Ecuador: 100 años de la masacre de obreros del 15 de noviembre en Guayaquil

Fuente: https://www.wsws.org/es/articles/2022/11/22/guay-n22.html?pk_campaign=newsletter&pk_kwd=wsws                       Cesar Uco                                                                                    23.11.22

El presente artículo amplía sobre una corta nota publicada originalmente en inglés el 13 de noviembre en la sección “Esta semana en la historia”.

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El 15 de noviembre de 1922, las tropas del Gobierno ecuatoriano dispararon contra una multitud de 20.000 trabajadores en huelga y sus familias cuando celebraban la liberación de dos de sus líderes de prisión en la ciudad costera de Guayaquil, la segunda ciudad más grande de Ecuador, Mataron e hirieron a entre 300 y hasta 1.000 obreros, en lo que pasaría a la historia como “el bautismo de sangre de la lucha obrera ecuatoriana”.

Al día siguiente, el 16 de noviembre de 1922, los titulares no podían ocultar la gravedad del asesinato masivo de obreros. El Universo escribió del “sacrificio de un pueblo. Hora de luto y de lágrimas. Los obreros desviados y llevados a la esterilización y la muerte”.

Multitudes de trabajadores en huelga en Guayaquil [Foto: El Universo] [Photo: El Universo]

Guayaquil y sus alrededores eran un centro mundial de producción de granos de cacao (la semilla utilizada para hacer chocolate) y el mercado se había visto gravemente afectado por la recesión posterior a la Primera Guerra Mundial. Había una inflación masiva en Ecuador y las importaciones de alimentos básicos, de los que dependía en gran medida la ciudad, habían disminuido en dos tercios en solo un año. Los alquileres se habían cuadruplicado. Al elevado costo de la vida y miserables salarios se sumaban los malos tratos por parte de los empleadores, provocando las protestas masivas.

El 17 de octubre, los trabajadores ferroviarios de la cercana ciudad de Durán se declararon en huelga y obtuvieron importantes concesiones de los propietarios estadounidenses, incluido el derecho de los trabajadores ecuatorianos e inmigrantes jamaiquinos a recibir su pago en oro o dólares estadounidenses, como se les pagaba a los empleados estadounidenses de la empresa, en lugar del sucre ecuatoriano que se depreciaba rápidamente.

La crisis económica generalizada animó a otros sectores a presentar sus propios reclamos. El 6 y 7 de noviembre de ese año, la impaciencia explota en la clase obrera ecuatoriana. A los trabajadores de las empresas de Luz y Fuerza Eléctrica se le unieron trabajadores de Carros Urbanos de Guayaquil exigiendo aumentos salariales, jornadas más cortas y seguridad laboral.

El día 10 de noviembre se sumaron a la huelga los trabajadores de las fábricas de Guayaquil. La huelga general iba tomando fuerza. El 11 de noviembre se unen a la paralización los artesanos y constructores, seguidos dos días después por los voceadores y los trabajadores de nuevas fábricas.

Se realizaron asambleas masivas de trabajadores, que incluyeron delegaciones de trabajadores ferroviarios de Durán. Para el 13 de noviembre, se había producido una huelga general en la ciudad.

Los trabajadores de las imprentas que se habían unido a la huelga publicaron miles de folletos que llamaban a los trabajadores sindicalizados y no sindicalizados a unirse a la huelga.

Los huelguistas comenzaron a plantear demandas políticas, incluyendo leyes que respaldaran la moneda ecuatoriana, el sucre, ya que los trabajadores entendieron que cualquier aumento salarial sería de corta duración debido a la inflación. Ese año el sucre se devaluó de 2,25 el dólar a 4,27 –un 90 por ciento– duplicando el costo de los productos importados. Además, los trabajadores comenzaron a plantear demandas democráticas como la redistribución de la tierra a los campesinos sin tierra, así como llamados a la protección de la industria nacional.

Los historiadores hoy afirman que la masacre pudo evitarse ya que los trabajadores en las calles reclamaban pacíficamente que el gobernador liberara a sus líderes detenidos y dieran a conocer sus propuestas para una resolución al poder ejecutivo.

Pero el proletariado ecuatoriano, así como la clase obrera mundial, habían sido profundamente influenciados por la fuerza revolucionaria liberada por el éxito de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. Muchos de los dirigentes de las organizaciones obreras en Guayaquil se consideraban comunistas o anarquistas.

Consecuentemente, la masiva movilización obrera en un Guayaquil de 90 mil personas fue utilizada por el Gobierno como la perfecta excusa para dar un ejemplo de represión autoritaria para controlar a la clase trabajadora, abriendo fuego y pasando por las bayonetas a los trabajadores en ese fatídico 15 de noviembre.

Las luchas obreras en el Guayaquil de 1922 demostraron la valentía de los trabajadores. Entre los participantes, se distingue María Montaño, una cocinera de raza negra que lanzó una proclama incendiaria frente a la sede del Gobierno provincial: “Pueblo, tú haces presidente, tú lo eliges, pero si él no te atiende, qué te toca hacer a vos’’, un reto directo a la legitimidad del Gobierno.

