

Hay un argumento que se repite con insistencia cada vez que la ultraderecha gana terreno. Lo pronuncian voces que se presentan como sensatas, moderadas, incluso progresistas. Dice así: si la extrema derecha crece, es porque el feminismo, el antirracismo o el movimiento LGTBI han ido «demasiado lejos». Han pedido demasiado. Han sido demasiado ruidosos. Han incomodado demasiado.
Daniel Gascón, desde las páginas de Letras Libres, lo formula con la elegancia que se le presupone a un intelectual de su círculo: «Lo que en todo caso ha creado un espacio para la ultraderecha es la inhibición de los medios y partidos que durante mucho tiempo se han negado a tratar o reconocer un problema». El problema, según él, son las denuncias falsas por violencia de género. El libro que reseña con entusiasmo es Esto no existe, de Juan Soto Ivars. La conclusión es siempre la misma: si hubiéramos escuchado antes a los hombres que dicen ser víctimas del sistema, Vox no tendría tanto espacio.
Es un argumento que suena razonable si no se examina demasiado. Cuando se rasca la superficie, lo que aparece es un viejo conocido: la culpabilización de la víctima elevada a categoría de análisis político.
Los conversos
Juan Soto Ivars representa un perfil que se ha vuelto muy rentable en el panorama mediático español: el intelectual que viene de la izquierda —o dice venir— y ha construido una carrera entera atacando todo lo que suene a feminismo, antirracismo o «corrección política». Se presenta como un hereje, un disidente, alguien que fue abandonado por los suyos por atreverse a decir verdades incómodas.
La narrativa es la del librepensador solitario contra las hordas del dogmatismo progre. Hay un problema. Este supuesto disidente publica en grandes editoriales, escribe columnas en medios de tirada nacional, aparece en tertulias de máxima audiencia y su libro sobre denuncias falsas agota ediciones en días. Cuesta ver dónde está exactamente la marginación.
El propio Soto Ivars lo reconoce en una entrevista reciente: «Hoy los antiwoke estamos en el lado de los fuertes». La pose de rebelde perseguido se mantiene. Es parte del producto.
Hay un mercado para esto. Una industria editorial y mediática que recompensa generosamente a quienes atacan al feminismo desde posiciones supuestamente ilustradas. No es lo mismo que lo diga Abascal a que lo diga alguien que se define como «socialdemócrata» y cita a Hannah Arendt. El mensaje es el mismo, el envoltorio lo hace digerible para públicos que jamás votarían a VOX (al menos no lo confesarían), pero que comparten su incomodidad con las demandas de igualdad.

El argumento de Gascón y Soto Ivars tiene una estructura que cualquier mujer reconocerá inmediatamente: es la lógica del «algo habrás hecho» aplicada a escala colectiva.
Cuando una mujer denuncia acoso y le preguntan qué llevaba puesto, el mecanismo es el mismo que cuando se dice que el feminismo «da alas a la ultraderecha». En ambos casos, la responsabilidad se desplaza del agresor a la víctima. En ambos casos, el mensaje es: si no hubieras provocado, esto no habría pasado.
La historia está llena de ejemplos. A las sufragistas les dijeron que sus métodos radicales alejaban a los moderados. Al movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos le advirtieron que las marchas y sentadas generaban una reacción violenta entre los blancos. A los movimientos de liberación LGTBI les acusaron de provocar con su visibilidad. Siempre hay alguien dispuesto a explicar que el problema no es la opresión, sino la forma en que los oprimidos la denuncian.
Lo que nunca se cuestiona es por qué ciertas demandas de igualdad generan tanta resistencia. Por qué pedir que no te maten, que no te discriminen, que no te agredan por lo que eres, resulta tan intolerable para algunos que su respuesta es votar a quienes prometen devolverte a tu lugar.
¿De qué silencio hablan?
Una de las premisas centrales del libro de Soto Ivars es que las denuncias falsas son un tema tabú, silenciado por la corrección política. El título mismo, Esto no existe, sugiere que estamos ante una verdad prohibida que nadie se atreve a pronunciar.
Basta encender la televisión o abrir un periódico para comprobar que esto es sencillamente falso. Las denuncias falsas llevan años siendo tema de tertulias, columnas de opinión y discursos parlamentarios. Vox ha hecho de ello una de sus banderas principales. Medios de gran difusión publican regularmente artículos cuestionando las leyes de violencia de género. El propio Soto Ivars ha escrito sobre el tema durante años en medios de tirada nacional.
¿Dónde está exactamente el silencio? ¿Dónde está la censura? Lo que hay es un discurso que no gusta a algunos sectores feministas, que lo critican y a veces protestan contra él. Criticar no es censurar. Que te lleven la contraria no es lo mismo que estar amordazado.
Hay una diferencia entre el silencio real y no tener el monopolio del discurso. Durante décadas, las mujeres maltratadas sí fueron silenciadas: sus denuncias no se investigaban, sus muertes se catalogaban como «crímenes pasionales», su sufrimiento era invisible. Eso es silencio. Que un escritor tenga que escuchar críticas a su libro mientras agota ediciones y llena presentaciones no lo es.
Si de verdad queremos entender por qué crece la extrema derecha, habría que mirar en otra dirección.
Habría que hablar de décadas de políticas de austeridad que han precarizado la vida de millones de personas. De una crisis de vivienda que expulsa a los jóvenes de las ciudades. De salarios que no alcanzan mientras los beneficios empresariales baten récords. De una sanidad y una educación públicas estranguladas por los recortes. De una clase política que parece vivir en otro planeta.

