
Cuando los medios occidentales hablan de opresión hacia las mujeres en el mundo islámico, hay un país que aparece con luz propia en el relato: Irán. La teocracia chií, el velo obligatorio, la policía de la moral, el régimen de los ayatolás. El otro país —Arabia Saudí— también sale en la foto, pero con diferente encuadre. Sale como aliado estratégico, como anfitrión de la Copa del Mundo 2034, como inversor en clubes de fútbol europeos, como socio energético indispensable. La diferencia en el trato no refleja una diferencia real en la situación de las mujeres. Refleja quién nos vende petróleo, quién tiene contratos de armamento con Occidente y quién no. Eso es lo primero que hay que decir antes de entrar en cualquier dato.

Ambos países aplican versiones de la sharia como sistema jurídico y ambos utilizan ese marco para controlar de forma sistemática los cuerpos, los movimientos y las vidas de las mujeres y las personas disidentes. Las diferencias existen y merecen análisis preciso. Pero la narrativa dominante que convierte a Irán en símbolo global de la opresión islámica mientras Arabia Saudí preside foros de la ONU sobre igualdad de género no es política exterior disfrazada de preocupación por los derechos humanos.
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