

El 27 de abril de 1994, millones de personas hicieron cola durante horas bajo el sol de Sudáfrica. Muchas llevaban toda la vida esperando ese momento. Muchas nunca habían votado. Algunas nunca pensaron que lo harían. Las filas se extendían por kilómetros en ciudades y townships, esas concentraciones urbanas segregadas donde el régimen había confinado a la mayoría negra durante décadas. Era la primera vez en la historia de Sudáfrica que todas las personas, con independencia del color de su piel, tenían derecho a depositar una papeleta. Esa jornada — que se extendió cuatro días, entre el 26 y el 29 de abril — se conmemora cada año el 27 como el Freedom Day, el Día de la Libertad, fiesta nacional de la República de Sudáfrica. Y merece ser mucho más que eso.
Para entender lo que significó ese día, hay que entender lo que lo precedió. El apartheid — la palabra significa «separación» en afrikáans, la lengua de los colonos de origen neerlandés — fue un sistema de segregación racial institucionalizada que el Partido Nacional impuso en Sudáfrica a partir de 1948, cuando ganó las elecciones bajo el liderazgo del pastor protestante Daniel François Malan. Durante cuatro décadas, ese sistema organizó cada aspecto de la vida pública y privada según la raza. La vivienda, la educación, la sanidad, el transporte, los espacios de ocio. Todo estaba regulado por la raza. La población quedaba clasificada desde el nacimiento en cuatro categorías — blancos, negros, mestizos e indios — y a cada categoría le correspondían derechos radicalmente distintos. Los negros, mayoría de la población, carecían de derechos políticos, eran desplazados de sus tierras y confinados a los townships, y estaban obligados a portar el passbook o libro de pases, que controlaba cada uno de sus movimientos. No tenerlo en regla podía significar el arresto inmediato.

La resistencia nació al mismo tiempo que el sistema que intentaba aplastarla. El Congreso Nacional Africano — ANC — llevaba décadas organizando la oposición cuando, el 21 de marzo de 1960, miles de personas se congregaron frente a la comisaría de Sharpeville, al sur de Johannesburgo, para protestar de forma pacífica contra la ley de pases. Muchos ofrecieron sus passbooks a la policía. La policía respondió con ametralladoras. 69 personas murieron, muchas alcanzadas por la espalda mientras huían. Más de 180 resultaron heridas. La masacre de Sharpeville horrorizó al mundo y marcó un punto de inflexión en la lucha antiapartheid. El ANC y el Congreso Panafricano fueron ilegalizados. Una nueva generación de militantes, entre ellos Nelson Mandela, llegó a la conclusión de que la resistencia exclusivamente pacífica no bastaría frente a un Estado dispuesto a matar civiles desarmados. Mandela quemó su passbook en señal de protesta. En 1961, el ANC creó su brazo armado, Umkhonto we Sizwe — La Lanza de la Nación. En 1964, tras el proceso de Rivonia, Mandela fue condenado a cadena perpetua por sabotaje y conspiración contra el Estado. Lo enviaron a la prisión de Robben Island, donde permanecería durante 18 de sus 27 años de cautiverio.

El régimen no se detuvo. En junio de 1976, miles de estudiantes de Soweto salieron a las calles para protestar contra la imposición del afrikáans como lengua de instrucción en sus escuelas. Consideraban esa lengua — la lengua del opresor, en palabras del arzobispo Desmond Tutu — un instrumento más de dominación. La policía respondió con disparos. Hector Pieterson, de 12 años, fue uno de los primeros en caer. La fotografía del fotoperiodista Sam Nzima, que muestra a Hector agonizante en brazos de un compañero mientras su hermana Antoinette corre junto a ellos, dio la vuelta al mundo y convirtió el Levantamiento de Soweto en un símbolo global de resistencia contra el racismo de Estado. Más de 170 estudiantes murieron solo el primer día. Los cálculos totales hablan de 575 muertos al cierre del año.
Soweto aceleró la presión internacional sobre el régimen. El movimiento antiapartheid creció en todos los continentes. Las universidades de Estados Unidos comenzaron a desinvertir en empresas ligadas al régimen. La Comunidad Económica Europea y la Commonwealth impusieron sanciones comerciales. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó en 1977 un embargo obligatorio de armas con la Resolución 418. Sudáfrica fue excluida de los Juegos Olímpicos, expulsada de la FIFA y aislada del deporte internacional. Para finales de los años ochenta, las sanciones equivalían a una prohibición virtual del comercio con el régimen.
El apartheid llegó a las negociaciones desde la asfixia económica y el agotamiento moral. En 1989, el presidente F.W. de Klerk inició el desmantelamiento del sistema. El 11 de febrero de 1990, Mandela salió de prisión tras 27 años. Lo que siguió fueron cuatro años de violencia política y negociaciones que costaron más de 10.000 vidas, casi todas negras. El Premio Nobel de la Paz fue compartido por Mandela y De Klerk en 1993.
Y el 27 de abril de 1994, las urnas hicieron lo que el apartheid había bloqueado durante décadas. El Congreso Nacional Africano obtuvo el 62,65% de los votos. Participaron casi 20 millones de personas de un censo de 22,7 millones de electores. El 10 de mayo de 1994, ante más de 100.000 personas y los representantes de más de 140 países, Mandela tomó posesión como primer presidente negro de la historia de Sudáfrica. Tenía 75 años y había votado por primera vez en su vida apenas dos semanas antes.

El Freedom Day no es una fecha que pertenece a todas las comunidades negras del planeta, porque lo que se detuvo en Sudáfrica el 27 de abril de 1994 fue el último gran sistema de supremacía blanca legalizada de la historia moderna. El apartheid había funcionado durante décadas con el silencio, la complicidad y, en muchos casos, el apoyo activo de los gobiernos occidentales que se proclamaban defensores de la democracia. Lo que cambió no fue la generosidad de esos Estados. Lo que cambió fue la presión incesante de los pueblos. La lucha antiapartheid fue una lucha transnacional: estudiantes en universidades norteamericanas desinvirtieron; activistas en Londres sostuvieron piquetes frente a la embajada sudafricana durante más de 1.300 días sin interrupción; Miriam Makeba — Mamá África — se plantó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1963 y denunció el régimen con su voz y su música; el movimiento palestino aportó su solidaridad, algo que Mandela recordó explícitamente el día de su toma de posesión. La lucha por la libertad en el sur de África fue posible porque el pensamiento anticolonial viajó a través de las redes de la diáspora global y alimentó organizaciones y personas de todos los continentes.
El 27 de abril es una fecha que invita a recordar que ningún sistema de dominación racial es eterno, por inamovible que parezca. La resistencia tiene memoria larga. Los cuerpos de las personas negras que cayeron en Sharpeville, en Soweto, en las celdas de Robben Island, no cayeron en vano. El camino desde 1948 hasta 1994 está sembrado de 46 años de represión, sangre y dignidad sostenida. Y también de organización colectiva, de redes de solidaridad que cruzaron océanos, de luchas que se alimentaron mutuamente. La filosofía Ubuntu — «yo soy porque nosotros somos» — resume algo que esa historia confirma. La libertad no se consigue en solitario. Celebrar el Freedom Day fuera de Sudáfrica es reconocer que esas luchas siguen siendo nuestras. Que la libertad conquistada en el sur de África el 27 de abril de 1994 forma parte del mismo relato largo, global e inacabado que atraviesa toda la negritud.
Elvira Swartch Lorenzo
Colaboradora Afroféminas
Granada