Habría que hablar del papel de los medios de comunicación, que han dado espacio y legitimidad a discursos de odio presentándolos como «políticamente incorrectos» o «antisistema». De las redes sociales y sus algoritmos que premian la indignación y la polarización. De los think tanks y fundaciones que financian la producción intelectual de la derecha radical.
Habría que hablar de intelectuales «respetables» que abren puertas a ideas antes confinadas a los márgenes. Cuando alguien como Gascón celebra el libro de Soto Ivars como una obra «importante» y «rigurosa», está haciendo exactamente eso: dar pedigrí a un discurso que hasta hace poco solo se escuchaba en foros de internet y mítines de VOX.
La ultraderecha no crece porque las feministas pidan demasiado. Crece porque tiene financiación, altavoces y legitimadores. Crece porque hay gente dispuesta a convertir el malestar social en odio hacia los de abajo en lugar de hacia los de arriba.
El privilegio de arbitrar
Hay algo que une a quienes sostienen el argumento del «os habéis pasado»: casi nunca son personas cuya vida esté en riesgo por su género, su origen o su identidad.
Son hombres blancos de clase media-alta que desde sus columnas deciden qué demandas son razonables y cuáles excesivas. Que arbitran qué nivel de opresión es tolerable y cuánta igualdad es demasiada. Que explican a las mujeres cómo deberían pedir que no las maten, a las personas racializadas cómo deberían denunciar el racismo, a las personas LGTBI cómo deberían reclamar sus derechos.
Es fácil pedir moderación cuando no eres tú quien se juega la vida. Es fácil hablar de «excesos» del feminismo cuando nunca has tenido miedo de volver sola a casa de noche. Es fácil teorizar sobre los problemas de la ley de violencia de género cuando nunca has dependido de ella para protegerte.
Gascón y Soto Ivars pertenecen a ese club de intelectuales que se han autoproclamado guardianes del debate público. Deciden qué se puede decir y qué no, qué es sensato y qué es histérico, qué merece atención y qué debe callarse. Curiosamente, siempre son los mismos quienes deben callarse: los que menos poder tienen.
Cuando alguien dice «si seguís así, vendrá la ultraderecha», nos está lanzando una advertencia. O, más exactamente, una amenaza.
El mensaje es moderaos, pedid menos, haced menos ruido, o las consecuencias serán peores. Aceptad lo que tenéis y no reclaméis más. Porque si insistís, vendrán otros que os quitarán incluso eso.
Es el mismo argumento que usan los maltratadores: mira lo que me obligas a hacer. La violencia nunca es responsabilidad de quien la ejerce, sino de quien supuestamente la provoca. La víctima siempre podría haber evitado el golpe si se hubiera portado mejor.
Este argumento olvida que la ultraderecha no necesita excusas. No espera a que el feminismo «se pase» para atacar a las mujeres. No necesita que el antirracismo sea «demasiado radical» para odiar a los migrantes. Su proyecto es anterior y más profundo: restaurar un orden donde cada cual ocupe el lugar que le corresponde por nacimiento. Donde las mujeres obedezcan, los racializados se invisibilicen y las disidencias sexuales vuelvan al armario.
Frente a ese proyecto, no hay moderación posible. No hay demanda lo suficientemente suave, no hay tono lo suficientemente amable, no hay estrategia lo suficientemente prudente. Porque el problema nunca ha sido cómo pedimos las cosas. El problema es que las pedimos.
Quienes hoy culpan al feminismo del ascenso de Vox son los mismos que mañana culparán a los migrantes de su propia deportación y a las personas trans de las leyes que las persigan. Es un juego en el que las víctimas siempre pierden: si te callas, te ignoran; si hablas, provocas.
La única respuesta posible es negarse a jugar. Seguir nombrando la violencia. Seguir exigiendo derechos. Seguir ocupando el espacio que nos corresponde.
Porque no nos hemos pasado. Apenas hemos empezado.
Elvira Swartch Lorenzo
Colaboradora Afroféminas
Granada

