Alfonso Insuasty Rodríguez 7 de enero de 2026 Hora: 10:56

Hay momentos en que la historia deja de ser materia de libros y se convierte en algo que te golpea dejándote sin aire de manera repentina. El 3 de enero de 2025 fue uno de esos días. Mientras medio mundo seguía en modo festivo, Estados Unidos ejecutó contra Venezuela una operación que tiene nombre propio en los manuales de derecho internacional: intervención armada. No un golpe de estado clásico, no una «operación humanitaria» disfrazada. Una invasión. Así, sin anestesia.
El secuestro del presidente Nicolás Maduro y su traslado a territorio estadounidense, acompañado de acciones militares que dejaron decenas de víctimas entre civiles y militares, marca un punto de inflexión. Pero lo verdaderamente escalofriante no fue la operación en sí —al fin y al cabo, Estados Unidos tiene una larga tradición de esto— sino la franqueza con que Trump lo dijo: «vamos a administrar Venezuela». Ya ni siquiera se molestan en envolver la rapiña con papel de democracia y derechos humanos.
La tesis es clara: lo que pasa en Venezuela no es un asunto venezolano. Es el laboratorio donde se decide si el siglo XXI será un campo abierto para el pillaje corporativo o si los pueblos del Sur tendrán algo que decir sobre sus recursos y su futuro.
El petróleo que arde bajo los pies
Hablemos claro: Venezuela no está en la mira por su sistema político. Está ahí porque concentra un cóctel estratégico que hace salivar a cualquier corporación energética. Las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Las principales reservas de oro amonedado de América Latina. Las séptimas de gas natural del planeta. Un arco minero que es como un catálogo de minerales estratégicos. La novena reserva de agua dulce mundial y la cuenca del Orinoco, ese río caudaloso conectado al sistema amazónico.
Y aquí viene lo que realmente preocupa en Washington: Venezuela ha tejido una red de alianzas con China, Rusia, Irán y los países del BRICS+ que desafía el monopolio del dólar y construye alternativas financieras y comerciales fuera del control estadounidense. En un mundo donde el poder ya no se concentra en una sola capital, Venezuela es un nodo estratégico de esa transición multipolar.
Atacar a Venezuela es, entonces, un mensaje con destinatarios múltiples: «esto les pasa a quienes osen comerciar por fuera de nuestras reglas». Es frenar el BRICS+. Es disciplinar a quien intente ejercer soberanía real.
La resistencia que no sale en CNN
Aquí hay que decir algo incómodo para los analistas de salón: Venezuela lleva más de dos décadas resistiendo un asedio que hubiera quebrado a cualquier otro país. A 2025, acumula 1.081 medidas coercitivas unilaterales impuestas por Estados Unidos. Mil ochenta y una. Sanciones económicas, bloqueos financieros, sabotaje productivo, guerra cognitiva diseñada para desmoralizar y fracturar.
Ese «gobierno de transición» anunciado desde Washington es propaganda de manual. Una ficción mediática que ignora deliberadamente la densidad social y territorial del proceso bolivariano. ¿Que tiene problemas? Por supuesto. ¿Que hay debates internos? Como en cualquier proyecto político serio. Pero presentarlo como un régimen sin base social es desconocer dos décadas de organización popular que ha aprendido, en condiciones extremas, a defender su soberanía.
La guerra cognitiva se intensificará, sin duda. Pero se enfrenta a una sociedad que ya no se traga el libreto.
El multilateralismo de los comunicados
La agresión ha sido condenada por Estados y organismos multilaterales. Declaraciones, comunicados, expresiones de preocupación. Todo muy diplomático, todo muy institucional. Y todo absolutamente insuficiente.
Porque el multilateralismo actual está subordinado a los intereses de las grandes potencias. Las Naciones Unidas pueden aprobar resoluciones, pero si no hay voluntad política real para hacerlas cumplir, son papel mojado. Mientras tanto, algunas cancillerías optan por la ambigüedad o directamente el silencio cómplice.
El contraste es brutal: mientras los gobiernos titubean, las calles gritan basta ya. En América Latina, Europa, África y Asia se multiplican las movilizaciones de solidaridad con Venezuela. Una insatisfacción creciente identifica que esta agresión no es un hecho aislado sino parte de un patrón global de violencia e impunidad. La brecha entre gobiernos y pueblos se amplía cada día.
Bolívar tenía razón (otra vez)
A doscientos años del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, aquel intento de Bolívar por construir unidad continental, la historia hace un loop inquietante. En 1829, el Libertador advertía sobre el peligro que Estados Unidos representaba para la libertad americana. Lo tildaron de exagerado, de paranoico, de anacrónico.
Dos siglos después, sus palabras suenan proféticas. Lo que está en juego no es solo Venezuela. Es si aceptamos que el siglo XXI será regido por mafias corporativas armadas o si construimos un horizonte de dignidad, justicia y soberanía.
Aquí no hay neutralidad posible. La neutralidad es complicidad. La unidad regional reaparece y no como eslogan, es nuestra urgencia de supervivencia. Solo la unidad garantiza soberanía; solo la soberanía hace posible la justicia; y solo la justicia puede sostener una paz que no sea la paz de los cementerios.
Si esa unidad no se consolida desde los Estados, deberá construirse desde abajo, desde los pueblos organizados. Porque la soberanía ya no es un ideal abstracto sino una condición de supervivencia colectiva.
La hora es ahora. La línea de fuego está trazada. Y Venezuela, una vez más, marca el rumbo de Nuestra América.
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