Como dijo el clásico: fue un triunfo claro, contundente e inobjetable. La victoria de Javier Milei, autodenonimando anarcocapitalista (con perdón de los auténticos libertarios), en las elecciones presidenciales de Argentina, por más de 11 puntos de diferencia, es un tremendo varapalo a la segunda ola de gobiernos progresistas en América Latina.
En el mejor estilo de Donald Trump y Jair Bolsonaro, como si fuera profeta, Milei aseguró que Argentina ocupará el lugar en el mundo que nunca debió perder; volverá a ser potencia. Su receta para lograrlo retoma los sueños húmedos del neoliberalismo más rancio: gobierno limitado, respeto a la propiedad privada y comercio libre. Como si imitara a los viejos bolcheviques (con la dispensa de Lenin), anticipó que, como se vive una situación crítica, realizará cambios drásticos, en los que no habrá lugar para tibieza ni medias tintas. Prometió el fin del modelo empobrecedor de la casta, para terminar con inflación, estancamiento económico, falta de empleo, pobreza e indigencia. Anunció el fin de una forma de hacer política y el inicio de otra.
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