Silencio con Trump. Vociferantes con Venezuela.

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Cuando se trata de comparar las reacciones que tienen los organismos internacionales, instituciones defensoras de los derechos humanos y gobiernos en general, constatamos la hipocresía existente, con ese silencio obsequioso cuando se violan los derechos humanos en Estados Unidos y el bullicio estridente cuando se condena a Venezuela.

Silencio Con Trump. Vociferantes con Venezuela.

Estados Unidos, bajo la administración Trump vive horas aciagas, ya sea por la pandemia del Covid 19 que lo sitúa como el país con el mayor número de contagios (1.800.000) y la mayor cantidad de muertes (110 mil) que representa en ambos casos un 30% del total mundial, sin que existan visos de freno a esta catástrofe sanitaria con claros efectos en la economía, que ha llevado a 40 millones de ciudadanos a solicitar subsidio de desempleo.

Hoy, debemos sumar una rebelión social, que se extiende como reguero de pólvora por el país tras la brutal detención y posterior muerte en la ciudad de Minneapolis, de George Floyd, un ciudadano estadounidense de raza negra, que volvió a encender los fuegos de lucha racial en el país norteamericano. Las manifestaciones, con cientos de miles de personas en las calles ya suman 150 ciudades del país, incluso en Washington DC, donde se generaron incendios de propiedades a pocos metros de la Casa Blanca. Ciudades que está hoy bajo toque de queda, 20 mil miembros de la Guardia Nacional y decenas de miles de policías en las calles han militarizado la represión social.

El estallido social en Estados Unidos, catalizado por el asesinato de George Floyd a manos del agente policial blanco Dereck Chauvin (que ya poseía 18 expedientes por brutalidad policiaca) permite demostrar, dentro de múltiples elementos de análisis, que la sociedad estadounidense sigue siendo profundamente discriminatoria en lo racial y en lo social, con relación a sus ciudadanos, principalmente negros y latinos. Esto, deja al descubierto, que aquellas grandes movilizaciones por los derechos civiles de los años 60 del siglo XX, se vuelven a poner en el tapete de las necesidades reivindicativas de los sectores más desposeídos de la nación norteamericana.

Ciegos, sordos y mudos.

A lo señalado se comprueba, no sólo en este proceso de revuelta, iniciado en la ciudad de Minneapolis, que cuando se trata de Estados Unidos el análisis de protestas y violaciones a los derechos humanos, suele tener, desde los organismos internacionales una mirada absolutamente hipócrita y laxa.  Léase, instituciones como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y su Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH). La Organización de Estados Americanos (OEA) y su Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). La iglesia católica a través del Vaticano. La Unión Europea, que suele dar cátedra de derechos humanos a lo largo y ancho del mundo. Organismos, como Human Rights Watch, evidente y crónicamente crítico de gobiernos como el de la República Bolivariana de Venezuela, por ejemplo pero silente cuando se trata del gobierno del país donde se encuentran sus oficinas principales.

Ninguna de las Organizaciones mencionadas, al margen de cierta retórica de preocupación como la expresada por Amnistía Internacional y por la ex presidenta chilena y actual encargada de la Oficina de la ACNUDH, Michelle Bachelet (1) ha llamado a denunciar internacionalmente al gobierno de Donald Trump y la brutalidad policiaca y de la Guardia Nacional, en momentos que la cifra de muertos, heridos y detenidos se eleva a la par de las declaraciones incendiarias del presidente Donald Trump.

No hemos visto, leído y menos escuchado, en aquellos clásicos organismos, instituciones defensoras de los derechos humanos, la exigencia para convocar al Consejo de Seguridad de la ONU, para analizar el estallido social en Estados Unidos y la represión estatal y sacar una resolución condenatoria por sucesos claramente atentatorios contra los derechos humanos de parte importante de la población estadounidense. El trato comunicacional, político, diplomático entre lo que acontece en Estados Unidos y el análisis y acciones tomadas cuando se trata de Venezuela es muestra de un doble rasero vergonzoso. Una hipocresía que tiñe las relaciones internacionales y el papel que juegan los gobiernos y las instituciones internacionales.

Contra Venezuela y su defensa de la revolución bolivariana, tanto en el plano interno como externo, se generan múltiples procesos de desestabilización, que se llevan a cabo con el apoyo de países como el propio Estados Unidos, el grupo de Lima conformado por gobiernos derechistas americanos, el aval de países de la Unión Europea y el papel activo, incluso de organismos como la OEA. Y, sin embargo en lugar de condenar esas acciones, se implementan campañas de máxima presión contra el gobierno de la nación sudamericana, a la que se acusa de violar el derecho de reunión, cuando en verdad la oposición se manifiesta, se reúne cada vez con menos adherentes y se dedica a pontificar y llamar a derrocar al gobierno sin que exista dificultad alguna en ello.

