Sobre métodos y objetivos de una psicología social analítica por Erich Fromm

Fuente: https://elsudamericano.wordpress.com/2023/03/21/sobre-metodos-y-objetivos-de-una-psicologia-social-analitica-por-erich-fromm/              

Hans-Peter Gente, comp.: «Marxismo, Psicoanálisis y Sexpol», vol. 1. Documentos, pp. 112-142. Granica Editor. Buenos Aires. 1972

(1932)

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El psicoanálisis es una psicología materialista, basada en las ciencias naturales. Ha señalado, como motor del comportamiento humano, necesidades e impulsos instintivos, alimentados por “instintos” de raigambre fisiológica, que no son directamente observables. Ha revelado que la actividad mental consciente solo representa un sector bastante reducido de la vida espiritual, que el hombre no tiene conciencia de muchos impulsos decisivos para su comportamiento psicológico. Pero, sobre todo, ha desenmascarado ideologías privadas y colectivas, mostrándolas como expresión de determinados deseos y necesidades vinculados con los instintos y ha descubierto en los móviles “morales” e ideales, manifestaciones disimuladas y racionalizadas de los instintos.1

En primer lugar, y coincidiendo con la vulgar agrupación de los instintos en “hambre y amor”, Freud conjeturó la existencia de dos grupos de impulsos instintivos, que actúan como motores de la vida psíquica humana: los instintos de conservación y los sexuales.2 Designó libido a la energía contenida en los instintos sexuales y libidinales, a los procesos alimentados por esa energía. En una justificada extensión del significado habitual del término “instinto sexual”, Freud abarcó todas las tensiones que, a semejanza de los impulsos genitales, sean de origen somático y estén ligadas a determinados lugares del cuerpo (“zonas erógenas”) y cuyo desahogo sea fuente de placer.

Freud propone como principio fundamental de la actividad psíquica el “principio del placer”, es decir la tendencia al máximo desahogo placentero de las tensiones instintivas. Este principio del placer es modificado por el “principio de la realidad”, que –bajo la influencia de la observación de la realidad– impone una renuncia al placer o una postergación del mismo con el fin de evitar un mayor displacer o de obtener una mayor cuota de placer en el futuro.

Para Freud, la estructura instintiva específica de un hombre está condicionada por dos factores: la constitución heredada y el destino del individuo, sobre todo su suerte en la primera infancia. Parte del supuesto de que la constitución heredada y las vivencias representan una “serie de complementos” y que la misión específica del análisis consiste en investigar la influencia de las experiencias sobre la constitución instintiva dada. El método analítico es, pues, eminentemente histórico: exige la comprensión de la estructura instintiva a partir de las experiencias vitales. Este método tiene validez tanto en lo que se refiere a la vida psíquica del individuo sano, como a la del enfermo, es decir la personalidad neurótica. Lo que distingue al hombre neurótico del “normal”, es el hecho de que en este último la estructura instintiva se ha adaptado en forma óptima a sus necesidades vitales reales, mientras que en el primero, la evolución de los instintos ha tropezado con determinados obstáculos que han impedido su debida adaptación a la realidad.

Para poder hacer comprensible la adaptación de los instintos sexuales a la realidad y su capacidad de trasformación, es necesario señalar determinadas características, que los diferencian de los instintos de autoconservación.

A diferencia de los instintos de conservación, los instintos sexuales son postergables. Los primeros son de naturaleza imperativa, es decir que el no satisfacerlos durante un lapso más o menos prolongado acarrea la muerte; desde el punto de vista psíquico, son absolutamente intolerables. Este hecho determina que los instintos de conservación tengan primacía sobre los instintos sexuales. No se trata de que representen un papel más importante, sino de que, en caso de conflicto, son más acuciantes y se imponen sobre los demás mientras no se los satisfaga.

En consecuencia, los impulsos de los instintos sexuales son reprimibles, mientras que los deseos provenientes de los instintos de conservación no pueden ser alejados de la conciencia y permanecer sumergidos en el inconsciente. Otra importante diferencia entre ambos grupos de instintos es que los sexuales son sublimables, es decir que la directa satisfacción de un deseo sexual puede ser reemplazada por una gratificación desvinculada de la primitiva meta sexual y amalgamada con producciones del yo. Los instintos de conservación no son pasibles de semejante sublimación.

También es de especial importancia el hecho de que la satisfacción de los impulsos de conservación siempre requiera medios reales, mientras que la gratificación de los instintos sexuales puede lograrse, con frecuencia, a través de fantasías, sin utilización de medios reales. En concreto, esto significa que el hambre del ser humano sólo puede satisfacerse con pan, mientras que sus deseos de ser amado pueden ser satisfechos con una fantasía acerca de un Dios bondadoso y amante o bien, gratificando sus tendencias sadistas con un sangriento espectáculo popular.

Es esencial, por fin, el hecho de que las diferentes manifestaciones de los instintos sexuales son, en gran parte –también en contraste con los instintos de conservación–, intercambiables y desviables. De no ser gratificada, una necesidad instintiva puede ser reemplazada por otra cuya satisfacción es posible por motivos internos o externos. Esta capacidad de trasformación y de intercambio, propia de los instintos sexuales, es una de las claves para comprender tanto la vida psíquica del neurótico como la del individuo sano, y representa un punto capital de la teoría psicoanalítica. Pero, a la vez, este es un hecho social de máxima importancia: permite que se ofrezcan a las masas –y sean aceptadas por ellas– precisamente aquellas gratificaciones que están disponibles por razones sociales, o sea, que son convenientes para la clase dominante.3

Resumiendo, tenemos, pues, que los instintos sexuales –por ser postergables, reprimibles, sublimables y transformables– tienen un carácter mucho más dúctil y adaptable que los instintos de conservación, y que se apoyan en estos, siguen sus huellas.4 Pero el hecho de que sean más adaptables y capaces de trasformación, no significa que los instintos sexuales puedan permanecer, a la larga, insatisfechos. Hay un mínimo, tanto físico como psíquico; se trata del nivel mínimo necesario de gratificación de los impulsos sexuales. Por eso, la diferencia fundamental entre instintos de conservación y sexuales reside, más bien, en el hecho de que los instintos sexuales son capaces de adaptarse, en gran medida, a las posibilidades de gratificación, es decir, a las circunstancias reales de la vida. Ya se desarrollan con miras a esa adaptación y solo en los individuos neuróticos se presentan perturbaciones en la capacidad de adaptación. El psicoanálisis ha señalado, precisamente, esa modificabilidad de los instintos sexuales; ha enseñado a entender la estructura instintiva individual en función del destino del individuo, o sea como un resultado de la influencia ejercida por sus experiencias vitales sobre la constitución instintiva heredada. La adaptación activa y pasiva de elementos biológicos –los instintos– a factores sociales es el concepto medular del psicoanálisis y toda investigación psicológica personal parte de este concepto.

Originariamente –y más tarde, siempre en forma predominante– Freud se ocupó de la psicología del individuo. Pero una vez descubiertos en los instintos los móviles del comportamiento humano, y en el inconsciente las fuentes secretas de las ideologías y de las formas de comportamiento, era inevitable que los autores de esta escuela intentaran pasar del problema del individuo al de la sociedad, de la psicología personal a la psicología social. Había que hacer el intento de encontrar, con los medios del psicoanálisis, el sentido secreto de formas de conducta –dentro de la vida social– tan visiblemente irracionales, como las que se ponen de manifiesto no solo en la religión y en las creencias populares, sino en la política y en la educación. También era inevitable que, con eso, surgieran dificultades que no se habrían presentado en caso de respetarse los límites de la psicología personal.

Pero esas dificultades no alteran el hecho de que el planteo es una consecuencia perfectamente concreta y legítima del punto de partida del psicoanálisis. Si este ha encontrado en la vida instintiva, en el inconsciente, la clave para la comprensión de la conducta humana, tiene que tener autoridad para declarar cosas esenciales acerca del trasfondo del comportamiento de la sociedad, y tiene que estar en condiciones de hacerlo. Porque la “sociedad” también está integrada por individuos vivos, que no pueden estar sometidos a otras leyes que las descubiertas por el psicoanálisis en el individuo.

