Volvamos al mapa. Entre los actuales Emiratos Árabes Unidos y Omán, la península arábiga dibuja una flecha arbitraria hacia el continente, una punzada a la altura de la actual Irán. Es una agresión geológica caprichosa e injustificada que moldea la historia y la actualidad. El continente asiático mete la barriga para esquivar la cornada arábiga y la evita por los pelos. Concretamente, por poco más de 30 kilómetros. Por ese corredor creado por la finta persa se cuela el mar de Arabia, formando el estrecho de Ormuz. Si el océano tuviese 30 metros menos, el golfo Pérsico sería un lago y esta sería una historia muy diferente, pero ese sifón invertido que conecta las aguas a ambos lados del estrecho tiene al mundo en vilo.
Hoy son sobre todo los grandes petroleros y los buques llenos de gas natural licuado los que surcan las aguas del estrecho. El 20 por ciento del crudo consumido en todo el mundo, según hemos memorizado estas semanas recientes, aunque en realidad, es 40 por ciento de todo el que se mueve por mar. De ahí el mayor impacto. Pero cuando el petróleo apenas se usaba para encender lumbres y calafatear barcos, Ormuz también era importante. Hace cinco siglos era un punto crucial del comercio en Asia.
Caballos árabes y persas, terciopelos y alfombras, perlas de Bahréin, papel y dátiles salían del golfo rumbo a India y China. Canela, clavo, azúcar y porcelanas hacían el viaje en dirección contraria. «El mundo es un anillo y Ormuz su piedra preciosa», decían. Los portugueses, más listos que los españoles, conquistaron la isla de Ormuz, situada en pleno estrecho, en 1515.
No les importaba el control territorial de la zona, sino el peaje que, desde ese punto estratégico podían cobrar a todo el que quisiera cruzar el estrecho en una dirección u otra. Se estima que en ese peñasco de sal sin agua potable llegaron a vivir en los siglos XVI y XVII hasta 50 mil personas. Árabes, persas, turcos judíos, cristianos armenios, y mercaderes venecianos e hindúes habitaban la isla, junto con una bien nutrida guarnición de soldados portugueses.
También había franceses, flamencos y griegos. Un paisano mío, Francisco Javier, cofundador de la Compañía de Jesús, pasó rumbo a Japón y la describió como «la cuna de la más vil sensualidad», un lugar de perdición en el que «la avaricia se había convertido en una ciencia».
Los españoles, menos sofisticados que los portugueses, minusvaloraron las posesiones asiáticas de sus vecinos cuando asumieron el mando de la unión ibérica. Así, los persas, con ayuda de los ingleses, se hicieron con la isla y el comercio de Ormuz en 1622. Los portugueses entendieron que con los españoles su futuro era una ruina y, afortunados, recuperaron su independencia pocos años después.
El estrecho siguió siendo clave en el comercio entre árabes, persas, chinos e indios, y sobre él fue echando sus redes el imperio inglés. La apertura del canal de Suez redujo su peso estratégico, pero no durante mucho tiempo. Las enormes reservas de petróleo y gas descubiertas no mucho más tarde en la región volvieron a situar el enclave en el mapa. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue crucial para los aliados mantener el control de la zona, tanto que en 1941, ingleses y soviéticos invadieron Irán para asegurarse el corredor entre el golfo Pérsico y el mar Caspio, por donde llegaba la ayuda aliada a Moscú. Por el mismo precio, impidieron a los nazis el acceso al petróleo iraní.
Puede escribirse una historia de Eurasia mirando a Ormuz, con un último capítulo para este 2026, en el que Trump está descubriendo la maldición de la geografía.
Sin ánimo alguno de romantizar la guerra, tiene algo de reconfortante que, en pleno siglo XXI, en una guerra asimétrica y desigual, los caprichos de la geología sigan imponiendo su ley.
Washington puede permitirse el lujo de matar al líder iraní Alí Jamenei en el primer día de guerra, pero eso no le asegura la victoria, porque a Irán le basta con bloquear el estrecho de Ormuz para poner el mundo patas arriba. Ojo, eso no se hace con arcos y flechas, hacen falta medios para hacerlo. Pero conocer y controlar el territorio equilibra la balanza bélica y contrarresta el poderío militar, tecnológico y económico de Estados Unidos e Israel. En tiempos de la inteligencia artificial, la geografía sigue saliendo tan airosa como hace 20 siglos.
Y no hay que perder de vista que, en un esquema en el que todo lo que no sea ganar de forma rotunda supone para Estados Unidos perder, la ecuación funciona exactamente a la inversa para Irán: todo lo que no sea perder de forma humillante supone ganar. Y triunfar sobre la tozuda geografía, francamente, está complicado.