Burkina Faso. Ibrahim Traoré: No queremos una democracia que mate.

Nicolás Mwangi                                                                                                                Peoples Dispatch                                                                                                            12/04/26

Ibrahim Traoré es entrevistado por un medio de comunicación local en Burkina Faso. Foto: captura de pantalla

Las recientes declaraciones de Ibrahim Traoré sobre la democracia se han difundido ampliamente en los medios de comunicación occidentales tras una entrevista, pero las interpretaciones que sugieren que rechaza la democracia parecen tergiversar su postura.

La reciente entrevista de Ibrahim Traoré, presidente de Burkina Faso, ha generado un amplio debate tras su difusión viral en los medios de comunicación internacionales. Los titulares, especialmente de los principales medios, interpretaron rápidamente sus declaraciones como un rechazo rotundo a la democracia, llegando incluso a sugerir una intención de instaurar un régimen militar permanente.

Pero esta interpretación, aunque sensacionalista, es profundamente engañosa. Despoja a las declaraciones de Traoré de su contexto político, histórico y material, esencial para comprender tanto sus palabras como la trayectoria general de la región del Sahel.

Democracia, ¿pero qué tipo de democracia?

Estas declaraciones no surgieron de un debate abstracto, sino de una conversación profunda sobre seguridad, soberanía y supervivencia. Durante casi media hora, la entrevista se centró en las insurgencias que azotan el Sahel, en particular en la amenaza que representan los grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda y la crisis general de estabilidad estatal.

Fue solo cuando se le preguntó a Traoré sobre las elecciones, específicamente sobre si una carta revolucionaria recién adoptada le permitiría extender su mandato, que surgió el tema de la democracia.

Su respuesta fue que las elecciones, según argumentó, no eran la preocupación inmediata. Burkina Faso enfrenta desafíos existenciales, y la prioridad es afrontar esas amenazas y reconstruir el Estado. Es dentro de este marco que debe entenderse su ahora citada declaración: «La gente debe olvidarse de la democracia».

Afirmando : “Debemos decir la verdad. La democracia no es para nosotros, este tipo de democracia que nos muestra esta gente. Eso no es lo que nos interesa”.

Cuando Traoré afirma que «la democracia no es para nosotros», no habla en vano. Su crítica se dirige a un modelo específico: la democracia liberal occidental, históricamente exportada a África mediante la intervención, la coerción y la ayuda condicionada.

Puso como ejemplo a Libia, cuya destrucción tras la intervención de la OTAN sigue siendo un modelo para todo el continente. Para Traoré, Libia representa una advertencia: un Estado que, a pesar de sus contradicciones internas, fue desmantelado en nombre de la «democracia», dejando tras de sí caos, desplazamientos y una catástrofe humanitaria.

Vinimos para cambiar por completo el funcionamiento de las cosas, pero sobre todo para cambiar mentalidades, para que la gente abra los ojos, vea el mundo y para que jamás volvamos a caer en esa trampa. La gente está aquí; la democracia es esclavitud. No hay democracia en este mundo. Pretenden que sí. Hacen lo que les da la gana. Y para instaurarla, matan. Una democracia que mata. No queremos democracia. Que Dios nos libre de ese tipo de democracia. Estamos centrados en nuestra conquista, en nuestra reconstrucción y en la revolución. Es el único camino hacia el desarrollo.

Así, cuando afirma que «la democracia mata», también puede interpretarse que condena un proceso geopolítico en el que la «democracia» se convierte en justificación para el cambio de régimen, la dominación extranjera y la reestructuración violenta. Estos discursos se han utilizado recientemente tanto en Venezuela como en Irán , donde las acciones contra los líderes se presentan como intervenciones justificadas.

La postura de Traoré debe enmarcarse en la crisis de soberanía del Sahel . Países como Mali, Níger y Burkina Faso han experimentado repetidos ciclos de inestabilidad, presencia militar extranjera y dependencia económica.

El auge de los gobiernos militares en la región, a pesar de los desafíos, ha estado ligado a un rechazo popular a los acuerdos neocoloniales, en particular a aquellos asociados con antiguas potencias coloniales como Francia.

Este es el terreno político desde el que habla Traoré. Su insistencia en la “revolución”, la “reconstrucción” y el “cambio de mentalidades” refleja un intento, aunque controvertido, de romper con un modelo de gobierno percibido como impuesto externamente y vacío internamente.

Una interpretación errónea del Sahel

Muchos comentaristas liberales demócratas han abordado las declaraciones de Traoré desde una definición restrictiva y convencional de democracia. Este marco conceptual resulta difícil de explicar situaciones en las que el propio Estado se encuentra amenazado, donde el control territorial está fragmentado y donde los actores externos desempeñan un papel decisivo en la configuración de la política interna.

El resultado es un patrón recurrente de mala interpretación: las declaraciones políticas complejas se reducen a impulsos autoritarios y los debates sobre la soberanía se descartan como retórica antidemocrática.

Curiosamente, surgen preguntas similares en otros lugares. En Ucrania, el presidente Volodymyr Zelenskyy ha pospuesto las elecciones, argumentando que la supervivencia nacional frente a la guerra debe tener prioridad.

Si bien los contextos son muy diferentes, el principio subyacente es comparable: la secuencia de los procesos políticos en tiempos de crisis. Sin embargo, las reacciones globales a estas decisiones distan mucho de ser uniformes.

Esto no significa que la trayectoria actual del Sahel esté exenta de desafíos. La región se enfrenta a retos inmensos: políticos, económicos y sociales. Sin embargo, reducir la postura de Traoré a un rechazo a la democracia es un error garrafal. Lo que está en juego no es simplemente “democracia contra autoritarismo”, sino una lucha más profunda por la soberanía, el desarrollo y el derecho de las sociedades a definir sus propios caminos políticos.

Independientemente de que uno esté de acuerdo o no con sus conclusiones, las realidades históricas que dan forma al Sahel deben tenerse en cuenta en su contexto.