El Sudamericano V. I Lenin 14/01/26
Obras Completas, t. XXIX, págs. 77-107. AKAL Editor. Madrid, 1978
Publicado el 9, 10 y 11 de mayo de 1918, en los núms. 88, 89 y 90 del periódico Pravda. Firmado: N. Lenin.1
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La publicación de la revista Kommunist (núm. 1, 20 de abril de 1918) y las “tesis” del pequeño grupo de “comunistas de izquierda” confirman vivamente las opiniones que expresé en mi folleto sobre las tareas inmediatas del poder soviético2. No se puede pedir mejor confirmación, en la literatura política» de la total ingenuidad de la defensa de la indisciplina pequeñoburguesa que a veces se oculta tras las consignas “de izquierda” Es útil y necesario detenernos en los argumentos de los “comunistas de izquierda”, porque son característicos del período que vivimos, aclaran con excepcional precisión el aspecto negativo de la “esencia” de este período, y son instructivos, ya que se trata de los mejores hombres entre aquellos que no han comprendido el período actual, cuyos conocimientos y lealtad están muy por encima de los representantes mediocres de las mismas opiniones erróneas, o sea, lo eseristas de izquierda.
El grupo de los “comunistas de izquierda”, como magnitud política –o como grupo que pretende desempeñar un papel político–, ha presentado sus “tesis sobre la situación actual”. Es una buena costumbre marxista hacer una exposición coherente y completa de los principios que fundamentan las ideas y la táctica propias. Y esta buena costumbre marxista ha ayudado a que el error cometido por nuestras “izquierdas” quede al descubierto, pues el solo intento de argumentar –y no de declamar– pone en evidencia la inconsistencia de sus argumentos.
Ante todo, salta a la vista la profusión de alusiones, insinuaciones y artimañas referente a la vieja cuestión de si fue correcto concertar paz de Brest. Las “izquierdas” no se atreven a plantearla abiertamente y en un divertido forcejeo acumulan un argumento sobre otro, buscan razones, rebuscan expresiones como “por una parte” y “por otra parte” sus pensamientos se dispersan entre temas diferentes y tratan de no ver cómo se refutan a sí mismas. Muy cuidadosas, las “izquierdas” citan cifras: en el Congreso del partido, 12 votos contra la paz, 28 votos a favor, pero modestamente callan que, en el Congreso de Soviets, de los centenares de votos emitidos en la reunión del grupo bolchevique ellas obtuvieron menos de una décima parte. Han inventado la “teoría” de que la paz fue obra de los “elementos agotados y desclasados”, mientras que “los obreros y campesinos de las regiones del sur, donde la vida económica tenía mayor vitalidad económica y la provisión de pan” se aseguró mejor, estaban contra la paz… ¿Cómo no reírse de esto? Ni una palabra sobre la votación por la paz realizada en el Congreso de los Soviets de toda Ucrania, ni sobre el carácter social y de clase del conglomerado político de Rusia, típicamente pequeñoburgués y desclasado, que se oponía a la paz (el partido eserista de izquierda). Es una puerilidad querer disimular la propia bancarrota con divertidas explicaciones “científicas”, ocultar los hechos, cuyo simple examen demostraría que era precisamente la “crema”, la “élite” desclasada e intelectual del partido, la que se oponía a la paz con consignas basadas en las frases revolucionarias pequeñoburguesas, mientras que precisamente las masas explotadas de obreros y campesinos fueron las que apoyaron la paz.
No obstante, a pesar de todas las declaraciones y artimañas de las “izquierdas” mencionadas antes, sobre el problema de la tierra y la paz la verdad simple y clara se va abriendo camino. “La concertación de la paz –se ven obligados a reconocer los autores de las tesis– ha debilitado por el momento los intentos de los imperialistas de llegar a un acuerdo en escala internacional” (las “izquierdas” no lo formulan con exactitud, pero este no es el lugar indicado para detenernos en las inexactitudes). “La concertación de la paz ha conducido ya a la agudización del conflicto entre las potencias imperialistas.”
Esto sí que es un hecho. He aquí algo que tiene importancia decisiva. Es por esto que los enemigos de concertar la paz fueron inconscientemente un juguete en manos de los imperialistas y cayeron en la trampa tendida por los imperialistas. Mientras la revolución socialista mundial no estalle, mientras no abarque a varios países con fuerza suficiente como para derrotar al imperialismo internacional, el deber directo de los socialistas que han triunfado en un país (en especial si se trata de un país atrasado) es no aceptar la batalla contra los gigantes del imperialismo. Su deber es tratar de evitar la batalla, esperar que los conflictos entre los imperialistas los debiliten aun más y acerquen aun más la revolución en otros países. Nuestras “izquierdas” no comprendieron esta verdad sencilla en enero, febrero y marzo, y todavía ahora tienen miedo de admitirla abiertamente; pero se va abriendo camino a través de razonamientos tan confusos como “por una parte, no podemos dejar de reconocer, por otra parte, debemos admitir”.
En el curso de la primavera y el verano próximos –escriben las “izquierdas” en sus tesis–, debe comenzar la bancarrota del sistema imperialista. En caso de una victoria del imperialismo germano en la fase actual de la guerra, esa bancarrota podrá sólo ser postergada, y se expresará entonces en formas aún más agudas.
Aquí la formulación es más pueril e inexacta todavía, a pesar de su juego a la ciencia. Es propio de niños “interpretar” la ciencia en el sentido de que puede determinar en qué año, en qué primavera, verano, otoño o invierno “debe comenzar la bancarrota”.
Son ridículos y vanos esos esfuerzos por saber lo que no se puede saber. Ningún político serio dirá jamás cuándo “debe comenzar” una u otra bancarrota de un “sistema” (tanto más porque la bancarrota del sistema ya ha comenzado, y se trata d« determinar en qué momento se producirá el estallido en uno u otro país). Pero, a través del desvalido infantilismo de la formulación, se abre paso una verdad indiscutible: los estallidos revolucionarios en otros países más adelantados están más cerca ahora, después de un mes de la “tregua” que siguió a la concertación de la paz, de lo que estaban hace un mes o un mes y medio.
¿Entonces?
Entonces los partidarios de la paz tenían toda la razón, y su posición está justificada por el curso de los acontecimientos. Tenían razón al inculcar a los aficionados al sensacionalismo que se debe ser capaz de calcular la correlación de fuerzas y no ayudar a los imperialistas facilitando su batalla contra el socialismo cuando éste todavía es débil y cuando las probabilidades de la batalla son a todas luces desfavorables para el socialismo.
Pero vuestros comunistas “de izquierda”, que también gustan llamarse comunistas “proletarios”, porque tienen poco de proletarios y tienen mucho de pequeñoburgueses, son incapaces del pensar en la correlación de fuerzas, de calcularla. Ésta es la esencia del marxismo y de la táctica marxista, pero ellos despectivamente dejan a un lado la “clave” con “altaneras” frases como la siguiente:
«…El arraigo de la inoperante «mentalidad de paz» en las masas es un hecho objetivo de la situación política…»
¿No es una perla? Después de tres años de la más dolorosa y reaccionaria de las guerras, gracias al poder soviético y a su acertada táctica, que jamás cayó en la simple fraseología, el pueblo ha logrado una muy, muy breve tregua, que dista mucho de ser suficiente; pero los pseudointelectuales de “izquierda” dicen sentenciosamente, con la soberbia del Narciso enamorado de sí mismo: “arraigo [!!!] de la inoperante [!!!???] mentalidad de la paz en las masas [???]”. ¿Acaso no tenía razón cuando en el Congreso del partido dije que el periódico, o la revista de las “izquierdas” debería llamarse Szlachcic3 en vez de Comunista4?
¿Acaso un comunista, por poco que comprenda las condiciones de vida y la mentalidad de las masas trabajadoras y explotadas, puede descender al punto de vista del típico y desclasado intelectual pequeñoburgués con el enfoque mental de un noble o szlachic [aristócrata] que declara que la “mentalidad de paz” es “inoperante” y considera “operante” agitar un sable de cartón? Porque nuestras “izquierdas” simplemente agitan un sable de cartón cuando pasan por alto el hecho, por todos conocido y demostrado una vez más durante la guerra de Ucrania, de que los pueblos agitados por una matanza de tres años no pueden seguir combatiendo sin una tregua; de que la guerra, cuando no puede ser organizada en escala nacional, suele engendrar una mentalidad decadente, propia de pequeños propietarios, y no la férrea disciplina del proletariado. En la revista Kommunist observamos a cada paso que nuestras izquierdas» no tienen la menor idea de la férrea disciplina proletaria y cómo se llega a ella, y que están impregnadas hasta la médula de la mentalidad del intelectual pequeñoburgués desclasado.
