México: “Ve a saber dónde tiraron a tanta gente”, testimonio de fotógrafo presente…

Fuente:  Nodo50/Luis Jorge Gallegos/https://desinformemonos.org/ 2 octubre 2016

“Ve a saber dónde tiraron a tanta gente”, testimonio de un fotógrafo presente el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco

Entrevista realizada en septiembre de 2001

En septiembre de 2001 habló por primera vez el fotógrafo Jesús Díaz Contreras, uno de los únicos tres fotoperiodistas que estuvieron en el edificio Chihuahua, de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. Díaz Contreras trabajaba entonces para la agencia AP y con su cámara tomó la emblemática foto de la periodista italiana Oriana Fallaci cubriéndose de las balas que durante muchos años el gobierno negó.

Mentira de las mentiras que sólo fueron veinte. ¿Veinte? ¡Mentira! ¡Era un tiradero de gente a lo bestia! y estaban por todos lados. Me acuerdo de una escena que me impactó: al estar corriendo rumbo a la salida, voltee y observé que, escondida atrás de una maceta, estaba una pareja abrazada a la que habían matado ahí. Por supuesto ni intentar tomar fotografías. Lo que queríamos era irnos. Nos sacaron, nos echaron por un lado del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, para que nos largáramos”, relata el legendario fotógrafo al también fotoperiodista Luis Jorge Gallegos.

En el aniversario 48 de la matanza de estudiantes, presentamos el testimonio completo:

Mi nombre es Jesús Díaz Contreras. Nací en la Ciudad de México en 1917. Mi trayectoria profesional es larga, de 1936 a 1971

Cómo fotógrafo de prensa siempre andas en distintas broncas, como la estudiantil de 1968. La del 2 de octubre empezó realmente el 26 de julio. A partir de ese momento todos los días había broncas, realizaban manifestaciones por todos lados. Todos los días los granaderos les rompían el hocico a los estudiantes y todos los días el gobierno les daba bandera a los estudiantes.

El asunto empezó festejando el 26 de julio, aniversario de la Revolución Cubana. Los estudiantes del Politécnico realizaron una manifestación en el Hemiciclo a Juárez; hasta ahí todo iba muy bien, pero empezaron actos vandálicos, no sé qué pasó. Y el jefe de la policía, el famoso jefe de choque de aquel entonces, el general Hernández Toledo y otro que se apellidaba Mendiolea, dieron la orden de que agarraran a golpes a los estudiantes en las calles del Centro.

Fue una bronca de los mil demonios que terminó en la madrugada, a la una o dos de la mañana. Al otro día los estudiantes estaban paseando los cadáveres. Y así fue la pelota fue rodando, rodando y rodando. A partir de ahí todos los días había enfrentamientos. Luego se unieron los estudiantes de la UNAM, los de la escuela que estaba en Tres Guerras. Se incrementaron las broncas, hasta llegar al 2 de octubre en que se paró todo. Bueno es un decir…

Listón Verde o listón rojo

Nosotros desde la agencia AP (Associated Press), seguimos toda la historia informativamente, por que las broncas eran noticia en todas partes del mundo. En ese entonces nos poníamos de acuerdo con los estudiantes líderes que nos proporcionaban la contraseña, “hoy va a ser listón verde o listón rojo”; todos nos poníamos el listón y nos dejaban hacer nuestra chamba, nos dejaban trabajar tranquilos. Pero cuando llegaba la policía, los granaderos o la Dirección Federal de Seguridad, alguien gritaba “Ahí vienen” y de inmediato nos quitábamos las contraseñas.

El 2 de octubre nosotros ya sabíamos que iba a pasar algo fuerte, porque conocíamos a un señor que vivía en Tlatelolco, que nos dijo que había visto como estaban llevando armas a las azoteas. Nosotros le preguntábamos quiénes eran los que estaban metiendo las armas. Nos dijo que no sabía, que sólo había visto a hombres de cabello corto entrando a los edificios cargando armas y las llevaban a las azoteas. Por eso sabíamos que iba a haber bronca.

