El Sudamericano 02/02/26
Granma
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Usualmente y con las mejores intenciones, en los espacios internacionales se trata a Cuba de víctima al hablar de su relación con el gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, ese entendimiento del asunto es algo peligroso, por cuanto nos niega agencia en las circunstancias que corren.
Por ello cabe formularse de vez en cuando la pregunta de si en realidad el proyecto de la Revolución Cubana resulta un peligro para los que mandan 90 millas más al norte de nuestras aguas.
La respuesta fácil es no. Somos en cantidad de tierra, en número de personas, en recursos naturales, en tecnología militar y en capitales económicos tan diferentes, que no cabría duda razonable sobre quién es el peligro real para quién.
Pero ni Cuba ni Estados Unidos son países «normales». Por eso es que existe una respuesta difícil a la pregunta. Más allá de modelos económicos, el proyecto de soberanía radical del caso cubano es totalmente opuesto al papel de injerencista transnacional, ladrón y policía corrupto del mundo, que desempeña Estados Unidos.
En el mundo que corre, casi ninguna nación puede llamarse soberana si su presidente se da un abrazo con el mandatario yanqui. Y esto se aplica no solo para el Sur Global, sino también para Europa, que sin dejar de administrar –no tan amablemente– lo que queda formal e informalmente de sus imperios en decadencia, han tenido que bajar la cabeza y sacar la lengua y decir: Donald, Donald… como quien dice míster, míster; como quien dice don, don.
Dentro de ese sistema de cosas, sostener un proyecto de soberanía radical y serio es, en sí mismo, en su sola existencia probada, un peligro para quien vive de abusar de otros, de robar a otros.
Por lo tanto, si se va a decir que Cuba es una víctima, hay que acotar que es una de las víctimas visibles. Y se ha de agregar que este mundo está lleno de víctimas de la política exterior de Estados Unidos, sobre todo cuando sus máximos y máximas representantes se dan abrazos, concretos o simbólicos, con el amigo Donald y sus enviados.
En el mundo de las víctimas de Estados Unidos, Cuba es una víctima, sí, pero no pasiva, sino una víctima en resistencia. Cuando se dice resistencia, uno no se refiere solamente a aguantar cuanto embate se reciba, sino a atreverse a construir sentido, a construir mundo, a proponer dignidades, muy a pesar de tantas soledades y cobardías.
Por ese camino, sí somos peligrosos para ellos, y no debería darnos vergüenza serlo. Hay peligrosidades nuestras a las que no podemos renunciar.
A la de mandar docentes a las poblaciones más pobres y vulnerables de América Latina y África; a la de no tener que esperar por las vacunas del negocio farmacéutico internacional para salvarnos de las pandemias; a la de demostrar que toda persona en todo rincón tiene derecho a la atención de salud y a soñar con ser lo mismo cosmonauta, que científico, que corredor olímpico, que músico sinfónico, que bailarín de ballet, que soldado.
Si entender que todos y todas somos iguales –y luchar por eso– significa ser un peligro extraordinario para alguien, si tener Patria es un delito internacional, pues henos aquí.