Por ello, nos parece desacertado reservar para el psicoanálisis el terreno de la psicología personal –tal cual lo hace W. Reich– y combatir su aplicación a fenómenos sociales como la política, la conciencia de clase, etc.5 El hecho de que un fenómeno sea tratado por las ciencias sociales, no significa necesariamente que ese fenómeno no pueda ser objeto del psicoanálisis (de la misma manera que un objeto investigado desde el punto de vista físico no tiene por qué dejar de ser estudiado desde un punto de vista químico). Solo significa que, en la medida –y solo en la medida– en que en el fenómeno intervengan factores psicológicos, este es objeto de estudio de la psicología y, en especial, de la psicología social, que debe determinar los trasfondos y funciones sociales del fenómeno psíquico. La tesis de que la psicología solo tiene que habérselas con el individuo y la sociología con “la” sociedad, es errónea. Porque de la misma manera en que la psicología se ocupa siempre del hombre socializado, la sociología se ocupa de una pluralidad de individuos cuya estructura y mecanismos psíquicos deben ser tenidos en cuenta por ella. Más adelante se hablará acerca del papel desempeñado por los factores psíquicos precisamente en los fenómenos sociales, y se señalará, en particular, este punto, como campo de una psicología social analítica.

El materialismo histórico es la sociología con la cual el psicoanálisis parece tener más puntos de contacto, aunque también más divergencias.

Tienen más puntos de contacto, porque ambas son ciencias materialistas. No parten de “ideas”, sino de la vida terrenal, de necesidades. Se tocan, sobre todo, en su común apreciación de la conciencia, que para ellas parece ser más un reflejo de fuerzas ocultas, que el motor real del comportamiento humano. Pero en esto, en la determinación de la naturaleza de estos verdaderos factores determinantes, parece residir una de las diferencias inconciliables entre ambos enfoques. El materialismo histórico ve en la conciencia una expresión de la existencia social; el psicoanálisis, una expresión de lo inconsciente, de los instintos. Surge el ineludible interrogante de si estas dos tesis están en pugna y, si no lo están, cuál es su actitud recíproca y, finalmente, si la utilización de métodos psicoanalíticos significa un enriquecimiento para el materialismo histórico y por qué.

Antes de abocarnos al análisis de este problema nos parece necesario aclarar cuáles son las condiciones que cumple el psicoanálisis para su aplicación a problemas sociales.6

Freud nunca consideró al hombre aislado, separado de su contexto social, como objeto de la psicología.

“Si bien la psicología individual enfoca al individuo y explora los caminos a través de los cuales este procura satisfacer sus instintos, al hacerlo, solo rara vez y bajo condiciones excepcionales está en situación de prescindir de las relaciones del individuo con sus congéneres. En la vida psíquica del individuo aparece regularmente el prójimo como ejemplo, como objeto, como auxiliar y como rival. Por eso, la psicología individual es, desde un comienzo, a la vez psicología social, en este sentido más amplio pero absolutamente justificado.”7

Pero Freud acabó también, por completo, con la ilusión de una psicología social, que tenga por objeto a un grupo como tal: “la” sociedad o cualquier otra configuración social con su correspondiente “alma de masa” o “alma social”. Más bien parte del hecho de que cada grupo sólo está constituido por individuos y que solo los individuos, como tales, son sujetos con características psíquicas.8 Freud tampoco dio por sentada la existencia de un “instinto social”. Lo que se designa como tal no es para él un instinto “prístino”, que no admita descomposición; ve “los comienzos de su formación en un círculo reducido, como por ejemplo la familia”. De sus opiniones se deduce que la formación y debilitamiento de las características sociales se deben a la influencia de determinadas condiciones del medio, de ciertas condiciones de vida, sobre la estructura instintiva.

Y si para Freud, el objeto de la psicología es solo el hombre socializado, el hombre entretejido en su trama social, no por eso deja de reconocer –como ya señaláramos– el importante papel desempeñado por el medio y las condiciones de vida, tanto en la evolución psíquica del hombre, como en la comprensión teórica de esta evolución. Sin duda Freud ha reconocido la raigambre biológico-fisiológica de los instintos; pero también ha demostrado hasta qué punto son modificables esos instintos; ha demostrado que el factor modificante es el medio, es la realidad social.

El psicoanálisis parece cumplir, pues, con todos los requisitos necesarios para que su método resulte útil a las investigaciones sociopsicológicas y para que cualquier conflicto con la sociología quede descartado. Busca los rasgos psicológicos comunes a los miembros de un grupo y procura explicar esas actitudes mentales comunes a partir de destinos comunes. Pero esos destinos no caen –tanto menos cuanto más amplio es el grupo– en el ámbito de lo casual y de lo personal, sino que responden a la situación socioeconómica del grupo en cuestión. La psicología social analítica significa, pues, entender la estructura instintiva, la actitud libidinal –en gran parte inconsciente– de un grupo, en función de su estructura socio-económica.

Aquí cabe, sin embargo, una objeción. El psicoanálisis explica la evolución de los instintos, precisamente sobre la base de la suerte del individuo en sus primeros años de vida, es decir en un período en el cual el hombre apenas tiene que ver con la sociedad y vive casi exclusivamente en el seno de la familia. ¿Cómo pueden, entonces, adquirir –a criterio del psicoanálisis– semejante importancia las condiciones socioeconómicas? Se trata de un problema aparente. Es verdad que las primeras influencias decisivas sobre el niño parten de la familia; pero toda la estructura de la familia, todas las relaciones afectivas típicas que se dan en ella, todos los ideales educativos que ella sustenta, están, a su vez, condicionados por el ámbito social, por la clase que sirve de fondo a esa familia, por la estructura social de la cual ella ha surgido. (Las relaciones afectivas entre padre e hijo, por ejemplo, son completamente distintas según se trate de una familia perteneciente a la sociedad burguesa, patriarcal, o de una “familia” perteneciente a una sociedad matriarcal.) La familia es el medio a través del cual la sociedad o la clase imprimen en el niño –y por consiguiente en el adulto– su estructura específica; la familia es el agente psicológico de la sociedad.

Ahora bien, los trabajos psicoanalíticos que han procurado, hasta este momento, aplicar el psicoanálisis a problemas sociales, no responden, en su mayor parte, a las exigencias que deben imponerse a una psicología social psicoanalítica.9 El error se debe a una incorrecta apreciación de la función de la familia. Si bien se vio que el individuo solo podía entenderse como ser socializado y se descubrió que las relaciones del niño con los diferentes miembros de la familia son factores decisivos en la evolución de los instintos, se pasó casi totalmente por alto el hecho de que la familia, por su parte –con toda su estructura psicológica y social, con sus metas educacionales específicas y con sus actitudes afectivas–, era el producto de una determinada estructura social, en un sentido más estricto, de una determinada estructura de clases; no se comprendió que, en realidad, no es más que el agente psicológico de la sociedad y de la clase de la cual ha surgido. Se había encontrado el punto a partir del cual la sociedad ejercía su influencia sobre el niño y, sin embargo, no se tomaba conciencia de este descubrimiento. ¿Cómo es posible que esto haya sucedido? Los investigadores solo tenían un prejuicio en este terreno, un prejuicio que compartían con todos los demás investigadores –aun los de avanzada–: la absolutización de la sociedad burguesa y capitalista, y la creencia –más o menos consciente– de que esa era la sociedad “normal” y que sus situaciones psíquicas y las situaciones psíquicas que podían darse en ella eran típicas de “la” sociedad por excelencia.

Pero había otra razón especial para que los autores analíticos cayeran en este error. Sus investigaciones eran practicadas, fundamentalmente, en miembros enfermos o sanos de la moderna sociedad burguesa; para colmo, primordialmente, miembros de la burguesía,10 para los cuales el trasfondo que condicionaba la estructura familiar era el mismo, es decir, era constante. De modo que lo que decidía y distinguía los destinos eran los sucesos individuales, personales y –desde el punto de vista social– casuales, basados sobre ese terreno común. Los rasgos psíquicos resultantes de una sociedad autoritaria, organizada sobre la base del dominio de unas clases y del sometimiento de otras, sobre la base del lucro, etc., eran, pues, comunes a todos los objetos de investigación. Lo que los distinguía entre sí era el hecho de que uno había tenido un padre excesivamente severo, que le inspiraba un desmedido temor en su infancia; el otro había tenido una hermana un poco mayor, en quien había volcado todo su cariño; el tercero había tenido una madre que lo había sujetado tanto, que ya nunca había podido renunciar a ese lazo libidinal. Indudablemente, esos destinos personales eran de enorme importancia para la evolución individual, personal, y al suprimir las dificultades psíquicas surgidas de esos avatares, el análisis –en cuanto terapia– estaba cumpliendo con su obligación, es decir, estaba convirtiendo al paciente en un ser adaptado a la realidad social dada. Su metaterapéutica no iba más allá… y no tenía por qué ir. Pero tampoco iba más allá su comprensión teórica. Para el terreno esencial del análisis, para la psicología personal, no hacía falta más; porque el olvido de la estructura social que estaba condicionando la estructura familiar era una fuente de error sin importancia para la psicología personal.

