna momentos pasados y presentes. Gran parte de la misma se desliza entre el vodevil y la tragedia griega y se torna absurda en algunos momentos para pasar a ser hiperbólica en otros. Me ha recordado a Sony Labou Tansi y su La Vida y media, que el propio escritor reconoce como uno de sus libros de cabecera, pero sin la capacidad de incisión de una “escritura que será antes gritada que simplemente escrita“. Y, a pesar, de la mención expresa que se hace en el libro a “las siete soledades”.

Ambientada en un lugar y un tiempo que no se nos proporciona (aventuramos algún país de Sudamérica por los nombres de los actores de raíz hispana, lo que parece demostrar otra vez una cierta voluntad de huir de estereotipos africanos y trasladarlos fuera del continente), una prostituta vuelve a estar en el centro de la trama. Pero esta vez Tchak utiliza la sexualidad para mostrar los entresijos del poder corrupto. Sin embargo, ésta en apariencia principal intención de la novela, queda desdibujada ante el conflicto de identidad sexual que vive y sufre el protagonista, llamado Carlos, cuya catarsis se produce en una fiesta, en la que su hermana, Carla, le hace vestirse de mujer, y en la que logra impactar al joven capitán, parte del elenco dictatorial de ese país sin nombre. No en vano en un momento de la historia el protagonista recuerda una cita de Marguerite Yourcenar: “El hombre, la mujer, no son dos cosas antagónicas”. Carlos/Carla confunden sus papeles.

El núcleo fundamental de la novela se centra en el monólogo, una revisión de su vida, repleto de referencias literarias, de este hombre que intenta explicarse ante el hijo de la mujer que acaba de asesinar. Mientras, va desfilando la desidia moral de un mundo que está cubierto de máscaras que disfrazan lo que cada uno se rebela a ser, pero a la postre son. En un entorno en el que las personas aparecen como juguetes en manos de los déspotas o de aquellos, que de una manera u otra, en otras subescalas, detentan el poder necesario que les hace poder disponer de las vidas ajenas para sus propios propósitos, sin reparar en los daños causados y sin mostrar un hálito de humanidad.

Lo que funcionaba tan bien en ¡Puta vida! no lo hace tanto en esta novela. Si en aquella la diatriba furiosa del narrador escupía, provocaba e irritaba a racistas y no racistas, en esta la transgresión (sin poder negársele su tanto de ruptura y originalidad) no acaba de dislocarnos al ser trasplantada a un tablero diferente, que pretende mostrar la sombría cara del poder, y en el que las máscaras apenas inquietan, al mezclar dos historias que no poseen la misma fuerza e intensidad.

La fiesta de las máscaras (La fête des masques, 2004) – Editorial Baile del Sol. Colección Casa África, nº1. Traducción: Juan Ignacio Royo. 2016.

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