Palestina. Un mártir de siete años

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Es un tópico hablar de la brutalidad de la guerra. De la ferocidad que en ella campea cuando saca la maldad que en algún sitio recóndito del alma puede albergar el ser humano. Que en circunstancias normales no es visible ni se puede sospechar siquiera. Sí. Porque el hombre que en la guerra da muestras  orgulloso de la brutalidad de la que es capaz, es el mismo que de pronto piadoso y compasivo aparece socorriendo a un niño  en un siniestro.  Todo esto es un tópico repetimos. Nada nuevo. Así ha sido desde que la historia comenzó a documentar el paso del homo sapiens por este suelo.

Que el hombre de la guerra no hace parte del género humano es la única explicación plausible.  Y tanto, que él en compensación, como aceptando ese desvalor pero queriendo sacar provecho de él, se auto atribuye  una calidad que no lo hace infrahumano, sino al contrario, sobrehumano: la de héroe.

Pero es que hay cosas de cosas, y casos de casos. Porque una es la guerra con su miseria, y otra  peor, que ella sea la excusa, una buena coartada para hacer en paz – la supuesta al menos -, lo que en la guerra sería sigamos sorprendiéndonos,  aunque abominable, comprensible.

¿Y a qué todo esto?

A esa imagen que  a hurtadillas pudo llegar a un minúsculo gueto del mundo porque los que tal hacen y sus cómplices en el globo claro que purgan la difusión de sus acciones,  en donde un pequeño niño palestino es perseguido por fieros soldados israelíes. Y ese niño que no estaba en guerra con nadie, ni usurpando la tierra de nadie sino solo pisando aquella donde nació, la de sus mayores y la de los padres de sus padres por milenios, ese niño de siete años contra quienes  los otros, sus perseguidores sí estaban en guerra aunque esta no la hubiera porque a pesar de su  irracionalidad, esta tendría normas, cayó muerto. Su tierno corazón no resistió la angustia de la  embestida tras de sí.

Quizás en esos momentos  en que el pequeño Rayayan Yaser Suleiman  salía de la escuela  tuvo rediviva en su mente cientos de escenas que ya había sufrido en su corta vida. La de sus iguales, niños como él, cuántos  amigos suyos, destrozados por las bombas, mutilados, torturados, presos, o simplemente fulminados por un tiro de fusil que apenas les deparó el don de no sentir la angustia de la muerte. ¿Y todo por qué? Porque son palestinos y están en su tierra a la que otro llegó y dijo que no era suya sino de ellos. Y entonces les declararon una guerra que no es, pero igual, porque el victimario simula que sí lo es y esa cuarteada le otorga el fuero de la inhumanidad, la franquicia de la muerte. ¿No dijo acaso la ministra de Justicia de Israel que a las madres palestinas había que matarlas para que no parieran esas serpientes? ¿No hay  sionistas que orgullosos portan camisetas con el logo de un blanco cuya diana es el vientre de una palestina embarazada? ¿Y no posan soldados israelíes con el cadáver de un joven palestino acabado de asesinar haciendo el signo de la victoria y luciendo carteles “uno menos”?

Con Rayyan Yaser Suleiman nombre de héroes estos de verdad,  eran 43 los niños palestinos asesinados por Israel en este 2022. Y al momento de escribir sobre él, lo fue igual Mahmoud Mahamad Jalil de tan solo doce años. ¿Cuántos más antes de que termine este año de sangre?  A ellos les cantó el poeta nacional de Palestina Mahmud Darwish quien profeta como rapsoda, sabía que sus niños nacían para morir en el altar del más inaudito de los odios:

Devuélveme las estrellas de la infancia

Para que puede emprender con los pájaras pequeños

El camino de regreso

Al nido donde tú aguardas.

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