Pero las cosas cambiaron de aspecto cuando se pasó de las investigaciones psicológicas personales a las sociales. Lo que antes había sido una omisión sin importancia, tenía que convertirse desde el comienzo en una amenazante fuente de errores.

Puesto que se consideraba la estructura de la sociedad burguesa y su familia patriarcal como lo “normal”, puesto que se había aprendido a través de la práctica de la psicología personal, que las diferencias individuales debían considerarse como un resultado de traumas casuales, se comenzaron a enfocar los diversos fenómenos de la psicología social con igual criterio: desde el punto de vista del trauma, es decir, de lo socialmente casual. Por ese camino se llegó, forzosamente, al abandono del método analítico propiamente dicho. Puesto que no se tomaba en cuenta la diversidad del “destino”, es decir de la situación económico-social de otras formaciones sociales –y en consecuencia tampoco se intentaba comprender su estructura psíquica como fruto de su estructura social–, en lugar de analizar fue preciso analogizar. Se trataba a la humanidad o a una determinada sociedad como a un individuo; se transferían los mecanismos específicos descubiertos en el hombre actual, a todo tipo de formaciones sociales y luego se “explicaba” su estructura psíquica a partir de la analogía con determinados fenómenos, sobre todo de naturaleza patológica, típicos del hombre de la sociedad propia.

Pero al establecer estas analogías se estaba pasando por alto un punto que forma parte de los fundamentos de la psicología analítica personal: el hecho de que la neurosis –sea síntoma neurótico o rasgo neurótico del carácter– es el resultado de una deficiente adaptación de la estructura instintiva de un individuo “anormal” a la realidad que le ha sido dada; pero en las masas, es decir, en los “sanos”, esa capacidad de adaptación existe y, por lo tanto, esa sola razón hace que los fenómenos de psicología de las masas no puedan ser interpretadas por analogía con los fenómenos neuróticos, sino como resultado de la adaptación de la estructura instintiva a la realidad social, solo que, con frecuencia, a una realidad que se aparta en mayor o menor grado de la dada.

El ejemplo más destacado de este proceder es, posiblemente, la absolutización del “complejo de Edipo” (el odio al padre surgido de la rivalidad por la madre) al que se le atribuye el carácter de mecanismo humano general, a pesar de que numerosas investigaciones sociológicas y ético-psicológicas muestran la probabilidad de que esa actitud afectiva específica solo sea típica de la familia perteneciente a una sociedad patriarcal y que no sea una característica humana por excelencia. La absolutización del complejo de Edipo condujo a Freud a basar la evolución de toda la humanidad en este mecanismo del odio al padre y en las reacciones resultantes,11 sin prestar atención al proceso material del grupo investigado.

Aun cuando la mirada genial de Freud haya descubierto cosas fecundas e importantes a pesar de su punto de partida sociológicamente erróneo,12 en los demás autores analíticos, esta fuente de errores tenía que conducir a un resultado que dejaba al análisis en una posición comprometida a los ojos de la sociología y, en especial, de las ciencias sociales marxistas.

Pero no se debió cargar esto a la cuenta del psicoanálisis como tal. Todo lo contrario; justamente, bastaba con aplicar en forma consecuente los métodos clásicos de la psicología personal psicoanalítica a la psicología social para llegar a resultados inobjetables. El error no estaba en el método psicoanalítico en sí; ocurrió que los autores psicoanalíticos dejaron de aplicarlo en forma consecuente y correcta, cuando sus investigaciones no enfocaron al individuo, sino a sociedades, grupos o clases, es decir fenómenos sociales.

Cabe aquí una observación complementaria.

Hemos señalado la importancia de la modificabilidad del aparato instintivo, por acción de factores externos, en última instancia, sociales. Sin embargo, no debe olvidarse que el aparato instintivo posee –tanto cuantitativa como cualitativamente– determinados límites de modificabilidad condicionados por factores fisiológicos y biológicos y que solo está sometido a la influencia de los factores sociales dentro de esos límites. Pero como resultado de las cantidades de energía almacenadas en él, el aparato instintivo es, en sí mismo, una fuerza extremadamente activa que –a su vez– tiene tendencia a modificar las condiciones de vida en procura de los objetivos de los instintos.13 En la alternancia de la acción recíproca entre impulsos psíquicos y condiciones económicas, estas últimas adquieren primacía. No porque representen el motivo más “fuerte” –ese planteo sería erróneo, por cuanto no se trata de “motivos” cuantitativamente comparables en un mismo plano–, sino porque la gratificación de gran parte de las necesidades –en especial de las más acuciantes, las del instinto de conservación– está ligada a la producción material, y la modificabilidad de la realidad económica exterior es muy inferior a la del aparato instintivo humano, en especial a la de los instintos sexuales.

La aplicación consecuente del método de la psicología personal analítica a los fenómenos sociales da por resultado el siguiente método socio-psicológico: los fenómenos socio-psicológicos deben concebirse como procesos de adaptación activa y pasiva del aparato instintivo a la situación socioeconómica. El aparato instintivo en sí es algo dado, desde el punto de vista biológico, pero es modificable en amplia medida; las condiciones económicas desempeñan el papel de factores formativos primarios. La familia es el medio esencial a través del cual la situación económica ejerce su influencia formativa sobre la psiquis del individuo. La psicología social debe explicar las actitudes mentales e ideologías comunes –que tengan importancia social– y, en especial, sus raíces inconscientes, basándose en la influencia de las condiciones económicas sobre las tendencias libidinales.

Hasta aquí, el método de la psicología social freudiano parece estar en armonía, tanto con el método de la psicología personal freudiana, como con las exigencias de la concepción materialista de la historia. Pero las dificultades reaparecen cuando se confronta este método analítico con una falsa y muy difundida interpretación de la teoría marxista, que concibe al materialismo histórico como teoría psicológica y, en especial, como psicología económica.

Si las cosas fueran, realmente, tal cual las ve Bertrand Russell14 –si Marx considerara el “hacer dinero” y Freud el amor como móviles decisivos de la acción humana–, ambas ciencias serían tan inconciliables como él las ve. Pero si la efímera, que Russell cita como ejemplo, fuera realmente capaz de pensar en términos teóricos, en lugar de dar la respuesta que él le ha puesto en la boca, diría que Russell ha entendido mal tanto el psicoanálisis como el marxismo; que el psicoanálisis investiga, precisamente, la adaptación de los factores biológicos, de los instintos, a lo social, y que el marxismo, por su parte, no es una teoría psicológica.

Russell no es el único que interpreta mal ambas teorías, son muchos los teóricos que le hacen compañía en esto.

Esta concepción de la visión materialista de la historia como psicología económica tiene uno de sus representantes más francos y drásticos en Hendrik de Man. Dice este autor:15

“Como es sabido, el propio Marx nunca formuló su teoría acerca de los motivos. Ni siquiera definió alguna vez lo que debía entenderse por clase; la muerte interrumpió su trabajo cuando estaba por encarar este tema. Sin embargo, no caben dudas acerca de las opiniones fundamentales que le sirvieron de punto de partida; aun sin definición expresa, estas se confirman como premisas tácitas, por la permanente aplicación, tanto en su actividad económica como en la política. Todo principio económico y toda opinión político-estratégica de Marx están basados en la convicción de que las acciones humanas por medio de las cuales se cumple el progreso social son dictadas, en primer lugar, por intereses económicos. La actual psicología social formularía esta misma idea en su propio lenguaje diciendo que la conducta social es regida por el instinto de posesión, es decir, por la tendencia a apropiarse de bienes materiales.

