Renata Wimer*
Estamos en ese claroscuro. Navegamos entre monstruos inmensos creados en nuestras peores pesadillas: líderes genocidas, infanticidas y pedófilos; sociedades cooptadas por el supremacismo racial y por discursos delirantes de corte religioso. Lo que hemos visto en estos últimos tiempos es verdaderamente atroz.
Los monstruos se están reproduciendo a escala global y, ante ello, necesitamos hacer algo urgente para impedir que la pesadilla siga creciendo y termine por apoderarse de todo.
Dentro de esta distopía, donde un día se asesinan niños en una escuela en Irán y al siguiente, el principal responsable se va a jugar golf como si nada hubiera sucedido; donde líderes de países que atravesaron dictaduras sangrientas deciden reivindicar a los asesinos; en tiempos en que se puede ser arrestado y torturado por curar niños en un hospital o por protestar contra un genocidio; en esta realidad en la que las grandes empresas tecnológicas asumen contratos millonarios en favor de la industria de la guerra, cuando la desvergüenza parece no tener límites y la propia esposa de Mileikowsky es invitada a dar una conferencia en el Departamento de Estado en Washington para hablar de los derechos de los niños, aun sabiendo que su esposo ha aniquilado a más de 20 mil menores en Palestina, resulta evidente que se ha perdido el rumbo de este lado de la historia. Y lo más inquietante es que comenzamos a acostumbrarnos, como si la barbarie pudiera volverse paisaje.









