
El pasado 15 de mayo los israelíes asesinaron a Ezzedine Al-Haddad, comandante de las Brigadas Ezzedine Al-Qassam, la rama armada de Hamás. Bombardearon un edificio residencial de cinco pisos y luego, para asegurarse de haberlo alcanzado, el coche que estaba utilizando. Como de costumbre, he transmitido esta información en los distintos canales de discusión. Al día siguiente, una amiga periodista me llama y me pregunta: «¿Vivía en este edificio?”. Le respondí que aparentemente ya no vivía allí por razones de seguridad, pero que había venido a visitar a su esposa e hijos. Esta periodista, una querida amiga, me responde: «¿Es normal que haya asumido este riesgo? Ha elegido ser un combatiente, pero sabe que al ir a un lugar donde residen civiles, incluida su familia, puede causar la muerte de decenas de personas”. Le respondí: “Era un ser humano como todos los demás, que quería ver a su familia”.
La actitud de mi amiga periodista me hizo comprender hasta qué punto los israelíes se las han arreglado para comer el cerebro, como decimos aquí. Han llegado a hacer creer que destruir un edificio entero para matar a un combatiente es normal. Y que lo que no es normal es que un combatiente de Hamás, o incluso un miembro de la rama política de Hamás, o alguien de la resistencia, quiera visitar a su esposa e hijos que echa de menos. ¿Es comprensible matar a 200 personas porque hay un hombre de Hamás en el edificio? Que este hombre de Hamás viva en un edificio residencial, o simplemente venga de visita, ¿es eso lo incomprensible?
Cuando el Ejército israelí sigue a un hombre de Hamás en sus pantallas, ¿por qué esperan a que entre en el edificio de su familia para eliminarlo?
El Ejército de ocupación tiene una tecnología que le permite apuntar a una aguja en un pajar. Ya la han utilizado algunas veces, apuntando a una sola persona entre cientos de otras. Somos lo que queda de una población de 2,3 millones de personas viviendo como conejos en una jaula que cubre el 40 % de la Franja de Gaza, observados las veinticuatro horas del día por la máquina de espionaje más grande del mundo, que opera con inteligencia artificial, con drones, satélites de espionaje, sistemas de escucha, reconocimiento de voz y facial incluso desde lejos, una tecnología diez años por delante del resto del mundo. En 2011 entrevisté a un colaborador detenido por Hamás. Estaba encargado de espiar a las y los jóvenes de Fatah en las universidades. El servicio de inteligencia israelí le había entregado un reloj que filmaba y grababa, mucho antes de que este tipo de dispositivos estuvieran disponibles en el mercado.
Los israelíes pueden apuntar a una sola persona con un dron o un misil, pero no siempre lo hacen. De vez en cuando, esperan a que un conejo salga de su madriguera y se una a su familia para matarlo, y con él, a todos sus seres queridos. Mataron a cientos de personas bombardeando todo un barrio con el pretexto de eliminar a Abu Obeida, el portavoz del brazo armado de Hamás, cuando sabían muy bien que no estaba allí. Destruyeron escuelas enteras alegando eliminar a un solo miembro de Hamás que podría estar escondido allí. Todo el mundo vio las imágenes de niños destrozados, de civiles masacrados.
Todo esto sin muchas reacciones en el mundo. Israel ha logrado hacer que el mundo entero admita que la resistencia es igual a Hamás y que Hamas equivale a terrorismo. Y que si matan a decenas de personas, es culpa de Hamás. Cuando el Ejército israelí sigue a un hombre de Hamás en sus pantallas, ¿por qué espera a que entre en el edificio de su familia para eliminarlo? Habría que tener un sentimiento de cólera contra el israelí que mató a todos y todas. Habría que preguntarse por qué matan a decenas de personas y no a una sola persona. Han logrado implantar en los cerebros que Hamás es como un gran Ejército. Pero Gaza no es un país. No es Ucrania ni Rusia. No hay cuarteles ni bases militares. Los combatientes viven entre civiles porque forman parte de la sociedad. Hamás puede ser tu hermano, tu primo, tu hijo, tu amigo.
Cuando sabes que estás condenado a muerte, te preguntas si debes morir solo o con tu familia.
Para los occidentales, la noción de terrorismo es de geometría variable. Cuando las y los ucranianos envían drones a Rusia, saben que también van a matar a civiles. Pero para Occidente es aceptable porque las y los ucranianos resisten a la ocupación rusa. Nosotros, cuando morimos en un ataque israelí, es culpa nuestra: tal vez había un terrorista entre nosotros. El derecho internacional siempre tiene una geografía y un color de piel. No se aplica a nuestro caso. Que esta inversión de roles también entre en la cabeza de una periodista extranjera, me entristece. Peor aún: me sentí afectado personalmente. La conversación continuó:
— Sabes muy bien que yo también, como periodista, soy un objetivo. Y a pesar de eso, vivo con mi esposa y mis hijos. Entonces, ¿crees que soy culpable de vivir con ellos?
—No, no se puede comparar. Combatiente y periodista no son lo mismo.
—Pues sí, para Israel, es lo mismo
El Ejército israelí apunta a los periodistas. Más de 220 de ellos han sido asesinados en Gaza desde el inicio de la guerra, a menudo en el ejercicio de su profesión, según la ONG Reporteros sin Fronteras. Sé que mi trabajo, como el de mis colegas en Gaza, hace daño al gobierno israelí y a quienes transmiten su propaganda en Francia o en otros lugares. Porque hago que se vea la realidad y me siguen muchas personas. Sé muy bien que me pueden apuntar. Sé que probablemente estoy condenado a muerte. Esta conversación me hizo pensar. Por primera vez, os voy a hablar de mi conflicto interior. Hasta ahora, no quería mencionarlo, pero hoy tengo la oportunidad para hacerlo.