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II
¿Quizá toda esta fraseología de las “izquierdas” sobre la guerra pueda atribuirse simplemente a un apasionamiento pueril, que además atañe al pasado y que por lo tanto no tiene la menor significación política? Con este argumento algunas personas defienden a nuestras “izquierdas”. Pero eso es un error. Cuando se pretende ejercer la dirección política, hay que ser capaz de meditar en los problemas políticos, y la falta de esta capacidad convierte a las “izquierda” en gente sin carácter, que predica la vacilación, lo cual, objetivamente, puede tener un solo significado: con sus vacilaciones, las “izquierdas” ayudan a los imperialistas a provocar a la República Soviética Rusa a una batalla evidentemente desfavorable para ésta, ayudan a los imperialistas a arrastrarnos a la trampa. Veamos:
«…La revolución obrera rusa no podrá “salvarse” si se aparta camino de la revolución mundial, si evita constantemente la batalla, si retrocede ante el empuje del capital internacional y hace concesiones al “capital nacional”.
Desde este punto de vista es necesario adoptar una decidida política internacional de clase que una la propaganda revolucionaria internacional de palabra con hechos, y consolidar el vínculo orgánico con el socialismo internacional (y no con la burguesía internacional)…»
En otra parte hablaremos de los ataques a la política interna que este pasaje contiene, Pero obsérvese qué desenfreno en la fraseología–y timidez en los hechos–, en el ámbito da la política exterior. ¿Cuál es la táctica obligatoria en este momento para todo aquel que no quiera ser un instrumento de provocación imperialista ni meterse en una trampa? Todo político debe dar una respuesta clara y directa a esta pregunta. La respuesta de nuestro partido es bien conocida: en este momento hay que retroceder y evitar la batalla. Nuestros “izquierdistas” no se atreven a decir lo contrario, y disparan al aire: “¡¡una decidida política internacional de clase!!”
Esto es engañar a las masas. Quieren combatir ahora; pues díganlo claramente. No quieren retroceder ahora; pues díganlo claramente. De otra manera, el papel objetivo de ustedes será el de servir de instrumento a la provocación imperialista. En cuanto a la “mentalidad” subjetiva de ustedes es la mentalidad del pequeño burgués frenético, que fanfarronea y dice baladronadas, pero que advierte perfectamente que el proletariado tiene razón cuando retrocede y procura retroceder en orden. Advierte que el proletariado tiene razón cuando afirma que es necesario retroceder, así sea hasta los Urales (ante el imperialismo occidental y oriental), porque no tenemos fuerzas, pues en ello reside la única posibilidad de ganar tiempo mientras madura la revolución en Occidente, revolución que no “debe” (a pesar de la charla de las “izquierdas”) iniciarse “en la primavera o el verano”» pero que con cada mes que trascurre se hace más y más cercana y probable.
Las “izquierdas” carecen de política “propia”; no se atreven a declarar que el retroceso en este momento es innecesario. Maniobran y dan vueltas, juegan con las palabras, introducen furtivamente la cuestión de que “constantemente” se evita la batalla, en lugar de la cuestión sobre la necesidad de evitar la batalla en este momento. ¡¡Lanzan pompas de jabón: “la propaganda revolucionaria internacional con hechos”!! ¿Qué significa esto?
Solamente puede significar una de dos cosas: o es una fanfarronada al estilo Nozdriov o significa una guerra ofensiva con el objeto de derrocar al imperialismo internacional. No se puede decir abiertamente una insensatez semejante; por eso los comunistas de “izquierda” se ven obligados a protegerse con frases ampulosas y vacías de las burlas de todo proletario políticamente conciente, con la esperanza de que el lector distraído no advertirá lo que realmente significa “propaganda revolucionaria internacional con hechos”.
Lanzar frases sonoras es característico de los intelectuales pequeñoburgueses desclasados. Es indudable que los comunistas proletarios organizados castigarán esta “modalidad”, por lo menos con burlas y la expulsión de todos los cargos responsables. Es necesario decir a las masas la amarga verdad sencillamente, claramente, directamente: es posible e incluso probable que el partido belicista triunfe una vez más en Alemania (en el sentido de pasar inmediatamente a la ofensiva contra nosotros), y que Alemania, junto con el Japón, intenten dividirnos y asfixiarnos mediante un acuerdo formal o un entendimiento tácito. Si no queremos escuchar a los que gritan, nuestra táctica debe ser la de esperar, diferir, evitar la batalla y retroceder. Si hacemos a un lado a los que gritan y “nos fortalecemos”, creando una disciplina realmente férrea, realmente proletaria, realmente comunista, tendremos grandes posibilidades de ganar muchos meses. Entonces, aun teniendo que retroceder hasta los Urales (en el peor de los casos), facilitaremos a nuestro aliado (el proletariado internacional) la posibilidad de acudir en nuestra ayuda, la posibilidad de “cubrir” (hablando en lenguaje deportivo) la distancia que media. entre el comienzo de los estallidos revolucionarios y la revolución misma.
Esta táctica, y solamente ésta, refuerza en forma real los vínculos entre un destacamento del socialismo internacional aislado por un tiempo, y los otros destacamentos. En cambio entre ustedes, estimados “comunistas de izquierda”, a decir verdad, únicamente se “consolida el vínculo orgánico” entre una frase sonora y otra frase sonora. ¡Vaya vínculo orgánico!
Les explicaré, estimados amigos, por qué les ocurre esta desgracia: porque ustedes dedican más esfuerzos a aprender de memoria las consignas revolucionarias que a meditarlas. Y es por eso que ponen entre comillas las palabras “defensa de la patria socialista”, tal vez con la intención de que adquieran un significado irónico, pero en los hechos demuestran la confusión que tienen en la cabeza. Se acostumbraron a considerar el “defensismo” como algo infame y repugnante; lo han aprendido de memoria y se lo han metido en la cabeza con tal afán, que algunos de ustedes han, llegado hasta el absurdo de decir que la defensa de la patria en la época imperialista es inadmisible (en realidad es inadmisible sólo en una guerra imperialista, reaccionaria, librada por la burguesía). Pero ustedes no han meditado por qué y cuándo el “defensismo” es abominable.
Reconocer la defensa de la patria equivale a reconocer la legitimidad y justicia de la guerra. ¿Legitimidad y justicia desde qué punto de vista? Únicamente desde el punto de vista del proletariado socialista y su lucha por la liberación; no admitimos ningún otro punto de vista. Cuando la guerra es librada por la clase explotadora, con la finalidad de consolidar su dominación como clase, tal guerra es criminal y el “defensismo” en tal guerra es una infame traición al socialismo. Cuando es librada por el proletariado que ha derrotado a la burguesía en su país, y es librada con la finalidad de consolidar y desarrollar el socialismo, tal guerra es legítima y “santa”.
Desde el 25 de octubre de 1917 somos defensistas. Lo he dicho más de una vez con toda claridad, y ustedes no se atrevieron a negarlo. Precisamente, en interés de la “consolidación del vínculo” con el socialismo internacional, la defensa de nuestra patria socialista es obligatoria. Quien considere con ligereza la defensa del país en el cual el proletariado ya ha triunfado, destruye el vínculo con el socialismo internacional. Cuando fuimos los representantes de la clase oprimida, no adoptamos una actitud ligera con respecto a la defensa de la patria en una guerra imperialista, sino que nos opusimos por principio a tal defensa. Convertidos ahora en representantes de la clase dominante, que ha comenzado a organizar el socialismo, exigimos de todos que adopten una actitud seria con respecto a la defensa del país. Adoptar una actitud seria, con respecto a la defensa del país significa prepararse a fondo y calcular rigurosamente la correlación de fuerzas. Cuando evidentemente nuestras fuerzas son insuficientes, el mejor medio de defensa es el repliegue hacia el interior del país (quien vea en esto una fórmula artificial, compuesta para la ocasión, puede leer lo que escribe el viejo Clausewitz, una de las más grandes autoridades en materia militar, sobre las enseñanzas de la historia al respecto). Pero en los “comunistas de izquierda” no hay el menor indicio de que comprendan el significado del problema de la correlación de fuerzas.
