Time is money por Horst Kurnitzky

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TIME IS MONEY por Horst Kurnitzky

Revista diagonales, n.° 3, México, 1987, p. 107-111.

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La identificación del tiempo con el dinero, lema propio de la filosofía norteamericana de los negocios y de la vida, hace referencia ante todo a un elemento que impulsa la reproducción capitalista. El tiempo de trabajo es un factor de los costos de producción; debe acortarse lo más posible, si de lo que se trata es de acrecentar la ganancia. Se puede decir también que la necesidad de valorización del capital conduce a la aceleración de la producción y con ello a la disminución creciente del tiempo de trabajo dedicado a un producto. Mientras menor es el capital gastado en un producto, mayor es la ganancia que se alcanza en la venta del mismo; el secreto de la ganancia está en comprar barato, como ya lo sabía el comerciante precapitalista. La efectividad de la producción reside en su velocidad: tiempo es dinero.

Esto conduce al empleo de las grandes máquinas, a la tecnificación creciente de la producción y con ello a la diferenciación infinitesimal del trabajo vivo. Fraccionado en unidades minúsculas al servicio de la efectividad, el trabajo vivo sufre una transformación que lo adapta a la máquina. Gracias a la inventiva de Mr. Ford, ya mucho antes de la introducción de robots y autómatas en la producción industrial, quienes estaban ante las máquinas no eran otra cosa que autómatas vivos. En Modern Times, Chaplin creó una imagen de esta tendencia.

Pero mostró también que, en el caso del autómata vivo, la represión del instinto puede muy bien terminar en un fracaso; esto sucede cuando, al dotar de una carga sexual a sus operaciones manuales y al insistir así en dirigirse, de forma perversa, a su meta instintiva original o por lo menos a un sustituto de la misma, el autómata vivo pasa por encima de las intenciones de valorización capitalistas. El reemplazo de éste por autómatas carentes de vida instintiva resulta necesario para que la producción marche sin obstáculos. Es de notar, sin embargo, que la velocidad productiva exigida por el capital se transmite también a la actividad sexual compulsiva; lo que quiere decir que tanto la filosofía como la práctica de la producción capitalista exigen su tributo incluso fuera del dominio productivo, que, en definitiva, nada queda afuera. Incluso la contradicción cae bajo el dominio del capital.

Marx pudo todavía –haciendo en parte abstracción del sacrificio como fundamento de la socialidad– concebir una contradicción fundamental entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre al definir a éste como un ámbito social en el cual el individuo, libre de las imposiciones del trabajo, puede cultivar su personalidad. Puesta la mirada sobe la sociedad comunista como meta futura, escribe en los Grundrisse: como sucede con el individuo singular, el carácter omniabarcante del desarrollo de la sociedad, de su disfrute y de su actividad depende del ahorro de tiempo. Economizar el tiempo, ¿a esto se reduce en definitiva toda forma de economía?

El ahorro de tiempo mediante la organización racional de la producción debe contribuir a la ampliación del tiempo libre, durante el cual el individuo puede desenvolverse, sin obstáculos mayores, en todos sus aspectos y puede satisfacer sus necesidades. ¿Pero cómo? Si el individuo ha interiorizado las normas del trabajo abstracto y ha encontrado su lugar de trabajo, incluso en el marco del tiempo libre, sea en el deporte, en los hobbies, en las vacaciones y los viajes organizados o simplemente frente al televisor. Vestido con los trofeos provenientes del mundo del trabajo, –batas, overoles, pantalones vaqueros– el individuo triunfa sólo aparentemente sobre el trabajo durante el tiempo libre; son en verdad las distintas formas de organización del trabajo las que desde hace mucho han atrapado también al tiempo libre (aunque en las oficinas, por el contrario, reine una atmósfera de tiempo libre). Separadas aparentemente de la producción material, las consignas propias del mundo del trabajo, como las del rendimiento y eficiencia, se aplican también al tiempo libre. El cuerpo templado y fortalecido por el deporte o el jogging, la piel bronceada elevan el precio de venta del empleado. En la música de rock dominan los ritmos del trabajo. Incluso la división del trabajo, llevada hasta la atomización en operaciones laborales mínimas, se manifiesta en las variaciones incesantes de la hiperactividad desarrollada en el tiempo libre, en el debilitamiento de la capacidad de percibir las estructuras mayores de la vida. Investigaciones realizadas en naciones industriales de Occidente muestran que, en promedio, el individuo no puede seguir por más de 3.5 minutos un texto hablado, transmitido por el radio. La división de los tiempos laborales ha fraccionado también la conciencia y la capacidad de concentración; la ha integrado en la circulación y su necesaria aceleración: el tiempo es dinero.

