

Sylvia Wynter cumple hoy 98 años. Nació el 11 de mayo de 1928 en Holguín, Cuba, en el seno de una familia jamaicana de paso por la isla, y regresó a Jamaica con apenas dos años, donde creció bajo el dominio colonial británico. Esa doble condición —nacer en un territorio y formarse en otro, absorber el canon europeo mientras la realidad cotidiana lo desmentía— marca el núcleo de toda su obra intelectual.
Jamaica era una colonia donde el inglés se enseñaba como lengua de la civilización y donde la historia de África y el Caribe no existía en los libros de texto. Ser negro equivalía a ocupar el último eslabón de una jerarquía fabricada por la modernidad occidental, y Wynter aprendió todo eso desde dentro. Ganó la Beca del Centenario de Jamaica para Mujeres en 1946 y viajó al King’s College de Londres, donde se licenció en Lenguas Modernas con especialización en español y obtuvo su máster en 1953. Entró de lleno en el corazón del humanismo europeo. Y aprendió a desmontarlo con sus propias herramientas.
Durante los años cincuenta y principios de los sesenta, Wynter vivió en Londres como escritora. Escribió guiones para la BBC, completó obras de teatro que el Royal Court Theatre compró, y en 1962 publicó su única novela, The Hills of Hebron, ambientada en Jamaica y centrada en la religión, la tierra, la herencia colonial y la búsqueda de identidad de las comunidades negras. Era ficción y también era ya teoría disfrazada de narración. La escritura literaria nunca fue para Wynter un ejercicio estético separado del pensamiento político. La forma de contar el mundo y la estructura del poder que ese mundo sostiene son, en su obra, una sola cosa.

En 1963 regresó a Jamaica —recién independizada del dominio británico— y se incorporó a la Universidad de las Indias Occidentales en el campus de Mona, donde enseñó literatura hispana hasta 1974. Fueron años de enorme efervescencia intelectual caribeña. Wynter participó activamente en el Grupo Nuevo Mundo, un colectivo que pensaba el Caribe desde el marxismo, el pensamiento negro y las teorías de la dependencia. En ese ambiente comenzó a articular las preguntas que estructurarían toda su obra posterior.
¿Qué significa «ser humano»? ¿Quién decidió qué contaba como humanidad y qué quedaba fuera de ella? ¿Por qué el racismo no es una aberración del humanismo occidental, sino su consecuencia directa?
Esas preguntas la llevaron a desarrollar su tesis más influyente. Wynter argumenta que el humanismo occidental no describe al ser humano sino que lo construye. Y lo construye a imagen de un modelo muy específico. Al concepto que ella llama «el Hombre» —en mayúscula, como categoría filosófica— lo divide en dos figuras históricas. Man1 es el hombre cristiano de la Europa medieval, definido por su relación con Dios y la salvación. Man2 es el hombre moderno y burgués que emerge con el Renacimiento y la Ilustración, redefinido ahora por la razón, la ciencia y el mercado, descrito como blanco, europeo, masculino y heterosexual. Esa figura se presenta como universal. En realidad es un modelo particularísimo que ha sido sobrerepresentado como si fuera el único modo posible de ser humano, el único que merece reconocimiento pleno.
La idea de la sobrerrepresentación del Hombre es el corazón de la teoría de Wynter. Todo lo que no encaja en ese modelo —los pueblos colonizados, las mujeres, las personas negras, los pueblos indígenas— queda en la zona de la sub-humanidad, de lo que hay que civilizar, corregir o eliminar. El colonialismo, el racismo y la esclavitud no son anomalías del progreso occidental. Son las consecuencias lógicas de haber instalado una definición excluyente de lo humano como base de toda la organización del conocimiento y del poder. Decirlo con esa rotundidad, apoyándose en filosofía, neurociencia, historia, literatura y pensamiento caribeño a la vez, es la marca de la escritura wynteriana.
Para desarrollar esta tesis, Wynter construyó un diálogo intenso con Frantz Fanon. Del pensador martiniqués tomó el concepto de sociogenia, la idea de que los seres humanos no somos solo seres biológicos ni solo seres psicológicos, sino también y fundamentalmente seres simbólicos y culturales. Lo que nos hace humanos no está en los genes sino en los relatos, los rituales, los sistemas de sentido que cada cultura construye. A esa dimensión Wynter la llama el principio sociogénico, y es la clave para entender cómo el racismo no es solo una práctica social sino una programación del ser, una forma de instalar en la mente colonizada la inferioridad como dato natural.
Wynter dialogó también con Aimé Césaire, quien propuso una «ciencia de la Palabra» capaz de completar las ciencias naturales, siempre incompletas porque describen lo biológico sin tocar lo simbólico. Para Wynter, esa ciencia existe y tiene nombre: es una nueva comprensión de lo humano que reconozca la pluralidad de los modos de ser. Su propuesta no es destruir el concepto de humanidad sino ensancharlo radicalmente. La alternativa al Hombre no es el antihumanismo, sino una humanidad nueva que incluya todos los «géneros de lo humano» que han sido suprimidos por la hegemonía occidental.
Esa propuesta la sintetizó en el concepto de «ser humano como práxis», título de un volumen de ensayos compilado por la académica Katherine McKittrick que se ha convertido en referencia central de los estudios negros y la teoría decolonial. Sylvia Wynter: On Being Human as Praxis, publicado por Duke University Press en 2015, reúne las voces de quienes más en profundidad han trabajado su obra. El «ser humano como práxis» significa que la humanidad no es un estado dado ni una esencia fija atribuida a unos y negada a otros. Es una práctica continua, un proceso creativo y ético en el que todas las culturas participan con igual legitimidad.

En 1974 cruzó al norte, invitada a dirigir un nuevo programa interdisciplinario en la Universidad de California en San Diego, y en 1977 se incorporó a Stanford University, donde enseñó hasta su jubilación como Profesora Emérita en 1994. Desde Stanford, su obra comenzó a circular con mayor fuerza en los circuitos académicos anglosajones, influyendo en campos tan distintos como los estudios negros, la antropología, la filosofía política, la teoría literaria y los estudios de ciencia y tecnología. En 2010 el gobierno de Jamaica le concedió la Orden de Jamaica por sus contribuciones a la educación, la historia y la cultura.
Con 97 años recién cumplidos, Sylvia Wynter representa una de esas voces cuya obra se vuelve más clara y más necesaria cuanto más se lee. Preguntar quién define lo humano, cómo esa definición organiza el poder, qué voces quedan fuera del canon y por qué, es necesario para estructurar los debates contemporáneos sobre racismo, migración, representación e inteligencia artificial. Qué cuenta como conocimiento legítimo, qué tradiciones se incluyen en los sistemas que dan forma a nuestras vidas, quién tiene autoridad epistémica. Wynter formuló ese marco con décadas de anticipación.
El pensamiento negro no es un suplemento del pensamiento occidental. Es una tradición propia, rigurosa y transformadora que merece ocupar el centro del debate intelectual y pedagógico. Wynter forma parte de esa tradición junto a Fanon, Césaire y tantas otras pensadorxs negrxs que también merecen su nombre entre las filósofas fundamentales del siglo XX.
Nombrar a Wynter hoy es recordar que el problema no es que el humanismo occidental haya fallado en su promesa universal. Es que funcionó exactamente como estaba diseñado. Y que la tarea de construir una humanidad verdaderamente plural lleva décadas en manos de quienes el sistema dejó fuera.
Redacción Afroféminas
