

En estos tiempos convulsos, de retroceso político, discursos que cuestionan derechos conquistados y un clima cultural cada vez más hostil hacia la diversidad, la representación no es un lujo ni una moda: es una necesidad política, colectiva y emocional.
Por eso, cuando una mujer negra pisa la alfombra roja, cuando su cuerpo, su talento y su historia ocupan un espacio que históricamente se le ha negado, cuando se reconoce su trabajo y su esfuerzo, aunque pueda parecer frívolo, no solo es un logro individual, sino un gesto profundamente colectivo en el que muchas de nosotras podemos refugiarnos.
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