«La extrema derecha ha sabido entender que las emociones movilizan a menudo mucho más que la razón y, por esto mismo, ofrecer ‘lugares seguros’ ante un mundo en ruinas es siempre una apuesta ganadora», analiza Miquel Ramos.
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La adscripción de una parte de la clase trabajadora al proyecto reaccionario no es nueva. Los fascismos de entreguerras del siglo pasado dieron buena cuenta de una cantidad considerable de obreros seducidos por el patriotismo, el antisemitismo o el fanatismo religioso de algunos de sus líderes. Un siglo después, y a pesar de saberse las consecuencias de aquellas ideologías, el malestar obrero ante un sistema que no da respuestas a sus problemas sigue en disputa. El auge de las extremas derechas en todo el planeta ha sido posible gracias a que una parte del proletariado ha comprado sus recetas, y es imperativo preguntarse por qué.









