Cuando Israel se apoderó de 200 toneladas de uranio en el Mediterráneo

MPR21                                                                                                                        Redacción                                                                                                                        14/04/26

 

En 1968 Israel desvió un cargamento de uranio estadounidense. El buque de carga Scheersberg A, con tripulación española, zarpó de Amberes con 200 toneladas de uranio procesado camufladas como si fuera plomo. La materia prima pertenecía oficialmente a una empresa alemana vínculada a Estados Unidos.

Un año antes, tras la guerra de los 6 Días, Francia dejó de suministrar Israel uranio para el reactor nuclear de Dimona y el Mosad tuvo que orquestar la operación, llamada “Plumbat”.

El barco desapareció en medio del Mediterráneo y, pocos días después, reapareció con la bodega vacía en un puerto de Turquía con otro nombre. Los israelíes habían transferido discretamente el uranio a otro buque.

Aquello sí que era una “flota fantasma”. Todo era falso. Una empresa italiana sirvió de pantalla para ocultar la verdadera carga y el verdadero destinatario. El Organismo Internacional de Energía Atómica, responsable de los controles nucleares, se encogió de hombros; Euratom también: no era de su competencia porque la carga no era uranio sino plomo.

El uranio terminó en la central Dimona, alimentando durante años el programa nuclear israelí. De esa forma, Tel Aviv eludió los embargos y sanciones internacionales. No hubo protestas, ni siquiera represalias. Estados Unidos y Europa hicieron la vista gorda ante el contrabando porque fueron cómplices.

La Operación Plumbat la destapó Paul Leventhal en 1977, en una conferencia sobre no proliferación celebrada en Salzburgo, Austria. Leventhal fundó el Instituto de Control Nuclear en 1981.

Pero en 1973 se produjo un incidente significativo, cuando Dan Ert, un agente del Mosad, fue detenido en Noruega, acusado de asesinar a un camarero marroquí, Ahmed Bouchikhi, al que confundió con uno de los palestinos que participaron en el atentado de los Juegos Olímpicos de 1972 en Munich.

Para demostrar a la policía noruega que, en efecto, no era un pistolero cualquiera, sino un sicario del Mosad, Ert les contó la verdadera historia de la Operación Plumbat.

Ante la incredulidad, Ert les contó, además, que había sido el presidente de la compañía naviera liberiana utilizada para comprar el buque Scheersberg A.

La mejor manera de tener patente de corso es que el criminal confiese su pertenencia al Mosad.

El uranio llegó del Congo

El uranio con destino a Israel procedía de la mina Shinkolobwe, en Katanga, en la República Democrática del Congo. Los colonialistas belgas comenzaron a extraer uranio de Shinkolobwe en 1921.

Los mineros congoleños extraían el uranio a mano, exponiéndose a enfermar por las radiación.

En 1939, Einstein, consciente de que se podría construir una bomba nuclear y que la Alemania nazi podría tener ese objetivo, alertó a Roosevelt sobre la necesidad de acceder al suministro de uranio, que se podía encontrar en el Congo.

Cuando la Alemania nazi ocupó Bélgica en 1940, creció la preocupación de que el uranio almacenado en Shinkolobwe pudiera caer en manos de Hitler. Se elaboró un plan para enviar 1.200 toneladas de uranio a Estados Unidos, acabando en la fábrica de bombas nucleares del Proyecto Manhattan, en Los Álamos, Nuevo México (*).

El setenta por ciento del uranio de la bomba atómica de Hiroshima procedía de la mina de Shinkolobwe y otro diez por ciento se utilizó en la bomba de plutonio lanzada sobre Nagasaki.

Cuando en 1960 la República Democrática del Congo obtuvo su independencia y Patrice Lumumba se convirtió en el primer primer ministro elegido democráticamente, los imperialistas intentaron separar a Katanga del país. En un esfuerzo por sofocar la rebelión, Lumumba apeló a la ONU, que no hizo ni caso. Luego recurrió a la Unión Soviética en busca de ayuda, sellando su destino.

El uranio también estuvo en el centro de la independencia de Katanga y el asesinato de Lumumba.

(*) https://www.theguardian.com/books/2016/sep/17/spies-in-the-congo-susan-williams-review