

Ayer se cumplieron nueve meses del recrudecimiento del genocidio que comete el sionismo israelí contra el pueblo y la nación de Palestina, y reitero la palabra recrudecimiento, pues este etnocidio descarado data de siete décadas atrás, y lo que ahora presenciamos es una fase mayor de la deshumanizada política del Gobierno de Israel, que sumido en sus propias contradicciones, exacerba su brutalidad.
Hoy Israel, a pesar de tener uno de los considerados Ejércitos mejor preparados y contar con armamento de vanguardia, depende casi en absoluto de los millones que le otorga el imperialismo estadounidense para sus acciones bélicas. La debilidad del Ejército israelí quedó manifiesta el 7 de octubre del pasado año, cuando Hamas atacó y evidenció las carencias defensivas, dejando el orgullo herido y cuya “venganza” continúa hasta ahora. Una parte de la población de Israel concibe la debilidad de su Ejército a la hora de defenderse, algo que ha generado, entre otras reacciones, la eliminación de la exención militar de los judíos ultraortodoxos, que estuvo en vigor desde 1948, siendo ahora reclutados para las acciones militares. Además, este sentir sobre el Ejército ha agudizado la división política en el Gobierno de Benjamín Netanyahu, quien ya ha cambiado a altos mandos militares y se encuentra enfrentado con sectores políticos que junto a un elevando porcentaje de la población pide su cese del Gobierno.





