Comunicación en movimiento
Asamblea Contra las Rutas del Saqueo 28 de agosto, 2025

Asamblea contra las Rutas del Saqueo
Los procesos de invasión y ocupación territorial no se sostienen solamente en la violencia militar. Ocupar un territorio supone colonizarlo, reconfigurando sus dinámicas a través de la imposición de infraestructuras que reordenan el espacio y modelos de gestión que, al controlar los medios que permiten la reproducción de la vida, controlan subjetividades y relaciones sociales. En estos procesos, capturar las aguas es estratégico. Quien controla las rutas del agua, controla el territorio. El poder militar, entonces, se articula y consolida con el hidropoder, entendido como la capacidad para controlar el acceso, los usos y significados del agua. La violencia del despojo cotidiano, del desgaste y del hambre, asociado a la falta de agua, suele ser una dimensión invisibilizada de las guerras de exterminio. Un lamentable ejemplo de estas dinámicas es la expansión colonizadora de Israel.
Desde el inicio de la ocupación de las tierras palestinas, el Estado de Israel potenció el desarrollo de tecnologías y modelos de gestión hídrica que le permiten hoy en día controlar las aguas y, de esa forma, controlar la producción de alimentos y, por ende, la nutrición y salud del pueblo palestino, mientras fortalece al empresariado israelí con la explotación capitalista de los territorios. En el proceso Israel se transformó en una potencia hídrica global, que exporta al mundo la tecnología ‘milagrosa’ que hace florecer el desierto. Pero el ‘milagro israelí’ se sostiene en el despojo de las aguas palestinas.
Más allá del terror que podemos ver en las actuales imágenes del genocidio palestino, en esas tierras son décadas y décadas de violencias cotidianas, asociadas al despliegue terrorista del hidropoder israelí. Antes de la última ofensiva israelí, las cifras indicaban que el 85% de la población palestina no tenía acceso al agua, según los estándares de la OMS, mientras las aguas distribuidas a la población israelí en los territorios ocupados de Gaza, Jerusalén y Cisjordania provenían de fuentes palestinas. En los últimos años, al intensificarse la ofensiva militar, el corte de agua a las zonas de resistencia palestina, ha sido denunciado como parte de sus tácticas genocidas. Mekorot, la empresa estatal de agua israelí, cumple un rol clave en este verdadero apartheid hídrico. De hecho, Mekorot opera 3.000 instalaciones hídricas, infraestructuras que sostienen materialmente las dinámicas de colonización del Estado de Israel.
Históricamente, sin ese control de las aguas, la ocupación israelí de territorio palestino no habría sido posible. Pero más allá del operar genocida sobre Palestina, el hidropoder israelí, silenciosamente, se ha expandido por el mundo, anclando también en nuestras tierras latinoamericanas. En el caso de las tierras bajo control del Estado chileno, el hidropoder israelí tiene un rol protagónico en el violento avance de las fronteras extractivistas que caracteriza estos tiempos post-pandémicos. De hecho, el ‘milagro israelí’ se nos hace presente en la importación de tecnologías/infraestructuras hídricas y modelos de gestión/gobernanza de las aguas. En esta línea, destacamos:
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