Cuando nos oponíamos por principio al defensismo, teníamos el derecho de ridiculizar a quienes querían “salvar” su patria, supuestamente en interés del socialismo. Adquirido el derecho de ser defensistas proletarios, el planteamiento del problema cambia de modo radical. Se ha convertido en nuestro deber calcular con la mayor exactitud las diferentes fuerzas, pesar con el mayor cuidado las posibilidades de nuestro aliado (el proletariado internacional) de acudir a tiempo en nuestra ayuda. Es interés del capital destruir a su enemigo (el proletariado revolucionario) parte por parte, antes de que se unan (en los hechos, o sea, iniciando la revolución) los obreros de todos los países. Es nuestro interés hacer todo lo posible, aprovechar hasta la mínima posibilidad, para demorar la batalla decisiva hasta el momento (o “hasta después” del momento) en que los destacamentos revolucionarios se unan en un único y gran ejército internacional.
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III
Pasemos a las desventuras de nuestros “comunistas de izquierda” en la esfera de la política interna. Es difícil leer sin sonreír las siguientes frases de la tesis sobre la situación actual:
«…La utilización planificada de los medios de predicción que quedaron intactos sólo es concebible si se sigue la más decidida política de socialización […] no capitular ante la burguesía y sus secuaces intelectualoides pequeñoburgueses, sino aniquilar a la burguesía y terminar definitivamente con el sabotaje…»
¡Estimados “comunistas de izquierda”; qué decididos son… y qué poca reflexión revelan! ¿Qué significa “la más decidida política de socialización”!?
Podemos ser o no decididos en cuanto se trata de nacionalizar o de confiscar. Pero justamente todo el asunto está en que no es suficiente ni siquiera la mayor “decisión” del mundo pera pasar de la nacionalización y la confiscación a la socialización. La desventura de nuestras “izquierdas” es que con su ingenua y pueril combinación de palabras: “la más decidida política de socialización”, revelan una incomprensión absoluta del fondo del problema, de la clave de la situación “actual”. La desventura de nuestras “izquierdas” es no haber comprendido la esencia misma de la “situación actual”, el tránsito de la confiscación (para realizar cual se requiere sobre todo decisión del político) a la socialización (para realizar la cual se requiere del revolucionario otra cualidad)
Ayer la tarea principal del momento era nacionalizar, confiscar, abatir y aniquilar a la burguesía y terminar con el sabotaje; todo con la mayor decisión posible. Hoy sólo los ciegos no ven que hemos nacionalizado, confiscado, abatido y terminado más de lo que hemos tenido tiempo de calcular. La diferencia entre la socialización y la simple confiscación está en que es posible confiscar sólo con “decisión”, sin la capacidad de calcular y distribuir correctamente, mientras que sin esta capacidad no se puede socializar.
Nuestro mérito histórico radica en que fuimos ayer (y lo seremos mañana) decididos al confiscar, al aniquilar a la burguesía y terminar con el sabotaje. Escribir esto hoy en las “tesis sobre la situación actual” es volver los ojos al pasado y no comprender el tránsito al porvenir.
“Terminar definitivamente con el sabotaje…” ¡Vaya tarea! Pero si hemos “terminado” con los saboteadores con toda eficacia. Nos falta algo muy distinto: calcular correctamente a qué saboteadores podemos emplear y dónde. Nos falta organizar nuestras propias fuerzas de vigilancia; digamos, un dirigente o inspector bolchevique por cada centenar de saboteadores que acepten trabajar para nosotros. En esta situación, lanzar frases como “la más decidida política de socialización”, “aniquilar”, “terminar definitivamente”, equivale a errar el blanco. Es típico de revolucionarios pequeñoburgueses no advertir que para el socialismo no basta con aniquilar, terminar, etc.; eso es suficiente; para el pequeño propietario, enfurecido contra el grande. Pero el revolucionario proletario no caerá jamás en semejante error.
Si las palabras citadas provocan una sonrisa, el descubrimiento hecho por los “comunistas de izquierda”, o sea, que la República Soviética se halla amenazada por una “desviación bolchevique de derecha”, por una “evolución hacia él capitalismo de Estado”, provoca, en cambio, risas homéricas. ¡Pues sí que estamos asustados! Y con cuánto afán estos “comunistas de izquierda” repiten esta tremenda revelación en sus tesis y artículos…
Pero no se les ha ocurrido que, comparado con el actual estado de cosas en nuestra República Soviética, el capitalismo de Estado sería un paso adelante. Si dentro de seis meses aproximadamente se implantara el capitalismo de Estado en nuestra República, sería un éxito enorme y la más segura garantía de que dentro de un año el socialismo se consolidaría definitivamente en nuestro país y se haría invencible.
Me imagino con qué noble indignación rechazarán los “comunistas de izquierda” estas palabras y qué “demoledora crítica” presentaran ante los obreros con respecto a la “desviación bolchevique de derecha”. ¿Cómo? ¿En la República Socialista Soviética la transición al capitalismo de Estado sería un paso adelante… ? ¿No es eso una traición al socialismo?
Aquí llegamos a la raíz del error económico de los “comunistas de izquierda”. Y por lo tanto debemos examinar con más detalle este punto.
En primer lugar, los “comunistas de izquierda” no comprenden en qué consiste exactamente esa transición del capitalismo al socialismo que nos da el derecho y el fundamento de llamar a nuestro país República Socialista de Soviets.
En segundo lugar, ponen de manifiesto su mentalidad pequeñoburguesa precisamente al no reconocer al elemento pequeñoburgués como el principal enemigo del socialismo en nuestro país.
En tercer lugar, haciendo un espantajo del “capitalismo de Estado”, demuestran no comprender la diferencia económica entre el Estado soviético y el Estado burgués.
Analicemos estos tres puntos.
Probablemente ninguna persona, al estudiar el problema del sistema económico de Rusia, ha negado su carácter transitorio. Probablemente, tampoco comunista alguno ha negado que la expresión República Socialista Soviética presupone la decisión del poder soviético de realizar la transición al socialismo, y de ningún modo que el nuevo sistema económico pueda considerarse socialista.
¿Pero qué significa la palabra “transición”? En lo que atañe a la economía, ¿no significa acaso que el sistema actual contiene elementos, partículas, fragmentos, tanto de capitalismo como de socialismo? Cualquiera reconocerá que sí. Pero no todos, al reconocerlo, se toman el trabajo de reflexionar sobre qué elementos realmente constituyen las diferentes estructuras economicosociales que existen en Rusia en el momento actual. Y esta es la clave, de la cuestión
Enumeremos estos elementos:
1) patriarcal, es decir, en grado considerable una economía campesina natural.
2) pequeña producción mercantil (aquí figuran la mayoría de los campesinos que venden el cereal);
3) capitalismo privado;
4) capitalismo de Estado;
5) socialismo.
Rusia es tan grande y variada, que todos estos diferentes tipos de estructura económico-social están entrelazados. Justamente en eso radica el rasgo específico de la situación.
El interrogante que se plantea es: ¿cuáles son los elementos que predominan? Claro está que en un país de pequeños campesinos predomina, y no puede dejar de predominar, el elemento pequeñoburgués; la enorme mayoría de los agricultores son pequeños productores de mercancías. La envoltura exterior del capitalismo de Estado (monopolio de los cereales, empresarios y comerciantes sometidos al control estatal, cooperativistas burgueses desgarrada en una u otra parte por los especuladores, y el principal objeto de especulación son los cereales.
La lucha fundamental se libra precisamente en este terreno. ¿Entre qué elementos se libra esta lucha, hablando en términos de categorías económicas tales como “capitalismo de Estado”? ¿Entre la 4a y 5a categorías, en el orden que acabo de enumerar? Por supuesto que no. No es el capitalismo de Estado el que lucha contra el socialismo, sino la pequeña burguesía más el capitalismo privado, que luchan tanto contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo. La pequeña burguesía se resiste a toda intervención del Estado, a todo registro y control, ya sea capitalista de Estado o socialista de Estado. Es un hecho real, absolutamente irrefutable, y la raíz del error económico de los “comunistas de izquierda” es no comprenderlo. El especulador, el agiotista, el que entorpece el monopolio; ese es nuestro principal enemigo “interno”, el enemigo de las medidas del poder soviético. Si hace 125 años, en la pequeña burguesía francesa, en los más fervorosos y sinceros revolucionarios, era disculpable la aspiración de aniquilar a los especuladores ajusticiando a unos pocos “escogidos” y haciendo atronadoras arengas, en cambio en la actualidad, la actitud puramente retórica hacia este problema que observamos en los eseristas de izquierda sólo puede provocar asco y repulsión en todo revolucionario políticamente conciente. Sabemos muy bien que la base económica de la especulación es la capa de los pequeños propietarios, extraordinariamente vasta en Rusia, y el capitalismo privado, que tiene un agente en cada pequeño burgués. Sabemos que millones de tentáculos de esta hidra pequeñoburguesa aferran, aquí o allá, a diversos sectores obreros, y que la especulación penetra en todos los poros de nuestra vida economico-social en lugar del monopolio de Estado.