Opositores que se exhiben cuantas veces lo desean, sus medios de información llaman al magnicidio y sin embargo, es contra el gobierno presidido por Nicolás Maduro, que se generan los embates donde se amañan las leyes internacionales, se presiona al país desde todos los ámbitos, ejecutando operaciones de bloqueos, sanciones, se le persigue en los foros internacionales, se le impide un desarrollo económico, para así ir mermando el apoyo popular. Y, como aquello no basta, se apela a la conspiración, el sabotaje e invasiones con mercenarios estadounidenses, pagados por el mundo opositor, traicionando a su propio país, usando el dinero robado de las empresas venezolanas que han sufrido expolio de sus reservas en el extranjero.

En Estados Unidos la represión ha sido promocionada y estimulada por cauces violentos por el propio presidente de un Estado policial y racista. Éste, señaló en uno de sus clásicos Twitter incendiarios, con relación a los manifestantes a los que acusa, como no, de radicales e izquierdistas que    «Estos matones están deshonrando la memoria de George Floyd y no voy a dejar que eso ocurra. Acabo de hablar con el gobernador (del estado) Tim Walz y le he dicho que el Ejército está con él hasta el final. Asumiremos el control si comienzan las dificultades pero cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos. ¡Gracias!». Y contra estas palabras, los organismos multirregionales y regionales como la ONU y la OEA,  mutis por el foro. Estamos ad portas que se acuse al gobierno de Venezuela, Cuba, Rusia  e incluso Irán de estar detrás de estos incidentes.

La propia empresa Twitter señaló que este mensaje de Trump representa una Apología a la violencia y decidió poner una advertencia sobre este llamado señalando “Este tuit incumplió las Reglas de Twitter relativas a glorificar la violencia. Sin embargo, Twitter determinó que puede ser de interés público que dicho tuit permanezca accesible».  Esta decisión desató la furia de Trump ya enfrascado en una agria disputa con la empresa y cuyo deseo, expresado públicamente “espero poder cerrarla, si pudiera” y a la que acusa de tener una campaña en su contra, junto a otros conglomerados vinculados a las redes sociales.

El pasado 28 de mayo, Trump, cuya personalidad megalómana le impide aceptar las derrotas, firmó una orden ejecutiva para hacer cambios a la sección 230 de la ley federal conocida como Communications Decency Act (CDA), la cual absuelve a las plataformas digitales de responsabilidad legal por el contenido publicado por los usuarios, entre otras determinaciones. Una decisión que comprueba que al mandatario estadounidense sólo le gustan aquellas informaciones que lo glorifican, las empresas y gobiernos incondicionales a su visión de mundo. Si esto no es así, deben asumir que tendrán a este tormentoso mandatario sobre sus cabezas.

Trump además, ha calificado de “débiles” a los gobernadores donde las protestas no se han detenido señalando que si esto gobernadores no termina con la violencia  utilizará el ejército para sofocar lo que ha denominado como “terrorismo doméstico” Es decir, considerar a la población como enemigo interno, propio de la doctrina de seguridad nacional que tanto daño ocasionó a los pueblos de Latinoamérica, generando muertos, heridos, detenido desaparecidos, torturados, exiliados y países castrados en su democracia.  Según señaló la cadena CBS las palabras exactas de Trump dirigidas a los gobernadores fue “tienen que ser capaces de dominar, sino dominan están perdiendo el tiempo: Van a pasar por encima de ustedes y van a quedar como un puñado de imbéciles “. Trump se puso como ejemplo ante los gobernadores señalando “Tienen que arrestar a la gente y procesarlos y deben ir a la cárcel por períodos de tiempo largo. Lo estamos haciendo en Washington DC. Vamos a hacer algo que la gente nunca ha visto antes” Y contra estas palabras, los organismos multiregionales y regionales como la ONU y la OEA,  mutis por el foro

Trump esta decidido a pasar a la historia como el sheriff que más balas dispara, el hombre que supuestamente le devolverá la tranquilidad a una sociedad, que vive las más grandes movilizaciones sociales desde aquellas que pedía el fin de la guerra contra Vietnam, como también la lucha por los derechos civiles de los negros. Trump no habla de comprender los reclamos, de avanzar por el camino del diálogo, por reconciliar a una sociedad profundamente dividida, ¡no! Lo de Trump es la bofetada, el puntapié, el balazo artero, la mano dura. El pendenciero megalómano sabe que la impunidad lo acompaña y la complicidad de aquellos organismos internacionales, que le temen más a que Trump corte del flujo de financiamiento a sus organismos y con ello la pérdida de jugosas remuneraciones, que la dignidad y la justicia como conceptos que han olvidado hace mucho tiempo.

