50 años: El Festival Musical que se enfrentó al Estado

50 años: El Festival Musical que se enfrentó al Estado

Por Demetrio E. Brisset*

Este 9 de mayo se cumplen 50 años de la celebración del evento de música folk y protesta que mayor relevancia ha tenido en nuestra historia: el Festival de los Pueblos Ibéricos, cuando unos 60.000 jóvenes reivindicaron las libertades y las culturas nacionales ante un Gobierno de franquistas.

Al medio año de la muerte del dictador, los beneficiados del régimen no se resignaban a perder sus privilegios y reprimían violentamente las extendidas protestas sociales, como acababa de suceder en Vitoria con los disparos contra la multitud refugiada en un templo, asesinando a cinco obreros. También castigaban las actividades surgidas en las diferentes nacionalidades del Estado Español en favor de sus culturas propias.

El cantautor Pablo Guerrero durante su actuación. Foto de Demetrio E. Brisset

Con el objetivo de vincular los estudiantes universitarios a estas culturas marginadas e impulsar la libre expresión cultural dentro de la Universidad, miembros de la FACUM (Federación de Asociaciones Culturales de la Universidad de Madrid) y de la Federación de Sindicatos Democráticos de Estudiantes Universitarios (el de Madrid había sido creado en 1966 para derrocar al falangista “sindicato de estudiantes” -SEU-), decidieron organizar un macro-festival abierto a la sociedad y gratuito, llamándolo Ier Festival de los Pueblos Ibéricos, contando con la participación de una veintena de cantautores y músicos folk procedentes de toda la geografía hispana: Raimon, Pi de la Serra, Mª del Mar Bonet, Jº Antonio Labordeta, Mikel Laboa, Enrique Morente, Manuel Gerena, Víctor Manuel, Pablo Guerrero, Julia León, Elisa Serna, Luis Pastor, Daniel Vega, Bibiano y Benedicto, Miró Casavella, Fernando Unsain, Adolfo Celdrán, los grupos La Bullonera y La Fanega; además de los portugueses José Afonso, Fausto y Victoriano.

Alarmadas, las autoridades obstaculizaron la convocatoria: hasta el día anterior no fue autorizada y exigieron que las letras de las canciones hubieran pasado censura, no se ondeasen banderas ni gritasen lemas ilegales; también suspendieron el servicio de trenes de cercanías hasta el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid, donde se hallaba la amplia explanada cedida. Y para su control, apostaron centenas de guardias civiles y policías a caballo en las carreteras de acceso y en las cimas que dominaban la hondonada.

Las condiciones materiales eran precarias: rudimentarios escenario y equipo de sonido, ausencia de letrinas y barras con bebidas, y muchas zonas embarradas. A pesar de ello, los millares de asistentes convirtieron el recinto en un espacio de libertad donde se exigían “¡Libertad! ¡Amnistía!” y con fervor ondeaban multicolores banderas: senyeras, ikurriñas, republicanas, comunistas, anarquistas, pendones comuneros y de Andalucía, Galicia, León, Asturias y hasta del Frente Polisario. También se lanzaron globos con el “subversivo” mensaje: Pan, Cultura y Libertad.

Mientras se experimentaba con entusiasmo y alegría esa libertad de expresión por décadas suprimida, planeaba la amenaza de una carga policial contra los asistentes por no acatar las prohibiciones. Se guardaron minutos de silencio en dos momentos: por la mañana en recuerdo de los cinco vitorianos, y por la tarde al difundirse los sucesos de Montejurra, donde pistoleros de extrema-derecha mataron a dos personas. Al regresar a Madrid, muchos fueron golpeados por la policía, llegando unos cientos a manifestase por el centro, siendo un joven herido de bala. Había concluido un paréntesis liberador dentro de la sometida Transición, que demostró que los estudiantes estaban capacitados para autogestionar actos multitudinarios sin apenas recursos. No se haría un II Festival, pero con el éxito de este “Woodstock hispano” la vía quedó abierta para otras macro-reuniones musicales y protestatarias al aire libre.

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