Tecnología, capitalismo y lucha de clases

Fuente: https://arrezafe.blogspot.com/2021/12/tecnologia-capitalismo-y-lucha-de-clases.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email                                                                         09 diciembre, 2021

Tecnología, capitalismo y lucha de clases

 

triContinental – 01/11/2021

Fragmento extraído de Los gigantes tecnológicos y los retos para la lucha de clases

En la sociedad capitalista, la tecnología aparece como herramienta excepcional para transformar la forma de producir, distribuir y consumir bienes. La tecnología no es neutral, no está fuera de las estructuras sociales, es algo que actúa sobre el mundo, pero también forma parte del mundo construido por el trabajo humano para —en una sociedad capitalista— acumular ganancias para los propietarios.

La ideología dominante señala que el desarrollo de las tecnologías y la ciencia se habría dado de modo lineal, acumulativo e inexorable, y que el advenimiento del capitalismo sería la cúspide de este proceso. Habríamos llegado, como humanidad, a un sistema que produce todo de la mejor y más eficiente manera, que ha hecho irrelevante todo lo anterior o lo que se resiste a integrarse en él.

Esta narrativa oculta el hecho de que las tecnologías son el resultado de trabajo, de relaciones y dinámicas sociales en contextos históricos y culturales específicos. El avance tecnológico es sobre todo un proceso que se desarrolla a partir de la propia organización social del trabajo en las sociedades. Los grandes avances de la tecnología no son resultado de individuos excepcionales, sino de conocimientos e intereses colectivos que tienen que ver con las formas de producción y reproducción de la vida, y con las relaciones sociales que determinan y son determinadas por esas mismas formas de producción y reproducción.

Siendo así, la sociedad capitalista frecuentemente produce conocimientos, técnicas y tecnologías que expresan su propia naturaleza y sus contradicciones. Se apropia de lo que existe y busca moldear la realidad para satisfacer su dinámica. Crea su propia industria, sus propias máquinas, no necesariamente mejores para el desarrollo humano, pero ciertamente más eficientes para el proceso de acumulación de capital.

En la medida en que la organización de la producción capitalista se basa en la explotación del trabajo con fines de lucro, sus tecnologías buscan controlar el proceso productivo dictando los ritmos del trabajo humano, que aparece simplemente como una pieza más del engranaje. Al mismo tiempo, buscan centralizar, concentrar y dominar la capacidad productiva para establecer ventajas en una carrera permanente entre dueños de capital por apropiarse de las ganancias de otros sectores económicos. Como resultado, la pobreza y la miseria crecen en la misma medida en que crece el número de productos que teóricamente podríamos consumir.

 

La tecnología, por lo tanto, no es neutral, ya que se produce en el contexto de una sociedad de clases cuya lógica beneficia a la clase propietaria en detrimento de las demás. Las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) son expresiones técnicas y tecnológicas de un proceso más amplio. Las crisis cíclicas y estructurales que caracterizan al sistema capitalista generan momentos oportunos para el surgimiento de nuevas tecnologías. La revolución microelectrónica (producción de circuitos integrados cada vez más pequeños y rápidos), como los chips, por ejemplo, ha impactado y cambiado profundamente la comunicación humana a nivel global, al mismo tiempo que ha permitido una movilidad sin precedentes del capital.

Las empresas pudieron disolver fábricas, instalarlas en varios países simultáneamente y coordinar en tiempo real procesos productivos y transacciones financieras en todo el planeta por medio de la informatización y la estandarización. Las tecnologías hicieron viable la tercerización de los procesos productivos y la circulación de mercancías, y han fragmentado a la clase trabajadora, articulada a partir de la flexibilización del trabajo y la reducción de derechos. Ese potencial para desarticular la producción dio al capital un poder de negociación aún mayor sobre los trabajadores/as, hasta entonces concentrados y organizados en enormes complejos industriales ubicados en un lugar concreto.

Los gigantes tecnológicos y el Estado

Las TIC, desarrolladas a partir de la microelectrónica y la computación, fueron en su mayoría resultado de demandas militares, siendo posteriormente difundidas en el sector civil para la expansión de la acumulación capitalista. Fue debido a la búsqueda de mejoras en su poderío militar que EEUU movilizó, coordinó y apoyó esfuerzos colectivos en agencias gubernamentales, universidades y empresas privadas. La carrera espacial que se libró durante la Guerra Fría también propició —y sigue haciéndolo hoy con la continuación de la exploración espacial— el desarrollo tecnológico.

Más allá del surgimiento de tecnologías que crean mercados, el Estado también es fundamental para mover la frontera tecnológica para defender o incluso disputar segmentos, así como para apoyar en la expansión a mercados externos. Las empresas de alta tecnología están imbricadas con sus Estados nacionales y dependen estructuralmente de los sistemas de innovación gestionados por ellos, cuyo objetivo central es, en su origen, militar.

Así, la industria de las TIC se estableció controlada por los Estados y corporaciones del Norte Global. Las etapas de producción y los bienes de alto valor agregado asociados al control y desarrollo de las bases tecnológicas fueron, usualmente, preservadas por sus transnacionales, tanto porque aseguraban altos márgenes de ganancias, como por posibilitar ventajas militares y de vigilancia, garantizando la hegemonía.