Las palabras de Trump no se quedaron en meras declaraciones y decidió proclamar a la organización Antifa (antifacista), que participa activamente de las manifestaciones, como una organización terrorista aunque ella, según opiniones dadas a conocer e medios de prensa acarrearía problemas, ya que Estados Unidos no cuenta con una legislación sobre terrorismo interno y Antifa no es una entidad que pueda ser calificada como una organización con un líder, una estructura dentro de los cánones tradicionales  y según lo planteado por una ex funcionaria del Departamento de Justicia de Estados Unidos, Mary McCord “Trump no podría definirla como organización terrorista pues cualquier intento de tal designación plantearía importantes preocupaciones de la Primera Enmienda». Antifa ha sido definida como un grupo conformado por células locales con una ideología contraria a la extrema derecha, contra al racismo y al sexismo. Dotado de un discurso anticapitalista suele vinculársele más a grupos anarquistas, que a grupos de izquierda tradicional.

Lo contradictorio es que una serie de reportes (2) emanados de medios como Vice News y New York Times, entre otros, dan cuenta que milicias ultraderechistas están aprovechando la situación de crisis social, para llevar adelante su propia agenda de violencia. Una conducta, que sin duda reditúa y lleva agua a los molinos de la política represiva de Trump, quien suele moverse como pez en el agua en materia de ofrecer  combatir a aquellos que “desde la violencia izquierdista o vinculados a agentes externos” como suele llamar a los que lo critican, ofreciendo simplemente más represión, más disparos, más muertes.

La violencia ultraderechista y supremacista es oxígeno para Trump, pues le permite mostrar un escenario de caos generalizado donde “sólo él es capaz de ofrecer pacificación”. El objetivo ultraderechista es claro: generar caos, avanzar hacia una guerra racial cometiendo actos violentos contra negros, latinos y otras minorías como lo han expresado por redes sociales, grupos que se autodenomina “aceleracionistas”  en el sentido de catalizar los enfrentamientos, tensionar los conflictos étnicos y establecer un camino de control social.

Las denuncias respecto a la presencia de infiltrados de estos grupos racistas, dentro de los manifestantes que se expresan por el asesinato de George Floyd se han multiplicado, sumando también a otras expresiones de grupos violentos ligados a la derecha como los llamados Boogaloos Boys caracterizados por los medios estadounidenses como “libertarios” pero con corrientes en su interior identificados como milicias armadas, de corte supremacista y antigubernamentales.

La solución para Trump, en el plano interno y en política exterior son balas, bombardeos, muerte, destrucción. Es la consigna para que el orden hegemónico en la sociedad estadounidense y aquel que quiere mantener en el mundo no sucumban, aunque todo indica que sus acciones van a la baja. La muerte de negros a manos de la policía no son incidentes aislados. Los ciudadanos afrodescendientes son 3 veces más propensos a ser víctimas de disparos policiales que los blancos. Representan el 14% de la población estadounidense y sin embargo son el 40% de la población penal y representan el 24% de las víctimas mortales por disparos en el país a manos de policías. Cuerpo policial donde muchos de sus miembros han sido acusados de ser componentes o simpatizantes de grupos de odio, organizaciones contrarias a la inmigración y otras abiertamente fascistas.

El Doble Rasero

La muerte de George Floyd ha levantado muchísima indignación pero ninguna condena efectiva a Trump, que es un catalizador del odio racial, de la violencia desde el poder, usando al gobierno y sus instituciones represoras. Resulta interesante dar cuenta de aquellos estudios sobre estereotipos raciales llevados a cabo en los propios Estados unidos. Por ejemplo, aquel de asociar raza negra con crimen, como parte de lo que se ha denominado la ”psicología del sesgo” que ha permitido demostrar que se tiende a ver más a los negros como amenaza que a los caucásicos. Cuestión que atañe no sólo a la visión que se tiene de las minorías, por parte de los cuerpos policiales o de los organismos de gobierno sino también de nuestras propias sociedades.