Quien no ve esto manifiesta con su ceguera que es esclavo de prejuicios pequeñoburgueses. Así ocurre exactamente con nuestros “comunistas de izquierda”, de palabra son enemigos implacables de la pequeña burguesía (y en su convicción muy sinceros, desde luego), pero en los hechos sólo ayudan a la pequeña burguesía, sólo defienden a este sector de la población y sólo expresan sus intereses cuando luchan –¡¡en abril de 1918!!– contra… ¡“el capitalismo de Estado”! ¡Vaya un modo de errar el tiro!
El pequeño burgués tiene un dinero de reserva, algunos miles que ahorró durante la guerra por medios “honestos” y especialmente por medios deshonestos. Tal es el tipo económico característico que constituye la base de la especulación y el capitalismo privado. El dinero es un certificado que autoriza a quien lo posee a obtener la riqueza social, y la vasta capa de millones de pequeños propietarios se aferra a este certificado, lo oculta al “Estado”, pues no cree en el socialismo ni en el comunismo, y “se esconden” hasta que pase la tempestad proletaria. Por lo tanto, o bien sometemos a la pequeña burguesía a nuestro control y registro (y podemos hacerlo si organizamos a los pobres, o sea, a la mayoría de la población, a los semiproletaríos, en torno de la vanguardia proletaria políticamente conciente), o será inevitable que ellos derroten nuestro poder obrero, tal como hundieron la revolución los Napoleón y los Cavaignac, que surgen justamente en este terreno de pequeños propietarios. Así se plantea la cuestión. Sólo los eseristas de izquierda no advierten una verdad tan simple y clara tras toda su niebla de frases vacías sobre los campesinos “trabajadores”. ¿Pero quién toma en serio a estos eseristas de izquierda, hundidos en la fraseología?
El pequeño burgués que atesora sus miles es un enemigo del capitalismo de Estado. Quiere emplear sus miles exclusivamente para sí, contra los pobres, contra todo control estatal; la suma de esos miles constituye la multimillonaria base de la especulación, que socava nuestra edificación socialista. Supongamos que un determinado número de obreros produce en varios días una suma de valores igual a 1.000. Sigamos suponiendo que, de este total, 200 se pierden por causa de la pequeña especulación, diversos tipos de peculado y la “infracción” a decretos y reglamentos soviéticos por parte de los pequeños propietarios. Todo obrero políticamente conciente diría: si pudieran obtenerse orden y organización mejores al precio de 330 de los mil, daría gustoso 300 en vez de 200, pues será bien fácil bajo el poder soviético reducir más adelante ese “tributo”, digamos a 100, a 50, una vez que el orden y la organización hayan sido establecidos y el sabotaje pequeñoburgués al monopolio estatal definitivamente eliminado.
Este sencillo ejemplo numérico –deliberadamente simplificado al máximo para hacerlo absolutamente claro– explica la actual correlación entre el capitalismo de Estado y el socialismo. El poder estatal se encuentra en manos de los obreros; ellos tienen por completo la posibilidad jurídica de “tomar” íntegros esos mil, sin entregar ni un solo kopek como no sea para una finalidad socialista. Esta posibilidad legal, apoyada en el paso efectivo del poder a los obreros, constituye un elemento de socialismo.
Pero el elemento de pequeños propietarios y el capitalismo privado socavan por muchos medios esta posición legal, introducen la especulación, entorpecen el cumplimiento de los decretos soviéticos. El capitalismo de Estado sería un gigantesco paso adelante, incluso si (y tomé a propósito un ejemplo numérico para mostrarlo con más nitidez) pagamos más que ahora, porque vale la pena pagar por el “aprendizaje”, porque es útil para los obreros, porque lo más importante es la victoria sobre el desorden, la ruina económica y la incuria; porque la continuación de la anarquía del pequeño propietario es el mayor y más serio peligro, que incuestionablemente nos hará sucumbir (si no lo vencemos nosotros), mientras que el pago de un tributo mayor al capitalismo de Estado no sólo no nos hará sucumbir, sino que nos llevará al socialismo por el camino más seguro. Cuando la clase obrera haya aprendido a defender el sistema estatal contra la anarquía del pequeño propietario, cuando haya aprendido a organizar la gran producción en escala nacional, tomando como base los principios del capitalismo de Estado, tendrá en sus manos –perdonen la expresión– todos los triunfos, y la consolidación del socialismo estará asegurada.
En primer lugar, económicamente el capitalismo de Estado es incomparablemente superior a nuestro sistema económico actual.
En segundo lugar, nada hay terrible en él para el poder soviético, pues el Estado soviético, es un Estado en el cual el poder de los obreros y de los pobres está asegurado. Los “comunistas de izquierda” no comprendieron estas verdades indiscutibles; por supuesto, ningún “eserista de izquierda” podrá comprender jamás estas verdades, ya que no tiene capacidad para reflexionar con coherencia en materia de economía política, pero todo marxista debe reconocerlas. No vale la pena siquiera discutir con eseristas de izquierda; basta señalarlos como «repulsivo ejemplo» de charlatanería. Pero es necesario que discutamos con los “comunistas de izquierda”, ya que en este caso quienes cometen un error son marxistas, y el análisis de su error ayudará a la clase obrera a hallar el camino correcto.
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IV
Para hacer aún más claras las cosas, tomemos ante todo el ejemplo más concreto de capitalismo de Estado. Todos saben cuál es este ejemplo: Alemania. Tenemos allí “la última palabra” de la moderna técnica capitalista y la organización planificada, subordinados al imperialismo junker-burgués. Supriman las palabras en cursiva y en lugar del Estado militarista, junker5, burgués, imperialista, pongan también un Estado, pero de tipo social diferente, de diferente contenido de clase, un Estado soviético, es decir, un Estado proletario, y obtendrán la suma total de las condiciones necesarias para el socialismo.
El socialismo es inconcebible sin la gran técnica capitalista basada en los últimos descubrimientos de la ciencia moderna. Es inconcebible sin una organización estatal planificada, que someta; a decenas de millones de personas al más estricto cumplimiento de una norma única en la producción y distribución de los productos. Nosotros, los marxistas, siempre hemos afirmado esto y no vale la pena gastar dos segundos en hablar de ello a personas que ni siquiera lo entienden (los anarquistas y una buena mitad de los eseristas de izquierda).
El socialismo es inconcebible, además, sin la dominación del proletariado en el Estado; esto también es el abecé. Y la historia (de la que nadie, excepto quizá los tontos mencheviques de primera categoría, esperaba que produjera el socialismo “integral” de manera fácil, tranquila, suave y simple) ha ido tomando un curso tan peculiar, que en 1918 dio a luz dos mitades inconexas de socialismo que existían una al lado de la otra como dos futuros pollitos en el cascarón único del imperialismo internacional. En 1918 Alemania y Rusia son la encarnación evidente de la realización material de las condiciones económicas, productivas y socioeconómicas del socialismo, por un lado, y de las condiciones políticas, por el otro.
Una revolución proletaria victoriosa en Alemania hubiera roto en el acto, y con gran facilidad, el cascarón del imperialismo (que lamentablemente, está hecho del mejor acero, y que por lo tanto no puede ser roto por los esfuerzos de cualquier… pollito), y hubiera logrado con seguridad la victoria del socialismo mundial sin dificultades o con ligeras dificultades, desde luego si por “dificultades” entendemos dificultades en una escala histórica universal y no en un estrecho sentido pequeñoburgués.
