Nunca México estuvo tan cerca de Haití, lejana y desdichada media isla en el confín caribe. Aunque vivamos a espaldas de su realidad, ésta nos brinca a los ojos todos los días. Inunda nuestras calles desde Tapachula hasta la otra frontera, y atraviesa la Ciudad de México. Fingimos que no nos incumbe. Familias enteras, haitianos adultos, menores y los recién nacidos en el camino, abruman oficinas migratorias, refugios y parques, deambulan las calles, mendigan o se ofrecen de lo que sea. Uno en miles, el otro día vi uno paseando ocho perros finos.
Víctimas constantes de polleros y criminales, no se trata del único éxodo masivo que nos cruza. Llegan venezolanos, hondureños, cubanos, nicaragüenses. Pero el caso de Haití es tan solitario que no lo podemos ignorar. Cuando topemos con estos hermanos ensayando un frañol que viene desde sus escalas en Centro y Sudamérica, debemos considerar que el exilio no comenzó ayer, es toda una marea, y no tiene para cuándo. Quedaron atrapados sin salida en una pesadilla. Siendo haitianos los que en mayor número solicitan asilo en México según la Agencia para los Refugiados de la Organización de Naciones Unidas (ONU), consideremos los escenarios de su desgracia.
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