El hecho de que Marx haya considerado superfluas estas fórmulas u otras semejantes, se debe simplemente a que su contenido se daba por sentado en la economía política de su tiempo.”

Lo que Hendrik de Man considera una “premisa tácita del marxismo” –tácita, porque todos los economistas políticos (léase burgueses) de la época, la daban por sentada– no es de ninguna manera el pensamiento de Marx, quien no compartió, por cierto, en muchos otros puntos las ideas de los teóricos de “su tiempo”.

Aunque en forma menos manifiesta, también Bernstein se aproxima a esta interpretación psicologista, cuando en una especie de apología del materialismo histórico formula las siguientes observaciones:16

“Concepción económica de la historia no tiene por qué significar que solo se reconocen las fuerzas económicas, que solo se reconocen los motivos económicos; significa que la economía es siempre la fuerza decisiva, el eje de los grandes movimientos de la historia.”17

Tras estas formulaciones difusas se oculta la concepción del marxismo como psicología económica, aunque depurada y mejorada por Bernstein con un sentido idealista.18

La idea de que el “instinto de posesión” es el motivo esencial o único de la actividad humana es propia del liberalismo. El frente burgués la utilizó, por un lado, como argumento psicológico contra las posibilidades de aplicación del socialismo;19 por otro lado, los marxistas pertenecientes a la pequeña burguesía interpretaron al marxismo según el sentido de esta psicología económica.

De hecho, el materialismo histórico dista mucho de ser una teoría psicológica. Solo tiene algunas –muy pocas– premisas psicológicas: en primer lugar está la de que son los hombres los que hacen su historia; luego, la de que son las necesidades las que motivan las acciones y sentimientos del hombre (hambre y amor) y, además, la de que esas necesidades crecen en el curso de la evolución social y que ese crecimiento de las necesidades es una condición para el crecimiento de la actividad económica.20

En el materialismo histórico, el factor económico solo desempeña un papel vinculado con la psicología a causa de que las necesidades humanas –y en primer lugar las derivadas de los instintos de conservación– se ven satisfechas, en gran parte, por la producción de bienes, lo que induce a buscar en las necesidades el estímulo a la producción. Es verdad que Marx y Engels han señalado que las necesidades vinculadas con la defensa de la existencia tienen primacía sobre todas las demás; pero no han hecho manifestación alguna acerca de la calidad de los diferentes instintos y necesidades. Y con seguridad nunca han considerado el “instinto de posesión” –es decir, la necesidad de la posesión en sí, la posesión por la posesión misma– como la única necesidad y ni siquiera como una necesidad esencial. Se está incurriendo en una ingenua absolutización al adjudicar a un rasgo psíquico, que ha adquirido inaudito vigor en la sociedad capitalista, el carácter de rasgo humano por excelencia, con ese mismo grado de vigor. A Marx y a Engels, menos que a nadie, puede atribuírseles el haber elevado rasgos burgueses y capitalistas a la categoría de humanos en general. Conocían muy bien el lugar que ocupa la psicología dentro de la sociología, pero no eran psicólogos ni pretendieron serlo, yendo más allá de esas observaciones generales y tratando más en detalle el contenido y mecanismo del mundo instintivo del hombre. Por otra parte no tenían a su disposición una psicología materialista científica, fuera de algunos intentos (que por cierto no son de subestimar) en la literatura de la Ilustración francesa (sobre todo Helvetius). Solo el psicoanálisis proporcionó esa clase de psicología y demostró que el “instinto de posesión”, si bien es importante, no desempeña un papel preponderante entre otras necesidades genitales, sadistas, narcisistas, etc., dentro del balance psíquico del hombre. Sobre todo pudo demostrar que, en gran parte, el “instinto de posesión” no tiene como causa más profunda la necesidad de obtener o de poseer, sino que es una expresión de necesidades narcisistas, de la necesidad de autoestima y del afán de ser estimado por los demás. Es lógico que en una sociedad que otorga a los ricos el máximo grado de estima y admiración, las necesidades narcisistas exalten en los miembros de esa sociedad el deseo de posesión, mientras que en una sociedad en la cual la base del respeto no está constituida por la posesión sino, por ejemplo, por las acciones de importancia para la comunidad, los mismos impulsos narcisistas no se manifestarán como “instinto de posesión”, sino como tendencia a la acción de importancia social. Puesto que las necesidades narcisistas figuran entre las tendencias psíquicas más elementales y poderosas, es de particular importancia el reconocer que sus metas y, por consiguiente, sus contenidos concretos dependen de la estructura de una sociedad y que, por eso, el “instinto de posesión” debe en gran parte su importante papel a la especial estima en que la sociedad burguesa tiene a la propiedad.

Por ello, cuando en la concepción materialista de la historia se habla de causas económicas no se está haciendo alusión –dejando de lado el significado que acaba de mencionarse– a la economía como motivo psicológico subjetivo, sino como condición objetiva de la actividad humana. Toda actividad humana, la satisfacción de todas las necesidades, depende de las características de las condiciones económicas naturales y esas condiciones son las que prescriben el “cómo” de la vida de los hombres. Para Marx, la conciencia del hombre solo puede entenderse como producto de su existencia social, de su vida terrenal, real, condicionada precisamente por el nivel de las fuerzas productivas.

“La producción de las ideas, de la imaginación, de la conciencia, está directamente ligada a la actividad material y al tráfico material del hombre, lenguaje de la vida real. El imaginar, el pensar –el tráfico espiritual del hombre– aparecen aquí todavía como un resultado directo de su conducta material. Lo mismo puede decirse de la producción espiritual que se manifiesta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la metafísica, etc., de un pueblo. Los hombres son los productores de sus representaciones, ideas, etc., pero los hombres verdaderos, los hombres activos, tal cual los condiciona una determinada evolución de sus fuerzas productivas y del tráfico que corresponde a las mismas, hasta sus formaciones más amplias. La conciencia nunca puede ser otra cosa que el ser consciente y el ser del hombre es su verdadero proceso vital. Si en toda la ideología, los hombres y sus circunstancias aparecen invertidos, como en una cámara oscura, este fenómeno surge de su proceso vital histórico, así como la inversión de los objetos en la retina surge de su proceso físico…”21

El materialismo histórico ve el proceso histórico como proceso de la adaptación activa y pasiva del hombre a las condiciones naturales que lo rodean.

“El trabajo es, en primer lugar, un proceso que se cumple entre el hombre y la naturaleza, un proceso en el cual el hombre establece, regula y controla su metabolismo con la naturaleza, por medio de su propia acción. Enfrenta al material natural como si él mismo fuera un poder natural.”22

El hombre y la naturaleza son los dos polos de acción recíproca, que se modifican y se condicionan alternativamente. El proceso histórico siempre permanece ligado a las condiciones naturales dadas fuera del hombre. A pesar de que su punto de partida era precisamente la extraordinaria medida en que el hombre es capaz de modificar a la naturaleza y a sí mismo en el proceso social, Marx insistía en destacar que todas las modificaciones están ligadas a las condiciones naturales. Esto es, precisamente, lo que distingue su posición de ciertos enfoques idealistas, que atribuyen a la voluntad humana un poder ilimitado.23

Marx y Engels dicen en La ideología alemana:24

“Las premisas de las cuales partimos no son arbitrarias, no son dogmas, son verdaderas premisas de las que solo se puede hacer abstracción en la fantasía. Son los verdaderos individuos, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto las dadas, como las creadas por su propia acción. Por lo tanto, estas premisas son comprobables por vías puramente empíricas.

La primera condición de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivos. El primer hecho a comprobar es, pues, la organización somática de esos individuos y la relación con el resto de la naturaleza, surgida de esa organización. Naturalmente, no podemos ocuparnos aquí de la naturaleza física del hombre mismo ni de las condiciones naturales que él encuentra, es decir, las condiciones geológicas, orohidrográficas, climáticas y demás. Toda historiografía debe partir de esa base natural y de su modificación en el curso de la historia, por la acción del hombre.”

Pues bien, aclarados los malentendidos más burdos, ¿cómo ha de representarse la relación entre psicoanálisis y materialismo histórico?