Mientras el “nacimiento” de la revolución en Alemania se demora, nuestra tarea es estudiar el capitalismo de Estado de los alemanes, no escatimar ningún esfuerzo en imitarlo y no rehuir la adopción de métodos dictatoriales para acelerar esta imitación. Nuestra tarea es acelerar esta imitación todavía más de lo que Pedro aceleró la imitación de la cultura occidental por la Rusia bárbara, y no debemos detenernos ante el empleo de métodos bárbaros en la lucha contra la barbarie. Y si hay gente entre los anarquistas y eseristas de izquierda (sin querer recordé los discursos de Karelin y Gue en el CEC) capaz de reflexionar a lo Narciso, de decir que es impropio de nosotros, revolucionarios, “aprender” del imperialismo alemán, sólo podemos responder una cosa: la revolución que tomara en serio a semejante gente sucumbiría irrevocablemente (y merecidamente).
En Rusia predomina ahora el capitalismo pequeñoburgués, del cual sale uno y el mismo camino que lleva tanto hacia el gran capitalismo de Estado como hacia el socialismo, pasando a través de una y la misma estación intermedia llamada “registro y control de todo el pueblo de la producción y distribución de los productos”. Quien no comprenda esto comete un imperdonable error en economía, ya sea porque desconoce los hechos de la realidad, porque no ve las cosas como son, porque no sabe mirar la verdad frente a frente, o porque se limita a una abstracta contraposición de “capitalismo” y “socialismo” sin estudiar las formas y etapas concretas de la transición que tiene lugar en nuestro país. Dicho sea entre paréntesis, se trata del mismo error teórico que desorientó a la mejor gente del campo de Nóvaia Zhizn y Vperiod: los elementos mediocres y peores, debido a su estupidez y falta de carácter, marchan a la cola de la burguesía, atemorizados por ésta. Los mejores no han llegado a comprender que los maestros del socialismo no hablaron en vano de todo un período da transición del capitalismo al socialismo, y subrayaron los “largos dolores de parto” de la nueva sociedad. Por lo demás, esta nueva sociedad es de nuevo una abstracción que sólo puede realzarse pasando por una serie de diversas tentativas concretas e imperfectas, para crear este o aquel Estado socialista.
Justamente porque Rusia no puede avanzar de la actual situación económica sin atravesar el terreno que es común al capitalismo de Estado y al socialismo (el registro y el e control de todo el pueblo), es un completo absurdo teórico el intento de asustar a otros y a sí mismos con una “evolución hacia el capitalismo de Estado” (Kommunist, núm. 1, pág. 8, col. 1), Esto significa justamente llevar el pensamiento por senderos “al margen” del verdadero camino de la “evolución”, no comprender este camino. En la práctica, equivale a tirar hacia atrás, hacia el capitalismo de pequeños propietarios.
Para que él lector se convenza de que la “alta” estima por el capitalismo de Estado no es sólo de ahora, sino que también antes de la toma del poder los bolcheviques opinábamos así, me permitiré citar el siguiente pasaje de mi folleto, escrito en setiembre de 1917, La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella”:
«… Pues bien, sustituyan ese Estado de junkers y capitalistas, ese Estado de terratenientes y capitalistas por un Estado democrático-revolucionario, es decir, por un Estado que destruya de modo revolucionario todos los privilegios, que no tema implantar de modo revolucionario la democracia más completa, y verán que el capitalismo monopolista de Estado, es un Estado verdaderamente democrático-revolucionario, representa inevitablemente, e infaliblemente, ¡un paso, y más que un paso hacia el socialismo!”
«…Pues el socialismo no es más que el paso siguiente al monopolio capitalista de Estado.
«… El capitalismo monopolista de Estado es la completa preparación material para el socialismo, la antesala del socialismo, un peldaño de la esos lera de la historia entre el cual y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio» (páginas 27 y 28)6.
Obsérvese que eso fue escrito cuando Kérenski estaba en el poder, que allí no se trataba de la dictadura del proletariado, ni del Estado socialista, sino del Estado “democrático revolucionario”. ¿No está claro que cuanto más alto sea el peldaño político en que nos coloquemos, cuanto mejor incorporemos en los soviets el Estado socialista y la dictadura del proletariado, menos debemos temer al “capitalismo de Estado”? ¿No está claro que desde el punto de vista material, económico y productivo, todavía no hemos llegado a la “antesala del socialismo”? ¿No está claro que es imposible cruzar los umbrales del socialismo sin pasar antes por esa “antesala” adonde no hemos llegado todavía?
Cualquiera sea el ángulo desde él cual se considere el problema, la conclusión es sólo una: la argumentación de los “comunistas de izquierda” sobre el supuesto peligro que nos amenaza, o sea, el del “capitalismo de Estado”, constituye un completo error en economía y una prueba evidente de que son totalmente esclavos de la ideología pequeñoburguesa.
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V
Extremadamente instructivo es también el siguiente hecho.
Cuando discutí en el CEC con el camarada Bujarin, éste declaró entre otras cosas: con respecto a los altos salarios de los especialistas, “nosotros” (evidentemente; nosotros, “comunistas de izquierda”) estamos “más a la derecha que Lenin”, pues no creemos que ello signifique una desviación de los principios, recordando las palabras de Marx respecto de que en determinadas condiciones lo más conveniente para la clase obrera sería “comprar a toda esa pandilla”7 (o sea, a toda la pandilla de los capitalistas, es decir, comprar a la burguesía la tierra, las fábricas y otros medios de producción).
Esta observación sumamente interesante revela, en primer lugar, que Bujarin está dos cabezas por encima de los eseristas de izquierda y anarquistas, que no se halla en modo alguno irremediablemente empantanado en la fraseología, sino que, por el contrario, procura reflexionar acerca de las dificultades concretas de la transición –la dolorosa y difícil transición– del capitalismo al socialismo.
En segundo lugar, esta observación revela aun más claramente el error de Bujarin. Consideremos cuidadosamente el pensamiento de Marx.
Marx hablaba de Inglaterra en la década del 70 del siglo pasado, del período en que culminaba el desarrollo del capitalismo premonopolista. Inglaterra era entonces un país en el cual había menos militarismo y burocracia que nunca, un país en el cual había más posibilidades que nunca de una victoria “pacífica” del socialismo, en el sentido de que los obreros “compraran” a la burguesía. Y Marx decía: en determinadas condiciones, los obreros no se negarán en absoluto a comprar a la burguesía. Marx no se ataba las manos –ni las de los futuros dirigentes de la revolución socialista– en lo que respecta a la forma, procedimientos y métodos de la revolución, pues comprendía perfectamente que se plantearía entonces una cantidad inmensa de nuevos problemas, se modificaría toda la situación en el curso de la revolución, y que la situación cambiaría radicalmente y con frecuencia en el curso de la revolución.
Ahora bien, ¿y en la Rusia soviética? Después de la toma del poder por el proletariado, después de aplastada la resistencia armada y el sabotaje de los explotadores, ¿acaso no es evidente que prevalecen ciertas condiciones semejantes a las que hubieran podido existir hace cincuenta años en Inglaterra si hubiera comenzado allí el paso pacífico al socialismo? En Inglaterra la subordinación de los capitalistas a los obreros hubiera podido asegurarse en aquel entonces por las siguientes condiciones: 1) el total predominio de obreros, de proletarios, en la población, como consecuencia de la falta de campesinado (en la Inglaterra de la década del 70 había indicios que permitían esperar una difusión extraordinariamente rápida del socialismo entre los obreros agrícolas); 2) la excelente organización del proletariado en los sindicatos obreros (Inglaterra era entonces el primer país del mundo y en ese sentido); 3) la cultura relativamente elevada del proletariado, que había sido educado por un desarrollo secular de la libertad política; 4) el viejo hábito de los bien organizados capitalistas ingleses –entonces eran los capitalistas mejor organizados del mundo (ahora esta supremacía ha pasado a Alemania)– de solucionar por medio de la conciliación los problemas políticos y económicos. Tales fueron las circunstancias que hicieron surgir entonces la idea de que era posible el sometimiento pacífico de los capitalistas ingleses a los obreros.
En nuestro país, en el momento actual, determinadas premisas de significación fundamental aseguran este sometimiento (la victoria de octubre, la represión de la resistencia armada y del sabotaje de los explotadores llevada a cabo entre octubre y febrero).
