

¿Alguna vez te has parado a pensar en cómo la publicidad, esa que vemos a diario en la tele, en las redes o en la calle, nos moldea sin que nos demos cuenta? No estoy hablamos de los anuncios que nos hacen desear irrefrenablemente querer comprar algo en el Corte Inglés, hablo de mensajes que, de forma sutil, nos dicen cómo debemos ser, qué debemos desear, y hasta cómo debemos autoidentificarnos. Esto tiene un nombre: violencia simbólica. Y sí, nos atraviesa a todas, especialmente a las mujeres y a las personas racializadas.
La violencia no siempre deja marcas físicas. Existe una forma de agresión «sorda, impávida y velada» que se cuela por las grietas de la comunicación y el conocimiento, o, para ser más exacta, por el desconocimiento y el consentimiento. Pierre Bourdieu, el sociólogo que nos dio esta idea, explicó que esta violencia es tan sutil que a menudo la aceptamos sin darnos cuenta. Es como si el orden social se nos metiera en el cuerpo, en nuestra forma de estar en el mundo, haciendo que la dominación nos parezca algo natural.


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