
La capacidad de Irán para enfrentarse a Occidente se ha convertido en motivo de admiración en todo el mundo anteriormente colonizado. ¿De dónde viene esa confianza?
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Abdel Hamid Baalbaki (Líbano), Guerra, 1977.
Queridas amigas y amigos,
Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
Durante algunos de los peores días de la guerra ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán, conversé con amigxs que se encontraban en las zonas civiles bombardeadas. Algunxs son académicxs, otrxs poetas y artistas, algunxs trabajan en el gobierno, otrxs en instituciones de diverso tipo. Todxs ellxs, independientemente de su posición frente al gobierno, se mantuvieron desafiantes. Ninguna persona sintió que su mundo estuviera bajo amenaza. Permanecieron firmes, con una valentía que emana de una inmensa confianza en la resiliencia de la civilización iraní.
El pensamiento marxista y de liberación nacional tiene una historia muy compleja con el concepto de “civilización”. El marxismo clásico lo rechazó, porque podía eliminar las divisiones sociales bajo un manto de homogeneidad cultural y, por tanto, negar la necesidad de la lucha de clases. Pero a medida que el marxismo se convirtió en un marco fundamental en las grandes luchas anticoloniales del período posterior a la Guerra Mundial Antifascista, la idea de civilización regresó con un significado diferente. El concepto pasó a entenderse como un terreno valioso en la lucha cultural contra el imperialismo. Podía convertirse en un instrumento de continuidad nacional y legitimidad política, más que una simple máscara ideológica para la dominación de clase. Sin embargo, esta recuperación debía llevarse a cabo desde la perspectiva de un proyecto emancipatorio dispuesto a romper con ciertas herencias reaccionarias dentro de esa misma civilización.
En el caso de China, por ejemplo, el marxismo chino, sintetizado de manera más acabada por Mao Zedong, insistió en una ruptura con las peores herencias de la China prerrevolucionaria, como la jerarquía confuciana y el sexismo. Al mismo tiempo adoptó, a través de la lucha de clases y la transformación ideológica, la idea misma de la “civilización china” como bastión contra el imperialismo y en favor del desarrollo del patriotismo nacional.
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Kusbudiyanto (Indonesia), Bird Market [Mercado de aves], 2026
La Revolución Iraní (1978-1979) fue obra de diversas fuerzas políticas, entre ellas lxs marxistas, muchos de quienes fueron posteriormente perseguidxs y asesinadxs por la recién creada República Islámica. A pesar de su sometimiento, muchas ideas marxistas ingresaron al marco ideológico de la República Islámica, a través de la obra de pensadores con sus propias historias en relación con el marxismo, como Ehsan Tabari (1917-1989), Jalal Al-e Ahmad (1923-1969), Ali Shariati (1933-1977), Bijan Jazani (1938-1975) o Khosrow Golsorkhi (1944-1974). Quisiera poder escribir más sobre estos pensadores, pero eso requeriría un libro entero. El más destacado fue Golsorkhi, asesinado en plena juventud. Ante un juez perturbado durante su juicio, declaró:
Comienzo mis palabras con un dicho del imán Hossein, gran mártir de los pueblos de Oriente Medio. Yo, que soy marxista-leninista, busqué primero la justicia social en la escuela del islam y desde allí llegué al socialismo. En este tribunal no voy a negociar mi vida, ni siquiera mi tiempo de vida. Soy una gota insignificante en las luchas y privaciones de los pueblos combatientes de Irán… Sí, no voy a negociar mi vida, pues soy hijo de un pueblo combatiente y valiente. Comencé mis palabras con el islam. El islam verdadero en Irán siempre ha saldado su deuda con los movimientos de liberación de Irán. Los Seyyed Abdollah Behbahani, los Sheikh Mohammad Khiyabani, son encarnaciones genuinas de esos movimientos. Y hoy también el islam verdadero salda su deuda con los movimientos de liberación nacional de Irán. Cuando Marx dice: “En una sociedad de clases, la riqueza se acumula en un lado y la pobreza, el hambre y la miseria en el otro, mientras quienes producen la riqueza son ellos mismos despojados de ella” e imán Ali dice: “Ningún palacio se erige sin que miles sean empobrecidos”, existe una semejanza profunda. Así, se puede nombrar a imán Ali como el primer socialista de la historia, y de igual modo a los Salman Farsis y Abu Dharr Ghaffaris.