En nuestro país, en lugar del predominio total de obreros y proletarios en la población y en lugar de un alto grado de organización de los mismos, el factor importante de la victoria fue el apoyo prestado al proletariado por los campesinos pobres y por los que se habían arruinado rápidamente. Y por último, en nuestro país no existe un alto grado de cultura, ni la costumbre de la conciliación. Cuando se medita en estas condiciones concretas resulta evidente que podemos y debemos emplear simultáneamente dos métodos. Por una parte, debemos reprimir en forma implacable8 a los capitalistas incultos que no aceptan “capitalismo de Estado” alguno, ni conciben conciliación alguna, y continúan saboteando la realización de las medidas adoptadas por los soviets mediante la especulación, el soborno de los campesinos pobres, etc. Por otra parte, debemos emplear el método de la conciliación –o el pago– con los capitalistas cultos que aceptan el “capitalismo de Estado”, que son capaces de ponerlo en práctica y que son útiles al proletariado en calidad de inteligentes y experimentados organizadores de grandes empresas que suministren productos de manera efectiva a decenas de millones de personas.
Bujarin es un economista marxista de extraordinaria erudición. Por eso recuerda que Marx tenía profunda razón cuando enseñaba a los obreros la importancia de preservar la organización de la gran producción, con el objeto de facilitar, precisamente, la transición al socialismo. Marx enseñaba que la idea de pagar bien a los capitalistas, de comprarlos en el caso de que (como excepción, pues Inglaterra era entonces una excepción) las circunstancias obligasen a los capitalistas a someterse pacíficamente y pasar al socialismo de manera culta y organizada, a condición de que se les pagara.
Pero Bujarin erró el camino porque no pensó en los rasgos específicos de la situación actual en Rusia, situación excepcional en que nosotros, el proletariado ruso, en cuanto a nuestro régimen político, en cuanto a la fuerza de poder político de los obreros, estamos adelante de una Inglaterra o de una Alemania; y al mismo tiempo estamos detrás del más atrasado de los países de Europa occidental, en cuanto a la organización de un buen capitalismo de Estado, en cuanto a nuestro nivel cultural y al grado de preparación de la producción material para la “implantación” del socialismo. ¿No está claro que el carácter específico de la actual situación crea la necesidad de un tipo específico de “pago” que los obreros deben ofrecer a los capitalistas más cultos, talentosos y capaces, que estén dispuestos a trabajar para el poder soviético y a ayudar honestamente a organizar la producción “estatal” en la mayor escala posible? ¿No está claro que en esta situación específica debemos empeñarnos para evitar dos errores, ambos de carácter pequeñoburgués? Por una parte, sería un error irreparable declarar que en vista de que hay una falta de correspondencia entre nuestras “fuerzas” económicas y nuestra fuerza política, “por consiguiente” no se debió haber tomado el poder9. Así argumentan los “hombres enfundados”, que olvidan que siempre habrá tal “falta de correspondencia” que siempre existe en el desarrollo de la naturaleza y en el desarrollo de la sociedad, y que solamente por medio de una serie de tentativas –cada una de las cuales, tomada por separado, será unilateral y adolecerá de ciertas inconsecuencias– se creará el socialismo integral, producto de la colaboración revolucionaria de los proletarios de todos los países.
Por otra parte, sería un error evidente dar rienda suelta a los alborotadores y retóricos que se dejan arrastrar por el revolucionarismo “brillante”, pero que son incapaces de realizar un trabajo revolucionario sostenido, meditado y ponderado, trabajo que toma en cuenta las etapas de transición más difíciles.
Felizmente, la historia del desarrollo de los partidos revolucionarios y de la lucha del bolchevismo contra ellos nos ha dejado en herencia tipos perfilados con nitidez, entre los cuales los eseristas de izquierda y los anarquistas son ejemplos destacados de malos revolucionarios. Ellos vociferan ahora –hasta el histerismo, ahogándose, hasta quedar roncos– contra el “conciliadorismo” de los “bolcheviques de derecha”. Pero son incapaces de pensar qué hay de malo en el “conciliadorismo” y por qué la historia y el curso de la revolución han condenado con justicia el “conciliadorismo”.
La conciliación en los tiempos de Kérenski significaba entregar el poder a la burguesía imperialista, y el problema del poder es el problema fundamental de toda revolución. Entre octubre y noviembre de 1917, significaba que temían la toma del poder por el proletariado, o que querían compartir el poder por partes iguales no sólo con los “inseguros compañeros de ruta” por el estilo de los eseristas de izquierda, sino también con los enemigos, con los partidarios de Chernov y los mencheviques, que inevitablemente nos hubieran obstaculizado en asuntos fundamentales: en la disolución de la Asamblea Constituyente, en la represión despiadada de los Bogaievski, en la organización general de las instituciones soviéticas, en cada confiscación.
Pero ahora el poder ha sido tomado, mantenido y consolidado por un solo partido, el partido del proletariado, incluso sin los “inseguros compañeros de ruta”. Hablar de política de conciliación ahora, cuando ni siquiera se trata ni puede tratarse de compartir el poder, ni de renunciar a la dictadura del proletariado contra la burguesía, significa simplemente repetir como un loro palabras aprendidas de memoria, pero no comprendidas. Calificar de “conciliadorismo” el hecho de que, habiendo llegado a una situación en que podemos y debemos gobernar el país, tratemos de atraernos, sin mezquinar dinero, a las personas más diestras, preparadas por el capitalismo y las empleemos para contrarrestar la desintegración del pequeño propietario, revela una absoluta incapacidad para meditar en las tareas económicas de la construcción socialista.
Por eso –no obstante lo mucho que habla en favor del camarada Bujarin el hecho de haberse “avergonzado” en el CEC del “servicio” que le brindaron los Karelin y los Gue–, con todo, para la tendencia “comunista de izquierda” sigue siendo una seria advertencia la referencia a sus compañeros de lucha política.
He aquí que Znamia Trudá, el órgano de los eseristas de izquierda, declara altanero el 25 de abril de 1918: “La posición actual de nuestro partido coincide con la de otra tendencia del bolchevismo (Bujarin, Pokrovski y otros)”. Y el Vperiod menchevique de la misma fecha contiene, entre otros artículos, la siguiente “tesis” del conocido menchevique Isuv:
«La política del poder soviético, carente desde un comienzo de un auténtico carácter proletario, en los últimos tiempos ha seguido cada vez más abiertamente él camino de un acuerdo con la burguesía y adquirido un claro carácter antiobrero. Con el pretexto de nacionalizar la industria, se sigue la política de crear trusts industriales; y con el pretexto de reconstruir las fuerzas productivas del país, intentan suprimir la jornada obrera de ocho horas, implantar los salarios a destajo y el sistema Taylor, las listas negras y los pasaportes de lobo10. Esta política amenaza con privar al proletariado de sus conquistas fundamentales en lo económico y convertirlo en victima de una ilimitada explotación por parte de la burguesía.»
Magnífico, ¿verdad?
Los amigos de Kérenski, que junto con él libraron una guerra imperialista en aras de los tratados secretos, que prometieron anexiones a los capitalistas rusos; los colegas de Tsereteli, que amenazó con desarmar a los obreros el 11 de junio11; los Líberdan, que disfrazaron el poder de la burguesía bajo frases ampulosas; ellos, nada menos que ellos, acusan al poder soviético de “conciliar con la burguesía”, “crear trusts” (¡es decir, crear “el capitalismo de Estado”!) e implantar el sistema Taylor.
Por cierto, Isuv merece que los bolcheviques le obsequien una medalla y que su tesis sea exhibida en todos los clubes y sindicatos obreros como un ejemplo de los discursos provocadores de la burguesía. Ahora los obreros conocen muy bien a estos Líberdan, Tsereteli e Isuv. Los conocen por experiencia y sería muy útil por cierto para los obreros, reflexionar sobre la razón por la cual semejantes lacayos de la burguesía incitan a los obreros a resistir el sistema Taylor y la “creación de los trusts”.
Los obreros con conciencia de clase confrontarán atentamente la “tesis” de Isuv, amigo de los señores Líberdan y Tsereteli, con la siguiente tesis de los «comunistas de izquierda”:
«La implantación de la disciplina del trabajo, en relación con el restablecimiento de la dirección capitalista en la industria, no puede elevar esencialmente la productividad del trabajo, sino que disminuirá la iniciativa de clase, la actividad y la organización del proletariado. Amenaza con esclavizar a la clase obrera; provocará el descontento, tanto de los elementos atrasados como de la vanguardia del proletariado. Para poner en práctica este sistema, dado el odio existente contra los “saboteadores capitalistas”, el partido comunista debería apoyarse en la pequeña burguesía contra los obreros, con lo cual se suicidaría como partido del proletariado.» (Kommunist, núm. 1, pág. 8, col. 2.)
