La otra Europa, la nuestra. Farruco Sesto

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La otra Europa, la nuestra. Farruco Sesto

Allegados son iguales, los que viven por sus manos y los ricos. Con esta magistral definición, literariamente hablando, describía y resumía a la vez Jorge Manrique, de la manera más simple posible, en pleno siglo XV, la composición de la sociedad de clases de entonces y de siempre. Es decir, también de ahora.

Era algo, supongo yo, en lo que el poeta estaba bien claro cuando lo destacaba. Que esa igualdad final a la que se refería, solo es dado alcanzarla en el punto exacto de la muerte, porque antes, a lo largo de toda esta vida “terrenal” en la que nos relacionamos, de ninguna manera son iguales los que viven por sus manos y los ricos. Pues, por el contrario, las diferencias entre clases sociales son abismales. Es precisamente sobre esas diferencias, sobre su génesis y su permanencia, en dónde se apoyan todas las estructuras de dominación, de explotación y de exclusión que son la sustancia de la sociedad en esta parte del mundo.

Así, en esa grande y larga desigualdad previa a la muerte, implícita en los versos de Jorge Manrique, estamos retratados, por una parte, todos nosotros, quienes vivimos del trabajo en esta injusta realidad estratificada. Y por la otra, los ricos, los poderosos, que hoy por hoy no son otra cosa que los grandes dueños del capital, sobre cuya posesión construyeron el enorme poder político que avasalla a los pueblos.

Poder político que lleva aunados otros poderes que de él se derivan: poder financiero, poder mediático, poder militar, poder cultural, poder ideológico, poder diplomático, poder institucional y pare usted de contar…Todos en manos de las oligarquías de este Occidente de nuestros pesares.

Véase bien, pues, y entiéndase bien, en que consiste todo esto. En una composición de la sociedad cuyas inmensas contradicciones en tensión permanente, como fuerzas tectónicas subyacentes (lucha de clases le decimos algunos) van dibujando aquí y allá la historia. La historia de todos los tiempos, geografías y culturas. Y también de Europa, por supuesto.

Y es justamente con relación a Europa, que me propuse hoy hacer una aclaración necesaria. O, mejor dicho, una precisión que me parece pertinente. Y es la de que cuando yo hablo de ella, de Europa, como lo suelo hacer de forma crítica y con cierta frecuencia en esta columna semanal, me refiero casi siempre a la del poder. Es decir, la del capital. La subordinada al imperio. La que no tiene principios sino intereses.

Porque con relación a la otra Europa, la nuestra, la de los que viven por sus manos, la Europa de los pueblos, en su amplitud y su diversidad, tengo que decir que ella está siempre sobreentendida en mis reflexiones, desde el amor, la solidaridad, y el respeto. Y que pongo para ella, siempre, por delante, mi mejor voluntad y mi apuesta política por su emancipación definitiva.

(Publicado en Correo del Orinoco, el 12 de mayo de 2022)

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