Cuando la madre de Hind Rajab, la niña palestina asesinada por el ejército israelí en enero, se enteró que los estudiantes de la Universidad de Columbia habían tomado Hamilton Hall y lo habían renombrado Hind Hall, se echó a llorar. La pequeña de seis años había huido junto con cinco familiares cuando el auto en el que viajaban fue atacado por un tanque israelí. Hind sobrevivió y por tres horas se mantuvo en el teléfono con la Media Luna Roja que enviaba personal sanitario por ella. Tengo tanto miedo; por favor, vengan por mí
, imploraba la pequeña, mientras se obtenía autorización de las fuerzas israelíes para entrar por ella. La comunicación eventualmente se cortó y no fue hasta 12 días después que su cuerpo fue hallado junto al de sus familiares y, no muy lejos, el de los dos rescatistas que, ya obtenida la autorización, habían ido por ella.
Ardo por dentro deseando que mi hija estuviera conmigo
, continúa la madre de Hind. “Espero que estas protestas [estudiantiles] no terminen hasta que haya un cese de fuego permanente en Gaza […]. ¿Cómo es que otros como Hind siguen sufriendo esto?” Ésta es una pregunta que se hacen todos menos quienes tienen el poder para detener esta barbarie.
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