He aquí una prueba más que evidente de cómo las “izquierdas” han caído en la trampa, cediendo a la provocación de los Isuv y otros Judas del capitalismo. Es una buena lección para fes obreros, quienes saben que precisamente la vanguardia del proletariado defiende la implantación de la disciplina laboral, y que precisamente la pequeña burguesía más se afana por destruir dicha disciplina. Discursos tales como la tesis de la “izquierda” citada son una ignominia enorme e implican la total abdicación del comunismo en los hechos y la total deserción al campo de la pequeña burguesía.
“En relación con el restablecimiento de la dirección capitalista”: he aquí con qué palabras piensan “defenderse” los “comunistas de izquierda”. Defensa que no sirve para nada, pues, en primer lugar, cuando el poder soviético entrega la “dirección” a los capitalistas, designa comisarios obreros o comités obreros que vigilan cada paso del director, aprenden de su experiencia de dirección y tienen el derecho, no sólo de apelar de sus órdenes, sino también de lograr su destitución por medio de los órganos del poder soviético. En segundo lugar, entrega la “dirección” a los capitalistas sólo para funciones ejecutivas durante el trabajo, bajo condiciones determinadas por el poder soviético, y es éste quien las revisa o las revoca. En tercer lugar, el poder soviético entrega la “dirección” a los capitalistas, no como capitalistas, sino como especialistas técnicos u organizadores, pagándoles un salario más alto. Y los obreros saben muy bien que los organizadores de empresas, trusts u otras instituciones realmente grandes, en un noventa y nueve por ciento pertenecen a la clase capitalista, igual que los técnicos de alta calificación. Pero precisamente nosotros, el partido proletario, debemos designarlos a ellos para “dirigir” el proceso del trabajo y la organización de la producción, pues no existe otra gente que tenga experiencia práctica en esta materia. Los obreros que, superada la edad infantil en que las frases de la “izquierda” o la indisciplina pequeñoburguesa podían confundirlos, marchan hacia el socialismo precisamente a través de la dirección capitalista de los trusts, a través de la gran producción maquinizada, a través de empresas de varios millones de rublos de circulación por año, sólo a través de tal sistema de producción y de tales empresas. Los obreros no son pequeños burgueses. No tienen miedo al gran “capitalismo de Estado”; lo aprecian como su arma proletaria, que su poder soviético empleará contra la desintegración y desorganización del pequeño propietario.
Únicamente no lo comprende la intelectualidad desclasada y por lo tanto pequeñoburguesa hasta la médula, cuyo arquetipo entre los “comunistas de izquierda” es Osinski, cuando escribe en su revista:
«Toda iniciativa en la organización y dirección de cualquier empresa corresponderá a los “organizadores de los trusts”, ya que no vamos a enseñarles, ni convertirlos en trabajadores de filas, sino que vamos a aprender de ellos» (Kommunist, núm. 1, pág. 14, col. 2).
La intención irónica de este pasaje va dirigida a mis palabras: “aprender el socialismo de los organizadores de los trusts”.
Esto le parece gracioso a Osinski. Él quiere convertir a los organizadores de los trusts en “simples trabajadores”. Si hubiera escrito esto alguien de corta edad, como dijo el poeta: “¿Quince años, no más?…”12 entonces no habría por qué sorprenderse. Pero resulta un poco extraño oír tales cosas de un marxista que ha aprendido que el socialismo es imposible sin aprovechar las conquistas de la técnica y la cultura creadas por el gran capitalismo. Allí no ha quedado nada de marxismo.
No. Únicamente son dignos de llamarse comunistas quienes comprenden que es imposible crear o implantar el socialismo sin aprender de los organizadores de los trusts. Pues el socialismo no es una fantasía, sino la asimilación y aplicación por la vanguardia proletaria que ha conquistado el poder, de lo que ha sido creado por los trusts. Nosotros, el partido del proletariado, no tenemos otra manera de adquirir la capacidad de organizar la gran producción como los trusts, como están organizados los trusts, si no es de los especialistas altamente calificados del capitalismo.
Nada tenemos que enseñarles, a menos que nos propongamos la pueril tarea de “enseñar” el socialismo a la intelectualidad burguesa. No debemos enseñarles, sino expropiarlos (cosa que se hace en Rusia con bastante “decisión”), poner término a su sabotaje, someterlos como sector o grupo al poder soviético. En cuanto a aprender de ellos, si no somos comunistas de edad infantil y de entendimiento infantil, algo hay que aprender de ellos, pues el partido del proletariado y su vanguardia no tienen experiencia en el trabajo independiente de organizar grandes empresas que abastezcan a una población de decenas de millones de personas.
Los mejores obreros de Rusia ya lo han comprendido. Han comenzado a aprender de los organizadores capitalistas, de los ingenieros dirigentes y de los especialistas técnicos. Con firmeza y cautela, han comenzado a aprender lo más fácil, pasando en forma gradual a las cosas más difíciles. Si en la metalurgia y la construcción de maquinarias el asunto marcha más lentamente, es porque presentan mayores dificultades. Pero los obreros de las industrias textil, tabacalera y del cuero no temen, como la intelectualidad pequeñoburguesa desclasada, al “capitalismo de Estado”. no temen “aprender de los organizadores de los trusts”. En las instituciones directivas centrales, cómo la Dirección general del cuero o el “Centro textil”, estos obreros trabajan junto a los capitalistas, aprenden de ellos, crean los trusts, crean el “capitalismo de Estado” que bajo el poder soviético representa la antesala del socialismo, la condición de su firme victoria.
Este trabajo de los obreros de vanguardia de Rusia, junto con su trabajo de implantación de la disciplina del trabajo, ya está encaminado y marcha sin ruido ni brillo, sin estruendo ni alharaca, tan indispensables para ciertas “izquierdas”. Marcha con gran prudencia y poco a poco, tomando en cuenta las enseñanzas de la experiencia práctica. Esta dura labor, la labor de aprender en la práctica a edificar la gran producción, es la garantía de que estamos en el camino acertado, la garantía de que los obreros con conciencia de clase de Rusia llevan a cabo la lucha contra la desintegración y desorganización del pequeño propietario, contra la indisciplina pequeñoburguesa13: es la garantía de la victoria del comunismo.
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VI
Para finalizar, dos observaciones.
En la discusión con los “comunistas de izquierda” del 4 de abril de 1918 (véase Kommunist, núm. 1, pág. 4, nota al pie), les planteé lisa y llanamente: expliquen qué les disgusta en el decreto ferroviario; propóngannos sus correcciones. Es deber de ustedes como dirigentes soviéticos del proletariado; de otra manera, sus palabras no son sino frases vacías.
El 20 de abril de 1918 aparece Kommunist, núm. 1 y no contiene una sola palabra acerca de cómo habría que modificar o corregir el decreto ferroviario según opinión de los “comunistas de izquierda”.
Los “comunistas de izquierda” se condenaron con este silencio. Se limitaron a atacar el decreto ferroviario con todo género de insinuaciones (núm. 1, págs. 8 y 16) pero no dieron una respuesta clara a la pregunta: “¿cómo corregir el decreto, si no es acertado?”
Sobran los comentarios. Los obreros con conciencia de clase calificarán de “isuvista” o de fraseología vacía, semejante “crítica” del decreto ferroviario (ejemplo típico de nuestra línea de acción, la línea de la firmeza, la línea de la dictadura, la línea de la disciplina proletaria).
Segunda observación. Kommunist, núm. 1 publica una reseña del camarada Bujarin, muy halagüeña para mí, de mi folleto El estado y la revolución. Pero, por mucho que aprecie la opinión de personas como Bujarin, debo decir a conciencia que el carácter de la reseña revela un triste y significativo hecho: Bujarin contempla las tareas de la dictadura proletaria desde el punto de vista del pasado y no del porvenir. Observó y subrayó todo lo que en el problema del Estado pueden tener en común el revolucionario proletario y el revolucionario pequeñoburgués. Pero Bujarin “no advirtió” precisamente aquello que distingue al primero del segundo.