Lorie Fridell profesora asociada de criminología en la Universidad del Sur de Florida afirma “Sospechar de una persona de una raza determinada por el estereotipo asociado a esa raza lo que produce un comportamiento discriminador, incluso en individuos que rechazan del todo los prejuicios. En los primeros estudios llevados a cabo por expertos en la psicología del sesgo, se sentaba a un sujeto ante una computadora y se le mostraban de forma muy rápida fotografías de hombres blancos y negros. Cada uno de ellos tenía indistintamente una pistola o un objeto neutral en la mano. Al sujeto se le decía que, si percibía una amenaza, pulsara el botón de disparar y si no la percibía, que pulsara el de no disparar. Los resultados de estos estudios sugieren que los sesgos implícitos afectan a la decisión de disparar o no. Algunos de ellos demuestran que los participantes «disparan» antes a un hombre negro desarmado que a uno blanco armado” (3)

El asesinato de Floyd (calificado por los forenses como homicidio derivado de una asfixia) se une al de tantos otros negros en Estados Unidos, ultimados por la policía o por supremacistas blancos. Afrodescendientes como Eric Garner, Alton Sterling, Breonar Taylor, Tamir Rice, Philando Castile, Cedric Chatman, Stephon Clarck,  Keith Scott, Emantic Bradford, Vonderrit Myers, Terence Crutcher, Antonio Martin, Freddie Gray. Normal Cooper, Michael Brown. La muerte de Floyd tiene el mismo sentido y sentimiento de impunidad, que es parte de la crónica habitual contra aquellos considerados ciudadanos de segunda clase, parte de una minoría que parece no tener derechos. Negros y latinos sin distingo.

El crimen de odio de George Floyd y las diversas reacciones suscitadas en este crimen de odio, me hacen recordar el asesinato de Orlando Figuera, joven venezolano, de raza negra, apuñalado y quemado vivo por ser chavista, a manos de hordas opositoras dirigidas por los mismos que propician golpes de estado e invasiones en Venezuela. En ambos casos: Floyd y Figuera, el objeto del odio es el mismo, pero el tratamiento mediático es distinto, como diversa es también la reacción de los gobiernos, las sociedades influidas por la propaganda adversa al gobierno venezolano y de las instituciones internacionales, principalmente aquellas dedicadas a la promoción y defensa de los derechos humanos.

Orlando Figuera fue asesinado en la ciudad de Caracas, en los alrededores de Plaza Altamira, en mayo del año 2017 sin que una mano internacional se haya alzado en defensa de la vida a diferencia de los múltiples apoyos políticos, monetarios y comunicacionales que recibían estos opositores venezolanos cuyas acciones eran calificadas de “lucha por la democracia”, que ocultaban al mundo sus manos manchadas de sangre. Ninguna de las instituciones con las cuales nos hemos dotado, para hacer cumplir las leyes en el mundo levantó su voz condenatoria contra el crimen de Figuera y otra decenas de policías, civiles y militantes chavistas, pero que en una conducta despreciable, propia de genuflexos, se han dedicado a atacar, sancionar, bloquear, embargar y conspirar contra el gobierno venezolano y su pueblo.

Para Floyd, afrodescendiente estadounidense y para Figuera, un afrodescendiente venezolano no hubo piedad ni organismo internacional que velara por sus derechos previo a su muerte, siempre actuando reactivamente cuando se trata de las minorías, de aquellos considerados marginales, personas con derechos conculcados, ciudadanos de segunda clase.  Más aún, en el caso del asesinato de Figuera las críticas se centraron en el gobierno bolivariano, no en la oposición, que ha sido costumbre como parte de todo el proceso de desestabilización contra el país sudamericano. Incluso se tergiverso el hecho de su militancia chavista, presentándolo como un delincuente que había sido atrapado en un robo y perseguido por la caterva opositora, para darle su merecido. No muy distinto a las primeras informaciones sobre Floyd de quien se dijo que era un sospechoso de haber pagado en una tienda con un billete falso de veinte dólares. Para los negros fuego y asfixia, para los negros los males del infierno pues no importa: son negros, marginales, subhumanos en el imaginario supremacista estadounidense,  que no difiere mucho del pensamiento político opositor ultraderechista venezolano.

A Estados Unidos y Europa (incluyendo sus aliados incondicionales como el sionismo y el wahabismo, por ejemplo) se les permiten los más viles atropellos, no sólo en sus propios países sino que en aquellas partes del mundo donde clavan sus garras. Y ¡no pasa nada, absolutamente nada! y la entelequia internacional denominada Organización de las Naciones Unidas, más allá de argumentaciones baladíes, para no tender un manto total de vergüenza sobre su actuar termina sepultando la necesidad de justicia y equidad sin distinción. Nuestras sociedades no cuentan con quien nos proteja frente a los abusos del Estado y sus cuerpos militares, policiales y en general aquellos que tienen el monopolio de la fuerza.