Para el momento de la revolución, la izquierda iraní, dividida entre las guerrillas de los Fedayín, el Partido Tudeh comunista y los Muyahidín islámico-revolucionarios, había comprendido que no podía derrocar al sha sin las fuerzas religiosas. Pero subestimó el poder del clero sobre la sociedad iraní, incluida la clase trabajadora. Fue este error de cálculo el que transformó la Revolución Iraní en la República Islámica en menos de un año. Sin embargo, en lugar de conformar una teocracia ordinaria, el Irán posrevolucionario se apoyó en una herencia civilizatoria mucho más antigua, que se remonta al reinado de Ciro el Grande (559-530 a.C.) y al Imperio aqueménida (c. 550-330 a.C.), aproximadamente dos mil años antes de la llegada del chiismo como religión de Estado en Irán durante el Imperio safávida (1501-1736). Es esta herencia más antigua la que desempeña un papel fundacional en la sociedad iraní: le permite absorber diferencias internas y convocar una legitimidad histórica más profunda como base para la defensa de la soberanía, en momentos de grave crisis. En 1971, el sha celebró un evento masivo en Persépolis para conmemorar los 2.500 años de civilización continua desde Ciro el Grande. Más tarde, durante la guerra de agresión de Irak contra Irán entre 1980 y 1988, cuando Saddam Hussein intentó presentar el conflicto como una guerra de árabes contra persas, la República Islámica rechazó ese marco y lo definió como una “defensa de la patria” (دفاع از وطن, defa’ az vatan), apelando a la idea de una tierra no conquistada ni colonizada que su pueblo debe defender a toda costa.
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Ibrahim El-Salahi (Sudán), Vision of the Tomb [Visión de la tumba], 1965.
Es difícil para quienes no provienen de sociedades colonizadas comprender el poder de afirmaciones como “defensa de la patria” y de la idea de herencia civilizatoria. El daño que el colonialismo causa a tantas formaciones sociales es inmenso: roba riqueza y la reinvierte en otros lugares para el desarrollo de otros pueblos. Denigra las culturas de los pueblos colonizados y con frecuencia les niega su propia lengua y su sentido de misión histórica. Por eso tantas personas del Sur Global se asombran de que Irán haya podido enfrentarse a Estados Unidos y salir victorioso en términos estratégicos en el conflicto actual.
Para quienes comparten esa historia de obliteración, ser testigo de la dignidad que exhiben sociedades como las de China o Irán, donde hay menos necesidad de forjar el orgullo cultural a partir de alucinaciones (mediante la creación de pasados imaginados) o de vilipendiar a otrxs (ya sean minorías o extranjeros), resulta sencillamente inspirador. La ausencia de una destrucción colonial total de la cultura en esos lugares permite que su propia historia sea recuperada y reconstruida sin quedar atrapada en falsas inversiones respecto a Occidente (que suelen ser en partes iguales rechazo e imitación). Es el tipo de confianza que enfrenta el poder destructivo de Estados Unidos con dignidad y que tiene el valor de devolver memes de Lego de Trump y sus asociados: no mera burla vacía, sino genuino desdén.
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2014.
En diciembre de 1997, la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) publicó la Declaración de Teherán, que promovió la idea de un “Diálogo de Civilizaciones”. Fue una respuesta directa al ensayo de 1993 y al libro de 1996 de Samuel Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. En ese ensayo inicial publicado en Foreign Affairs, Huntington predijo que “el conflicto entre civilizaciones será la última fase en la evolución del conflicto en el mundo moderno”. Para Huntington, la historia había pasado del choque de ideologías (comunismo versus capitalismo) al choque de civilizaciones (que definía en términos religiosos y culturales como “occidental, confuciana, japonesa, islámica, hindú, eslava-ortodoxa, latinoamericana y posiblemente africana”). Huntington advirtió que las nuevas líneas de fractura se trazarían a lo largo de estos ejes. La OCI advirtió que esta forma de ver el mundo podría generar precisamente el conflicto que pretende describir, en lugar de prevenirlo y que sería mejor entablar un diálogo entre civilizaciones en vez de esperar a que se produzca el conflicto entre ellas.
La Declaración de Teherán encontró eco en las Naciones Unidas (ONU), pero no en los pasillos de las capitales occidentales, donde la retórica de la Guerra contra el Terrorismo, que precedió al año 2001, escaló sin control. El miedo al islam se volvió rutinario y pronto se asoció con el temor a lxs migrantes, un doble miedo que continúa paralizando a Europa y a las Américas. En 1998, la ONU proclamó el 2001 como Año del Diálogo entre Civilizaciones, y en la 31ª Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), celebrada en París del 15 de octubre al 3 de noviembre de 2001, eligió al filósofo y diplomático iraní Ahmad Jalali como su presidente e invitó al presidente de Irán, Seyyed Mohammad Khatami, a dirigirse al organismo. La conferencia tuvo lugar poco más de un mes después de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos y durante la invasión estadounidense de Afganistán en el marco de su Guerra Global contra el Terrorismo. El discurso de Khatami sigue siendo poderoso: pide al mundo que no ceda ante “falsas polarizaciones y divisiones políticas”. El terrorismo “es el resultado de la siniestra unión entre la intolerancia ciega y la fuerza bruta, con el objetivo de servir a una ilusión que, pese a toda su propaganda, no es más que la proyección de los contenidos nocivos del inconsciente”.
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Gerard Sekoto (Sudáfrica), Mother and Baby [Madre y bebé], 1943-1945.
Cuando ocurre un atentado terrorista, lo peor que puede hacerse, dijo Khatami, es responder con venganza. “La venganza es como el agua salada que, aunque parece agua, aumenta la sed en lugar de saciarla, enredando así al mundo en perpetuos brotes de violencia, odio y venganza”. En cambio, insistió Khatami, el diálogo “es la necesidad principal de la comunidad internacional”.
Hacer un llamado al diálogo es importante y necesario porque la alternativa nos conduce a la aniquilación, tanto a través del sistema capitalista que profundiza la desigualdad y destruye el planeta, como a través del sistema imperialista que devora a las sociedades con la guerra. Pero ni la civilización ni el diálogo por sí solos empujarán la historia hacia la emancipación humana. Para ello, la lucha de clases tendrá que intensificarse, las necesidades humanas deberán imponerse sobre las desigualdades materiales y las relaciones de poder, y el sistema global tendrá que transformarse para responder a nuestros complejos destinos en lugar de enfrentarnos unos contra otros.
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José Clemente Orozco (México), Katharsis, 1934-1935.
Carlos Gutiérrez Cruz (1897-1930) desarrolló su sensibilidad poética en medio de las corrientes literarias del México posrevolucionario, incluido el grupo patriótico Contemporáneos, del que más tarde se alejó al radicalizarse. En 1923 publicó Cómo piensa la plebe, folleto de propaganda libertaria en haikais, que convirtió la forma del haikai asociado en México a José Juan Tablada (1871-1945) en un vehículo para la poesía comunista. Gutiérrez Cruz comprendió que no tenía sentido defender a la nación si las mayorías trabajadoras no obtenían nada de ella. Vale la pena repetirlo aquí: una civilización no puede defenderse como abstracción. Si ha de significar algo, debe defenderse como el registro vivo de quienes hacen la historia. Como él mismo lo expresó en uno de sus haikais:
Labriego, la tierra da ciento por uno
y tú ganas uno por ciento.
Cordialmente,
Vijay
