La empresa de Peter Thiel, con un papel activo en el genocidio de Gaza y las detenciones del ICE, denuncia una supuesta «decadencia» de la cultura occidental y se arroga «la misión» de salvarla.
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El manifiesto de 22 puntos difundido por Palantir representa la exposición abreviada de un programa histórico en el que la guerra, la gestión algorítmica de poblaciones y la alianza entre grandes tecnológicas y Estado aparecen como horizonte deseable. Y conviene leerlo así, porque Palantir obtiene ya el 54% de sus ingresos de clientes gubernamentales y ha convertido esa proximidad con el aparato estatal en el centro de su modelo de negocio.
Pero vayamos por partes. Durante años, buena parte del discurso dominante sobre Silicon Valley descansó sobre una fábula infantil de innovación, disrupción y creatividad individual. El garaje, el fundador visionario, la app que mejora la vida cotidiana, la técnica entendida como prolongación amable del consumo, y otras narrativas delusionales que constituían el imaginario del self made man y que servían para justificar, básicamente, que unos ganaran mucho y otros muy poco.
El breve catecismo publicado ahora por Palantir tiene la virtud de romper esa escenografía. Lo hace de forma brutal y, por eso mismo, reveladora. Allí donde otras empresas todavía envuelven su poder en el lenguaje aséptico de la eficiencia, Palantir ha optado por enunciar su ambición sin demasiados rodeos.
Silicon Valley, dice, tiene una “obligación afirmativa” de participar en la defensa de la nación. Según su perspectiva tecnofascista, el mundo está abocado hacia un futuro apocalíptico en el que los Estados ya no tienen capacidad de defender a sus poblaciones; consecuentemente, el papel que debe jugar el sector privado en asegurar la “seguridad” de las “democracias” se presenta como algo inevitable. El mundo pos Segunda Guerra Mundial creyó en la ilusión naive del multiculturalismo y la paz mundial, provocando un “ablandamiento” del orden occidental de posguerra.
La primera tentación consiste en leer ese texto como una provocación más del ecosistema Thiel-Karp, un artefacto diseñado para escandalizar a la opinión pública liberal y ganar centralidad en la conversación. Esa lectura captura una parte del fenómeno, pero se queda corta: el manifiesto importa menos por su estridencia que por su función. Palantir no busca simplemente describir su cosmovisón, sino normalizar una nueva relación entre capital tecnológico, soberanía y violencia. Busca convertir en sentido común la idea de que el futuro de las democracias depende de una integración cada vez más orgánica entre infraestructuras digitales, defensa, inteligencia y vigilancia.
Qué es Palantir: de Silicon Valley al complejo tecnomilitar
Palantir es una empresa fundada con apoyo temprano de In-Q-Tel, el fondo vinculado a la CIA, y hoy profundamente insertada en contratos militares, policiales, migratorios y sanitarios. El viejo complejo militar-industrial de inteligencia, después del golpe a su credibilidad que supuso el atentado del 11-S, se lanzó a los brazos del sector privado.
Nuevos lobbies y think tanks se sumaron entonces al complejo industrial-militar, el monstruo que carcome por dentro la “democracia más antigua del mundo” y que el presidente Eisenhower calificó ya en el año 1957 en su mensaje de despedida como “el principal enemigo” de Estados Unidos.
A diferencia de los contratistas clásicos, Palantir no se limita a suministrar herramientas. Sus plataformas —Gotham, Foundry, Apollo— no solo integran datos, sino que los reorganizan bajo una lógica operativa que traduce la complejidad social en patrones accionables. El mundo aparece como una superficie legible, susceptible de ser intervenida en tiempo real. Algo que describe muy bien el libro coordinado por Júlia Nueno Genocidios. Una lectura forense (Galaxia Gutenberg, 2025).
Este desplazamiento tiene implicaciones profundas: allí donde antes había conflicto, interpretación o disputa, aparece una arquitectura de decisión basada en correlaciones, probabilidades y alertas automatizadas. La política se reconfigura como gestión de riesgos. El gobierno como optimización continua. Y en ese proceso, quien diseña la infraestructura no solo ejecuta decisiones, sino que delimita de antemano qué puede ser visto, pensado y decidido.
La doctrina Palantir
La primera es una redefinición del papel de la tecnología. Palantir rechaza explícitamente la deriva consumista de Silicon Valley y reivindica una vuelta a la “misión”: se identifica sin ambigüedad con la defensa nacional, con la capacidad de ejercer poder y con la producción de superioridad estratégica. La tecnología deja de ser un espacio de innovación abierta para convertirse en infraestructura de soberanía.
La segunda operación es más sutil. Consiste en una relectura del orden internacional posterior a 1945. Allí donde el consenso liberal había situado valores como la cooperación, el multilateralismo o los derechos humanos, el manifiesto introduce una narrativa de decadencia. El problema ya no sería el exceso de poder, sino su ausencia. El “ablandamiento” de Occidente aparece como una anomalía histórica que debe ser corregida. De este modo, la militarización no se presenta como ruptura, sino como restauración.
La tercera operación es quizá la más relevante. Es una naturalización de la integración entre Estado y empresa tecnológica. El manifiesto no discute si esa alianza debe existir, sino que la da por supuesta: Silicon Valley no solo puede colaborar con el aparato de seguridad, debe hacerlo. Se trata de un imperativo moral donde la externalización de funciones estratégicas deja de ser un problema democrático para convertirse en imperativo político.
En esta lógica, y leído en conjunto, el texto no propone simplemente una agenda sino que propone un desplazamiento: la democracia deja de pensarse en términos de deliberación, conflicto o representación, y pasa a entenderse como capacidad de anticipación, cálculo y despliegue técnico. No se trata solo de gobernar mejor, sino que se trata de gobernar desde otro lugar. El suyo, ni más ni menos.
Contribución de Palantir al genocidio en Gaza
Palantir ha reforzado en los últimos años su colaboración con el aparato militar y de inteligencia de Israel, ofreciendo capacidades de análisis de datos, integración de fuentes y modelización de objetivos en contextos de guerra. En el marco de la ofensiva sobre Gaza, distintos informes y denuncias de organizaciones de derechos humanos han apuntado a que sistemas de este tipo participan en la selección y priorización de objetivos.
Aquí es donde el manifiesto deja de ser un texto ideológico para convertirse en clave de lectura material. La apelación al hard power, la defensa de la superioridad tecnológica como condición de la democracia y la naturalización del uso de inteligencia artificial en contextos bélicos encuentran una traducción directa en prácticas concretas.
Hablar de “crímenes de guerra” en este contexto no remite únicamente a la acción directa de un Estado, sino a la configuración de un ecosistema técnico que facilita, acelera y legitima determinadas formas de violencia. La automatización parcial de la selección de objetivos, la ampliación del radio de daño aceptable bajo parámetros probabilísticos y la opacidad de los sistemas empleados introducen una capa adicional de irresponsabilidad distribuida.La alianza de Palantir con Israel debe leerse en ese marco: no como un contrato más dentro de su cartera, sino como una articulación estratégica entre empresa y Estado en un escenario donde la guerra funciona como laboratorio. Y el manifiesto publicado simplemente trata de preparar el terreno cultural para aceptar como inevitables procesos que ya están teniendo lugar.
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