El slogan no dice otra cosa, sino que el tiempo cuesta dinero, lo mismo en la producción que en su caricatura, el tiempo libre: que todo tiempo tiene su precio. Se desenmascara así como indicación tautológica de que la sociedad se basa en el sacrificio, y tiempo, sobre todo como tiempo sometido a una medida ?que es como puede ser puesto en equivalencia con el dinero-, es tiempo de vida sacrificado. Como money o moneta el dinero hace evidente su proveniencia del culto religioso. En Roma, las monedas se acuñaban junto al templo de Juno moneta, en la antigüedad, el comercio partía de los templos. ¿Los dioses fueron los primeros capitalistas?, pudo decir Ernst Curtius; los empleados del culto eran los managers de sus empresas comerciales. Se trataba del comercio con ganado sacrificado, pecus en latín. Pecunia era la fortuna, que se acumulaba en las cámaras dedicadas al tesoro de los templos, proveniente de las transacciones que los administradores del templo efectuaban en el comercio del Mediterráneo. La palabra capital guarda todavía el recuerdo de capitis, las cabezas, según cuya cantidad se contaban los rebaños y las manadas.

El culto mismo tiene su origen en el banquete colectivo dedicado al sacrificio y en el cual la propia comunidad se conformaba a partir de la colectividad ceremonial. Los animales que servían de comida colectiva, de víctimas en bien de la prosperidad económica de la tribu, eran sustitutos de los miembros de la tribu sacrificados en los orígenes, o más tarde de los dioses. Se trataba de un banquete funerario en el que se traían a la memoria los dioses o los antepasados matados por la propia tribu en épocas pasadas. Sus representantes, por ejemplo, los distintos animales adjudicados a cada uno de los dioses, eran asados y sus trozos repartidos entre los miembros de la comunidad religiosa de acuerdo con su jerarquía. Dinero significa también ración, recompensa. El nombre del as romano –moneda en forma de barra sobre la que por lo general se representaba a un animal de sacrificio– proviene, según lo supone Bernard Lauin, de assus, asado. Primero diez, después dieciséis de estos asses hacia un denar: unidad monetaria romana que dio su nombre a la moneda árabe, del cual proviene a su vez el término español dinero.

Si reconocemos que en estas ceremonias culturales los sustitutos de los antepasados servían de comida colectiva después de haber sido asados –y cabe indicar que todas las plantas y los animales se convirtieron en tales a partir de su función como ofrendas o víctimas en ceremonias de sacrificios religiosos–, una pregunta resulta inevitable: ¿por qué se mataban ahí seres humanos, incluso de la misma estirpe? Como alimento resultan inútiles, pues su carne era seguramente dura, incapaz de competir con la de un puerco bien criado. El canibalismo practicado en algunas culturas, según se ha comprobado, no era un fenómeno generalizado ni estaba el servicio de la alimentación; daba fortaleza espiritual: satisfacía otras necesidades. Los sacrificios deben tener un fundamento más profundo en la sociedad y el individuo.

Según la concepción psicoanalítica, todas las ceremonias de banquete funerario provienen del conflicto pulsional que se articula en el mito de Edipo: la muerte del jefe de la horda con el fin de apropiarse de sus mujeres; el asesinato del padre por el hijo, como la hizo Edipo, para poder apoderarse de su madre. Se trata entonces de una protesta contra la prohibición del incesto, cuyo origen es oscuro pero cuya vigencia general, que se extiende a todas las formas de sociedad conocidas, no ha podido ser negada hasta ahora con fundamento. Todas las ceremonias de culto con sacrificio serían así fiestas de rememoración de esta revolución fundante; la comida colectiva de los animales sacrificados, de los sustitutos o representantes, sería parte de la sublimación del deseo instintivo convertido en tabú; sería, entre otras cosas, el inicio de aquel amor que sólo es tal si pasa por la panza. Una represión del instinto, como sería la conversión de las metas instintivas primarias en tabú, está en la base de la sintetización social; es la represión que, como relación de sacrificio, queda simbolizada en el dinero. El dinero, en su presencia como moneda, consolida a la sociedad y obstruye siempre la realización de los deseos instintivos inmediatos. El amor al dinero divide y unifica, es motivo de asesinatos y muertes, es pelea por mujeres y propiedades; pero también búsqueda de aquella satisfacción sustitutiva que es posible comprar con dinero. La estructura libidinal del dinero pone de manifiesto el conflicto entre los sexos –que ha sido siempre un motor de desarrollo social– y encarna la consolidación de las relaciones de sacrificio dominantes, la opresión de la feminidad.

