Cien años de fascismo: Israel

Fuente: La Jornada                                                                         Maciek Wisniewski                                                                         26.11.22

I. Hace 100 años, tras el triunfo de Mussolini (véase:  bit.ly/3XyOWvS), unos de sus primeros seguidores foráneos eran los sionistas-revisionistas de Vladimir Jabotinsky (bit.ly/3EzY5vj) –de los cuales son descendientes el actual partido Likud de Benjamin Netanyahu y la demás extrema derecha israelí–, que veían a Italia como una patria espiritual. Si bien había afinidades ideológicas y organizativas entre sionismo-revisionista y fascismo, por ejemplo, el anticomunismo, y Jabotinsky, que fundó Betar, una organización modelada en los camisas negras, escribía que todo lo que sabía sobre el nacionalismo, el Estado y la sociedad fue por la influencia italiana, en todo esto había también mucho realpolitik. Italia parecía un buen protector imperial para el establecimiento de un Estado judío en Palestina (en aquel entonces bajo el mandato británico), pero todo el romance duró hasta la promulgación de leyes antisemitas por Mussolini (1938).
Esta historia viene a la mente tras la victoria electoral, a principios del mes (bit.ly/3hZwtrQ), de Netanyahu y de la previamente fragmentada y reunida por él extrema derecha nacionalista y religiosa con Bezazel Smotrich e Itamar Ben-Gvir a la cabeza, tildada a veces como fascista (bit.ly/3EDCUZi).

II. Zeev Sternhell (1935-2000), un eminente historiador israelí, revolucionó en su momento –con su insistencia en la autonomía de las ideas y, paradójicamente, un arsenal conceptual conservador, el campo de estudios sobre el fascismo (bit.ly/3gzSxsN). Para Sternhell, se trataba de un problema cultural y producto de cambios que experimentó Europa desde finales del siglo XVIII. Sus componentes eran el nacionalismo tribal, antiliberal, el darwinismo social y el determinismo biológico. Fruto de una crisis de la democracia liberal, el fascismo se engendró −según él– en Francia y explotó con el affaire Dreyfuss. Aunque esta genealogía generó polémicas, ayudó, por ejemplo, a poner en un verdadero contexto el legado colaboracionista de Vichy. A su vez, la centralidad que ponía Sternhell en el papel de la anti-Iluminación para su auge permitió verlo como una cultura política viva y una posibilidad recurrente de la modernidad (bit.ly/3V7gbvQ).

III. Si bien Netanyahu suele ser ignorado en los estudios del populismo de la derecha –por las mismas razones que la noción del fascismo judío puede parecer un oxímoron– en muchos aspectos lo representa en estado puro (véase: Dani Filc, The Political Right in Israel. Different Faces of Jewish Populism, 2010). Aun así, Likud es un partido populista-neoliberal mainstream que combina dimensiones exclusivistas y participativas y empalidece frente a otros populistas como Avigdor Lieberman –tildado por Sternhell como el político más peligroso de la historia de Israel (bit.ly/3GEe7ai)– o la nueva ultraderecha kahanista habilitada por Netanyahu. Estos seguidores del rabino Meir Kahane –ex miembro de Betar (bit.ly/2TgFkTV) para quien judaísmo y democracia eran incompatibles y cuyo partido, que según algunos siempre tenía tintes fascistas (bit.ly/3gAcdwK), fue ilegalizado en Israel– por un lado efectivamente son una novedad, pero por otro, con su ultranacionalismo religioso, supremacía judía, obsesión por la pureza étnica, el renacimiento nacional, la violencia, el odio a los árabes, a la izquierda y con su homofobia, representan cada vez más el mainstream en Israel reflejando la creciente radicalización de su sociedad.

IV. Con el paso de los años, Sternhell criticaba más y más a Israel y su derecha –Likud: primero con Begin, alumno y sucesor de Jabotinsky, y luego con Netanyahu– por seguir el camino del antiliberalismo, hasta que dictaminó que el Estado judío mostraba características fascistas. Alertaba sobre la degeneración de la democracia israelí, la debilidad de la izquierda y el avance de la extrema derecha con su guerra contra la Iluminación y los valores universales. Fustigaba las leyes que hacían de la desigualdad étnica una norma ( Basic Law) y la obsesión suicida por el mismo nacionalismo tribal cuya cepa europea casi aniquiló a la mayoría del pueblo judío (bit.ly/3UauCxH). En los alegatos de los políticos como Smotrich veía “no sólo un creciente fascismo, sino un racismo similar al ‘primer’ nazismo” (bit.ly/2WsdQfY). No hay sociedad que esté inmunizada contra los fenómenos de los que Europa fue víctima. Esta es la lección de nuestra generación, decía.

V. Shlomo Sand, otro historiador que ha hecho tanto por deconstruir mitos que nutren el etnicismo israelí, véase: The Invention of the Jewish People (2008) y The Invention of the Land of Israel (2010), no sólo polemizó con Sternhell por su uso del término fascismo, sino que acabó concluyendo que Israel no es fascista, aunque igual esté en camino a la perdición. Su punto era que si bien la analogía es la madre de la sabiduría, también la es de locura y de simplismo: para él, el fascismo italiano era un fenómeno de una sola vez y si el etnocentrismo judío se revelaba cada día más crudo, no era el fascismo (bit.ly/3V2HxmI). Igual muchas de las cosas en Israel como el colonialismo, el apartheid, los asesinatos de los palestinos o la ocupación sin fin que está detrás de la radicalización de su sociedad, son repugnantes sin la necesidad de que sean fascistas y de hecho van inscritas en su anatomía etnocrática, un oscuro objeto de deseo de toda la extrema derecha mundial (también la europea, en su momento detrás del Holocausto). A 100 años del triunfo del fascismo, inspiraciones y ejemplos parecen correr al revés.

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