Mi jefe en aquella época era Charles Green, a quien le dije: “va a haber bronca en Tlatelolco; se está organizando una concentración estudiantil y nos dicen que están metiendo armas a las azoteas”. Cuando llegué al edificio Chihuahua, subí y todo estaba muy tranquilo, no había nadie, ni en la plataforma, por lo que esperé hasta que empezaron a llegar los estudiantes y alrededor de las cuatro y media o cinco de la tarde empezó la bronca.

Se escuchó un helicóptero y vimos una luz de bengala a espaldas de la Iglesia. Ahí es dónde empezó todo: disparos, corredera de gente por todos lados, había una gran confusión, subían, bajaban, gritos, sonidos que no sabías qué eran. Los líderes corrían, tocaban puertas que no les abrían, era un caos. Y nosotros ahí, éramos tres los que estábamos cubriendo desde arriba: Pancho Pico, del periódico La Prensa, Nacho Malfabón, que era camarógrafo del noticiero de televisión de Excélsior y yo por AP. Nadie más.

Mentira de las mentiras, y eso me molesta mucho, que con el tiempo todo mundo dice haber estado ahí. No es cierto. ¿Dónde? ¿Y sus fotos? No había nadie más. A partir de esta cobertura a los tres nos mandaron a callar. A mí me mandaron a un fulano que me dijo, al llegar al edificio de Excélsior dónde estaban las oficinas de AP: “mire Díaz, si usted sigue hablando cómo lo ha hecho, recuerde que la vida es frágil y le pueden suceder muchas cosas y no queremos que pasen, ¿verdad?”. Desde ese momento no volví a hablar de lo sucedido ese 2 de octubre.

Por todos lados había muertos

Pocos días después, los compañeros periodistas seguían preguntándonos sobre lo que habíamos visto. Al principio les respondíamos todo lo que recordábamos, pues nos habían arrastrado. A mí me jaló gente de la Federal de Seguridad y nos metieron a un cuarto. Ahí vimos gente detenida, se me acercó una joven y me dijo “por favor, te doy lo que quieras con tal de que me saques de aquí”. Pero ¡cómo!, yo también quería salir.

Cuando empezó la balacera estábamos junto a los oradores. El tiroteo inició desde las azoteas de las casas y botaba todo al balcón dónde estábamos tirados en el suelo. Ahí habían varias personas, entre ellas la periodista italiana Oriana Fallaci, y junto a ella el estudiante del Conservatorio de Música Manuel Gómez, quien la cubría con su cuerpo. A Oriana la retraté en el momento en el que empezó la balacera, a ella le dieron un balazo en el trasero. Después nos llevaron al cuarto.

La Federal de Seguridad ya estaba ahí, también los del Batallón Olimpia, que traían un guante blanco como contraseña. Cuando los vimos se nos ocurrió ponernos un pañuelo blanco amarrado en la mano, lo que nos permitió salir y un par de horas más tarde nos echaron. Todos los demás siguieron ahí hasta madrugada. Pasamos la plataforma que estaba enfrente y al voltear a oriana-copyla explanada todo era impactante, pues estaba llena de cadáveres por todos lados.

Mentira de las mentiras que sólo fueron veinte. ¿Veinte? ¡Mentira! ¡Era un tiradero de gente a lo bestia! y estaban por todos lados. Me acuerdo de una escena que me impactó: al estar corriendo rumbo a la salida, voltee y observé que, escondida atrás de una maceta, estaba una pareja abrazada a la que habían matado ahí. Por supuesto ni intentar tomar fotografías. Lo que queríamos era irnos. Nos sacaron, nos echaron por un lado del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, para que nos largáramos.

Ve a saber dónde tiraron a tanta gente

Por ahí debe estar la camisa con la que iba ese día, desgarrada y manchada de sangre, aquello era un batidero. Ni hablar, así fue. Claro, tuve coraje, tenía la necesidad de decir lo que había visto, por lo menos contarlo ya que me habían quitados los rollos, me los quitó la Federal de Seguridad, pero yo traía ahí mis chivas, entre los testículos.