Por tanto, para comprender el ascenso de los gigantes tecnológicos, empresas conocidas también como Big Techs (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft, etc.), es necesario comprender cómo se relacionan con los mecanismos de acumulación del capital. Por mucho que se presenten como «solución» a los problemas económicos actuales, estas corporaciones son síntomas, es decir, expresan cómo el capitalismo en crisis busca dirigir las tecnologías hacia sus intereses. Aunque modernas en cuanto a la sofisticación y escala de las tecnologías empleadas, estas mismas corporaciones representan el atraso civilizatorio respecto a la flexibilización del trabajo, la reducción de derechos, la ofensiva avasalladora sobre los recursos naturales, la centralización y concentración de capitales y el poder de las empresas privadas por sobre las instituciones públicas, además de otros procesos que caracterizan las soluciones capitalistas a sus crisis.

 

Por ello, el auge de los gigantes tecnológicos como expresión del capitalismo contemporáneo va acompañado de una gran ofensiva ideológica basada en el individualismo, el discurso emprendedor, la negación de la política (discurso de la neutralidad) y otros mitos sociales que se vuelven aún más poderosos, en la medida en que estas mismas corporaciones asumen el papel de medios de comunicación y agentes ideológicos privilegiados en la sociedad.

Uno de estos mitos sociales fundadores es el «mundo virtual» como realidad paralela presentada con diferentes nombres: ciberespacio, aldea global, mundo virtual, red informática mundial, superautopista, metaverso, etc. Esta idea se basa en la ilusión de una red definida por su horizontalidad, donde todas las personas son iguales, ya que todas están dotadas de las mismas herramientas. Todo el mundo tiene voz y puede participar e influir en la vida colectiva. En este mundo virtual, las redes y tecnologías son neutrales y solo buscan «crear soluciones y conectar a las personas». Sin embargo, por detrás de esta aparente horizontalidad está el trabajo de los spin doctors, expertos/as en proyectar determinadas políticas sobre la opinión pública, y, cada vez más, de los científicos/as o analistas de datos. Estas personas tienen que trabajar duro para impedirnos registrar la realidad, por ejemplo, de la exclusión digital y de la erosión del tiempo de ocio para la mayoría de la gente.

El uso frecuente del término «nube» corrobora esta idea de un lugar abstracto donde los datos producidos por los usuarios/as están permanentemente disponibles, organizados casi mágicamente bajo criterios democráticos y universales. Nada más lejos de la realidad. La «nube», en realidad, es una gigantesca infraestructura multitecnológica y extremadamente concreta. Consiste en un conjunto de servidores en instalaciones ubicadas en su mayoría en Estados Unidos, altamente centralizadas y monopolizadas, donde la desregulación y la arbitrariedad de los intereses políticos y de lucro reinan por encima de cualquier supuesta reivindicación democrática y universalizadora sobre los datos de los usuarios, al tiempo que consumen cantidades exorbitantes de energía y recursos naturales.

Otro mito fundamental de las grandes empresas de tecnología es el de lxs emprendedores, una nueva versión de la vieja fábula del self-made man [hombre hecho a sí mismo], que preconiza el éxito solo como resultado del esfuerzo y las habilidades individuales. Se crea la imagen de los genios de garaje, en general hombres blancos jóvenes que son brillantes y que revolucionaron el mundo por sí solos. Son multimillonarios solo por sus propios méritos. Figuras como Steve Jobs, Bill Gates o Mark Zuckerberg ascienden al grado de gurús de los negocios, coachs inspiradores, como si sus trayectorias fueran accesibles a todos/as, ya que dependen apenas de una buena idea y perseverancia. Lo que no se cuenta es que esos individuos se formaron en centros de excelencia de las elites, como Harvard, Stanford, Princeton, MIT o Caltech, centros que, aunque son de naturaleza jurídica privada, se alimentan de voluminosas inversiones públicas y políticas estatales, con financiamiento desde departamentos civiles y militares del gobierno, así como de las políticas de importación de cerebros y conocimiento de otros centros de excelencia de países periféricos.

Con esta ideología del «emprendedor digital» tampoco se explican sus vínculos con los capitales financieros y especulativos, que invierten millones en la creación y expansión de estas empresas. Se vende la imagen de que los individuos empezaron «de la nada», y no se menciona el hecho de que ya contaban con financiación millonaria que finalmente se tradujo en la apropiación privada de conocimientos y tecnologías públicas construidas colectivamente y con muchos recursos públicos. Los 500 mil dólares que Zuckerberg consiguió para comenzar Facebook solo fueron posibles por sus conexiones con la élite del capital financiero y especulativo.

También es curioso que muchos de estos emprendimientos, como Spotify o Uber, no generen ganancias, o que en realidad no sea necesario que las generen. Su valor de mercado es más importante que su rentabilidad. Basta con una buena promesa de valor con la que se pueda especular. Esa financiarización tiene una base material que es la explotación del trabajo; la tecnología vuelve a los trabajadores/as más productivos, y está ligada a las máquinas y a las herramientas (capital constante en términos de Marx), transmitiendo sus valores incorporados a las mercancías recién creadas. No obstante, cuanto más financiarizada una economía, mayor es la presión sobre el sector productivo y mayor es la explotación de los trabajadores/as para poder compensar el nivel de valores especulados en las bolsas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *