El nuevo Lula en el momento actual

Fuente: La Jornada                                                                  Jorge Carrillo Olea                                                                           06.01.23

Lula sufrió calores antes de celebrar su tercera asunción al poder. Los sufrió al no lograr el control del Congreso y porque al formar su gabinete estuvo forzado a crear una indispensable armonía entre los actores de su variopinta segunda vuelta. Empieza condicionado por un país dividido políticamente y entre tensión y esperanza.

El problema más inmediato es el ambiente de violencia contra la seguridad política que promovió Bolsonaro. Se inconformó con su derrota, agitó el cotarro y, lagrimoso, se fue a Miami. El país está dividido como efecto de su virulencia. No es buen augurio de un gobierno nuevo.

A diferencia de su primera presidencia, 2003-10, Lula hoy tiene 77 años. Son casi 20 más que entonces y súmense el desgaste de un juicio terrible y casi dos años de cárcel.

En 2003, el ambiente político en el continente era terso. Los sistemas políticos, de diversas tendencias, funcionaban con razonable estabilidad. Néstor Kirchner en Argentina, Ricardo Lagos en Chile, Hugo Chávez en Venezuela, Álvaro Uribe en Colombia, Alejandro Toledo en Perú.

México, país etiquetado por sí mismo como de centroizquierda, en esos tiempos experimentaba un gobierno, el de Fox, que se proclamaba de centroderecha. Él nunca vio hacia el sur, sólo le interesaba su enchilada completa con EU. Hoy el país enfrenta un fin de gobierno borrascoso.

Aquellos escenarios distan del actual. Hace algunos meses pareciera que lo bañaban vientos frescos de izquierda moderna. Parecía que los presidentes encabezaban a pueblos que en lo general se mostraban esperanzados y satisfechos.

Pese a numerosos organismos internacionales regionales, 10 de ellos, no existe un proyecto sudamericano. El Cono Sur es un rompecabezas.

Algo se descompuso afuera y adentro de Brasil: Por fuera el Cono Sur semeja un archipiélago con presumible actividad volcánica: Perú, Colombia, Bolivia, Argentina, Ecuador, Venezuela.

Dentro, el aislamiento y rudeza del régimen de Bolsonaro hereda grave divisionismo de serios efectos sobre la gobernabilidad. Deja al coloso lastimado, exangüe, improductivo y endeudado.

Al exterior resaltan los relevos en Argentina que fueron de magia endogámica kirchnerista, una izquierda nieta del peronismo. El resultado es la cíclica crisis dentro del gobierno. La economía, como siempre, está en aprietos.

Chile eligió un presidente sorprendente por su juventud, 36 años, su ortodoxia ideológica, eficiente oratoria y valor. Ese coctel de virtudes pronto chocó con la realidad.

Su Congreso rechazó a las primeras su proyecto clave: una Constitución progresista que relevara a la promulgada por Pinochet en 1981.

Venezuela sigue siendo el misterio político del siglo. Se dice que todo va mal, que la vida es insoportable. Una verdad es que cotidianamente se violan los derechos humanos. De eso surge Juan Guaidó, un carismático líder opositor, al que sus seguidores acaban de destituir y anular la supuesta presidencia interina.

Guaidó fue reconocido oficialmente como presidente interino de su país por el imperialismo y otros más, incluido el Vaticano. Todos ellos, antes valientes demócratas, de repente se han quedado sin interlocutor. Ante tal comedia, Maduro se ríe. ¡Claro, a él no le pasa nada!

En Colombia, después de varios regímenes derechistas ejemplificados por Álvaro Uribe, recién se inicia el gobierno de Gustavo Petro, de claro izquierdismo. Es un viaje más de esperanza.

Petro preside un gobierno surgido de la guerrilla urbana Movimiento 19 de Abril (M-19), activa desde 1974 y como movimiento político desde 1990. Petro es un líder ejemplar que irremediablemente heredó la estructura burocrática de quienes hasta hace poco fueron sus enemigos a muerte.

Ellos lo pusieron preso dos años. Como siempre, se complotaron Washington, la oligarquía, las fuerzas armadas y la muy poderosa Policía Nacional. Hoy Petro debe gobernarlos.

En aquel primer gobierno de Lula, Europa bailaba con solemne elegancia los valses que sugería el hipercapitalismo, nueva cara del colonialismo. La OTAN era el obeso guardián de que todo marchara. Rusia tenía sus rebeldes internos. De algún modo, para mal de todos, eso no existe más. Vivimos una guerra sin adjetivos.

Ahora Brasil debe retomar los principios y compromisos de la convivencia internacional, situación que embona con la vieja aspiración de Lula y su ministerio de Exteriores de obtener un sitio permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Siendo Lula un decidido internacionalista, esa sería una conclusión lógica. Ahora, quizá como muestra de un nuevo rostro, eludió suscribir un comunicado conjunto en apoyo al presidente de Perú, Pedro Castillo.

Sí lo hicieron Colombia, Argentina, Bolivia y México, con el argumento imbatible de que fue electo por el pueblo, aunque sólo haya sido para evitar el encumbramiento de Keiko Fujimori.

¿Qué significado puede tener este descompuesto escenario para el nuevo Lula? Parte de la respuesta está en que preside al país más poderoso de América Latina, que goza de gran prestigio como líder político y en su firme vocación de internacionalista.

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