Requerimos, que las instituciones internacionales como la ONU y sus organismos defensores de los derechos humanos, así como las entidades no gubernamentales, no oculten ni minimicen las violaciones a esos derechos y que su actuar sea correspondiente con la igualdad sea un estado poderoso o uno más débil. Recordemos, que Guantánamo como cárcel aún funciona, fuera de cualquier control de los defensores de la legalidad internacional y los derechos humanos, considerando además que es un territorio usurpado a la soberanía cubana. Abu Ghraib ha sido, por otra parte, un símbolo de la degradación de las tropas estadounidenses invasoras en Irak bajo la ceguera interesada del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, de la ACNUDH, de Amnistía internacional de Human Rigths Watch, que suelen quedarse sólo en la constatación cuando se trata de Estados Unidos. Una cárcel donde se han cometido las más atroces violaciones a los derechos humanos, por parte de los mismos,  que pontificaban que iban a Irak a establecer una democracia

Hasta ahora, no existe ningún llamado al Consejo de Seguridad, para que se trate, en esa instancia, el estallido social en Estados Unidos, la represión a la población, la instauración de toque de queda en medio centenar de ciudades. Salida de tropas militarizadas. No se ha escuchado, por parte de gobiernos europeos, por ejemplo, que se sancione al gobierno de Trump por violaciones a los derechos humanos en materia de coartar la libertad a de expresión, reprimir las manifestaciones y clasificar como terroristas a organizaciones de la propia sociedad. No han salido voces para exigir la expulsión de Estados Unidos ya sea de la OEA, por no cumplir la Carta Democrática o sacar resoluciones del Consejo de derechos humanos de la ONU, de la CIDH. Comportamiento vil y rastrero,  que se ha llevado contra Venezuela sin un atisbo de vergüenza.

Es el doble rasero hipócrita y desvergonzado, pues cuando el tema es Venezuela, a pesar de ser víctima de ataques, conspiraciones, bloqueo y sanciones por parte del propio Estados Unidos y sus socios agrupado en el grupo de Lima, los medios de información afines, los gobiernos que suelen obedecer las orientaciones de Washington implementan todo tipo de acciones contra el gobierno de Nicolás Maduro. Se establecen contra Venezuela llamados urgentes al Consejo de Seguridad, se trabaja por ayuda humanitaria, se convocan a los gobiernos a implementar ataques, bloqueos y hasta que proporcionen tropas para un posible ataque: se llama a ejecutar intentos de entrada de camiones supuestamente cargados de ayuda humanitario, se financian operaciones militares de invasión al territorio venezolano. Todo sirve para atacar a la nación sudamericana. Cuando el país es Estados Unidos, los “valientes” defensores de los derechos humanos reculan en forma indigna e inclinan la cerviz, como suelen hacerlo los cobardes y aduladores.

(1) Tras la muerte de otro ciudadano estadounidense de origen afroamericano bajo custodia policial, la responsable de ONU Derechos Humanos, Michelle Bachelet,  asegura que los agentes que recurren al uso excesivo de la fuerza deben ser procesados y condenados por los delitos cometidos. También debe examinarse a fondo, reconocerse adecuadamente y abordarse el papel que juega en esas muertes la discriminación racial arraigada y generalizada. Bachelet quien mostró su consternación por «tener que añadir el nombre de George Floyd al de Eric Garner, Michael Brown y muchos otros afroamericanos desarmados que han muerto a manos de la policía durante los últimos años, así como personas como Ahmaud Arbery y Trayvon Martin que fueron asesinados por agentes públicos armados». Bachelet emplazó a las autoridades estadounidenses «a tomar medidas serias para detener los asesinatos» y que garanticen «que se imparta justicia cuando se produzcan». Añadió que es necesario cambiar los procedimientos, establecerse sistemas de prevención y, sobre todo, que los agentes de policía que recurren al uso excesivo de la fuerza sean procesados y condenados por los delitos cometidos». https://news.un.org/es/story/2020/05/1475132

(2) Grupos de extrema derecha están apareciendo armados en las protestas contra la brutalidad policial que han estallado en todo el país, intentando generar caos y violencia, según un reporte de Vice News que recoge varias publicaciones en redes sociales y entrevistas en medios locales. https://www.univision.com/noticias/estados-unidos/grupos-de-extrema-derecha-estan-tratando-de-manipular-las-protestas-por-la-muerte-de-george-floyd-afirma-reporte

(3) https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-36738267

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