Bujarin observó y subrayó que es necesario “romper”, “hacer estallar” el viejo aparato estatal, que es necesario “asfixiar de una vez y para siempre” a la burguesía, etc. El pequeño burgués y enfurecido también puede desear esto. Y esto, en rasgos generales, ya lo ha hecho nuestra revolución entre octubre de 1917 y febrero de 1918.
En mi folleto me refiero también a aquello que no puede desear ni siquiera el más revolucionario de los pequeños burgueses, a aquello que desea el proletario con conciencia de clase, a todo lo que nuestra revolución todavía no ha realizado. Y de esa tarea, la tarea de mañana, Bujarin no dijo nada.
Y tengo tanto más motivo para no guardar silencio en este punto, cuanto que en primer lugar, de un comunista se espera la mayor atención a las tareas del mañana y no del ayer, y, en segundo lugar, mi folleto fue escrito antes de que los bolcheviques tomaran él poder, cuando no se nos podía obsequiar con vulgares razonamientos tales cómo: “y bien, después de como tomaron el poder, naturalmente, empezaron a hablar sobre la disciplina…”
«…el socialismo […] se trasformará en comunismo […] pues la gente se acostumbrará a observar las reglas elementales de la convivencia social sin violencia y sin subordinación». (El Estado y la revolución, págs. 77-7814. Por consiguiente, hemos hablado de las “reglas elementales” antes de la toma del poder.)
«…Y sólo entonces comenzará a extinguirse la democracia […]” cuando los hombres se hayan habituado “gradualmente a observar las reglas elementales de convivencia social, conocidas desde hace siglos y repetidas durante miles de años en todos lospreceptos. Se acostumbrará a observarlas sin el empleo de la fuerza, sin coerción, sin subordinación, sin el aparato especial de coerción llamado Estado» (ídem, pág. 8415; hemos hablado de “preceptos” antes de la toma del poder).
«…la fase superior de desarrollo del comunismo [de cada cual, según su capacidad; a cada cual según sus necesidades] presupone no la actual productividad del trabajo, no el actual tipo corriente de hombres que, como los seminaristas de los cuentos de Pomialovski, son capaces de perjudicar los bienes públicos ‘sólo por diversión’, y de pedir lo imposible» (ídem, pág. 91).
«…Hasta que llegue la fase ‘superior’ del comunismo, los socialistas exigen el más riguroso control por parte de la sociedad y por parte del Estado sobre la norma de trabajo y la norma de consumo…» (id.)16.
«…Registro y control: esto es principalmente lo que hace falta para la ‘marcha uniforme’ y para el buen funcionamiento de la primera fase de la sociedad comunista» (ídem, pág. 95)17. Y se hace necesario organizar este control, no sólo con respecto a la “minoría insignificante de capitalistas, sobre los caballeritos que quieren conservar sus hábitos capitalistas”, sino también con respecto a algunos obreros “profundamente corrompidos por el capitalismo” (ídem, pág. 96), y a los «parásitos, los hijos de los ricos, de los granujas y de otros ‘guardianes de las tradiciones’ capitalistas» (ídem)18.
Es significativo que Bujarin no subrayara esto.
5 de mayo, 1918.
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NOTAS:
1. Se publica de acuerdo con el texto del folleto de N. Lenin, La tarea principal de nuestros días, Ed. Priboi, Moscú, 1918, cotejado con el texto del periódico y el texto del folleto de N. Lenin (V. I. Uliánov) Viejos artículos sobre temas casi nuevos. Moscú, 1922.
2. Véase V. I. Lenin, ob. cit.,t t. XXVIII, “Las tareas inmediatas del poder soviético”. (Ed.)
3. Aristócrata polaco. (Ed)
4. Véase V. I. Lenin, ob. cit., t. XXVIII, “VII Congreso del PC(b)R” 1. Informe político del Comité Central (Ed.)
5 Se denomina Junker (del alemán Jung Herr o ‘joven señor’) a los miembros de la antigua nobleza terrateniente de Prusia que dominó Alemania a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX. Los Junker poseían grandes propiedades rurales donde también vivían y trabajaban campesinos con muy pocos derechos y/o recursos económicos.
6. Véase V. I. Lenin, ob. cit., t. XXVI, “La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella”. ¿Podemos avanzar si tememos marchar hacia el socialismo? (Ed.)
7. Lenin cita una expresión de Marx que Engels reproduce en su trabajo El problema campesino en Francia y en Alemania. (Ed.)
8. Aquí también es necesario mirar la verdad cara a cara; todavía no somos tan implacables como sería necesario para asegurar el éxito del socialismo y no porque nos falte decisión. Nuestra decisión es suficiente. Pero somos incapaces de atrapar con bastante rapidez a los especuladores, merodeadores y capitalistas que infringen las medidas aprobadas por los soviets. ¡Dicha “capacidad” sólo puede desarrollarse con el establecimiento del registro y el control! En segundo lugar, los tribunales no demuestran bastante firmeza: en vez de fusilar a los que aceptan sobornos, los condena a seis meses de cárcel Ambos defectos tienen la misma raíz social: la influencia del elemento pequeñoburgués, su debilidad.
9. Lenin se refiere a uno de los argumentos fundamentales que utilizaban los mencheviques contra la Revolución Socialista de Octubre y la dictadura del proletariado. Los mencheviques afirmaban que la toma del poder era “prematura”, que Rusia no había alcanzado un nivel de desarrollo de las fuerzas productivas que hiciera posible el socialismo. Después de la Revolución de Octubre los mencheviques mantuvieron su oposición al poder soviético y a las trasformaciones revolucionarias socialistas.
El conjunto de opiniones de los mencheviques fue expuesto en el libro de N. Sujánov Notas sobre la revolución al que Lenin dedicó un análisis critico en su articulo Nuestra revolución (A propósito de las notas de N. Sujánov). Desmintiendo la concepción menchevique de que la revolución socialista en Rusia era “prematura”’ debido al atraso económico y cultural, Lenin escribía en el articulo mencionado que la clase obrera de Rusia debía comenzar con la conquista del poder obrero estatal por medios revolucionarios, “y después, en base al poder obrero y campesino y al régimen soviético, emprender la tarea de alcanzar a los demás pueblos.” (véase V. I. Lenin, ob. cit., t XXXVI). 99.
10 Pasaporte de lobo: documento personal en el que se hacía constar que su poseedor no era persona de confianza; por consiguiente, le impedía el acceso a cualquier puesto estatal, establecimiento de enseñanza, etc. (Ed.)
11. El 11 (24) de junio de 1917, en una reunión conjunta del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, con los miembros del Presidium del I Congreso de toda Rusia de soviets, al discutirse el problema de la demostración pacífica de obreros y soldados de Petrogrado que había preparado el Comité Central del Partido bolchevique, I. G. Tsereteli calumnió ignominiosamente a los bolcheviques acusándolos de que conspiraban centra el gobierno y eran cómplices de la contrarrevolución y amenazó con adoptar enérgicas medidas para desarmar a los obreros que seguían a los bolcheviques. (Ed.)
12 Lenin cita un epigrama de V. L. Pushkin acerca de un poeta mediocre que envió sus versos a Febo (Apolo, dios del sol y protector de las artes). El epigrama finaliza con los siguientes versos:
Leyendo Febo bostezaba y por último preguntó:
¿Qué edad tiene el creador del verso?
¿Y hace mucho que compone odas altisonantes?
“Tiene quince años”, le responde Erato.
–“¿Solamente quince años?” –“No más.”
“¡Pues entonces azótalo!” (Ed.)
13. Es sumamente característico que los autores de las tesis no digan una sola palabra sobre la significación de la dictadura del proletariado en la esfera económica. Sólo hablan de “organización”, etc. Pero esto también lo acepta el pequeño burgués, quien rehúye la dictadura de los obreros en las relaciones económicas. Un revolucionario proletario jamás podría “olvidar” en un momento semejante esta “clave” de la revolución proletaria, dirigida contra las bases económicas del capitalismo.
14. Véase V. I. Lenin, ob. cit. t. XXVII, “El Estado y la revolución”, capítulo IV, 6. Engels y la superación de la democracia. (Ed.)
15. Véase V. I. Lenin, ob. cit., t. XXVII, “El Estado y la revolución”, capítulo V, 2. La transición del capitalismo al comunismo. (Ed.)
16. Id., ibíd., capítulo V, 4. La fase superior de la sociedad comunista. (Ed.)
17. Id., ibíd. (Ed.)
18. Id., ibíd. (Ed.)