

La historia, maestra implacable, nos ofrece espejos donde se reflejan las glorias y miserias de los imperios. Recordamos los fastuosos triunfos romanos, donde generales victoriosos desfilaban por la Vía Sacra, exhibiendo el botín de guerra y, lo que es más crucial, a los monarcas y líderes derrotados, encadenados y humillados ante la plebe romana. Era la máxima expresión del poder imperial: la exposición pública de la rendición del vencido, un rito que consagraba la hegemonía y disuadía futuras resistencias.
Miles de años después, el declive del imperio estadounidense nos ha regalado una grotesca parodia de este rito, orquestada por el histriónico Donald Trump en su obsesión con Venezuela. No hubo desfile en Washington, ni carros tirados por caballos, ni multitudes vitoreando a un líder extranjero encadenado. En su lugar, el mundo fue testigo de un intento de «exposición pública indecente» de Nicolás Maduro, no a través de una captura física, sino mediante una estrategia de estrangulamiento económico y guerra psicológica diseñada para forzar su rendición o derrocamiento. Trump, en su delirio de grandeza, ofrecía recompensas por su cabeza, lo declaraba «narcotraficante» y reconocía a un autoproclamado «presidente interino» surgido de la nada. Intentó construir un triunfo sin batalla, una victoria sin conquista real, esperando que la presión externa, las sanciones criminales y el cerco mediático hicieran el trabajo sucio.
Pero, ¿quién fue realmente expuesto en esta farsa?
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