Como siempre, yo tenía varios rollos. Me quedé con unos en la bolsa y metí uno a la cámara, que fue con el que le tomé a la Fallaci y otras que se pudieron tomar. Las fotos que se lograron rescatar de todo esto son menos de un rollo, cuando había tomado tres o cuatro de arriba, pero me los quitaron.

Hay muchas cosas oscuras en todo esto, porque mucha gente ya no amaneció, de verás, mucha gente. Yo tenía un amigo, el portero del edificio donde vivía, ya no regresó, y no era estudiante, no fue a la manifestación, pero tenía que pasar de San Juanico a Tlatelolco, llegaba de su otro trabajo. Ese día pasó y no regresó. Hubo mucha gente que ya no regreso a su casa.

En la zona arqueológica de Tlatelolco apilaron muchos cuerpos, muchos aún con vida. Un cadáver lo reconoces por que cae todo chueco, descompuesto por la postura al caer. Ahí se veían alineados, muchos no estaban muertos, pero igual desaparecieron. Los tiraron, los quemaron o ve tú a saber qué hicieron con tanta gente.

No te metas con el gobierno

Ahora dicen que la Fiscalía Especial para Delitos del Pasado pondrá a la luz pública la verdad histórica. Mentira. Lo que están haciendo es puro cuento, es política, es lo más corrupto. Desgraciadamente todos esos archivos están más que saqueados, rasurados. Conocer la verdad no se va a dar, por lo menos no a corto plazo, lo saben ellos.

Uno como fotógrafo ve cada bronca, cada cosa, que mejor te quedas callado. Por fortuna a mí no me hicieron nada, pero mi casa no corrió la misma suerte, ya que entraron y desbarataron. Por ahí debo tener las fotografías que tomé como testimonio de que habían entrado, ya que deshicieron, tiraron, rompieron y abrieron todo, hasta el refrigerador abrieron, tiraron la comida al piso, y en la pared del baño escribieron “Primer visita”. Afortunadamente mi familia no estaba en casa. Esto ocurrió a finales de 1968.

En 1969, mi preocupación era tanta que pensé en sacar a mi familia del país. Finalmente no lo hice, y es ahí dónde deje de jugar a la ruleta rusa y no volví a hablar definitivamente. Hasta ahora lo estoy haciendo. Los compañeros periodistas, investigadores de Universidades e historiadores, mexicanos y extranjeros, todos me buscaban, por que sabían que había estado ahí y querían saber un poco más. Y yo no hablé. Cero. No te metas con el gobierno, no te metas, por que no es solamente el gobierno, lo peor es la gente que esta cerca del poder y tiene iniciativa propia, actúa para quedar bien con su jefe y te da en la madre.

Por ejemplo, durante una gira tuve un altercado con el jefe de prensa de Luis Echeverría, era Fausto Zapata. Después, cuando lo volví a encontrar en un evento en Palacio Nacional, se me acercó y en voz baja me dijo: “usted no vuelve a entrar a Palacio Nacional”. El embajador de Estados Unidos en México en ese momento, Mr. White, que estaba ahí, se percató de que algo andaba mal y preguntó si había algún problema. Le respondieron que no, y él les dijo que si no me dejaban entrar a mi, él no entraría. Sorprendido, Luis Echeverría dijo, “¿qué es esto?”, pero gracias a eso me dejaron en paz, ya que era parte de la prensa internacional y la intervención del embajador, que estaba enterado de lo que me estaba sucediendo, fue importante.

Me la he rifado muchas veces. Siempre tienes que plantarte y respetarte, por que es un legado que les dejas a tus hijos; o das las nalgas y asumes las consecuencias. Después de este último percance decidí dejar la fotografía de prensa y jubilarme, me dediqué a la fotografía publicitaria y ahora vivo una vejez tranquila.

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