La idea de que el desarrollo del dinero partió de la misma tabuización del deseo incestuoso que convoca originalmente a la sociedad de los seres humanos es una suposición que se fortalece mediante el reconocimiento de que las formas más antiguas de la moneda simbolizan el sexo femenino convertido en tabú. Se trata de las conchas de Kauri, que ha hace varios milenios circulaban en China como monedas –el signo gráfico que en el chino representa dinero y riqueza proviene de la forma de las conchas de kauri– y que, todavía en el siglo pasado, en África, debían ser entregadas en grandes cantidades como pago de los gastos de las expediciones europeas. Con su hendidura de bordes amenazantes, las conchas kauris simbolizan una vagina dentada, una vagina que ha sido tabuizada como objetivo libidinal y que, representada como peligrosa, es entregada al sacrificio. Antes de que se sacrificara a los padres se había sacrificado ya a las madres; eran ellas las que daban ocasión a los deseos instintivos de incesto en sus hijos, si no es que compartían con ellos ese mismo deseo. El dinero proporciona sustitutos de este objetivo libidinal: las mercancías. El proceso de la civilización se presenta así como un progreso que lleva de un sustituto a otro. La riqueza de la sociedad: un inmenso cúmulo de mercancías que deben recompensar el sacrificio. Si son los seres humanos o su fuerza de trabajo, o si es la naturaleza, el fundamento de la vida, quienes se han convertido en mercancías, la lógica del sacrificio se continúa también en ellos.

La fórmula “tiempo es dinero” pone de manifiesto algo más que la simple relación de intercambio entre el tiempo de trabajo y dinero como clave de los costos de producción. Puesto en relación con el dinero, todo tiempo medible es tiempo de trabajo: jornada, temporada, tiempo de una vida; en general, todo tiempo capaz de ser aprehendido racionalmente, inclusive de manera mítica. Por eso, el slogan remite a una tautología: sacrificio es sacrificio o el sacrificio cuesta sacrificio. Es conocido que Cronos, el tiempo personificado (incitado y apoyado por su madre, la Tierra) castró durante el sueño a su padre Uranos. La hoz hecha de pedernal la recibió él expresamente de su madre. Agarró los genitales de su padre con la mano izquierda, la mano del mal agüero, y los arrojó al mar junto con la hoz. De la espuma que se formó en el mar en torno a los genitales surgió, si seguimos el mito, Afrodita. Es el nombre que aún hoy llevan los filtros de amor en todo el mundo. También Cronos fue entonces un Edipo que se alió con su madre; otra historia de incesto. Cronos tomó por mujer a su hermana, Rhea, una vez que los de su estirpe, los titanes, le concedieron la soberanía sobre la Tierra. Por otro lado, puesto que el mito identifica a Rhea como segunda personificación de la tierra, es de suponer que Rhea es el nombre de la propia madre de Cronos, pero como tabú. Igual que en el desarrollo social, también en la genealogía mítica el deseo incestuoso es un elemento motor; junto con la prohibición del incesto, sirve para transmitir una conciencia mítica del origen. Uranos, su padre moribundo y su madre la Tierra, predicen ya a Cronos que será asesinado por uno de sus hijos: a la mala acción le sigue su maldición. Por eso devoraba, todos los años, los hijos que Rhea paría para él. Es de suponerse que Rhea finalmente, por amor, guiada por el deseo incestuoso, escondió de su padre a su tercer hijo, Zeus (como Yocasta a Edipo), y lo mandó fuera del reino, donde pudo crecer hasta convertirse en un héroe mítico, el futuro jefe del Olimpo. En lugar de devorar a Zeuz, Cronos tragó una piedra envuelta en pañales por Rhea. La construcción mítica sigue siempre el mismo modelo: el hijo, enviado al extranjero por la madre, crece en medio de una naturaleza extraña, vive un segundo nacimiento simbólico, retorna, en ignorancia de su padre, y termina por asesinarlo. Así también Zeus. De regreso sin que su padre lo sepa y nombrado secretamente por su madre escanciador del padre, mezcal sal y mostaza en la bebida de miel –el vino aún no existía en la edad de oro–, y provoca el vómito de Cronos, que expulsa primero la piedra y luego todos sus hijos. Que éstos se hayan confabulando contra él es algo que pertenece a la lógica que toda tiranía. Ayudado por sus hermanos, Zeus, como se sabe, derribó a Cronos con un rayo. Era la rebelión de la horda de hermanos contra el padre tiránico, tal como la desentraña Freud como mito de fundación en muchas sociedades. El tiempo de la rebelión no dura mucho. Apenas rota, la autoridad del jefe de la horda asesinado o la del dios derribado se interioriza: el domino se restaura mediante la poderosa prohibición del incesto.

