

Hay políticos que solo existen en el ecosistema que los fabrica. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, es uno de esos fenómenos locales españoles que el periodismo afín ha vendido como figura «internacional» de la derecha dura, y que México acaba de desnudar con una precisión que ningún debate parlamentario en España había logrado. Ayuso solo aguantó seis de los diez días anunciados de su gira por México. Se fue antes. Sin agenda. Sin los discursos de cierre previstos en Monterrey. Sin los Premios Platino que supuestamente eran parte del programa. Y con una versión oficial de su gabinete que culpaba al gobierno mexicano de «boicot», como si la responsabilidad de lo ocurrido pudiera estar en cualquier otro lugar que no fuera ella misma.
Empecemos por el principio. Ayuso llegó a México en un momento delicado, cuando las relaciones entre España y México intentaban una recomposición diplomática tras años de tensiones. Lo que debería haber sido una gira institucional con vocación de acercamiento se convirtió, desde el primer día, en propaganda colonial. En una conferencia en la Universidad de la Libertad, institución vinculada al magnate Ricardo Salinas Pliego, afirmó que «las cadenas del socialismo» están acabando con la democracia en México y en España de la misma manera, y señaló a Morena, el partido gobernante, como responsable de lo que llamó una «cueva de ladrones«. Antes de pisar tierra mexicana, ya había calificado al país de «narcoestado«. Estaba claro que era una operación de imagen para consumo interno español.
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