El psicoanálisis puede enriquecer la concepción global del materialismo histórico en un punto muy concreto: puede ampliar su conocimiento de uno de los factores que actúan en el proceso social: la naturaleza del propio ser humano. Incorpora el aparato instintivo del hombre a la serie de condiciones naturales que imponen modificaciones, pero cuya naturaleza incluye también los límites de la modificabilidad. El aparato instintivo del hombre es una de las condiciones “naturales” que forman parte de la infraestructura del proceso social. Pero no se trata del aparato instintivo “en general” en su “forma biológica prístina”. En realidad nunca se presenta como tal; lo hace siempre en una determinada forma, ya modificada por el proceso social. La psiquis humana o sus raíces, las energías libidinales, forman parte de la infraestructura, pero no son “la” infraestructura, como señala una interpretación psicologista, y “la” psiquis humana es siempre solo la psiquis modificada por el proceso social. El materialismo histórico exige una psicología, es decir una ciencia de las características psíquicas del hombre. Solo el psicoanálisis ha brindado una psicología útil para el materialismo histórico.

Este complemento es particularmente importante por las siguientes razones: Marx y Engels comprobaron que todo acontecer ideológico depende de la infraestructura económica, vieron en lo espiritual “lo material trasplantado a la cabeza del hombre”. Es indudable que, en muchos casos, el materialismo histórico ha podido proporcionar respuestas correctas sin hipótesis psicológica alguna. Pero solo pudo hacerlo allí donde la ideología tiene un carácter más o menos racionalmente dirigido hacia determinadas metas de clase, o allí donde se trata de establecer una verdadera coordinación entre infraestructura económica y superestructura ideológica, sin explicar cómo es el camino que media entre la economía y la cabeza o el corazón del hombre.25

Pero sobre el cómo del trasplante de lo material a la cabeza del hombre, Marx y Engels no pudieron ni quisieron dar una respuesta, por falta de una psicología útil. El psicoanálisis puede demostrar que las ideologías son productos de determinados deseos, impulsos instintivos, intereses o necesidades, que –puesto que son, en su mayor parte, inconscientes– afloran como “racionalización”, en forma de ideología; pero que, si bien esos impulsos instintivos surgen de instintos de raigambre biológica, llevan en su medida y en su contenido el sello de la situación socio-económica del individuo o de su clase. Si, como dice Marx, los hombres son los productores de su ideología, la psicología social analítica es la más indicada para describir y explicar la peculiaridad de ese proceso de producción de las ideologías, la acción recíproca de factores “naturales” y sociales dentro de él. El psicoanálisis puede demostrar, pues, cómo se trasforma la situación económica en ideología, por vía de la vida instintiva. Cabe destacar que este “metabolismo” entre el mundo instintivo y el medio lleva a que el hombre, como tal, se modifique, de la misma manera que el “trabajo” modifica la naturaleza exterior. La dirección en la cual se cumple esta modificación del hombre apenas si puede ser esbozada aquí. Se traduce, ante todo, en la creciente organización del yo, señalada en diversas oportunidades por Freud, y en el crecimiento de la capacidad de sublimación, directamente vinculado a ella.26 El psicoanálisis nos permite, por lo tanto, considerar la formación de ideologías como una especie de “proceso de trabajo”, como una de las situaciones del metabolismo entre hombre y naturaleza; con la diferencia de que en este caso, la “naturaleza” está dentro, no fuera del hombre.

El psicoanálisis puede extraer, simultáneamente, conclusiones acerca de la forma en que actúan las ideologías o ideas sobre la sociedad. Puede mostrar que los efectos de una “idea” dependen esencialmente de su contenido inconsciente, que apela a determinadas tendencias instintivas, de modo que la naturaleza e intensidad de la caja de resonancia libidinal de la sociedad o de una clase contribuye a determinar el efecto social de las ideologías.

Aunque parezca tan evidente que la psicología social psicoanalítica tiene un lugar muy preciso dentro del materialismo histórico, cabe señalar algunos otros puntos en los que esta ciencia puede resolver directamente ciertas dificultades.

En primer lugar, permite al materialismo histórico enfrentar con mayor claridad algunas objeciones. Cuando se señalaba el papel representado en la historia por factores ideales, como el afán de libertad, el amor al grupo al cual se pertenece, etc., el materialismo histórico podía rechazar ese planteo por su carácter psicológico y limitarse a demostrar el condicionamiento económico objetivo de los sucesos históricos. Pero no estaba en condiciones de brindar una respuesta clara acerca de la verdadera naturaleza y origen de estas fuerzas humanas –que como estímulos psíquicos son, sin duda, muy efectivos– y acerca de cómo se las debía ordenar dentro del proceso social. El psicoanálisis puede demostrar que esos motivos –aparentemente ideales– son, en realidad, la expresión racionalizada de necesidades instintivas, libidinales, y que el contenido y la medida de la necesidad imperante en cada caso, solo puede considerarse, a su vez, como un producto de la influencia de la situación socio-económica sobre la estructura instintiva del grupo que ha producido la ideología o la necesidad que se oculta tras ella. Por consiguiente, el psicoanálisis puede reducir hasta los motivos ideales más sublimes a su núcleo terreno libidinal, sin por eso estar obligado a reconocer las necesidades económicas como las únicas importantes.

La falta de una psicología adecuada al materialismo histórico llevó a que ciertos representantes de esta corriente de pensamiento llenaran el vacío con una psicología privada, puramente idealista. Un ejemplo típico –más típico aún que el de autores abiertamente idealistas como Bernstein– es Kautsky, quien supone la existencia de un “instinto social” innato en el hombre. Describe así la relación entre este instinto y las condiciones sociales: “El hombre se inclinará más hacia el bien o hacia el mal, según el vigor o la debilidad de sus instintos sociales.. Pero esto depende, también, en gran parte de sus condiciones de vida en la sociedad.”27 Es evidente que este instinto social innato no es otra cosa que el principio moral innato, y que el punto de vista de Kautsky solo se diferencia de una ética idealista por su forma de expresión.28

Pero aquellos autores marxistas que no han virado hacia la psicología y la ética idealistas, conceden poca atención a la psicología.29 Y, en efecto, como ya se señalara en párrafos anteriores, es verdad que el proceso social puede entenderse aun sin psicología, a partir del conocimiento de las fuerzas económicas y de las fuerzas sociales dependientes de ellas. Pero como no son leyes económicas las que actúan, sino seres humanos vivos –en otras palabras, puesto que las necesidades económicas y sociales no solo se imponen por medio del pensamiento racional del hombre, sino sobre todo, a través del aparato instintivo humano, por medio de sus energías libidinales– resulta lo siguiente: primero, que el mundo instintivo del hombre es una fuerza natural que –al igual que otras (por ejemplo la fertilidad del suelo, la irrigación, etc.)– forma parte directa de la infraestructura del proceso social y representa un importante factor natural, que se modifica por influencia del proceso social. Por consiguiente, su conocimiento es necesario para la cabal comprensión del proceso social. Segundo, que la producción y forma de acción de las ideologías solo puede entenderse debidamente conociendo el funcionamiento del aparato instintivo. Por último, que al aparecer factores de condicionamiento económico por este medio –el del mundo instintivo– se producen ciertas fracturas; dicho de otra manera: las peculiaridades de la estructura instintiva hacen que el proceso social se cumpla, de hecho, con ciertas diferencias –sobre todo de ritmo (más rápido o más lento)– respecto a lo que sería dado esperar en caso de descuidarse el factor psíquico. Por consiguiente, el empleo del psicoanálisis dentro del materialismo histórico significaría un refinamiento del método, una ampliación del conocimiento de las fuerzas que actúan en el proceso social y una mayor seguridad aun, tanto en la comprensión de procesos históricos, como en el pronóstico del futuro acontecer social y, muy en especial, una clara visión de la producción de ideologías.

Naturalmente, la fecundidad de una psicología social psicoanalítica depende del grado de significación que tengan las fuerzas libidinales en el proceso social. Un análisis moderadamente amplio del tema sobrepasaría en mucho el marco de este artículo. Por ello, nos limitaremos por ahora a formular algunas observaciones básicas.

