Telarañas en los muros

Fuente: https://elsudamericano.wordpress.com/2020/02/11/telaranas-en-los-muros/                                                                          

TELARAÑAS EN LOS MUROS

Cuentan los cuentos de los viejos cuenteros, que alguien dijo que había visto el lugar y relató que frente a él, así dijo, estaba el agujero, la brecha en el muro.

Y dicen: “es que las telarañas y la mugre la disimula.”

Décadas, siglos, un agujero en el corazón de la selva. Una grieta abierta oculta a la luz, en algún valle de cordillera, en un sótano, una buhardilla, una estación de tren.

Y es que las arañas que tejen su tela atrapan a cualquier insecto desprevenido que se atreva.

De vez en cuento los viejos weichafes, las machis ya bisabuelas, cuentan sus historias a sus familias.

De cuando es cuento se trata este asunto del que aquí se trata.

Hay un tiempo para la vida y un tiempo para muerte. Dicen las abuelas.

Y así como hay un camino a la cima de la montaña también habrá que saber encontrar el camino para bajar, o cuando llegue el invierno.

Y dicen los campesinos guerreros que los más ancianos, los de antes del tiempo de los panzones europeos, ellos ya sabían que había una selva allá y también más allá, hasta Guerrero, y hasta Alaska.

Que antes de que el tiempo de la muerte decidiera este tiempo del hombre sobre la tierra, ya los antiguos habían decidido.

Y que así fue cómo en una asamblea de dos cada pueblo, hombres y mujeres, decidieron vencer al ejercito de insectos con la estrategia de la araña y con la astucia del mono.

Así inventaron El Dorado, para defender el agujero en el muro, que es el pasaje secreto al tiempo de la vida, en sus valles y selvas, de aquellas “langostas come oro”.

Entonces, un estudiante de intercambio sueco que dijo haber investigado el comportamiento y la resistencia de las hormigas centroamericanas a los pesticidas y que por casualidad se encontraba en torno al fogón agregó que “la más grande veta de oro del mundo se encuentra a lo largo de seis estados de Venezuela”.

Después una sombra de mujer cruzó por enfrente del cuentero, y resultó que era otra machi o así nos pareció, pero que no habíamos visto antes y aún más anciana, aunque tenía un sombrero con plumas y un vestido con flores multicolores y hablaba en su propia lengua, luego dejó una gran jarra de pulque delante del cuentero, saludó sin moverse, con un gesto, y se desvaneció en la oscuridad de la que había salido.

Entonces, se dijo, que antes, mucho antes que los caballos y la pólvora ya se sabía que había otro tiempo de la vida dentro de este tiempo, que existían también muchos mundos en el mundo.

Y se dijo que ahí mismo, en una selva al pie de la cordillera, hace mucho, cómo doscientos, trescientos o quizás doscientos mil años, aunque ya nadie sabe el año preciso porque cada pueblo desde entonces cuenta su propio tiempo a su modo, así como se cuenta este cuento.

Pero dicen los padres de los padres, que lo que sí es seguro es que mucho antes de los batallones, los sables y las cargas de caballería, cuando algunos preguntaron: ¿quién eligió al rey de la Castilla? fue entonces que descubrieron que había llegado el tiempo de la muerte y que así fue; por eso; que centenares de miles de guerreros decidieron suicidarse.

Que por eso los “cara de culo de niño” se fueron al norte, pero no a las montañas sino a la costa.

Y que hubo una vez antes de la cruz y la peste, que los guerreros de todas las selvas y todos los bosques se reunieron. Y dicen los que cuentan que los antiguos tenían su camino, su “autopista” y que era la cordillera.

Y que, frente a la costa del caribe se vieron las manos y las caras y se dijeron ocho siglos antes de que aparecieran los españoles, que esta tierra era de ellos y era un regalo de los dioses, y que por eso cuidarían de la vida que es hija de un tiempo antes del tiempo: el tiempo del amor entre los dioses creadores del universo, y del ritual del amor entre los hombres y los dioses; contra la muerte que es hija del temor de los dioses a los hombres.

Y se dijo desde entonces y estuvieron de acuerdo, y así se concluyó que los del norte y los del sur no pensaban que unos estaban arriba y los otros abajo.

Hubo también, quien dijo alrededor del fogón, qué los muros fueron una cosa de otro tiempo, antes del tiempo de los antiguos, el tiempo del amor de los dioses y los hombres, y que por eso incluso hoy, algunos conocen los caminos. Las grandes puertas tapiadas y las grietas en los viejos muros, pero que se necesita mucha astucia, audacia y sobretodo mucha fuerza para cortar la telaraña, y que aunque parece abierto, luego a los arácnidos en este tiempo de la sombras y la muerte, le cuesta bien poco ocultar el paso.

Y cuentan que cuando; y que eso es así desde una vez en el tiempo que ellos antes no conocían, cuando esos que los europeos llaman su dios y su diablo, decidieron dejar el mundo de los hombres, engañarlos con oro y luces que ocultan el cielo, matar al hombre con su medicina y sus drogas, desafiar a los amantes guerreros y a los dioses del cielo.

Y también, que el Cóndor y el Águila serían los mensajeros de las señales.

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