Todos los primeros ministros de Israel a lo largo de su historia excepto uno, tienen raíces rusas.

Rusia es un país con una gran tradición de antisemitismo que la revolución de Octubre cortó radicalmente en 1917 y que la restauración termidoriana estalinista restableció desde finales de los años treinta. Entre los años cuarenta y los ochenta del siglo XX el latente antisemitismo oficial complicó bastante, cuando no imposibilitó, que los judíos accedieran a las mejores universidades e institutos del país y aún menos que ocuparan cargos importantes en el partido, el ejército, o en las altas esferas de la economía. Con Putin mucho de todo esto se ha roto, pese a la mayor influencia que la Iglesia Ortodoxa Rusa ejerce hoy en comparación con el pasado soviético.
Una de las anomalías de la Rusia actual es que nunca en los últimos setenta años se había tratado tan bien a los judíos, ni había sido tan bajo el antisemitismo oficial.
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