Si nos preguntamos qué fuerzas son las que mantienen la estabilidad de una determinada sociedad y qué fuerzas son las que la conmueven, veremos que, si bien las condiciones económicas son las contradicciones sociales que deciden sobre la estabilidad o la decadencia de una sociedad, el factor que –sobre la base de estas condiciones– representa un elemento de extrema importancia en la estructura social es el de las tendencias libidinales que actúan en el hombre. Para comenzar, partamos de una constelación social relativamente estable. ¿Qué mantiene a los hombres unidos? ¿Qué es lo que hace posible determinados sentimientos de solidaridad, determinadas posturas de sometimiento o autoridad? Seguramente es el aparato exterior del poder (es decir, la policía, la justicia, las fuerzas armadas, etc.) lo que mantiene a la sociedad dentro de sus carriles. Seguramente son los intereses racionales y egoístas los que contribuyen a su formación y estabilidad. Pero ni el aparato exterior del poder ni los intereses racionales bastarían para garantizar el funcionamiento de la sociedad si no se sumaran a ellos las tendencias libidinales del hombre. Son las fuerzas libidinales del hombre las que constituyen el cemento sin el cual la sociedad no se mantendría unida. Son ellas las que contribuyen a la producción de las grandes ideologías sociales, en todas las esferas de la cultura.

Aclaremos esto en una constelación social de particular importancia: la relación entre las clases. En la historia que conocemos hasta ahora, una minoría domina a la mayoría de la sociedad. El dominio de clases no ha sido un triunfo de la astucia y del engaño, como lo presenta la Ilustración, por ejemplo; fue el resultado necesario de la situación económica de la sociedad, del nivel de las fuerzas de producción. A Necker, por ejemplo, le parece que “el pueblo –condenado por leyes de propiedad– solo percibe por su trabajo lo estrictamente indispensable”. Las leyes son consideradas como medidas de defensa de las clases acomodadas contra los desposeídos. A juicio de Linguet son algo así como “una conjuración contra la mayor parte del género humano, ante la cual este no tiene defensa alguna”.30

La Ilustración ha descripto y criticado esa relación de dependencia, aunque no haya reconocido su condicionamiento económico. De hecho, el establecimiento del dominio de una minoría responde a la evolución histórica. Pero ¿cuáles son los factores que determinaron la permanencia de esta relación?

Sin duda estos factores son, en primera línea, los medios de coerción física y determinados grupos encargados de manejar estos medios; pero hay otro importante factor: los lazos libidinales –miedo, amor, confianza– que atan el alma de la mayoría a la clase dominante. Ahora bien, esta actitud psíquica no es arbitraria, no es casual; es la expresión de la adaptación libidinal de los hombres a las condiciones económicas. Mientras estas condiciones de vida hagan necesario el dominio de una minoría sobre una mayoría, la libido se acomodará también a la estructura económica y se convertirá así, a su vez, en factor estabilizante de la relación de clases.

Pero el hecho de reconocer el condicionamiento económico de la estructura libidinal no debe llevar a la psicología social a descuidar la investigación de las bases psicológicas de esta estructura. No solo debe investigarse la razón por la cual esta estructura libidinal es necesaria; también es preciso saber cómo es psicológicamente posible, es decir mediante qué mecanismos funciona. Al investigar la raíz de esta ligazón libidinal con que la mayoría está atada a la minoría dominante, la psicología social descubrirá, por ejemplo, que esa relación reproduce o prolonga la actitud psíquica que esos adultos tuvieron de niños respecto a sus padres, en especial respecto al padre (dentro de la familia burguesa).31 Se trata de una mezcla de admiración, miedo, fe en la fuerza, en la inteligencia y en las buenas intenciones del padre, es decir, una sobrestimación de sus cualidades intelectuales y morales, condicionada por factores afectivos. Esta actitud se encuentra tanto en el niño, en su relación con el padre, como en el adulto de la sociedad de clases de tónica patriarcal, en su relación con los miembros de la clase dominante. Estrechamente vinculados con ella están esos principios morales que hacen que el pobre prefiera padecer antes que “obrar mal”; que lo hacen creer que el sentido de su vida está en la obediencia y el cumplimiento del deber al servicio de los poderosos. Estos conceptos éticos de tan enorme importancia para la estabilidad social son, también, el producto de determinadas relaciones afectivas, emocionales, con quienes inauguraron y sustentaron esos conceptos.

Por supuesto, la formación de esos conceptos no se deja librada al azar. Una parte muy importante del aparato cultural está consagrada a crear en forma sistemática y planificada esa actitud condicionada por factores sociales. Uno de los importantes objetivos de la psicología social es el de establecer el papel que representa en este terreno la organización educacional y algunas instituciones como la justicia penal.32

Hemos elegido la relación libidinal entre la minoría dominante y la mayoría dominada, porque esta relación es el núcleo social y psíquico de toda sociedad de clases. Pero todas las demás relaciones dentro de la sociedad tienen, también, su cuño libidinal. Por ejemplo, las relaciones entre los miembros de la misma clase muestran otra tonalidad psíquica en la pequeña burguesía que en el proletariado; la relación libidinal con el líder político tiene una estructura psicológica diferente cuando este es un proletario –que, aunque dirija a su clase, se está identificando con ella y está sirviendo a sus deseos– y cuando se trata de un individuo que aparece a los ojos de la masa como hombre fuerte, como poderoso pater familias aumentado, como líder autoritario.33

Respondiendo a la diversidad de relaciones libidinales posibles, dentro de la sociedad se da también una enorme variedad de ligazones afectivas. Es imposible describirlas y explicarlas, aunque solo sea superficialmente, en estas páginas. Este es uno de los objetivos principales de la psicología social. Baste decir que –así como tiene una determinada estructura económica, social, política y espiritual– cada sociedad tiene una estructura libidinal muy específica. La estructura libidinal es el producto de la acción de las condiciones socioeconómicas sobre las tendencias instintivas, y es, por su parte, un importante factor determinante tanto en la formación de sentimientos dentro de las diferentes capas de la sociedad, como en la naturaleza de la “superestructura ideológica”. La estructura libidinal de una sociedad es el medio a través del cual se cumple la acción de la economía sobre los fenómenos verdaderamente humanos, sobre los fenómenos mentales y espirituales.

Por supuesto, la estructura libidinal de una sociedad es tan poco constante como su estructura económica y social. Sin embargo, tiene una relativa constancia mientras la estructura social se mantiene en un cierto equilibrio, vale decir, en las fases relativamente consolidadas de la evolución social. Con el crecimiento de las contradicciones objetivas dentro de la sociedad, al iniciarse el proceso más intenso de descomposición de una determinada forma de sociedad, aparecen también determinadas trasformaciones en la estructura libidinal de esa sociedad: desaparecen ligazones tradicionales que mantenían la estabilidad, se modifican actitudes afectivas tradicionales. Hay energías libidinales que quedan libres para nuevas aplicaciones, con lo cual cambia también su función social. Ya no contribuyen a conservar la sociedad; ahora conducen a la construcción de nuevas formaciones sociales. Han dejado de ser cemento, para convertirse en sustancia explosiva.

Pero volvamos ahora al planteo formulado en el comienzo de este trabajo, a la relación entre los instintos y los destinos del hombre, es decir sus condiciones externas de vida. Habíamos visto que la psicología personal analítica considera la evolución de los instintos como el producto de la adaptación activa y pasiva de la estructura instintiva a las condiciones de vida. La relación entre la estructura libidinal de la sociedad y sus condiciones económicas es, en principio, la misma. Se trata de un proceso de adaptación activa y pasiva de la estructura libidinal de la sociedad a las condiciones económicas. Los hombres, llevados por sus impulsos libidinales, modifican a su vez las condiciones económicas; las condiciones económicas modificadas dan lugar a nuevas tendencias y satisfacciones libidinales y así sucesivamente. Lo decisivo es que todas estas trasformaciones se remontan, en última instancia, a las condiciones económicas; que los impulsos instintivos y las necesidades se trasforman y adaptan con ajuste a las condiciones económicas, es decir, a lo posible o necesario en cada caso.

La psicología analítica tiene indudable cabida en el enfoque del materialismo histórico. Investiga uno de los factores naturales que actúan en la relación sociedad-naturaleza; el mundo instintivo del hombre, su papel activo y pasivo en el proceso social. Está investigando así un decisivo factor de mediación entre la base económica y la formación de ideologías. De esa manera, la psicología social analítica permite la cabal comprensión de la superestructura ideológica como resultado del proceso que se cumple entre la sociedad y la naturaleza.

