

El golpe de Estado fascista orquestado a finales de 2019 en Bolivia tuvo entre sus objetivos acabar con el virtuoso período de bonanza económica redistributiva logrado durante los gobiernos de Evo Morales, que sorprendió al mundo por sus impresionantes tasas de crecimiento económico. Para el imperialismo y sus aliados, era prioritario derribar a Evo, porque resultaba inadmisible que un país del ALBA, que había practicado a fondo la nacionalización de recursos naturales previamente controlados por multinacionales, pudiera exhibir indicadores económicos tan positivos y poco comunes en toda la región.
El temor al «contagio» político, la creciente demanda global de litio y la existencia de una casta militar fiel a las oligarquías y a Estados Unidos facilitaron la asonada y el desalojo violento de Evo del poder. Multiplicar el PIB por más de cuatro puntos en tan solo 13 años puede parecer un logro inaudito, pero estas cifras oficiales de Bolivia son corroboradas por organismos internacionales. Entre los logros de ese periodo podemos señalar la disminución de la pobreza, la estabilización de la moneda, la reducción del desempleo y la dignificación salarial. Durante ese tiempo, el ministro de economía fue el propio Luis Arce, aunque la dirección política recaía en el tándem Morales-Linera. Afortunadamente, el golpe fue revertido antes de causar daños irreparables y Jeanine Áñez terminó encarcelada por sus crímenes y delitos.
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