Cuando sabes que estás condenado a muerte, te preguntas si debes morir solo o con tu familia. ¿Debo alejarme de Ramzi, Walid y Sabah? ¿Tengo que trabajar lejos de casa y verlos solo una vez a la semana o al mes? A veces siento una sensación de culpa por lo que puede pasarle a mi familia, y también por nuestra situación actual. Tomé la decisión de no salir de Gaza, cuando tuve la oportunidad. Todavía la tengo, pero me quedo, es mi forma de resistir. Y ese es el problema: en lugar de hacer caer la responsabilidad sobre la ocupación, nos la trasladamos a nosotros mismos. Deberíamos tener cuidado, no vivir con nuestras familias, no estar con nuestros hijos, porque el Ejército israelí no distingue.
Un cerebro normal sabe reconocer el bien y el mal, sabe diferenciar entre resistencia y ocupación. Pero el ocupante logró invertir la realidad. Incluso con una periodista que conoce el terreno. Es algo que ya había visto durante la guerra israelí contra Gaza de 2014, cuando el Ejército israelí bombardeó edificios residenciales enteros. La primera pregunta que hicieron los periodistas, que no siempre estaban al tanto de la situación, fue «¿Había un miembro de Hamás en el edificio?» Como si fuera aceptable matar a decenas de personas para eliminar a una sola.
Cuando miro a Sabah, cuando miro a Walid y Ramzi, me digo: “¿Seré culpable si les pasa algo?”
El gobierno israelí han logrado crear un estatus de intocable con un gran número de gobiernos y medios de comunicación occidentales, para quienes la respuesta se resume en una frase: “Israel tiene derecho a defenderse”. Pero nosotros no. Si te defiendes, dice Israel, matamos a tu familia, matamos a todos. Si un periodista habla, lo matan con su familia. El ocupado debe ser una víctima amable. Si alguien resiste, mataremos a toda su familia. Si alguien habla, mataremos a toda su familia. Si alguien testifica, mataremos a toda su familia. Y esto se vuelve normal.
Sé que Sabah leerá este artículo, como ha leído los anteriores, gracias a los traductores en línea. Cuando la miro, cuando miro a Walid y Ramzi, me digo: «¿Seré culpable si les pasa algo?” Como si fuera a causa de mí, y no por la ocupación. Hemos llegado a crear un campo de batalla dentro de cada uno de nosotros, y también en nuestra sociedad. A veces, los vecinos me dicen: “Rami, no aparques tu coche aquí”, o “Rami, eres periodista, puede ser peligroso”. Lo dicen en tono de broma, pero sé que realmente lo dicen en serio. Y no puedo evitar pensar: el día que me disparen, ¿habrá decenas de muertos conmigo? ¿La gente me odiará?” ¿Van a decir: “Era periodista, sabía que era un objetivo, debería haberse ido de aquí”?
Cuando se trata de Palestina, el Mal se convierte en el Bien y el Bien se convierte en el Mal
Esta es mi conflicto interior. Eso es lo que me duele: antes, un luchador, un resistente a la ocupación en cualquier forma, era un héroe. Le protegíamos, le escondíamos. Hoy, el Ejército israelí logra separarnos de todos los que se oponen, y que se han convertido en objetivos: resistentes, enfermeros, socorristas, periodistas, intelectuales, profesores.
Y encontrar esta inversión de valores en un amigo, una periodista, duele. Así que hay que repetirlo: la resistencia militar es legítima. Resistir con un bolígrafo, un cuaderno o una cámara es legítimo. Tirar piedras es legítimo. La ocupación provoca resistencia. Todo el mundo da armas y dinero a Ucrania. Pero cuando se trata de Palestina, el Mal se convierte en el Bien y el Bien se convierte en el Mal.
Puedo morir en cualquier momento, puedo perder a mi familia en cualquier momento, porque elegí resistir con mi bolígrafo, con mi cámara, con mi teléfono. Aunque las fuerzas mediáticas y militares israelíes inviertan los papeles.
20/05/2026
Traducción: Faustino Eguberri
* Fundador de GazaPress, una oficina que proporcionaba ayuda y traducción a los periodistas occidentales, Rami Abou Jamous tuvo que abandonar su apartamento en la ciudad de Gaza en octubre de 2023 con su esposa Sabah, sus hijos y su hijo Walid, de tres años, bajo la amenaza del ejército israelí. Se refugiaron en Rafah, luego en Deir El-Balah y más tarde en Nusseirat. Después de un nuevo viaje tras la ruptura del alto el fuego por parte de Israel el 18 de marzo de 2025, Rami regresó a casa con su familia el 9 de octubre de 2025.
El 12 de octubre de 2024, el Premio Bayeux a los corresponsales de guerra y el diario Ouest France premiaron, en dos ocasiones, en la categoría de prensa escrita, a Rami Abou Jamous por su “Diario de a bordo de Gaza”.
El 18 de mayo de 2026, recibió el Premio Norte-Sur del Consejo de Europa – 31a edición. Un premio otorgado desde 1995 a personalidades comprometidas con los derechos humanos y la solidaridad Norte-Sur.