Los manifestantes se dirigieron al cuartel policial ubicado en las calles Cuenca entre Chile y Chimborazo para liberar de inmediato a sus compañeros presos. Sin embargo, fueron agredidos por un contingente de policías que recorrían la zona. “Abren fuego a mansalva con sus fusiles a la masa de artesanos, ferroviarios, vendedores ambulantes, lavanderas, betuneros, panaderos, entre otros obreros”, recuerda hoy El Universo .

El diario informó de un dato que desenmascaró las intenciones asesinas del Gobierno ecuatoriano: “Existe un telegrama enviado el 14 de noviembre por el presidente José Luis Tamayo al jefe de la Zona Militar, Enrique Barriga, donde esperaba ‘que para mañana (15 de noviembre) a las seis de la tarde me informara que ha vuelto la tranquilidad a Guayaquil cueste lo que cueste, para lo cual usted esté autorizado’”.

En su novela Baldomera el escritor Alfredo Pareja Diezcanseco relató el terror de la masacre:

Alaridos y quejas. El silbido cortante de las balas. El olor a pólvora. El inclemente martilleo de las ametralladoras. Las quijadas abiertas, los ojos saltados, los brazos queriendo subir y subir para escapar por algún lado. Los niños con las manos crispadas, arrugando las mantas de las madres, chillando las facciones paralizadas. Y sin armas, carajo, con qué matar soldados y generales.

La novela Las cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, es un documento testimonial y de agitación política. Como niño presenció la masacre, una experiencia imborrable para él:

Sobre el cuadriculado de las piedras que el sol tostaba, hombres, chicos, mujeres, rodaban, tiesos ya, o aun retorciéndose. Eran gente como ellos, que salían de iguales covachas y comían la misma hambre. ¡Y eran chicos, muchísimos! Eran zapateadores de rayuela, vendedores de diarios, betuneros, chicos, como hoy sus hijos y como ellos un día.

En otro pasaje de Las cruces sobre el agua, Gallegos, quien perteneció al Partido Comunista de Ecuador hasta su muerte en 1947, relata: “Como eran bastantísimos (los muertos), a muchos los tiraron al río por aquí, abriéndoles la barriga con bayoneta, [par]a que no rebalsaran”.

Los soldados persiguieron a los trabajadores, disparando al azar y atacándolos con sus bayonetas. Varios testigos también observaron a ciudadanos privados adinerados que se unieron a la masacre de los trabajadores.

Para las altas horas de la noche del 15 de noviembre, el ejército y la policía finalmente lograron aplastar las protestas “cueste lo que cueste”, como pedía el presidente Tamayo. Las calles se encontraban llenas de cuerpos acribillados.

Cientos de cuerpos inertes fueron sepultados en una fosa común del Cementerio General y otros tantos fueron arrojados al río Guayas. Los guayaquileños vieron con horror como el río devolvía cuerpos de las personas asesinadas.

La crueldad y brutal determinación del Gobierno de Tamayo se hizo manifiesta cuando a los parientes de los asesinados se les negó la oportunidad de identificar a sus familiares.

Tamayo inició su carrera como un “liberal”, pero será recordado por haber ordenado las matanzas del 15 de noviembre de 1922 y el 13 de septiembre de 1923, cuando un grupo de 70 soldados asesinó a docenas de campesinos que exigían mejores condiciones.

La masacre del 15 de noviembre de 1922 rompió el impulso de la huelga y el 21 de noviembre se dieron aumentos salariales mediocres, que pronto serían erosionados por la inflación. El Gobierno culpó a las influencias anarquistas y bolcheviques por la violencia y mantuvo un encubrimiento del papel de los militares en la masacre. El movimiento obrero en Ecuador sufrió un retroceso durante años.

El episodio novembrino de hace 100 años nunca fue olvidado por el pueblo guayaquileño que cada 15 de noviembre concurría a lanzar cruces y coronas de flores a las aguas del Guayas.

En ocasión del centenario del capítulo más siniestro de la clase obrera ecuatoriana se realizó una serie de eventos conmemorativos en cines de barrio, charlas y exposiciones.

Cien años después de la masacre de Guayaquil, Ecuador está gobernado por una corrupta clase gobernante completamente subordinada al imperialismo estadounidense e incluso más hostil que hace 100 años a los derechos democráticos de los trabajadores, campesinos e indígenas. Esto quedó demostrado al entregar al fundador de WikiLeaks, Julian Assange, en 2019 a la policía londinense tras despojarlo de su estatus de asilado en la Embajada ecuatoriana en Londres. Esto ha abierto la puerta a su extradición a los EE.UU, donde enfrenta una cadena perpetua y posiblemente la pena de muerte.

Asimismo, ese mismo año, el Gobierno de Lenín Moreno desplegó a las Fuerzas Armadas para reprimir brutalmente las manifestaciones masivas contra la desigualdad social, centradas en la capital de Quito, que lo habían obligado temporalmente a trasladar su Gobierno a Guayaquil.

(Publicado originalmente en inglés el 13 de noviembre de 2022)

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