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Mientras se destruyen los ecosistemas y la economía de otros lugares del mundo sobreexplotando e importando la pesca, en Catalunya los pescadores de sardinas denuncian que el atún se ha convertido en una plaga
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Las patatas llegan de Israel, las judías de Marruecos y España exporta cerdos a China. Es la globalización alimentaria, pero un buen retrato de lo que significan los mercados globalizados lo encontramos en el atún. Tres ejemplos recientes.
China es propietaria de la mayor flota industrial de alta mar, tanto en número de buques como en volumen de pescado capturado, pero, como denuncia la organización española de Productores Asociados de Grandes Atuneros Congeladores (OPAGAC), “la Unión Europea debería poner fin a su indiferencia ante la violación de los derechos humanos que ocurren a bordo de los buques de pesca chinos”. Y lo exigen en base al reciente informe “Marea de injusticia” de la ONG británica Environmental Justice Foundation (EJF) que ha analizado su actividad específicamente en el suroeste del Océano Índico, frente a Kenia, Tanzania y Mozambique, donde surcan 95 atuneros enarbolando la bandera de esta potencia. Pues bien, la mitad de ellos están involucrados en pesca ilegal y/o abusos de los derechos humanos de la tripulación (violencia física y sexual, confiscación de la documentación, horas extras excesivas, retención de salarios, condiciones de vida y de trabajo abusivas, servidumbre por deudas, etc.).