Resumiendo, el resultado de este estudio acerca del método y los objetivos de una psicología social de tendencia psicoanalítica es el siguiente: el método es el del clásico psicoanálisis freudiano, aplicado a los fenómenos sociales: interpretación de las actitudes psíquicas comunes, de relevancia social, como resultado de la adaptación activa y pasiva del aparato instintivo a las condiciones socioeconómicas de la sociedad.

El primer objetivo de una psicología social psicoanalítica es descubrir las tendencias libidinales de importancia social; en otras palabras: comprender la estructura libidinal de la sociedad. En segundo lugar, debe explicar cómo se forma esa estructura libidinal y cuál es su función en el proceso social. La teoría acerca de cómo se forman las ideologías a partir de la acción conjunta del aparato instintivo y de las condiciones socio-económicas, será un elemento de particular importancia.

* * *

NOTAS:

1 El “superyó”, como instancia de contención moral, debe su formación –según Freud– a las relaciones afectivas entre el niño y sus padres y, por lo tanto, tiene su base en los instintos.

2 Impresionado por el hecho de que los instintos de conservación contenían elementos libidinales y por la notable importancia de las tendencias destructivas, Freud modificó su teoría primitiva y contrapuso a los instintos de conservación de la vida (eróticos), instintos de destrucción (instinto de muerte). Por trascendental que sea la argumentación en que se apoya Freud para esta modificación de su punto de vista original, el carácter de esta reforma es mucho más especulativo y menos empírico que el de la posición original. A nuestro juicio se apoya en una mezcla de hechos biológicos y de tendencias psicológicas, antes evitada por Freud. También está en contradicción con una primitiva posición de Freud: la concepción de los instintos como deseos, aspiraciones primarias que sirven a las tendencias de conservación de la vida y se adaptan a ellas. Para nosotros, la consecuencia lógica de la concepción global de Freud, es que la actividad psíquica humana se cumpla en la adaptación a los sucesos y necesidades de la vida, y que los instintos, como tales, se opongan, precisamente, al principio biológico de la muerte. La polémica acerca de la hipótesis de los instintos de muerte sigue activa dentro de la ciencia analítica. En lo que a nosotros respecta, en esta exposición hemos partido de los puntos de vista originales de Freud.

3 Es importante el papel de la exacerbación y gratificación de impulsos sádicos a que suele recurrirse cuando, por razones socioeconómicas, queda excluida la satisfacción de impulsos de naturaleza positiva. El sadismo es la gran reserva instintiva a la que se acostumbra a apelar cuando no hay otra gratificación –por lo general más costosa– para brindar a las masas. Al mismo tiempo esas energías se aprovechan para exterminar a los rivales.

4 Cf. Freud, Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie. Ges. Sch. V. Leipzig, Viena, Zurich, 1924.

55 “El verdadero objeto del psicoanálisis es la vida psíquica del hombre socializado. La de la masa solo le atañe en la medida en que aparezcan en ella fenómenos individuales (por ejemplo, el fenómeno del líder) o en la medida en que los fenómenos del «alma de la masa», como miedo, pánico, obediencia, etc., puedan ser aclarados sobre la base de su experiencia en el individuo. Pero pareciera ser que el fenómeno de la conciencia de clase le resulta casi inaccesible y los problemas pertenecientes a la sociología, como son el del movimiento de masas, el de la política o el de la huelga, no pueden ser objeto de sus métodos.” “Dialektischer Materialismus und Psychoanalyse”, Unter dem Banner des Marxismus III, pág. 737). Dada la importancia fundamental de este problema metodológico destacamos esta diferencia respecto al punto de vista de Reich, punto de vista que este autor parece haber modificado de manera muy fecunda, como lo demuestran sus últimos trabajos. Más adelante señalaremos las múltiples coincidencias con sus excelentes investigaciones empíricas en materia de psicología social.

6 En el aspecto metodológico, cf. Fromm, Die Entwicklung des Christusdogmas, Viena 1931; también Bernfeld, “Sozialismus und Psychoanalyse mit Diskussionsbemerkungen von E. Simmel und B. Lantos” (Der sozialistische Arzt II, 2/3, 1926); W. Reich, “Dialektischer Materialismus un Psychoanalyse” (Unter dem Banner des Marxismus III, 5).

7 Freud, Massenpsychologie und Ich-Analyse, Ges. Schr VI, pág. 261.

8 Respecto a este problema, cf. las esclarecedoras manifestaciones de Georg Simmel: “Uber das Wesen der Sozialpsychologie”. Archiv f. Sozialwssenschait und Sozialpolitik XXVI, 1908, págs. 287 y sigs.

9 Aun dejando de lado los ensayos sin valor científico (como el superficial escrito sobre psicoanálisis y sociología de A. Kolnay –quien por un tiempo se atribuyó la condición de psicoanalista– o el libro de Vergin, Psicoanálisis de la política europea, cuyo autor apenas maneja los rudimentos del psicoanálisis, esta crítica alcanza a autores como Reik, Roheim y otros, que han tratado temas de psicología social. Las excepciones las constituyen S. Bernfeld –quien ha señalado especialmente el condicionamiento social de todos los esfuerzos pedagógicos (Sysiphos oder über die Grenzen der Erziehung)– y, sobre todo, W. Reich, cuya apreciación del papel de la familia coincide en amplia medida con las opiniones aquí expuestas. Reich ha investigado a fondo el condicionamiento social y las funciones sociales de la moral sexual. Cf., su Geschlechtsreife, Enthaltsamkeit. Ehemoral y la reciente publicación Einbruch der Sexualmoral.

10 Desde el punto de vista psicológico es preciso distinguir en el individuo los rasgos típicos de la sociedad, en general, y los típicos de su clase; pero, puesto que la estructura psíquica de la sociedad, en general, imprime su sello en determinados rasgos fundamentales de las diferentes clases, por importantes que sean, los rasgos específicos de una clase son de importancia secundaria, comparados con los de la sociedad. Precisamente esta contradicción entre la relativa uniformidad (o, por lo menos, la tendencia a ella) de la estructura psíquica de las diferentes clases y la oposición de sus intereses económicos, es una de las características de la sociedad de clases, encubierta por las ideologías. Pero mientras más marcada es la descomposición económica, social y psicológica de una sociedad, tanto más va desapareciendo el poder modelador de la sociedad en conjunto o de la clase que domina en ella, y tanto mayores se vuelven las diferencias entre las estructuras psíquicas de las diferentes clases.

11 Cf., Totem und Tabu.

12 En Zukunft einer Illusion (1927), Freud se aparta de esta postura –que descuida la realidad social y sus trasformaciones– y concede importancia a las condiciones económicas, al pasar del enfoque más limitado de cómo es posible la religión desde el punto de vista de la psicología personal (como repetición de la actitud infantil hacia el padre), al enfoque más amplio, psicológico-social, acerca del cómo V porqué de la necesidad social de una religión. Su respuesta es que la religión fue necesaria, mientras los hombres necesitaron de la ilusión religiosa a causa de su impotencia ante la naturaleza, vale decir, a causa de la escasa evolución de las fuerzas productivas. Pero el desarrollo de la técnica y la creciente “adultez” del género humano –vinculada a ese desarrollo técnico– convierten a la religión en una ilusión superflua y nociva. Aun cuando en él no se mencionan, por cierto, todas las funciones de importancia social de la religión (sobre todo el problema de la relación entre determinadas formas de religión y determinadas constelaciones sociales), este trabajo de Freud es el que más se aproxima a la psicología social materialista, desde el punto de vista del método y del contenido. (Respecto al contenido, nos limitaremos a recordar una frase: “No es preciso decir que una cultura que deja insatisfechos a un gran número de sus participantes, y que conduce a la rebelión, no tiene perspectivas de perdurar, ni lo merece.”). (El libro de Freud coincide con una opinión emitida por Marx en su juventud, que bien podría servirle de encabezamiento: “La supresión de la religión como felicidad ilusoria del pueblo, es un requisito para su verdadera felicidad. El requisito de renunciar a las ilusiones acerca de su estado, es el requisito de renunciar a un estado, al estado que necesita de la ilusión. La crítica a la religión es, pues, el germen de la crítica al valle de lágrimas cuya aureola es la religión”. [Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie Lit. Nachlass, 1923, Tomo 1, pág. 385.]) Sin embargo, Freud no continúa esta línea en su siguiente obra sobre problemas socio-psicológicos, Das Unbehagen in der Kultur, ni desde el punto de vista del método ni desde el del contenido. Este trabajo podría considerarse, más bien, como la contraparte de Zukunft einer Illusion.

