Propaganda, propaganda y propaganda anárquica

22/01/26

“Antes, una organización política antagonista, fuese del signo que fuese, era también un cierto espacio de vida (casas del pueblo, ateneos, cooperativas, publicaciones propias, agrupaciones juveniles, culturales, deportivas, reuniones, formación, ayuda mutua, identidad). Pero, a día de hoy, los espacios políticos están altamente profesionalizados, centrados en campañas y encuestas, en medios y en redes, dirigidos por técnicos de comunicación política, apenas sin estructuras presenciales de vida cotidiana.”

Amador Fernández-Savater

 

La disyuntiva de las fuerzas anarquistas con respecto a la influencia pasa un poco por ahí: qué hacer con los medios hegemónicos, dominados por las mismas empresas, algorítmicamente estructurados para la reproducción de unas mismas ideas, imágenes y sentidos. Porque se entiende que la calle y las prácticas cotidianas —la verdadera dimensión del anarquismo— no son algo separado del imaginario social, sino que lo producen y lo transforman, ese espacio común donde cohabitamos, interpretamos el mundo y nos damos sentido colectivamente. Y ese imaginario social está influenciado en gran parte hoy por los medios hegemónicos empresariales y sus intereses.

Disputar el espacio social con ideas y prácticas que potencien lo viviente, la autoorganización, la cooperación y el mutuo entendimiento pasa entonces también por mantener una difusión que cree, ordene y expanda las ideas y las figuraciones anárquicas. No como mera repetición de consignas, sino como producción de sentido situada, conflictiva y generalizable. O sea, que las propuestas hagan política, que sean parte de un hacer colectivo por dilucidar —también en colectivo— qué hacer colectivamente. Pensar juntos -asumiendo que ese pensamiento es siempre incompleto, revisable y tensional-, el estar juntos.

En tiempos donde lo digital domina, donde la textura pausada del papel del libro y el periódico es sustituida por la veloz de la pantalla, y donde la precariedad y la fragmentación social empujan a muchas personas a relacionarse casi exclusivamente por estos medios, no hay que rendirse en la disputa por el imaginario social. Utilizar inteligentemente los medios a disposición para establecer los verdaderos diálogos que el anarquismo y las ideas transformadoras antiautoritarias necesitan no debería entenderse como una imposición abstracta, sino como un problema estratégico a resolver en cada contexto. Pero, al igual que en los tiempos de la tinta y los lugares de amuchamiento modernos, sin espacio donde mirarse a los ojos las ideas se hacen solo rumores sin articulación, sonidos casi inaudibles que se pierden inexorablemente.

Por ende, casi tan importante como la propaganda en cualquier red es y será imprescindible el cara a cara que la relación social directa produce. No como un ideal romántico, sino como una condición material real para la construcción común. Es la juntadera donde las ideas adquieren verdaderos sentidos, cambian, se traicionan o mejoran. Sin lugares comunes, el único lugar común será el de la razón capitalista, su guerra permanente y su competición en pos del dinero. Los espacios colectivos son donde cualquier idea que propaguemos por redes sociales, por periódicos o muros puede digerirse en clave verdaderamente colectiva. Toda nuestra propaganda será en vano sin relación social que la potencie, pero también toda relación social se empobrece si no produce sentidos compartidos.

La sinergia es esa: la propagación de las ideas y figuraciones de una cultura de lo común, que ataque la imposición capitalista de la separación de individuos en guerra, no solo en el plano simbólico sino en prácticas concretas, reimpulsada por las prácticas comunes que exploren y transformen sus sentidos en la calle y en los espacios de juntadera. No se trata de oponer mecánicamente redes y calle, discurso y práctica, sino de experimentar formas de articulación que no repliquen la lógica hegemónica que se pretende combatir.

El anarquismo no es solo destituir el orden actual, basado en la explotación y el colonialismo de los algoritmos, sino que también es instituir otros mundos, otras prácticas y sentidos a la vez.

Asunción Strada
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