Precursor de Edipo en alguna medida, Cronos eliminó a su padre dominante o, más precisamente, le arrebató el atributo de su dominio. El hecho violento fue tan desmedido como el deseo incestuoso instintivo que es necesario suponer. La afectividad no reconoce ningún tiempo o, al menos, ninguna medida para el tiempo. Sin embargo, establecido en el dominio, levantó la tiranía del tiempo –una tiranía que, como lo asegura el mito, devora la vida toda– hasta que él, a su vez, se convirtió en víctima de una rebelión. Etcétera. De la época de la Revolución Francesa sabemos que los revolucionarios disparaban contra los relojes públicos “para detener el tiempo”, para romper el terror del antiguo tiempo. Pero sabemos también que la nueva medición del tiempo que ellos introdujeron no costó menos víctimas que la anterior. Tampoco los rayos de Zeus liberaron a los griegos del tiempo que todo lo devora. Pero no cabe duda de que el Olimpo guiado por él volvió más transparente la lógica del sacrificio y creó, con la introducción de figuras divinas erotizadoras, un poco de contrapoder, un poco de intemporalidad. El mito describe el camino de la liberación del sacrificio mediante el sacrificio y si la lógica del sacrificio, lógica dominante, llega a ser reconocible por intermedio de la construcción mítica, también una superación parcial de la misma se vuelve posible.

En la palabra latina tempos resuena todavía una ambivalencia según la cual el tiempo puede ser lo mismo liberación que destino: Cronos cuando rompe el dominio del Urano y Cronos cuando devora a sus hijos. La palabra inglesa time está emparentada con tide, que significa marea, flujo y reflujo; parte, por lo tanto, de un ritmo de la naturaleza. Lo que recorta, lo que divide, lo que reparte, como sucede también con las estaciones del año, se encuentra en la base del concepto timeTime es también la hora. Si a alguien le suena la suya, está acabado; como Uranos cuando Cronos le cortó los genitales con la hoz de su madre. Al hacerlo, quitaba al infeliz dios macho su centro de identificación, la columna que sostenía su dominio. Sólo a los dichosos no les suena ninguna hora. Pero Cronos subió a ocupar el lugar de Uranos: introducción del tiempo como medida de la sobrevivencia económica: tiempo de vida, época del año, tiempo de trabajo. Un nuevo sistema de terror. La palabra time se emparenta también, a través de raíces indogermánicas, con la palabra hindú para dividir, cortar, arrancar, y con la palabra griega que significa repartir. La palabra griega con la que está emparentada directamente la palabra time, es demos, la parte popular. Si se avanza más en la investigación del parentesco lingüístico, se llega hasta la comunidad de culto arcaica y se observa cómo, en el banquete colectivo con sacrificio, es el rito, la división y la repartición del cuerpo asado de la víctima, la que cohesiona a la sociedad y la que da a su vida una constitución dentro del tiempo. Si bien aquí el tiempo aún no es directamente dinero, queda claro que el slogan contemporáneo tiene sus raíces arcaicas. Tiempo y dinero enraizan en el mismo conflicto libidinal que constituye a la sociedad: la obligación a renunciar al instinto; en última instancia, la represión de los deseos incestuosos. El rito arcaico de culto a las víctimas, en conexión con el mito, los reconoce como fundamento de la economía social.

Tiempo, es decir, ritmo, ritmo de trabajo sobre todo, pero también el ritmo de las mareas como el de las estaciones del año; naturaleza mítica que es concebida y representada como amenazante en los ritmos de trabajo. En los sordos ritmos del trabajo se continúa la historia natural, bajo la figura de naturaleza indómita y salvaje, en la obligación al sacrificio; en cambio, en la danza y el canto rituales, que articulan esta relación de sacrificio, queda prometido un poco de liberación, un poco de abolición del sacrificio. En Unknown México informa Lumholtz, de los tarahumara, que siempre durante la cosecha una parte de la tribu debía bailar en la plaza destinada a ello mientras la otra trabajaba en los campos. Tenían una sola palabra para bailar y para trabajar, pero el baile sólo era pensado como trabajo porque sólo él era capaz de articular las relaciones laborales. También el drama griego surgió de la danza ritual; en él se articulaba la lógica de la economía, como lógica del sacrificio basada en la renuncia al instinto: en el arte se realizaba al mismo tiempo un poco de liberación, de abolición del sacrificio. No es la fiesta como ceremonia delirante que momentáneamente y en apariencia suspende la lógica del sacrificio, cuando induce a uniones desenfrenadas y ayuda a que los descendientes del deseo incestuoso reclamen sus derechos, la que constituye una liberación real respecto de esa lógica: sólo es la otra cara de la moneda. El arte, en cambio, sí lo es: al mantener como tensión la ambivalencia de sacrificio y liberación, de represión del instinto y deseo instintivo, ilumina la lógica del sacrificio dominante en las relaciones sociales de reproducción y articula al mismo tiempo una posible salida, un tiempo diferente.

Otro tiempo, otro concepto de trabajo.

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