13 Cf., manifestaciones de Marx en El Capital, acerca del acrecentamiento de las necesidades como fuente de desarrollo económico.

14 En el ensayo “¿Por qué es popular el psicoanálisis?” aparecido en la publicación judía Forward (y citado por Kautsky en Der historische Materialismus, Tomo I, págs, 340/1) dice Russell: “Por supuesto (el psicoanálisis) es inconciliable con el marxismo. Porque Marx subraya el motivo económico, que a lo sumo está vinculado con la autoconservación; el psicoanálisis, en cambio subraya el motivo biológico, que se vincula con la defensa de la existencia a través de la conservación de la especie. Indudablemente, los dos puntos de vista son unilaterales, porque ambos móviles cumplen un papel.” Russell habla luego de la efímera, esa mariposa que en su estado larval solo tiene órganos para la alimentación, pero no para el amor, mientras que como insecto plenamente desarrollado, solo dispone de órganos para la procreación y no para la alimentación. No necesita de estos últimos, puesto que solo permanece unas pocas horas con vida en ese estado. ¿Qué ocurriría si la efímera fuera capaz de pensar en términos teóricos? “Como larva sería marxista, como mariposa, freudiana”, afirma Russell y añade que Marx, “la polilla de biblioteca del Museo Británico”, es el verdadero representante de la filosofía larval. El, por su parte, dice sentirse más atraído por Freud, porque “no está mal dispuesto contra los partidarios del amor, mientras que el hacer dinero no es su fuerte, de modo que tampoco lo es la economía ortodoxa, creada por ancianos áridos.”

15 Zur Psychologie des Sozialismus, 1927, pág. 281.

16 Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aulgaben der Sozialdemokratie, Stuttgart, 1899, p. 13.

17 Subrayados de E.F.

18 Desde el comienzo de su libro Der Historische Materialismus, Kautsky rechaza con toda decisión la interpretación psicologística, pero complementa el materialismo histórico con una psicología puramente idealista, al formular la hipótesis de un “instinto social” prístino. Cf. pág. 48.

19 Como gran parte de los ataques contra el materialismo histórico, no se refiere, en realidad, a este, sino a las interpolaciones burguesas introducidas de contrabando por “partidarios” u opositores.

20 “El salvaje tiene que luchar contra la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar su vida y para reproducirse; pero también el hombre civilizado debe hacerlo en todas las formas de sociedad y cualquiera sea el modo de producción. Con la evolución de estas se ensancha este dominio de la necesidad natural; pero, al mismo tiempo, se amplían las fuerzas de producción que satisfacen esas necesidades.” (Marx, Kapital, Hamburgo, 1922, III, 2, pág. 353).

21 Marx y Engels, primera parte de Deutschen Ideologie. Marx-Engels Archiv, T. I, pág. 239.

22 Marx, Kapital, pág. 140.

23 Con respecto a este problema, cf. la obra de Bujarin, Teoría del materialismo histórico, 1922, que destaca con particular claridad el factor natural, y el esclarecedor trabajo de K. A. Wittfogel “Geopolitik, geopraphischer Materialismus und Marxismus” (Unter dem Banner des Marxismus III, 1, 4, 5), que trata este problema en especial.

24 Op. Cit., págs. 237 y sigs.

25 Con respecto al problema de la naturaleza de la superestructura ideológica cf. también carta de Engels a Mehring (del 14 de julio de 1893) citada en Dunker, Über historischen Materialismus, Berlín, 1930): “Todos nosotros hemos concedido y hemos tenido que conceder, en primera instancia, más importancia a la dirección ejercida por los hechos económicos básicos sobre las ideas políticas, jurídicas, etc., y sobre los actos posibilitados por estas ideas. Al hacerlo, el contenido nos ha hecho olvidar la parte formal: la forma en que surgen estas ideas y demás, y los medios a través de los cuales surgen.”

26 La supuesta vinculación de este proceso con un crecimiento del superyó y de las represiones, nos parece una contradicción interna. Porque el crecimiento del yo y de las posibilidades de sublimación significan, precisamente, un dominio de los instintos por una vía diferente que la de la represión.

27 Op. Cit., pág. 262.

28 Kautsky adopta la misma posición, al rebatir en los siguientes términos la hipótesis de que el materialismo histórico es una psicología económica: “Si la visión materialista de la historia afirmara, realmente, que los hombres solo son movidos por motivos económicos o por intereses materiales, no valdría la pena que nos ocupáramos de ella con detenimiento. En ese caso no pasaría de ser una ampliación de ese antiguo concepto según el cual el egoísmo o el afán de placer son los únicos móviles de la acción humana. Además, Marx y Engels habrían desmentido su teoría con sus propios actos; porque nunca hubo hombres tan altruistas y menos movidos por intereses materiales, que mis dos maestros” (op. cit., pág. 6) Aquí se revela con toda claridad la posición idealista de Kautsky. No advierte para nada que los motivos económicos y el afán de placer son dos cosas completamente distintas y que ni siquiera las cualidades personales más valiosas están por encima del aparato psíquico, colmado de necesidades de la más variada especie y atento a la satisfacción de esas necesidades.

29 Bujarin ha dedicado, en su Teoría del materialismo histórico, un capítulo especial al problema de la psicología. Explica en él, con todo acierto, que la psicología de una clase no es idéntica a los “intereses” de esa clase (se está refiriendo a sus intereses económicos reales); pero que la psicología de la clase debe entenderse siempre en función de su rol económico-social. Menciona como ejemplo, situaciones en las que las masas o grupos son dominados por un sentimiento de desesperación, tras una gran derrota en la lucha de clases. “En ese caso puede comprobarse una relación con los intereses de la clase, pero esa relación es de una naturaleza muy peculiar: la lucha fue impulsada por los resortes ocultos de los intereses (subrayado por E. F.), pero ahora el ejército de los luchadores ha sido derrotado; sobre ese terreno se inicia la descomposición, la desesperación, comienza la fe en un milagro, la prédica que induce a apartarse de los hombres, las miradas se dirigen al cielo.” Y sigue diciendo Bujarin: “Vemos, pues, que al estudiar la psicología de las clases estamos enfrentando un fenómeno muy complicado, cuyo origen no puede buscarse exclusivamente en el simple interés, pero que siempre tiene su explicación en el medio concreto en que se encuentra la clase en cuestión.” Habla luego del proceso ideológico como de un tipo especial de trabajo social. Pero como no tiene a su disposición una psicología apropiada, no va más allá de ese planteo y no logra entender la naturaleza de ese proceso de trabajo.

30 Citado por Grünberg en Verhandhingen des Vereins für Sozialpolitik, Stuttgart, 1924, pág. 31.

31 Pero no debe olvidarse que esta relación padre-hijo, en particular, está condicionada a su vez por factores sociales.

32 Cf. Fromm, “Zur Psychologie des Verbrechers und der strafenden Gesellschaft”, Imago, XVII, 12. El aparato cultural no solo sirve para guiar las fuerzas libidinales (en especial las pregenitales y los instintos parciales) de los hombres en determinadas direcciones convenientes para la sociedad, sino para debilitarlas, a fin de que no se conviertan en un peligro para la estabilidad social. Esta amortiguación de las fuerzas libidinales o su orientación hacia el terreno pregenital es también una de las razones de la moral sexual de ciertas sociedades.

33 En su Psicología de las masas y análisis del yo, Freud ha señalado precisamente los factores libidinales de la relación con el líder. Ha tomado, sin embargo “al líder”, en forma abstracta, así como toma a “la masa” en forma abstracta, vale decir, sin tomar en cuenta una situación concreta. Eso confiere a la exposición de los procesos psíquicos una generalidad que no responde a la realidad, o sea que se imprime un sello de generalidad a un determinado tipo de relación con el líder. Por otra parte se está reemplazando el problema decisivo de la psicología social, la relación de las clases, por un problema secundario, el de la relación masa-lider. Pero es digno de mención el hecho de que, en ese trabajo Freud señala las tendencias de la psicología burguesa a adoptar una actitud despectiva hacia la masa, y no las comparte.

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